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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 21 de marzo de 2014

A propósito de las Bodas de Oro del colegio San José de Sucre: El examen, Lo que faltaba y Amor inseparable (Anécdotas)

..."Porque la anécdota vale, en nuestro concepto,
más que el documento notarial de las viejas semblanzas.
(…)
Porque ella es, efectivamente, la auténtica huella humana
que el personaje deja sobre la cáscara del mundo.
La célula de la biografía"...

De César Guillermo Corzo, abril de 1954.


 El examen

Por Palujo


CORRÍAN LOS PRIMEROS DÍAS del mes de marzo. El carnaval alegraba las calles de nuestro pueblo. Los barrios de Minopampa, El Centro y La Toma abrían sus brazos a damitas bellas y jóvenes atrevidos de la capital.

El colegio "San José", lucía, aún sin el portón de fierro, que hoy nos saluda, pintado de verde. Sus aulas de carpetas tristes respondían con ecos los gritos de pequeños traviesos. El colegio se encontraba concurrido. Asistían a él, tanto alumnos con "cargos" como los que gozaban de merecido descanso. Los profesores interrumpían sus vacaciones, para retornar a las aulas. Uno de ellos era, nada menos, que el inteligente y simpático don Julio Aquinodata.


Anacleto, había cumplido los trece años y cursaba el segundo de educación secundaria. Aunque no era el peor de la clase, figuraba entre los últimos; digamos, por decir, el cuarto empezan­do de atrás. Salió desaprobado en Zoología y Botánica, siendo el único jalado en tal materia. El examen era a las once de la mañana. Esta vez, procuró repasar dicho curso y se encontraba preocupado. La hora se acercaba; el sol promovía orgulloso la alegría de los campos y el humor de los muchachos, mientras, con el cuaderno escondido bajo la chompa, tratando de disimular y confundirse con los que gozaban de sus vacaciones, se dirigió al colegio. Bajó la vereda larga del antes empedrado Dardanelos y, al ingresar, ubicó al profesor conversando con cinco chicas limeñas que se veían preciosas. Esperó que se le ocurriera ver su reloj pulsera, que se acordase del examen y que se dirigiese al salón de clase, como lo hacían todos. Esperó en vano. El profesor continuaba su amena charla. Pasaron los minutos y obligado por la circunstancias, Anacletose presentó al grupo, en la sala de profesores. Era un alboroto. Don Julio al verlo, con una seña le indicó tomar asiento. Había tres carpetas unipersonales y un clásico pupitre. Su rostro enrojeció de repente, y cerrando los ojos recordó su primer año en el colegio; recordó a Segundo Encinas, al que le decían "el curvo", cuando bajaba y subía, rápidamente la ceja derecha. Recordó que el pro­fesor lo miraba, luego de una pregunta. Nadie aguantaba la risa; más lo miraba, más movía la ceja; parecía que lo estaba enamorando. En cambio Anacleto no subía la ceja, ni tampoco la bajaba, pero se sentía volar, y deseaba que lo tragase la tierra. Para remate, las chicas decidieron acudir en su auxilio:

—¡Profesor, profesor, hágale preguntas fáciles!

—¡No sea malito profesor!

El profesor, solterito codiciado, aceptó, complaciendo a las bellezas.

—Hazte la pregunta, hazte la pregunta —le dijo de mala gana.

El profesor, las chicas, el pupitre, las carpetas, ¡el aula entera!, giraban alrededor de la cabeza de Anacleto. Los ruegos, las risas, los coqueteos de las hermosas golpeaban su cerebro. Sólo hubiese sido diferente —pensó— se hubiese preguntado el concepto de Zoología y Botánica. Eso lo sabía de memoria. Pero no. Para demostrar que había estudiado, se hizo la pregunta más difícil:

—¿Qué son las inflorescencias? —anotó con aires de sabiondo.

Luego ya no la pudo borrar. ¡Todos miraban su prueba! ¡Todos miraban su hoja vacía! Anacleto quedó paralizado, como si el profesor lo hubiese detenido con invisible "control remoto"; como si lo hubiese detenido para que sólo ellos se riesen.

Para Anacleto fueron momentos interminables. Cuando el sudor inundaba su frente, el profesor hizo una pregunta que le cayó como un baldazo de agua fría:

—¿Qué pasa, no recuerdas?

—No, profesor, no recuerdo  —respondió con voz temblorosa.

