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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

lunes, 30 de mayo de 2016

Narrativa: El príncipe, por Oswaldo Reynoso (Cuento)

6 de agosto. (Vacaciones de medio año) Con púdica delicadeza de niña, Manos Voladoras guardó el dinero y, en una cargada atmósfera de miel de colonia, invitó:

– El que sigue, por favor.

Don Lucho, el dueño del billar “La Estrella”, quitándose el saco, avanzó al gran sillón, a través de reflejos azulinos.

– Corte alemán, como siempre.

Manos Voladoras con mirada provocativa y gesto resentido, contestó:

– Ya lo sé, Don Lucho. Conozco el gusto de mis clientes.

Corsario levantó la cara por encima del chiste que estaba leyendo y con ojitos pícaros rió. Los que esperaban turno sonrieron, deshonestos:

– ¡Jesús con estos muchachos! Para ellos todo, todo, todo tiene doble sentido.

Diligente como dueña de casa desplegó un paño blanco, blanco. Limpió acomedido máquinas y tijeras.Abrió un frasco de perfume y aspiró, goloso, y, con disimulo coquetón, se miró en el espejo. Don Lucho, entre tanto, prendió un inca. La claridad violeta de la peluquería se enturbió con el humo denso de tabaco negro. Fuera, a pesar de ser casi las cinco de la tarde, hacía oscuro: los días seguían nublados, irremediablemente. Después de muchos arreglos y aderezos de cirujano, Manos Voladoras se dispuso a trabajar.

– ¡Ay, Don Lucho! yo nunca me equivoco. Siempre dije que el Príncipe era el más roc de los muchachos del barrio.

– ¿Roc? -preguntó extrañado Don Lucho.

– Rocanrolero, pues, Don Lucho.

Corsario, desafiante y curioso, emplazó.

– Chismoso, qué hablas del Príncipe.

Manos Voladoras dejó tranquila la cabeza del dueño de “La Estrella” y dirigiéndose a Corsario, en tono de falsete, dijo:

– Que si no fueras ignorantón y leyeras los comercios de la tarde no me preguntarías. (Volvió a la cabeza de Don Lucho). Es un fastidio trabajar en este barrio. Aquí, nadies, nadies, nadies lee. Cuando trabajaba con Mario en San Isidro y…

– Déjate de esas historias, me las sé de memoria. El amo de “La Estrella” interrumpió colérico.

Entonces,Manos Voladoras, rápido y femenino, tomó de la mesa del centro un periódico y se lo mostró:

– Entérese, Don Lucho.

– ¡Qué desgracia para mi compadre!

Los conocidos del barrio salieron curiosos de su casi sueño dulce color naranja y miraron fijamente a Don Lucho.

– ¡Qué desgracia para mi compadre!

Corsario dejó el chiste y ansioso se acercó al gran sillón. Manos Voladoras lo espantó. (De seguro pensó: donde hay miel hay moscas).

– El Príncipe es el más roc de todos ustedes. (Corsario, dando vuelta al gran sillón, huía asustado de Manos Voladoras que, delicado, lo perseguía queriéndole meter la tijera en plena cara). Tengo muy bien entendido, para que lo sepas y lo pregones, que ser roc no sólo es usar bluyins y camisa roja: eso, es cáscara. Ser roc significa… bueno, por ejemplo, hacer lo que ha hecho el Príncipe.

– Pero Colorete lo gana. Repuso, pico a pico, Corsario.

– ¿Colorete? ¡Ay, ay, ayayayayay! No me hagas reír. Colorete es un antipático y un vividor, un-vi-vidor.

– Vividor, ¿no? Ahora se lo digo para que te pegue. Amenazó Corsario.

– Díselo, no le tengo miedo.

E1 señor omnipotente de “La Estrella”, con la cabeza medio rapada, gritó:

– Termina con mi cabeza y déjate de ventilar en público tus sucios enredos. ¿Habrasevistotaldescaro?

Manos Voladoras volvió a su faena. Corsario quedó pegado al espejo y no dejó de mirar “La Tercera” que todavía permanecía en manos de Don Lucho.

– ¡Pobre mi compadre! -seguía lamentándose el amo de “La Estrella”.

– ¡Pobre Príncipe, diría yo -contradijo Manos Voladoras mientras daba los últimos toques, rápidos y precisos, a la cabeza de Don Lucho.

