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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 17 de julio de 2010

"ESPINA DE MARAM" EN ADAPTACIÓN TEATRAL

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Uno de los cuentos del narrador celendino Alfonso Peláez Bazán, que forma parte del conjunto publicado en el libro TIERRA MÍA, es "Espina Maram"; cuya trama llena de momentos trágicos, se desarrolla en un espacio campestre.

En base a la historia argumental de este cuento, Jorge Chávez Silva "Charro" ha elaborado una adaptación teatral. La lectura de la misma nos da una visión más ágil de las acciones desarrolladas por los distintos personajes.



Aquí el texto referido

Drama adaptado del cuento “Espina de Maram” de Alfonso Peláez Bazán.

PERSONAJES.

INGENIERO.- Explorador viajero cuyo atuendo consiste en pantalones de montar, botas, chaqueta, casco de explorador y revólver a la cintura

INDALECIO MESTANZA.-Guía, vestido a la usanza de los arrieros celendinos, con sombrero raído, pantalón de bayeta, camisa de dril, poncho y alforja al hombro, calza bastos llanques.

DON SILVERIO.- Pequeño terrateniente de las riveras del Marañón

EULALIA.- Hija loca de don Silverio.

ACTO I


INGENIERO: ¿Y ahora, qué  haremos, Indalecio? el Cantana, en la crecida de anoche, se ha llevado el puente. ¿Por dónde cruzaremos?

INDALECIO: Si, señor… De todas maneras, tendremos que “faldear” hasta alcanzar la pampa de "Los Gigantones"… …Después de la pampa, una bajada, corta pero escabrosa… Al final, la finca de don Silverio… Sí, señor, la finca de don Silverio…

INGENIERO: ¿Y quién es don Silverio?...

INDALECIO: Bueno, un hombre un poco raro… Figúrese que en muchísimos años no ha salido una sola vez para otro sitio… Nadie llega tampoco a su finca, y menos, desde luego, por este lado… por donde, precisamente, vamos a llegar nosotros… Pero, cómo evitarlo si aquél es el único sitio por donde se puede pasar el río…

INGENIERO: Quien dispone y ordena eres tú, Indalecio, iremos por ahí…

INDALECIO: (Arrojando el bolo de coca) Lo primero que hay que hacer es asegurar las cosas, y partir de inmediato, no vaya a ser que nos caiga la noche en estas soledades… (se ponen a caminar) Después de esa pampa, ya lo sabe usted, una pequeña bajada y luego la finca de don Silverio… Sí, de don Silverio… Yo…. Ah…

INGENIERO: Dime, Indalecio, ¿Por qué la gente no llega a la finca de don Silverio por este lado?

INDALECIO: ¿Sabía usted que en esta pampa se dan las más terribles espinas de maram?

INGENIERO: ¿Y cómo son las espinas de maram?

INDALECIO: ¿No sabía usted, entonces, nada de las espinas de maram?

INGENIERO: Absolutamente nada

INDALECIO: Son terribles las espinas de maram… Y más todavía las de esta pampa… De éstas, bastan dos hincones para volverlo a uno definitivamente loco… (mete hojas de coca a la boca, masticando para formar el bolo y luego da dos chufranadas) Mucho cuidado, señor… Mucho cuidado con las espinas de maram…  son traidoras, señor… de repente siente usted el piquete y lanza un grito espantoso… Inmediatamente la desprende usted y lanza otro grito igual… Y ahí no termina el percance, señor… Bien profunda en su carne ha quedado la punta de la espina… una punta que es como un arponcillo o garfio… Al otro día tiene usted hinchada la parte herida… Y al otro día ya la tiene usted con mal olor… Oh, las espinas de maram… (sigue chufraneando) Por eso, no hay que perder tiempo para hacer sacar el arponcillo… Claro que el peligro de ser hincado es mayor para los que sólo llevamos llanques… Pero, naturalmente, a cualquiera se le puede prender una espina de maram, en el brazo, en la pierna o en la espalda… Sí, señor, nadie está libre…

INGENIERO. ¿Así de terribles son?

