A
Luis Guerrero Figueroa
Hasta que una noche apareció...
Era linda como el agua de Agomayo, brisa del río su sonrisa y los cabellos al
viento de la tarde. Le daba las manos, suaves neblinas que duermen a media
falda de Yaguán.
Félix Huamán Cabrera.
I.

Desde mi balcón
me esforzaba por verla nítidamente. Mimetizada entre los barandales oscuros del
balcón vecino, parecía dormitar plácidamente. Su torso peludo devolvía con
tonos azulados los madrugadores rayos del sol. La flores, que colgaban desde
graciosos maceteros, borroneaban la visibilidad más allá del balcón y las
ventanas. Sin embargo podía ver cuando se desplazaba, lo hacía lentamente, como
si meditara o midiera cada paso. En la parte más alta de una de las ventanas se
podía divisar una lámpara antigua con lentejuelas de cristal que eran
estremecidas por el chorro de viento que ingresaba casi con violencia. Alcancé
a ver como ella se deslizaba: con cierta delicadeza, con suavidad, con
ponderable elegancia. En las amplias ventanas relucían cortinas blancas,
bordadas con hilo plateado. Sin duda, por lo menos eso me parecía percibir, en
cada movimiento de su cuerpo ondulaba una especie de cadencia musical. El
diseño de las ventanas era sencillo y, ya sea invierno o verano, permanecían
con una hoja abierta. Sus ojos, que los imaginaba negros, escrutadores, nunca
los pude descubrir. Su mirada turbia y decidida sólo se dibujaba en mi
imaginación. No sé por qué, pero su mirada la suponía fría, inhumana, sin el
menor rastro de sentimientos. La puerta principal de la casa era de madera, con
adornos y dibujos muy raros, seguramente tallados como decía mi tío Facundo por uno de esos tantos carpinteros que habían estado al
servicio de hacendados abusivos y chiflados. La casa era vieja y grande, muy
grande, con las paredes pintadas de blanco márfil. Sus antiguos dueños la
edificaron en el centro de un hermoso valle flanqueado por agrestes montañas,
tierras que usurparon a varias comunidades indígenas. «Esas tierras eran
nuestras», contaba mi abuelo, señalando el valle que se perdía en el horizonte.
Cuando los viejos hacendados se fueron, llegaron nuevos patrones, sembraron el
valle de calles empedradas y casas nuevas. Sin más ni menos se apoderaron de
los últimos pedazos de tierra que aún estaban en manos de campesinos
laboriosos...