– ¡Pobre mi compadre! tener un hijo tan sinvergüenza. En lo que ha terminado ese muchacho. Eso sí, yo nunca permití que pisara mi billar. Se hace el mosquita muerta y es capaz de chuparle la sangre a su mismo padre.

– No, Don Lucho, el sinvergüenza es el padre. No me diga que no; porque yo sin ser de la familia conozco las cosas de cerca, de-cer-ca.

– Más respeto. No hable de esa forma de mi compadre.

– No, Don Lucho, yo no tengo pelos en la lengua. Yo siempre, siempre digo lo que pienso, lo-que-pien-so-y-na-da-más.

Corsario, venenoso y burlón, intervino:

– Estás caliente con Don Jorge, porque en mi delante te prometió darte una pateadura si llevabas, otra vez, al Príncipe a tu jabe.

– Ve, Don Lucho, qué mal pensada es la gente. El Príncipe ha dormido una sola vez en mi casa y ni-siquiera-lo-he-mi-ra-do. Y durmió; porque su padre lo botó de su case, lo-bo-tó-de-su-ca-sa.

– Mi compadre no hace esas cosas.

– Desengáñese, Don Lucho, usted, más que yo, sabe que Don Jorge, desde que se le fue su mujer, no puede dormir solo; le gusta pasar la noche en compañía de cualquier arrastradita. Y como su casa es estrecha y su hijo duerme en el mismo cuarto y es un estorbo para sus aventuritas, lo manda al taller y mientras mi pobre Príncipe tirita el viejo sucio se revuelca calientito con alguna polilla cochina. No, Don Lucho. Un padre, un padre de verdad, un verdadero padre no hace esas cosas y menos tratándose del Príncipe que es tan bueno, tan humilde.

Y mientras Manos Voladoras hablaba con ternura de mermelada de durazno de su pobre Príncipe, Corsario tomó el pulverizador. Palomilla, chisgueteó en los ojos de Manos Voladoras; ágil, arranchó el periódico y, escurridizo, salió a la carrera.

Llueve, llueve, llueve fino. Llueve líquido algodón. Silueta azul, sudorosa y agitada, torea autos y tranvías. Morado pálido el viento frío. Con “La Tercera” en la mano, como bandera, va saludando a conocidos y cuñados. El asfalto brilla negro y el jebe de los zapatos amarillos resbala en el cemento. La neblina se deshace en la boca como helado de leche. ¡Quién lo hubiera creído!: el Príncipe con foto y todo en “La Tercera” y mañana, seguramente, en los comercios. Olor a lluvia: transpiración densa de barro y cemento; vaho tibio de gasolina y asfalto. Colorete va a tener envidia. El corazón está lleno de azúcar congelada. Autos y tranvías se aglomeran en calles estrechas. Corre, corre apresurado, atropellando gilas, a propósito. Cara de Ángel se quedará con la boca abierta. Ambulantes con carretillas impiden el paso. Pero Corsario con “La Tercera” en alto se desliza veloz, pidiendo perdón a señoritas asustadas. Manos Voladoras estará hablando, hasta por los codos, de su pobre Príncipe. La ciudad despierta de la neblina oscura y entra bulliciosa a la noche iluminada.

Espuma y oro líquido rielan y refulgen en mesas de metal. Radiola loca siete colores, siete maracas. Cubiletes y carajos caen violentos sobre mesas llenas de cebada. Colorete baila solo frente a la radiola. Natkinkón, moreno empedernido, tamborilea en una silla. El Rosquita se abraza a Carambola y en dúo acompañan al dúo del disco “Anliyuuu…” Cara de Ángel, vicioso él por el juego, interviene gozoso en el cachito sabatino que se arma con “los de la eléctrica”. De pronto, desde la puerta del café, Corsario grita:

– El Príncipe en “La Tercera” con foto y todo.

– A ver, luzmila para mi ojal – contesta gracioso

– El Príncipe en “La Tercera”: ¡PENDEJO!