INDALECIO. Tanto, que no puede imaginar… Caminemos, pues, con mucho cuidado… Mucha vista, señor… Con todo cuidado, señor… Mucho ojo, mucho ojo… La noche se nos viene encima y esto la pampa se vuelve más peligrosa… ¡Aaaayyyy!

INGENIERO: ¿Qué pasa, Indalecio, te ha picado acaso una víbora?

INDALECIO: (sacando una espina de la rodilla, de  la que brota sangre) Peor que eso, señor… una espina de maram… pero, ya va pasando, señor… Debe haber quedado, sí, bien adentro el arponcillo… Caminemos, caminemos, señor…

INGENIERO: Sí, te la sacarán en la casa de don Silverio… Avancemos, avancemos… (abraza a Indalecio y lo lleva cojeando)

INDALECIO: Tenga cuidado, señor… Mucho cuidado, señor… Le aseguro, señor, que la peor serpiente no haría doler así… Pero, avancemos, señor… Dios va acortando la distancia, señor… Avancemos… Bendito sea Dios… Ya estamos cerca… La bajada y nada más… Pero… yo… Dios mío… Cómo… Avancemos… avancemos, señor.
INGENIERO: ¿Qué significan esas manifestaciones de angustia, Indalecio?

INDALECIO: (caminando trabajosamente)… ¿Pero, dónde más me la podrían sacar?... Allí tenemos que ir de toda suerte… … Ah… se lo debo decir, señor… Yo no podría llegar a la casa de don Silverio… Llegar, así no más…

INGENIERO: ¿Y qué misterio es éste, Indalecio?...

INDALECIO: (amarrándose una punta de tocuyo en la cabeza de manera que le oculte la mayor parte del rostro)… Todo se lo contaré después… Mañana… Por hoy sólo interesa que en la casa de don Silverio nadie escuche mi nombre… Usted me llamará, por ejemplo, Juan… Y usted dirá por mí cuanto sea necesario…

ACTO II

En la cabaña de don Silverio, ladran los perros y sale éste con un candil en la mano.

SILVERIO: ¿Quién anda por ahí?

INGENIERO: Soy el ingeniero Echegaray, don Silverio, pero de eso hablaremos después, es necesario curar de inmediato a mi guía, tiene una espina de maram clavada en la rodilla…

SILVERIO: ¡Ah, qué terrible! Tiéndalo allí, ingeniero (Señala un petate en el suelo) habrá que hacer una fogata… necesitaremos bastante luminaria (enciende una fogata) Iré a traer unos remedios (entra en su choza y aparece con un mate con un líquido amarillento y una alesna en la mano) Ya. Señor… Por si acaso, usted lo sostiene bien fuerte en los brazos…

INGENIERO: Perfectamente, don Silverio

INDALECIO: (mientras don Silverio hurga en la herida con la alesna) ¡Ayyy! ¡Ayyy!

SILVERIO: (continúa en la operación) Debe haber quedado muy adentro… No la encuentro… Pero la hallaré al fin… (De rato en rato seca la herida con un trapo)… Cuando el maram crece entre gigantones, sus espinas son terribles… son más dolorosas y venenosas que las víboras… Sí, señor, no todos los maram son iguales… Y por último, dicen que hay el “macho” y la “hembra”… Vaya usted a saber, señor… Cosas tiene esta tierra del Señor…

INDALECIO: ¡Ayyy! ¡Ayyy! (sigue dando alaridos mientras prosigue la operación)

SILVERIO: -¿Pero dónde se ha metido la maldita espina?... De repente voy a romper algo…
(En ese instante, como un fantasma raro, aparece una extraña mujer… Alta, delgada, casi esquelética. Los cabellos desgreñados y la ropa mugrienta en jirones…)

SILVERIO: No se asuste, señor… Es mi hija Eulalia… Hace muchos años que perdió el juicio… -Se va acabando, señor, la luminaria… Ya casi no se ve… Llevemos a este hombre adentro…

(Llevan al herido, que se ha desmayado, a un rincón de la choza) Se oye un triste canto…

EULALIA: Amor… Amor…
Ay, qué hondo heriste
Mi amante pecho…
Amor… Amor…
Ay, fuiste espina
De cruel maram…
 

(Don Silverio ha servido dos jarros de café y el ingeniero invita unos cigarros mientras conversan)

INGENIERO: ¿Y cómo se alocó su hija, don Silverio?

