Los setentas fueron la década límite de la mayoría de las utopías. Acababa
la Década Prodigiosa y en sus brazos el mu8ndo se lanzó a la lucha final. Unos
derribando dictaduras, otros peleando con sus propios demonios, todos
desafiando la rutina y la mediocridad, todos experimentando en esa mitificada
explosión multicolor de ideas y sensaciones que se nos hace tan, pero tan
lejana. Los sesentas terminaron siendo el final de un divertido viaje hacia lo
que se creía era la libertad: una provincia hecha de certezas, espejismos y
alucinaciones. Una vertiginosa sucesión de puertas, cada una más excitante que
la otra, que nos llevaba a paraísos e infiernos de los cuales siempre salíamos
más impresionados, más jocundos. Sea el Vietcong entrando en Saigón o el
trágico final de Allende en Chile, ambos hechos formaban parte de una
inexorable cadena a mundos cada vez mejores. Suena cursi decirlo, pero en
aquellos días en casi todos habitaba la esperanza.