Extienden “La Tercera” sobre la mesa y leen en

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ROCANROLERO ASALTA Y ROBA

Anteanoche, el menor de 17 años Roberto Montenegro del Carpio (a) El Príncipe promovió mayúsculo escándalo en una casa de diversión de Prolongación México. Después de tenaz labor del Comisario y de hábiles

interrogatorios llevados a cabo por sus subalternos se descubrió que el citado delincuente había robado un automóvil Ford 58 de placa particular Nº 39562. También se descubrió que el Príncipe, días antes, había asaltado

en plena vía pública a un indefenso cobrador robándole la estimable suma de diez mil soles. Extraoficialmente nos hemos informado de que el joven rocanrolero sigue estudios secundarios en una Unidad Escolar de la Capital. Llamamos la atención de nuestros educadores para que, de una vez por todas, enfrenten con valentía este agudo problema de rocanrolerismo.

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Ansiosos devoran la noticia y sorprendidos quedan en silencio

– Esto hay que celebrarlo.

Cara de Ángel, que ha ganado en el cachito con “los de la eléctrica”, pide cuatro pomos. Carambola pone “Ansiedad” y Corsario entusiasmado cuenta.

– Yo también he salido en los comercios, ¿ recuerdan? Apenas tenía catorce años y ya estaba aburrido de mi casa: todos los días había correa. Y el espeso del Borrao, ese de Normas Educativas, me llevaba bronca, me tenía asado.

– Ese desgraciao a mí también me tomó como punto -interrumpió Colorete.

– Vendí mi bici y con esa mosca me fui al sur. En Toquepala no encontré ni agua. Los gringos son bien malditos. Entonces, lueguito me fui a Tacna. Ahí conocí a un chileno: ¡Pendejo el roto! Le caí en simpatía y me consiguió un trabajito en un bulín. Serví como mozo por más de tres semanas. Putas: como mierda.

Yo era cabrito, como dicen allá, y toditititititas las noches me acostaba con una meca diferente. Me aburrí.

Tacna es bien triste: poca gente, pocos carros, poquísimos cines y la gente parece gallina: antes de las nueve, todos ya están acostados. Está bien para unos días y nada más.

– Mentiroso e’mierda. ¿Cómo, si eras menor de edad te dejaban en el bulín? Contesta; ya –preguntó desconfiado el Chino.

– Yayayayayaaa, calla, calla. Zafazafazafazafa. Eres más espeso. Deja que te cuente. Está bonito. Así fuera mentira, qué importa -protestó Natkinkón.

– Entonces me vine a Lima, ¿recuerdan? Ahí, en la esquina, tú, Colorete, di, ¿no me contaste que me habían estado buscando como agua, que me buscaban por aquí, que me buscaban por allá, que mi foto y mis señas personales salieron publicados en los comercios y que hasta por Radio Reló cada media hora pasaban la noticia de mi desaparición y que mi mamá y mi teclo estaban como locos? Ahí está Carambola que hasta me enseñó los comercios. Entonces recién me entró el miedo de volver a mi casa. Pero Cara


de Ángel me dijo: un día de cuera o todos los días de hambre, escoge. Preferí el día de cuera. Llegué asustado a mi casa. Cuando el viejo me vio se puso alegre y me abrazó. Mi viejita lloró y en la noche preparó arroz con pato. Natkinkón no quiso quedarse atrás y bullicioso dijo:

– Este zambo también ha salido en Te Ve y todititititos han visto mi cara en la pantalla del japonés.

– Negro bruto. Por salir así te botaron a patadas del canal -dijo Corsario.

– Pero salí, ¡ah!

– ¿Cómo fue, ah? -preguntó el Chino. Entonces el Rosquita contó:

– De pronto, sin que nadies se diera cuenta este negro e’mierda comenzó a tocar gemelas. Seguramente, en su familia hubo un músico: un tío, un abuelo, qué sé yo. Don Manuel, el del conjunto “Los Tropicales” lo contrató para que lo acompañara en el programa de Te Ve que tiene en el Canal 13. El día de su debut había que verlo al mono éste, vestido con bombacha de colores. El pelo lo tenía, al principio planchado y brillante; pero, ¡carajo! la pasa no se esconde, compadre. Tremenda bulla que se armó en el barrio. Todos los de la Quinta pidieron al japonés que pusiera Canal 13, para ver a este Natkinkón en jodas. Salieron en la pantalla “Las Candelitas”, famoso dúo cubano, y, al fondo, como una mancha, en medio de más de diez músicos, estaba este negro hediondo, moviéndose como una puta. De un momento a otro, avanzó y en toda la pantalla apareció tremenda cara de mono y comenzó a saludar. Pucha, si es bruto mi cuñao. Lo sacaron a patada limpia.

