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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 25 de marzo de 2011

Historias reales... y de las otras: Zavalita a los 75


Mario Vargas Llosa no sólo es un gran escritor. No sólo es el único premio Nobel al que podíamos aspirar. Es también un fallido dramaturgo y un demoníacamente malo actor de teatro. Pero Mario es temerario y no puede vivir sis riesgos. Por eso fue a Asia, la capital de esa derecha que alguna vez él irritó, a representar, junto a la bellísima Vanessa Saba, el espectáculo que en España montó al lado de la estoica Aitana Sánchez Gijón: una versión personal de la célebre saga árabe “Las mil y una noches”. Todo en una carpa y bajo la producción de Luis Llosa, el inolvidable director de la omitible película “La fiesta del Chivo”. Aquí va la crónica de una noche accidentada.

Escribe: Juana Gallegos.

Noche de verano de un sábado cualquiera en Asia, en el kilómetro 100 de la Panamericana Sur. La noche lleva el rótulo de exclusiva. La cartelera anuncia la actuación del escritor Mario Vargas Llosa. Esta noche, el Nobel de Literatura encarnará nada menos que al sultán Sahrigar de los cuentos de las Mil y una noches y la actriz Vanessa Saba será su Sherezade. La cita es exclusiva porque será la única vez que Mario actúe para el público de Eisha. No todos están invitados: la entrada más económica vale 250 soles, y la que te permite ver en primera fila a Vanessa Saba vestida de odalisca, mostrando el ombligo, cuesta 560. La velada comenzará a las ocho. Así está impreso con tinta negra en el boleto de Teleticket: La Arena de Asia, dice, fila 7, asiento 42, sector preferencial. Son las siete y media y no ha llegado nadie. Sólo un par de reporteros circulan con el micrófono y la cámara presta.

¿Deberíamos llorar? ¿Matar a Llosa? ¿Esto es trágico o cómico?
La portada del local de La Arena luce minimalista. El estilo es una combinación de arquitectura precolombina y onda playera. Hay dos escurridas palmeras que hacen guardia en la puerta de ingreso. A los pocos minutos empieza el movimiento. Se ven desfilar camionetas negras y plateadas de las que emergen cabezas rubias y platinadas. La prensa es la primera en ingresar al local. Nos conducen a un ambiente contiguo al escenario, muy parecido a una tienda de campaña. Nos han prometido sólo cinco minutos con los actores. Sólo cinco. Entramos en fila india y, voilá, los vemos aparecer, a la luz de candelabros plateados, vestidos para la ocasión: el Nobel y la actriz. Mario en su disfraz milyunanochesco: zapatillas blancas de punta, túnica crema de dos piezas con ribetes dorados, el gesto grave de siempre ahora empolvado como si de una muñeca de porcelana se tratase. Imagino lo gracioso que se verían Sartre o García Márquez disfrazados de esa forma. A su lado, la muy bella Vanessa luce un tapado de satín fucsia. Está muy cubierta y tiene los ojos y las cejas delineados con severidad.
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A espaldas del dúo se ve la propaganda del auspiciador, el Citibank, junto a la marcas de la productora, Iguana Producciones. Los fotógrafos se empujan para conseguir la mejor toma. Llueven los flashes. Los periodistas están a la espera de que el Nobel diga una palabra y el autor de La Guerra del fin del mundo sólo se limita a sonreír y decir: “Contar historias es una tradición muy antigua, la más antigua de la humanidad”. Llueven, otra vez, los flashes. “¿Es el día más feliz de su vida?,”, le pregunta un periodista despistado. Vargas Llosa tiene el buen gusto de no contestar.

