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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas
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sábado, 15 de febrero de 2014

Narrativa: Walter Lingán, Semana Santa (1)

1

San Miguel de Pallaques era una feria. La banda de músicos en la plaza de armas entonaba canciones que animaban la fiesta. Por todas las calles había agitación y la gente caminaba llevando frescas ramas de palmeras que vibraban con el viento. Eran los días de la semana santa y estábamos en pleno domingo de ramos, recordando de esta manera la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén donde el pueblo, armado con palmas o ramos, lo aclamaría como su rey.

domingo, 5 de enero de 2014

Narrativa: Walter Lingán (*), La mansión del Shapi y otros cuentos : Semana Santa / 2 y La escuela

Semana Santa / 2.

A la memoria de Pedro Huilca (Dirigente obrero, asesinado en 1992 por el grupo paramilitar “Colina”) y Jesús Páez (Dirigente obrero y barrial, desaparecido en 1977 durante la dictadura de Morales Bermudez).
A la lucha del pueblo cajamarquino en defensa del agua, la vida y la dignidad.

Un grupo de trabajadores, campesinos y amigos se encontraban cenando. De pronto golpearon la puerta. Todos se quedaron en silencio, a la expectativa, mientras la madre de Pedro abría la puerta. Apenas giró el picaporte, los soldados, empujando a la anciana, tirándola al suelo, atropellándola, ingresaron a la casa en busca de los dirigentes medioambientalistas de Cajamarca. A patadas rompieron todo a su paso. A los gritos de terroristas les ordenaron ponerse de pie contra la pared.
Tranquilo, con gafas oscuras y las manos a la cintura, entró el capitán Carlos. Su mirada oculta recorrió el recinto.

martes, 4 de junio de 2013

Narrativa: Walter Lingán y la minificción

1.

La niña, sentada a orillas del andén, miraba fascinada como el tren de alta velocidad se acercaba vertiginosamente… Contrajo el rostro. Cerró los ojos.
Después, nada.

2.

La muchachita asomó su rostro por la ventana.

El chico le pidió que saliera para que vayan a desenredar los colores del arco iris más allá del cerro Quilish.

La muchachita vino y se colocó a su lado.

Se percataron de la fiereza del sol. El calor flameaba sobre sus cabezas.

—O’e —le dijo ella—, más mejor vamos a jugar a la guerra popular.

—Ya pe’ —le contestó él, alzó los hombros y la siguió.

jueves, 18 de abril de 2013

Narrativa: Walter Lingán, Fervoroso agasajo de las sirenas de Huanchaco (cuento) *



Walter Lingán
El sol abrumador caía punteagudo sobre las arenas negruzcas de la playa de Huanchaco, un balneario en el norte peruano. La mujer con sombrero de paja y llamativo bikini moldeando sus formas firmes y exquisitas, sorbía lentamente, mirando el mar azul, el refresco de chicha. Su acompañante, un anciano con una pronunciada calvicie, hizo un gesto como queriendo ahuyentar el calor con las manos. Romy, ahora si ya puedo morir contento sabiendo que eres la protagonista de Retrato de grupo con dama. Romy, halagada, sonrió levemente. Heinrich, ¿sabes?, tu novela es extraordinaria. Otra mujer de piel cobriza, muy hermosa, de ojos verdes tras unas gafas oscuras, que bebía un pisco sour frente a ellos, clavó la mirada en la pareja que hablaba con un acento inequívocamente extranjero.

martes, 26 de marzo de 2013

Narrativa: Walter Lingán, "El espanto enmudeció los sueños" (Fragmento de la novela)

4.

Mira Alberto, hasta ahora se sigue especulando sobre el lugar de tu nacimiento. Para unos naciste en Japón y para otros en La Nación. ¿Y qué importa donde naciste?, me digo yo. Para mí eres un oriundo con pura sangre nipona, de Kawachi. Diciendo dicen las malas lenguas de los entendidos que no tiras bien tu japonés, en cambio tus hermanas dizque lo hablan bien bacán. Cuentan que tu ex germita, Susana, te hablaba en japonés y tú, todo criollazo, le contestabas en castellano de callejón de la rica Vicky. Así es pues, Albertito, creciste en Surco, cuando todo eso era pura chacra, y sabes también lo que es vivir en un lugar como Barrios Altos. Y en ese barrio, sin querer queriendo, aprendiste algunas mañas, sin dudas, el barrio dejó sus huellas, te acriolló un poco, por eso decías que no eras “un caído del palto”. ¿Y quién no en La Victoria, en El Barrio donde yo viví o en Barrios Altos no se acriolla, no se achora para poder sobrevivir? Hay que ser moscas, saberlas todas, pasar piola de acuerdo a las circunstancias, ser vivo, astuto, sapazo, agresivo, saber jugárselas pero suave Camay, con estilo carretita. Pero como te pasaste la vida en medio de un hogar de japonesitos o chinitos, entonces, Albertillo, podemos decir que eres un japonesito o un chinito Made in La Nación.

martes, 19 de marzo de 2013

Narrativa: Walter Lingán, Sal y canela sobre una silla (cuento)


Seitdem ich hier drinnen bin,
hat die Erde zehnmal ihre Bahn um die Sonne gezogen.
Und mit der gleichen Leidenschaft wiederhole ich,
was ich für sie schrieb1...
Nâzim Hikmet.