– Pero mi cara salió en Te Ve y ahora las gilas se me echan.

– Te creemos, te creemos, Natkinkón en jodas.

El trago se terminaba y la guaracha de la radiola les metía fuego en la sangre. Colorete, distante y callado, pensaba en la hazaña del Príncipe. Le tenía envidia. El nunca había salido en los periódicos. Todos tenían una historia que contar, menos él. Pero cómo le hería el recuerdo del Príncipe.

– El Príncipe es un cojudo. (Gritó Colorete, borracho). Está bien lo del asalto y el robo del For; pero es un cojudo al dejarse chapar tan suave. Lo han encontrado con el bollo. Cualquier iniciado en la materia sabe lo que hay que hacer con el producto de un robo Ahí, no le tenía al Choro Plantado; por qué no consultó con él.

– ¿Qué, estás envidioso, no? -se atrevió a decir el Rosquita.

Colorete comprendió que su prestigio se deshacía como el hielo en verano: rápido, suave.

– El Choro Plantado debe estar en el billar, preguntémosle qué opina del Príncipe.

Se pusieron de pie, pagaron la cuenta y se encaminaron, derechitos, a “La Estrella”.

– Ya Don Lucho me habló del asunto -respondió Choro Plantado. Macizo, alto y medio achinado, movía distraídamente el taco, mientras, paciente, esperaba que su contrincante terminara la bolada.

– Ese muchachito promete. A ver, Don Lucho, dos pomos, por favor. Hay que tener cojones par asaltar y robar un For, solito, sin ayuda, sin campana. ¡Qué carajo! Conozco al cobrador ese. No es tan indefenso.

Es bien fuerte. (Miró con calma, como si el tiempo no corriera, la colocación de las bolas. Se inclinó a la altura de la mesa y calculó con un ojo la posible trayectoria de su bola. Calmo y paciente, echó tiza al taco y, preciso y fuerte, taqueó: carambola. Durante su volada de quince no dijo nada, luego…) … lo único que no comprendo, como dice Colorete, por qué mierda no escondió la mosca y por qué no me habló del For, se lo hubiera desmantelado, y ni san puta lo hubiera encontrado. Bonito bollo se nos ha escapado de los dedos. (Sin apresurarse dejó el taco en la pared. Tomó una botella y sirvió, cuidadoso.) Salud contigo, Cara de Ángel. (Bebió y dejó el vaso en manos de Cara de Ángel. Despacio fue al tablero y apuntó su bolada. Volvió tranquilo, siempre mirando la mesa)…. por la forma como ha trabajado se ve que es inteligente, que tiene sangre fría; pero, ¿por qué mierda se ha dejado chapar tan suave? No lo comprendo. Quisiera hablar con él.

La collera, después de discutir el asunto hasta altas horas de la madrugada, se dispersó en la puerta de La Quinta. La neblina resplandecía con la luz amarillenta de los postes y había sueño; pero la foto del Príncipe como una herida le hincaba el pecho a Colorete. La hazaña del Príncipe le quemaba, le mordía el corazón.

II

Mañana del 5 de agosto. Desde el fondo de un canal negro se acerca una llamita naranja. Crece, crece y todo lo invade: naranja, transparente con venas azules. Ahora, huevo oscuro con aluminosa; corona verde brillante se aleja en

violeta y se pierde y se pierde en morado intenso. Círculos y estrellas pequeñísimos nacen y mueren interminablemente. Este globo enanito, del fondo, nace rojo; se acerca grande, amarillo; gigante, verde, se aleja, se aleja; muere: puntito azul. Arena menudita cae, violentamente, en silencio, como

cataratas de piedras. Finísimos alfileres hierven en los pies: hormigueo bullicioso. Cómo abrir los ojos, cómo mover los pies sin sentir las agujas que trepan como arañitas electrizadas. Frío en la espalda y en el pecho y en las manos y en los pies. Cómo abrir los ojos si una luz intensa los oprime. Y después de todo hoy no hay colegio. Nuevamente el verde que se agita en las olas rojas y Alicia en la playa me ve y se va con Carambola. Quedo solo en medio de la calle: amanece. Lloro, lloro, inconsolablemente.