Entretanto, la entrada del local se ha llenado de un gentío de naturaleza VIP. Los altos peinados batidos, los rubios lisos perfectos, los colores pasteles, el discreto encanto de mujeres sesentonas que no quieren dejar el rouge encendido. Si hay hombres parecen ir sólo como escoltas. “¡Doctor, como está!”, ¡Gorda, qué tal los chicos!”, se catean los saludos y los besitos al aire. Una pañoleta blanca con flecos, una sonrisa de dientes largos saluda. El ambiente se ha llenado de murmullos. Fragancias de toda clase y de todo precio flotan en el aire. Sobre la actuación del Nobel dicen: “Las mejores expectativas. Él es muy hábil y muy inteligente. Es garantía de que será una buena obra (…) ¿Qué libro de él he leído, dices? Me gustó más el primero, pues… ¡Ah Los cahorros”, dice una rubia enjoyada mientras hace cola. “Mario es todo un artista. O sea, porque al final, el teatro, ser escritos y todo eso tienen muchas en cosas común, ¿no?, dice otra señora a la que una dieta no le caería mal. “Imagínate que él debe vivir la actuación más que cualquiera. Es la segunda vez que actúa”, dice otra. Se refiere a que Mario ya ha actuado en la misma obra en Méjico y España. Mientras esperamos la función, un calvo de camisa blanca se acerca y nos pregunta: “¿Ustedes de qué medio son? ¿Son de Polizontes?” Debe ser un sonámbulo porque ese es un programa de la tele y nosotros no pasamos de una Canon fotográfica. Le respondemos que no y el despistado sigue de largo.

Lo primero que resalta al ingresar al gran salón de La Arena es la cierta sensación de vacío. Hay más de dos mil sillas dispuestas en filas y aún así el espacio parece penosamente más grande de lo que debiera ser. Al final de cuentas, estamos en una carpa que hoy acoge a un Nobel como mañana podría recibir al Combo de Carapongo. En la oscuridad resaltan los colores fucsias del juego de luces que ilumina el escenario. Sobre éste hay un sillón para ella y un canapé de sultán repentino desde donde Vargas Llosa nos impartirá su historia. También hay, faltaba más, una gran pantalla multimedia. Como si Arabia e Hiraoka se unieran para un noble propósito.

La fiesta se vive en las primeras filas de la platea, en el sector Platinum, que es donde la entrada cuesta casi un sueldo mínimo. Allí es todo un alboroto y todo flashes. Allí se encienden las risas y la luz de los reflectores colorea caras y abrillanta melenas. D e fondo se escuchan pistas de electro-bossanova y algunos éxitos de los Rolling Stones. Los reporteros concentran su atención en la esposa del escritor, Patricia, hermana del director de la obra, Luis Llosa. Está sentada con las manos cruzadas en primerísima fila. En un segundo pude comprobar lo dicho alguna vez por su esposo: “Ella es quien mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos”. Con frialdad, Patricia me responde los nombres de sus nietas: Josefina y Adriana, a quienes las cámaras no dejan de fotografiar. Más sabia que nunca, declara a un periodista: “Yo no estuve de acuerdo con que Mario actuara”. A pocos pasos, en la sombra, reconozco el volumen de Raúl Vargas, envuelto en un saco azul marino. Podría ser la encarnación de la Divina Comedia, su exitoso programa en RPP. A quienes les he perdido la pista son a Susana Baca y Beatriz Merino, que también han asistido a la velada. Muy vagamente, a media luz, veo al ministro de Cultura, Juan Ossio, perdido entre las cabecitas de la zona VIP.

La gente sigue llegando. Entre el largo intervalo de espera, aprovecho para hacer algunas preguntas: “¿Ha leído a Vargas Llosa?”. “Claro, La casa verde y… Los Cachorros”, dice Mery, sin apellido, sólo Mery. “Conversación en la catedral y…no he leído Peregrinaciones de un paria, pero me encantó La fiesta del chivo y Las travesuras de una niña mala que son más ligeras que Conversación en la catedral (…) que es más profunda, más seria”, más seria”, responde alguiern qwue considera que la historia de un dictador es ligera y que le ha robado la autoría de Peregrinaciones… a Flora Tristán. “Toditos los he leído. Me gustó más La ciudad y los perros”, dice con entusiasmo Chany de Velásquez de Velasco. ¿Y cuál es la diferencia entre Niña mala y Conversación en la catedral?, le pregunto a otra señora del público. “Bueno, el tema es más simpático, ¿no?, que el otro del colegio militar ¿no?, responde María Cecilia.

