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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

domingo, 29 de junio de 2014

Vallejo, en la encrucijada del drama peruano (II)

(Conferencia ofrecida por Ernesto More en la Facultad de Química de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en diciembre de 1966)

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La ciclópea y extraña personalidad de Vallejo, su drama humano, su expresión poética, todavía no explicada, hecha a base de desarticulaciones portentosas de nuevo Génesis con sabor a lava y sangre; su orfandad, su miseria, se me han revelado súbitamente como elementos invalorables y prodigiosamente proféticos para el descubrimiento de las entrañas mismas de nuestro país, de su drama y de su destino. No necesitó Vallejo cantar al Amazonas ni a Machu Picchu, cantar a Túpac Amaru o a Vilcapasa para ser peruano. No cantó Vallejo lo que tenemos, sino aquello que, siendo nuestro, dejamos de tener. Cantó nuestro suspenso. Lo gimió más que lo cantó. O si alguno de Uds. lo prefiere, lo bramó.


No solo ha legado Vallejo un mensaje poético de letras y palabras. Ese es el que menos se entiende. El otro, el que nos lacera, nos conmueve, el que está a punto de ponernos en marcha,  es ése que tiene que abrir el camino para la unión de los peruanos; ese que ya estamos columbrando todavía muy incipientemente, cuya explicación la da el mismo Vallejo, cuando dice: “Para explicar mi vida no tengo sino mi muerte”. Al decir esto, Vallejo no se refiere a la muerte física. Muriendo de enfermedad en el Perú, esa muerte no habría exp0licado el sentido de su vida y de su poesía. Necesitó haber estado muriendo permanentemente, necesitó cumplir lo dicho por él mismo: “¡Haber nacido para vivir de nuestra muerte!”, necesitó vivir su muerte y morir no por obra de enfermedad alguna, sino por la violencia de su emoción humana. Necesitó haber muerto por España, cuando España luchaba en aquel tiempo por lo que ahora estamos luchando en el Perú. Esa muerte arroja una luz que permite descifrar los quipus de su poesía. Extraña muerte la del poeta que nos permite tenerlo diariamente vivo a nuestro lado.  Extraña muerte la del poeta, que, besando al hombre, nos marca penetrante e insistentemente, el camino de la vida, no ya para cada cual, aisladamente, sino para todos los peruanos juntos.

Es evidente que la muerte misteriosa de Vallejo, al iluminar y dar un sorprendente sentido a su poesía, poner en transparencia el alma del Perú, el complejo histórico que pesa sobre nosotros, esa falta de gravitación espiritual que se advierte en el ser peruano, fenómeno singular que se produce y está presente en todos nosotros, en las grandes como en las pequeñas acciones. Vallejo sintió ese fenómeno con gran acuidad. Tal es la misión del poeta en los tiempos que vivimos. Y el poeta no llega a estas profundidades merced a la versación que puedan propiciarle los libros. Ya él lo dijo: “Voy sintiéndome revolucionario por experiencia vivida más que por ideas aprendidas”. Su mejor maestro fue el dolor; su mejor libro, privación. Su lenguaje mismo surgió en ese “cementerio de palabras” en el que, según Gerardo Diego (que esta vez sí acertó), nació Vallejo. El Perú se le entró a Vallejo por lo que le falta, por lo que se le arrebata. Como un caminante perdido, el alma y el sino de nuestro pueblo encontraron hospitalidad en el corazón del vate, que era su propia casa.

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Páginas 130, 131 y 132 del libro Vallejo, en la encrucijada del drama peruano de Ernesto More

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