Todo está perdido. Estoy solo, solo, y tengo ganas de morirme. El nublado de la mañana enceguece. En el fondo de uno mismo, más adentro del pecho, se agranda un puñal helado, ardiente. Y es imposible contener el llanto y es imposible contenerlo. La misma sala de anoche, pero sin gente. “Es peligroso que esté con los otros”, dijeron y tuve que pasar el resto de la noche sentado en esta silla del Departamento de Delitos Contra el Patrimonio. Serán las siete, será más tarde: lo mismo da. “Pero de todas maneras, López, mañana temprano hay que hacer ese parte”, dijo el Jefe antes de irse, anoche.

Este López es bruto y flojo como mandado hacer. Ya van tres papeles arrugados en el canasto y no pasa del título del parte. Minucioso, aplicado y limpio como el chancón de la clase; pero animal. Coloca el papel: lo cuadra, revisa las copias, las endereza. Enciende un country. Busca un cenicero. Lo encuentra. Tira otra chupada. Detiene el humo en la boca. Luego, hace argollas. Las mira hasta que se deshacen en el techo. Se vuelve a sentar. Se quita el saco. Se arregla las mangas de la camisa. Mueve los dedos (para que se calienten, dice él). Mira el papel en blanco y se queda en babia. De pronto se entusiasma y arremete valiente con las teclas. Se equivoca. Rompe el papel. Y, nuevamente, se prepara.

El Príncipe lo sigue con los ojos, lo examina, atentamente, y como una muchachita ingenua está que se come la risa. Ya no recuerda que ha despertado llorando: mejor. Por fin, el encabezamiento salió correcto,

impecable, limpio, subrayado.

– Tu nombre completo.

– Roberto Montenegro del Carpio.

– … d-e-l-C-a-r-p-i-o. A ti te dicen el Príncipe, ¿no?

– Sí, señor.

– ¿Por qué, ah?

– No sé, ¿ah?

(Si Lima es Ciudad de los Reyes por algo será. Robertito, tú tienes toda la facha de un Príncipe. Eres un auténtico hijo de Lima. -Y, ¿cómo sabes tú, cómo es la facha de un Príncipe? -le pregunté asombrado a Manos Voladoras. Entonces, él, afeminado como siempre, con ese tonito que me da risa, respondió:

– No hay necesidad de ver príncipes de verdad para imaginarse cómo son. Se les conoce por lo que dicen las novelas, por lo que se ve en el cine y por un poquito de imaginación. Y, aunque vistas pobremente, disculpa la franqueza, porque no siempre el hábito trace al monje, tu estilo tan aristocrático de caminar, tu forma tan orgullosa de mirar, tu manera tan afectuosa de dar la mano y, sobre todo, el color mate pálido de tu tez y tus ojos tan grandes y tan altivos, tan negros y tan redondos denuncian, aunque no lo quieras, tu realeza, tu sangre azul. In-dis-cu-ti-ble-men-te-e-res-un-Prín-ci-pe. To-do-un-Prín-ci-pe-.

Y desde ese día se le metió en la cabeza que yo era un Príncipe. Porque Lima, siendo Ciudad de los Reyes, tenía que tener un Príncipe. Y me quedé con la chapa).

– ¿Edad?

– Diecisiete años cumplidos, señor. Disculpe, señor; pero diecisiete se escribe la primera con ce y la segunda con ese, y no las dos con ese, señor.

– Yo sé cómo escribo. ¿En qué año estás?

– En Cuarto de Media, señor.

–¿Padres?

– Mi mamá murió trace tiempo. Mi papá vive todavía, señor.

– Déjate de tanto señor.

– Está bien, señ… -pícaro y palomilla, se tapó la boca.

– Diga el interrogado ¿cómo fue que asaltó at Sr. Arce?

(Un cartapacio resbaló de las manos de un pasajero que se había quedado dormido. E1 ómnibus de Matute se movía escandalosamente. Recuerdo que yo estaba en el estribo, gorreando. De repente, el señor se despertó y, al no encontrar su cartapacio, armó tal bulla que el chofer tuvo que parar el vehículo.