Las jovencitas, al ver la situación de Anacleto complicada, suplicaron en coro:

—¡No lo jale profesor, no lo jale!

El galán asediado, de nuevo, se rindió ante los ruegos de las sinceras chiquillas. Palabra por palabra le dictó la respuesta y aconsejó que estudiara.

Anacleto nunca olvidó esos instantes. Con la cabeza inclinada y el once aprobatorio que le quemaba, salió avergonzado, escondiendo el cuaderno entre sus ropas.

Afuera, junto a un tierno pino que, en aquél entonces, adornaba la entrada al colegio, los mejores esperaban con sus caras y sus globos, ver salir a los "jalados".

Lo que faltaba


ERAN LAS DIEZ DE LA MAÑANA, los alumnos del colegio San José retornaban a sus aulas luego de un reparador recreo. Ingresando por el portón principal, al lado derecho, la Sala de Profesores permanecía abierta. Al frente y al costado de la losa deportiva donde se jugaba básquet, fulbito y vóley, descansaban unas pesas de, más o menos, diez kilos por lado. Desde el patio y los alares se escuchaba un leve murmullo que provenía del salón del cuarto año, ubicado a la izquierda de la losa deportiva.

Los alumnos de esta sección pasaban momentos de ocio; ¡el profesor del curso se había reportado enfermo y no asistiría a clases! Algunos, sentados sobre sus carpetas, charlaban. Otros, los más tranquilos, se dedicaban a resolver tareas. Las chicas, en grupo, departían alegres. Patricio, Narciso y Anastasio, miraban por la ventana del aula; ellos no estaban tranquilos, don Eustaquio, el Director, se encargaría de reemplazarlo. Siempre era así. Don Eustaquio era un profesor multifacético y, al parecer, no desaprovechaba ocasión alguna para demostrarlo. Durante el año y cuando faltaba profesor en clase, el Director lo sustituía y enseñaba inglés, matemática, historia, geografía, física, química, zoología, Etc. de acuerdo a la especialidad del ausente y ni qué decir de literatura ¡él era experto en ese tema! Pero, de pronto, surgió una pregunta, ¿por qué nunca enseñó educación física? En todas las especialidades había demostrado sapiencia, habilidad, dominio del tema, excepto en educación física. Aunque, se detuvieron un poco, el profesor de educación física nunca se había enfermado. En esos instantes, como adivinando sus pensamientos, don Eustaquio se hallaba contemplando las pesas. Daba dos pasos a la izquierda, otros dos a la derecha, de nuevo a la izquierda y otra vez a la derecha.

Patricio, Narciso y Anastasio, sorprendidos e incrédulos, se frotaron los ojos; pero al ver que todo era verdad, decidieron apostar. Lamentablemente no había quien defienda al Director. Don Eustaquio era un hombre delgado y aunque no era cojo, de vez en cuando caminaba apurando más la pierna derecha y usaba los pantalones tan planchados y “pinganillas”, que era fácil adivinar lo enclenques que podrían ser sus piernas.

Ni siquiera lo va a intentar afirmó Patricio.

Ya nos ha visto Anastasio habló escondiendo la cabeza.

Tranquilos sostuvo Narciso al ver que don Eustaquio dejaba los libros que sostenía en la mano a un costado de las pesas.

Primero, don Eustaquio, pareció dudar; pero después, se apretó el cinturón y ¡puf!, primer intento, ¡puf!, segundo intento y ¡puf!; al tercer intento logró levantarlas hasta la altura de sus pectorales.

Narciso, no aguantó más. Agarrándose los cachetes con las dos manos, gritó con voz afeminada:

¡Bravito, bravo, bravote!

Don Eustaquio soltó las pesas de golpe, cogió sus libros del suelo y a toda prisa se dirigió al salón de clase de donde había salido el grito burlón.

Buenos días señores dijo, acomodó sus libros en la mesa, borró algunos garabatos de la pizarra y, cogiendo una tiza, ceremonioso, anotó con letras mayúsculas: EL HOMBRE DE CROMAGNON.

Fue una de las clases magistrales de don Eustaquio.

De las pesas, hasta ahora, nadie sabe cómo aparecieron, ni cómo desaparecieron.


Amor inseparable


REGRESABAN DE UNA HACIENDA cercana a Púsac, un caluroso y paradisíaco lugar, donde habían pasado casi todo el día. El camión se trasladaba, alegre, por el camino polvoriento. