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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

jueves, 3 de febrero de 2011

Opinión libre: Metanoia…

 Por Enrique Chávez

Desconfío de la literatura. Si escribo, lo hago tratando de plasmar algunas circunstancias que escapan a lo ordinario, aunque no son, precisamente,  extraordinarias. Circunstancias que bien podrían acabar condenadas al olvido sin ser más de lo que fueron: un instante en mi existencia, pero que, en virtud de la osadía de lanzarme a la marea del escribir, pueden convertirse en testimonios de una vida sedienta de sentido.

Escribo porque creo que es un modo de gritar que siento, que sufro, que existo. No tengo necesidad de salir a cazar palabras, ni de internarme en los laberintos de la ficción. Escribo como quien escribe un diario personal, tratando de retratar instantes, para leerlo quién sabe cuándo y – tal vez – reírse de cuánta sandez escribió.

Desconfío de la literatura porque, si salgo a cazar palabras, podría perderme en el bosque de la meditación y terminar abandonando el sentido de lo que quería decir.

Hoy por ejemplo, jueves tres de febrero, cuando desperté había en mí algo ajeno, un no sé qué de satisfacción. Como si, de pronto, mi circunstancia hubiera mejorado. Y por un momento pensé que era feliz, y creo que lo fui, aunque sea por ese instante. Pero qué es la vida, sino instantes que nacen y mueren sin que podamos retenerlos.  Por eso no se puede retener la felicidad, ni la tristeza, ni nada, salvo el vacío de nuestra existencia que acoge circunstancialmente a estos sentimientos. Nuestra esencia es ese vacío, ese contenedor de sentimientos.

Había programado el despertador para las seis en punto de la mañana, pero desperté como quince minutos antes. Encendí la televisión, y me dispuse a darme un duchazo. De veras me sentía bien. Ni siquiera el hecho de haber despertado sobresaltado  como tres veces durante la noche, opacaba ese no sé qué de bienestar. Al salir de la ducha, me encontré con el grillo que me había fastidiado toda la noche. Decidí aplastarlo, pero me arrepentí en seguida y lo aparté delicadamente, echándolo al jardín para que nadie  pudiera hacerle daño. Después de todo, mi noche hubiera sido más solitaria si no hubiera sido por él.

En la cama, junto a mi celular, veo las pastillas que – por receta médica – debo tomar a diario. Son mis cadenas, aquellas que me arrebatan un poco de libertad y que, en este instante, me hacen pensar que el bienestar con el que desperté hoy, debe fundarse en mi deseo, y no precisamente, en mi buen estado de salud. De lo contrario no tendría que tomarlas “para prevenir la hipertensión arterial”, como dijo el médico, con sentenciosa voz.  

Yo no suelo ir al médico para un chequeo o algo así. Pero debo reconocer que me sentía  muy mal hace unos días: pesadez, dolores de cabeza, mareos. Era intolerable. El cuerpo había empezado a reclamar, como dice Arjona. Y es que, comer a deshora, fumar diez cigarrillos diarios, no tener hábitos deportivos, sumados a mi evidente sobrepeso, seguro termina enfermando a cualquiera. Por eso cuando noté la cara de sorpresa del facultativo, no pude más que sonreír.

-          ¿Practica usted algún deporte? – preguntó, como adivinando mi respuesta.

-          Ninguno, doctor, pero sudo con frecuencia. – Le dije, como invitándolo a ingresar al terreno de la malicia.

-          Lo digo porque su colesterol es el de una persona de sesenta años. Esto no es broma, hombre, si continúa así, usted morirá joven.

¡Qué sentencia, Dios mío! “Si continúa así, usted morirá joven”.  Mi respuesta fue inmediata: me parece justo, doctor, – le dije – después de todo, he vivido viejo. Y esta vez, el doctor no pudo contener una carcajada.

Al salir del consultorio, con la receta a cuestas, en mi cabeza daba vueltas la sentencia, sin que pueda dejar de recordarla. La acompañaba una palabra que emanaba desde mi interior, que hacía su eclosión como para salvarme: metanoia, metanoia, metanoia…

1 comentarios:

paisano dijo...

Los estados individuales que llevan al pesimismo, deben ser tomados con serenidad. son etapas pasajeras, por lo tanto superables.

estimado Quique, espero que luego pases a escribir de las angustias colectivas de nuestro pueblo. capacidad de anailicis te sobra y vision de futuro tambien.

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