Pero al encontrarlo en el suelo se alegró y, en alta voz, dijo que ahí llevaba más de diez mil soles. Sorprendido, paré la oreja. Para colmo de mis males, el señor ese tenía que bajarse en la misma esquina en que yo tenía que apearme. Varias cuadras caminé tras él. Se encontró con amigos y entraron

a una cantina. Paciente, esperé fuera por más de dos horas. Salió solo, los demás quedaron quemando. Ese tal Arce fue el culpable de todo: porque si él, en el ómnibus, no dice que tiene diez mil tacos, no se me hubiera despertado la ambicia y porque si se va derechito a su choza, sin quedarse en la cantina,

no se me hubiera entrado la tentación. Pero eso no es nada, sino que se le antojó ir a casa de Gaby, la de las mecas. Ahí, la calle es bien oscura y casi no hay gente a esas horas. Me distancié un poco. Tomé valor. Apreté la carrera. Lo atropellé. Y fino, le arranché el cartapacio. Corrí como loco. Llegué a la

Quinta. Debajo de las gradas conté el dinero.

Mentiroso el viejo: apenas había cinco mil y algunos cheques por cobrar que no alcanzaban a mil quinientos tacos. La ambicia, compadre, que si yo rompo esos cheques, nadies me agarra. Y, por último, el tal Arce debe estar agradecido: que si cae en manos de maleantes, me lo cortan).

– Oye, ¿te has comido la lengua. No sabes hablar?

– Pero si los tiras están para averiguar el delito. Si yo lo cuento todo no hay gracia.

– ¡Ah, carajo! ¿Dónde crees que estás? ¿Con quién crees que estás hablando, mocoso e’ mierda?

El auxiliar López se puso en pie y le largó dos fuertes y sonoros sopapos. El Príncipe, sin perder su dignidad, con las mejillas sonrosadas, conteniendo las lágrimas y mordiéndose los labios, quedó en silencio, mirándolo con clase, resentido.

– Si quieres, contestas; si no, te jodes.

Dos brasas le quemaban el rostro. La boca la sintió amarga y tuvo ganas de tirarle el tintero por la cabeza. E1 auxiliar López, frío e indiferente, escribía: “el interrogado se niega a responder”.

– Vamos con la otra pregunta. ¿Cómo es que robaste el auto?

(Al día siguiente del asalto, por la mañana, me fui al centro y en Marqueti me compré un pantalón negro, americano, tres casacas bien rocanroleras, dos tabas, como la gran puta, de becerro importado. Compré también cuatro cajetillas de Salen. Y en Oesle, después de enamorar a las vendedoras, le compré para la Alicia un vestido de lana).

– ¿Vas a contestar o no?

(Cuando ya regresaba a mi casa, al cruzar la Avenida Tacna, vi un For. ¡Pucha si estaba bobo!: lo habían dejado con la llave en el motor y con las ventanas abiertas. Se necesitaba ser muy gil para encontrar así un For y no choreárselo. Tranquilo y sereno abrí la puerta. Me senté bien cómodo, como si fuera mío el carro. Encendí el motor y allá me fui, despacito no más, para que el tombo no se diera cuenta).

– Lo robé no más, pues, señor.

– Diga el interrogado cómo fue que aprendió a manejar automóvil.

– Mi papá, que es dueño de un taller de reparaciones, me enseñó, señor. (Ves que trabajo todo el día y ni siquiera me ayudas. Desde mañana, sin falta, te enseño a manejar carro, para que puedas ayudar en el taller).

– ¿Puedo hacerle una pregunta, señor?

E1 auxiliar López lo miró y siguió escribiendo.

– Me puede decir ¿por qué el señor ese del carro dejó la llave y las ventanas abiertas?

López quedó silencioso y recordó: (Sí, señor, como le digo, llegué apurado al Banco. Se me vencía una letra, en último día. Ya iban a cerrar la oficina, así es que salí a la carrera del auto sin darme cuenta que había dejado las llaves. ¡Qué descuido, por Dios!).

– Diga el interrogado ¿cómo fue que pasó la tarde del robo y en qué invirtió el dinero robado?

(Al llegar al barrio me encontré con Cara de Ángel y lo invité al carro Subió y nos fuimos al Callao.

Ahí almorzamos y tomamos vino. Cara de Ángel asustado me hizo varias preguntas sobre la mosca y sobre el carro. Le dije que me había ganado plata en las carreras y que el For era del taller de mi teclo.

Como a eso de las tres de la tarde regresamos. Lo dejé en el billar y le regalé más de cien tacos de verdad).

– ¿Tampoco contestas a esta pregunta, no? Solito te estás jodiendo.

Mientras el auxiliar López escribía cuidadoso, el Príncipe se mordía las uñas y seguía atento el vuelo de una mosca, que por fin salió por la ventana.

