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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 7 de marzo de 2018

(CONCIENCIA CRÍTICA: CUENTO) LA PASIÓN VIRGINAL DE LA VIUDA J…(*)

Por Mario Peláez


“¿Me recuerda usted, soy Augusto Mendo?”

Él regresaba al pueblo de muchos años, tantos que a la propia memoria le resultaba difícil contarlos. No le acompañaba ninguna emoción, aunque sí una bien disimulada angina. Todo sigue igual – pensó –, las calles largas y desiertas como si en ellas hubiesen brotado el olvido – murmuró reflexivamente.

Apenas se escuchaba como ecos el trajín de los carros que desde hace tiempo obviaban sus calles. Ahora cruzaba por el Pueblo Nuevo. Por unos segundos, Augusto creyó que nunca había abandonado el pueblo. Que solo estaba viviendo otra mañana del viejo pasado.

Arriba el sol estaba en apuros y lucía algo deprimido. Las nubes se negaban a migrar. 

Dos personas, distanciadas una de otra, caminaban por la otra vereda, solo Dios sabe a dónde iban. Augusto sentía que de reojo lo miraban, y él hacía lo propio a pesar de que sus ojos estaban aturdidos. El viaje tomó 19 horas de un tirón, poniendo en aprietos sus crujientes huesos.

Entonces Augusto giró a la derecha con dirección a la Plaza de Armas convencido que allí le darían razón; y sabría cuánto ha envejecido.

Instintivamente Él repasó su rostro con la palma de su mano izquierda. 

En la plaza las palmeras se esforzaban por mantenerse en pie, como si hubiesen decidido agonizar erguidas; la Iglesia, abierta de par en par, optimista esperaba a la feligresía; y al frente el viejo edificio municipal que se resistía a perder su prestancia.

Augusto tomó asiento en una tibia banca de cemento y en tropel llegaron los recuerdos. Los generosos huertos, la crecida del río, los árboles coposos a los que trepaba, la lluvia con granito y el olor a guayaba. Sin embargo en su mente no asomaba ningún rostro. Aún así ratificó lo feliz que había sido su niñez. 

-¿Me recuerda usted, soy Augusto Mendo?- le dijo con voz apacible.

La mujer lo miró un segundo y se deslizó cuesta abajo como una leve brisa. Él apenas pudo ver unos mechones, tenía puesta una mantilla negra. 

Segundos después se acercó un hombre de contextura fibrosa de unos 65 años que lo miró como si quisiera rescatar alguna filiación. 

Augusto al instante vio en el rostro del hombre mucho de su propio rostro.

- Disculpe, señor, son tantos años que deje el pueblo, más el cansancio del viaje, no ubico la casa de Ricardo Mendo, esposo de la Sra. Domitila. 
- A tus órdenes, soy Ricardo Mendo, tu primo hermano. Te aseguro que de niños hemos jugado sin parar. He venido tras tuyo, yo sabía de tu llegada, en el Pueblo Nuevo me informó el Alcalde de tu llamada telefónica.

Se abrazaron como para toda la vida. Y si no cargaran prejuicios hubiesen llorado como niños.
Sus miradas reciprocas repasaban sus rostros.

-De toda la familia – continuó Ricardo – sólo yo quedó en el pueblo. Mi mujer, Domitila, murió hace 3 años. Mis dos hijos levantaron vuelo. Uno anda en Chile y el otro en Piura. Tengo lista la caja para entregarte. Sé que contiene 297 cartas, Josefina me lo dijo. Cartas que ella escribió a su difunto esposo, desde el segundo día que lo mataron. Ella, ya muy delicada, reiteradamente me decía, “Ricardo por favor, no dejes de poner en manos de Augusto estas cartas. Él sabrá darles un buen destino”. Y yo contestaba como buen cristiano. “No te preocupes, Josefina, que a sus buenas manos llegarán”.

Los ojos de Ricardo se nublaron y sus manos se enlazaron; Augusto posó su mano derecha en el hombro del primo. 