Es casi mediodía. Estoy sentado frente a tu retrato que alguna vez me enviaste en una de tus cartas. Me da la impresión de tenerte cerca, a mi lado, melosa: una gata enlazando mi cuello con su lomo arqueado. En tu rostro terso, de apariencia juvenil, todo aquello que tiene de castidad, de inocencia, se metamorfosea en tentación. Tu sonrisa seductora hierve en mis ojos. La cereza desnuda de tu oreja se inflama en mi boca. Percibo la insolente mosca de tu perfume en mi alrededor y vuelan mis sueños al paraíso. Pero no es posible un paraíso sin su serpiente y entonces me duelen tus traiciones, tus cartas, tu letra menuda atrapada en sus horrores ortográficos. «Amar es la peor cagada del mundo», me dijo un día el chato Antonio.

viernes, 15 de febrero de 2013

Narrativa: Walter Lingàn, La danza de la viuda negra (Cuento)


A Luis Guerrero Figueroa

Hasta que una noche apareció... Era linda como el agua de Agomayo, brisa del río su sonrisa y los cabellos al viento de la tarde. Le daba las manos, suaves neblinas que duermen a media falda de Yaguán.
Félix Huamán Cabrera.

I.

Desde mi balcón me esforzaba por verla nítidamente. Mimetizada entre los barandales oscuros del balcón vecino, parecía dormitar plácidamente. Su torso peludo devolvía con tonos azulados los madrugadores rayos del sol. La flores, que colgaban desde graciosos maceteros, borroneaban la visibilidad más allá del balcón y las ventanas. Sin embargo podía ver cuando se desplazaba, lo hacía lentamente, como si meditara o midiera cada paso. En la parte más alta de una de las ventanas se podía divisar una lámpara antigua con lentejuelas de cristal que eran estremecidas por el chorro de viento que ingresaba casi con violencia. Alcancé a ver como ella se deslizaba: con cierta delicadeza, con suavidad, con ponderable elegancia. En las amplias ventanas relucían cortinas blancas, bordadas con hilo plateado. Sin duda, por lo menos eso me parecía percibir, en cada movimiento de su cuerpo ondulaba una especie de cadencia musical. El diseño de las ventanas era sencillo y, ya sea invierno o verano, permanecían con una hoja abierta. Sus ojos, que los imaginaba negros, escrutadores, nunca los pude descubrir. Su mirada turbia y decidida sólo se dibujaba en mi imaginación. No sé por qué, pero su mirada la suponía fría, inhumana, sin el menor rastro de sentimientos. La puerta principal de la casa era de madera, con adornos y dibujos muy raros, seguramente tallados –como decía mi tío Facundo– por uno de esos tantos carpinteros que habían estado al servicio de hacendados abusivos y chiflados. La casa era vieja y grande, muy grande, con las paredes pintadas de blanco márfil. Sus antiguos dueños la edificaron en el centro de un hermoso valle flanqueado por agrestes montañas, tierras que usurparon a varias comunidades indígenas. «Esas tierras eran nuestras», contaba mi abuelo, señalando el valle que se perdía en el horizonte. Cuando los viejos hacendados se fueron, llegaron nuevos patrones, sembraron el valle de calles empedradas y casas nuevas. Sin más ni menos se apoderaron de los últimos pedazos de tierra que aún estaban en manos de campesinos laboriosos...

sábado, 5 de enero de 2013

Narrativa: Walter Lingán, La ingeniosa muerte de Malena (Cuento)



Para Luisa Pérez

A Silvia le hablaba de Malena. Es linda, muy linda, le decía. Casi a diario soñaba con ella. Sentado a su lado en el piso recién alquilado, peinando sus cabellos aún mojados, arreglando las uñas de sus manos y sus pies, colocando flores en un jarrón en la mesa de centro de la inmensa sala, tomando el té con los amigos que venían a visitarnos casi todas las tardes, contestando el teléfono para postergar citas o reuniones, yendo de paseo por el centro de la ciudad, luciendo un vestido nuevo y con el maquillaje resaltando sus facciones más bellas. Silvia escuchaba con cierto malestar el relato de mis sueños. Con rabia nada oculta cerraba el periódico que leía y se iba al dormitorio. Sentada frente al tocador se alisaba el cabello y se contemplaba desde uno y otro ángulo. Al volver, sosegada, mucho más tranquila, me preguntaba, una y mil veces, si aún la encontraba bella, que si aún era feliz con ella, que si aún ella sigue siendo mi princesa. Eso ni lo dudes, Silvina, te amo con locura mi princesita hispanoincaica, le contestaba. En silencio la admiraba, sentía cómo la amaba, claro, y me prometía amarla siempre, siempre. Entonces ella, suspirando profundamente, soñaba con ser Malena.

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