SILVERIO: ¿No le dice nada, señor, su canto triste?... ¿No le oye?... Está tan claro, señor…

EULALIA: Amor… Amor…
Ay, qué hondo heriste
Mi amante pecho…
Amor… Amor…
Ay, fuiste espina
De cruel maram…
 

SILVERIO: -Pues sí, señor… A ella se le clavó la espina de maram en el mismo corazón… Y en el corazón, se muere o se enloquece… Espina de maram… En cada luna, señor, sale a cantar… por las huertas… por la orilla del río… por los cerros… ¿Piensa usted en cómo es mi vida?... (Dando por terminada la conversación) …Algunas horas de sueño, señor, le caerán bien… La jornada de mañana será dura…

ACTO III

El ingeniero semi dormido ve a Silverio acercarse al enfermo y levantarle la punta que le cubría el rostro.

SILVERIO: Ah…. No me había equivocado… Era él… Era Indalecio Mestanza… (sale)
(El ingeniero se levanta y va donde el enfermo y retrocede espantado de lo que ve, sale y encuentra a don Silverio  chacchando tranquilamente)

SILVERIO: Todo está listo, señor… Yo lo dejaré a usted en buen sitio…

INGENIERO: ¿Pero, qué significa todo esto, don Silverio?... Es espantoso, señor… Y usted…
SILVERIO: (Interrumpiéndolo) verá usted que todo es obra de Dios… Y usted no tendrá ya fundamento para condenarme. Sí, señor, por mi mano se ha cumplido la voluntad de Dios… Mis manos mataron a Indalecio Mestanza… …Y creo que estoy satisfecho, señor… Usted ha visto a mi hija, señor…

INGENIERO: ¡Ah!... ¡Su hija!... Eulalia… Si….

SILVERIO: …Espina de maram, señor… Usted ha oído su canto… Pero yo lo esperaba, señor… A mí también me dejó en el alma otra espina de maram: el odio… El odio también queda como el arponcillo de la espina de maram… Si a tiempo no es sacado, pudre también el corazón… Ya ve usted cómo han estado tan bien arregladas las cosas… ¿El destino?... ¿Nosotros?... Quién sabe… Tal vez el único responsable sólo sea Dios…

INGENIERO: …¿En qué momento reconoció usted a Indalecio?... ¿Cómo lo pudo reconocer?...

SILVERIO: …Lo reconocí en el primer instante… Su aire, no sé qué… como si los quince años que han transcurrido desde que se marchó de aquí, sólo habrían sido días… Además ¿no cree usted que con los años se agudizan en el hombre algunas facultades, o nacen otras?...

INGENIERO: Podemos pensar ahora, don Silverio, en la sepultura…

SILVERIO: Ah… Pues, ni eso ya le debe preocupar a usted…

INGENIERO: ¿Cómo? … No entiendo…

SILVERIO: …Es sencillo. En lo que restaba de la noche, mientras el cuerpo se enfriaba y empezaba a pudrirse en ese rincón, yo le cavé un hueco… Sí… Mire, allá… detrás de aquel cerrito, a la vera del camino… de un caminito angosto que nadie trafica…  No hace falta velorio… Aquí se descompone muy pronto la carne… y si es picada de espina de maram, peor… (cargando el cadáver) Mientras yo lo llevo, usted puede ir arreglando su acémila… Le tengo ya ofrecido dejarlo en buen sitio…

(vuelve y lo lleva a un extremo, señalándole un camino) He cumplido, señor mío… Ya de aquí no se pierde usted… Siga nomás por esta falda hasta encontrar una quebrada seca… La atraviesa, y sin subir, ni bajar, sigue usted hasta la misma fila… Desde allí podrá distinguir el valle de “Los Naranjos”… Y vaya usted, pues, con Dios, señor mío…

FIN.

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