8:41 p.m, se van apagando las luces laterales. El escenario se ilumina. En medio de los aplausos protocolares, por la izquierda, ingresan los pantalones de tul celeste de Vanessa; por la derecha, aparece Mario. Llueven los aplausos. Comienza la función y Vargas llosa recita sus primeras líneas. La atención del público está volcada totalmente sobre él. Es curioso ver a Vargas Llosa, a los 74 años (este domingo cumplirá 75), bajo luces azuladas, disfrazado de príncipe árabe actuando para la socialité. Se enciende la primera chispa de la historia de Sherezade. Se escucha la romántica tonada de un laúd. La atmósfera de drama se enciende a fuego lento. Sin embargo, a lo lejos, traído por el viento, se escucha, en oleadas infames, un reggaetón intruso. Es un sopapo electrónico que se cuela entre las lonas de la carpa. Es algo que el cuñado de Mario, Lucho, no calculó. El Nobel continúa imperturbable recitando sus líneas. ¿Deberíamos llorar? ¿Matar a Llosa? ¿Esto es trágico o cómico? Tras bambalinas, se escucha decir a Sherezade: “¿no hay manera de que bajen el volumen de esa música?” El público también está firme en su decisión de que nada ni nadie arruinará esta noche. Desde la lejanía de mi sitio no logro distinguir los gestos de Vargas Llosa. Estoy como a doscientos metros del escenario y lo que se percibe es un tono monocorde. Todo parece una velada escolar profondos de algo conmovedor. Nada capta tanto la atención como la gran pantalla multimedia (tan o más grande que una pantalla de cine) sobre la que se ha montado la escenografía.

La función terminó sin pena ni gloria a las 10:40. Vargas llosa tuvo que entrar por una segunda vez para que el público se parara de sus asientos y lo aplaudiera a discreción. Es una ovación. La gente sale hablando de todo menos de la función. Como si hubiese un delicado pacto de no agresión. Sólo un par de muchachitas dicen: “Asu, duró hora y media”. Ya afuera, me acerco a los grupitos que esperan entre las filas de camionetas estacionadas y les pregunto: “¿Qué les ha parecido la presentación?” Con una distancia infinita e irreconciliable, la mirada dedicada sólo al celular, una señora, muy elegante ella, con joyas en el cuello y las muñecas, las orejas camufladas, me ignora, me da una palmadita en el brazo y se va de largo. “Estoy hablando con mi hija”, dice. Se acerca al grupo de sus amigas y su rostro se hace más expresivo. Al fin le veo la sonrisa. Otro grupo hace planes para que queda de la noche. Les pregunto qué les pareció la velada y cambian la cara de me-quiero-ir por los: “me encantó”, “fue maravilloso”, “muy lindo”, “a mí me gustó todo, o sea, verdaderamente lo han hecho como si fuera del Oriente, muy lindo, de verdad”, “una obra bastante narrativa con partes en la cual demostraba que el amor destruye el odio y hace una apertura para la vida”. O sea.

Una chica con el peinado de Mel Gibson en Corazón Valiente se acerca y le dice a otra chica de piernas largas: “¿Una foto para la revista Zoom?” Y la chica, entonces, ladea la cabeza y posa bajo la luz amarilla del letrero de La Arena. Se ha formado otra cola para pagar el estacionamiento de las camionetas. Nadie habla de Vargas Llosa. Lo que es imparable es la música que fluye de la discoteca de al lado, el lugar desde donde dispararon, mientras el Nobel se esforzaba, municiones de reggaetón de altísimo calibre.

Fuente: Semanario Hildebrant en sus trece, página 30, viernes 25 de marzo del 2011.

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