– ¿Qué hiciste después del robo, ah?

(Rapidito me fui a casa de Alicia. Silbé. Salió. Y estaba bien rica: ojerosa y con olor a cama sucia que arrechaba. La invité al cine. Me dijo que su mamá no la dejaba salir y que, además, tenía dolor de cabeza. Siempre lo mismo conmigo. Con Carambola es diferente. Para Carambola no hay dolor de cabeza. Para

Carambola, su mamá la deja salir hasta de noche. Y ¿por qué, entonces, coquetea conmigo? Le enseñé el carro: se asustó; le di el paquete, lo abrió y, al ver el vestido, casi se desmaya. -Pero Príncipe ¿qué has hecho? ¿De dónde has sacado carro y plata? -repetí la historia que conté a Cara de Ángel. No me


quiso creer. -No me comprometas. Eres un ladrón. Déjame en paz-. Y se fue a la carrera. Si yo fuera Carambola, de seguro habría recibido el vestido, y, más que seguro, hubiera subido al carro. Todo se fue al agua. Y yo que pensaba llevarla al cine, invitarla a la Crenrica y en el anochecer ir con el auto

hasta Chosica. Le hubiera besado las manos y nada más. En ese momento la odié, la quise ver muerta, muerta; pero, ahora, qué raro, la quiero. No hay caso, estoy sufrido por ella. Templado hasta la remaceta).

– ¿Parece que no te das cuenta de tu situación, ¿no?

– Si usted lo dice, será así.

(Caliente me enchaté. Estuve solo en una cantina y toda la tarde puse boleros y guarachas en la radiola.

Ya en el anochecer me encontré con Manos Voladoras. Afeminado, como siempre, me besó la mano. Entonces, le dije: Gracias, madán. Le hice una venia y lo mandé a la mierda. ¡Pobrecito!)

– Diga el interrogado si el asalto y el robo lo cometió solo o acompañado.

– Yo solo me basto.

– Sigues insolente, ¿no? Diga el interrogado ¿cómo fue que llegó a la casa de diversiones de Prolongación México?

(Más bruto es este auxiliar López: llegué, pues, en coche, ¡carajo!).

– Tan mocoso y tan sabido, ¿no?

(Desde las vacaciones de fin de año, cada quince días, voy a casa de Sabina a donde Dora. Parece que Dora se enamoró de mí. Dora, pues. Esa chinita de 28 años, más o menos, que baila suavesísimo y que se pega como lapa, la conoces, ¿no? Cuando estaba en su cuarto ella misma me desvestía. Me daba

vergüenza y le pedía que apagara la luz; pero Dora, caprichosa, no hacía caso y me acariciaba, tierna, todo el cuerpo. Asustado, escondía mi cara en su pecho y me abrazaba fuerte, entonces, ella, suspendía mi rostro, me besaba dulcemente los ojos y decía loca, triste y llorosa. -¡Mi muchachito, mi muchachito!-.

Creo que la llegué a querer y creo que ella también me quiso; porque nunca me cobró, al contrario, me invitaba cerveza).

– Diga el interrogado cómo fue que la fémina esa lo denunció y ¿por qué?

(Apenas la vi le enseñé la plata, le obsequié el vestido y la saqué a la calle para que viera el auto. Cuando regresamos al bulín, ella, triste y decepcionada, me dijo -Así, con plata, regalos, carro, ya no te quiero. Me gustabas como chicoquito pobre, abandonado. Andavete. No vuelvas más por aquí. La agarré fuerte y ella creyó que le iba a pegar. Gritó y, en menos de un segundo, hombres altos y morenos me rodearon. Hasta ahora no me explico en qué momento llegó el patuto. E1 caso es que un sargento me llevó, casi en peso, hasta el For robado y, ahí, se descubrió el pastel).

– Hemos terminado el parte y casi nada has contestado. Fíjate, has robado más de cinco mil soles y un auto y en menos de veinticuatro horas te hemos capturado con todo. No hay caso: eres un cojudo.

(Sí, soy un cojudo, pero por culpa de Alicia y de Dora. Manos Voladoras también tiene la culpa. Siempre con la misma vaina: eres un Príncipe, eres un Príncipe. ¿Y cómo, en la Ciudad de los Reyes, un Príncipe sin auto y sin plata?: la hueva, compadre).

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