-Fueron cinco balazos. El reloj marcaba las siete de la noche –retomó la conversación– nunca se supo quiénes fueron los asesinos ni por qué lo mataron. Aconteció en la misma puerta de la iglesia, terminada la ceremonia; había una multitud de invitados y curiosos, y juegos artificiales, como se acostumbra en estos casos. 

- Pero a lo mejor todavía hay una sospecha en pie- preguntó con voz quebrada Augusto. 
Muchas veces el tono de la voz sustituye oportunistamente a la reflexión.

- Nada de nada. Cuatro años de intensas investigaciones – agregó con ironía – salvo las ocurrencias y los decires de lenguas largas: “Como que fue una banda de apasionados y platónicos enamorados que no soportaban ver privatizada la belleza. (Ricardo hizo un breve silencio como si convocara viejas imágenes, y continúo). De verdad que Josefina era extraordinariamente bella. Como decía el maestro Roberto Sáenz, “alta, de piernas largas, ojos sarcos que alumbran al sol, de senos turgentes, con pezones como cabeza de colibrí, con cintura de viento y andar ondulante. Una real mujer santa en celo”.

En la mente de Augusto se agitaba su memoria buscando algún recuerdo que lo asocie a Josefina. No fue posible.

- Pero lo mejor de todo – argumentó Ricardo con tono firme – fue su conducta ejemplar, su naturalidad. Nada en ella era artificial. Sus gestos siempre coquetos eran expresión de felicidad. Jacobo, el difunto esposo, fue su única experiencia sentimental. Por eso mismo el único placer que ella conoció fue el beso de la ceremonia. Ella fue virgen al regazo de Dios. No olvides la época. Entonces las piedras de alumbre servían como desodorante, y ni hablar de las compresas desechables.

En el trayecto a la casa de Ricardo, Augusto sintió que su andar llevaba pisadas de cuando niño, y pensó “cómo no decir lo formidable que a veces es la vida.

- En mi casa también tengo los libros, ella me los obsequió. En algún momento pensé donarlos, en su nombre, al municipio. Pero no. Ella adoraba los libros, muchos mandó empastar. Los leía y releía.

- Ricardo, sabes por qué Josefina nunca quiso dejar el pueblo, no obstante el ruego de sus hermanas.

- Yo mismo sin número de veces le decía: “Pero Josefina, en Lima está tu lugar. Allí están las mejores universidades y bibliotecas, además de tus hermanas”, y ella con voz grave y ronca argumentaba: “el amor es un absoluto que solo merece más amor. Entonces yo no puedo dejar solo a Jacobo; sería un cruel desamor”. Y bien que cumplió. Ahora están juntos para siempre en el viejo cementerio. 

Augusto no pegó los ojos. Toda la noche navegó en un nostálgico insomnio.

En la mañana los primos se miraron con ternura y se comprometieron a escribirse. “Lima y el Pueblo deben estar comunicados” –dijo sonriendo- Augusto. “Sí, sí”, contestó Ricardo.

Ambos deseaban que el tiempo volviese atrás. La tristeza los acosaba. Ya no hubo abrazo de despedida.

Varias veces postergaba la lectura de las 297 cartas – decía a sus amigos. Solo una era para un tal Juan José, que al principio me desconcertó. Ninguna de las cartas tenía fecha, pero estaban ordenadas con una lógica invisible: al crecimiento de la pasión. 

Había una nota que asumo era para mí: “Primo, evocando al gran Víctor Hugo, estoy segura de que es en las cartas de una persona donde hace falta buscar el sello del corazón y el rastro de la vida”. En ellas se expresa la intimidad del espíritu. 

Algunas cartas son copiosas, otras breves, pero igualmente dadivosas de pasión. Leeré algunos fragmentos – advertía Augusto.

Esposo mío, adorado Jacobo: 

¿Recuerdas cómo nos conocimos, amor mío?. Seguro que sí. Tú me mirabas con miradas colmadas de malicia, propias de hombres que no saben cultivar el amor, que no saben pacientemente dar la bienvenida a las delicias del amor. 
Entonces yo te miré recusando tu mirada, y tú bien entendiste. Ambos comprendimos que otra era la manera de empezar nuestro amor, y así renació un nuevo ser, tú mi amor. Te adora.

Josefina.

Augusto leía en voz alta, inclusive cuando estaba solo. Decía que así levita la música que subyace en cada palabra.

Jacobo mío, tesoro: 

A veces me pregunto si el amor puede existir sin la exaltación de los sentidos, sin el loco deseo de los cuerpos. Y al unísono los dos sabemos que tal desventura no es posible. Sí, el amor es el distintivo de la vida.

Así, me increpo cuando mi cuerpo no es lo suficiente pródigo; y te reprocho cuando el tuyo inoportuno se rezaga. Pero luego (¡Oh felicidad!) hasta la propia Afrodita bendice y celebra nuestra apoteósica embriaguez. Por eso las palabras que no expresan amor son amargas, indigestas. Con eterna ternura.
Josefina

De súbito se instaló en la mente de Augusto el rostro de Emma Bovany. Cosas del inconsciente, se dijo: y continuó leyendo.

Mi tierno e incansable diablito: 

¡Qué noche por Dios!. ¡Qué noche!. Una noche eterna soñando como hacíamos crecer el placer. Y tú como Adonis retando a la lujuria, a mi lujuria amorosa. Al son de cósmicos gemidos germinaba mi orgasmo virginal. 

Pero al despertar supimos que podíamos vencer a esa noche vanidosa. En nuestro placer se perpetua toda la pasión. Ven, tengo sed de ti. Te quiere eternamente.
Josefina.

La noche siempre es dueña de las exaltaciones; pero es en el día cuando destilan sin temores, monologó Augusto. 

Fue a esta altura que asomó la carta dirigida a Juan José que heló su cuerpo. ¿Quién era Juan José?. ¿Acaso un potencial sospechoso del crimen?.

Recordado Juan José: 

He meditado mucho antes de escribir estas líneas, y más para enviarlas. No estoy eludiendo mi responsabilidad y menos culpándote. Reconozco algún exceso en mi parte. Haber coqueteado con el peligro.

Sí mi amor, si mi adorado esposo, también los celos se convierten en manantial de gozo, como si fuese otro concurrente del amor. Nuestro amor, ante todo. 
Josefina

Augusto solo supo decirse, recordando a Rimbaud, que en las lides del amor no hay un solo derrotero, ni regla establecida, como tampoco delirios prohibidos, cual celos simbólicos.

Esposo mío, mi osito panda:

Mi imaginación no cesa de fustigarme para que multiplique más y más la voracidad a mi cuerpo, cual relámpago. Auxíliame amor mío que yo sabré devolverte con mucho más amor. Deja que me extravié en el interior de tu placer. Mi carne quiere carne obedeciendo el mandato del corazón. Con eterna pasión.
Josefina

¿Cuál es el significado y cuál el significante en el lenguaje del amor?. Josefina tuvo la feliz insolencia de celebrar el erotismo amoroso con lo mejor de su espíritu. Por lo demás el erotismo siempre es subversivo y no hay poda en el lenguaje – meditó prolijamente Augusto.

Entonces cogió la carta 297 y leyó pausadamente.

Mi amigo, mi amante, mi adorado esposo: 

No recuerdo qué poeta es dueño de estas sabias palabras, que ahora las hago mías: “Sí vale la pena morir por amor. Pero mucho más vale vivir por más amor”, como el nuestro que jamás conoció la tristeza. Y sabe que el pasado no se puede cambiar, pero si redimir. Como dice Eliot: “aquello que solo vive / puede solo morir”. Con infinito amor.
Josefina

Numerosas imágenes se superponían en el cerebro de Augusto, algunas de su niñez, otras del viaje al pueblo, pero el rostro de Josefina estaba en primer plano. Reordenó el manojo de cartas y levantó cuanto pudo la mirada. Entonces una sonrisa encendió su rostro, evidenciando que a J no le habían cortado las alas…

(Hasta el próximo domingo, amigo lector) 

* Este cuento con el correr del tiempo se convirtió en novela que espero publicarla en algún momento. Pero el cuento tiene vida propia.

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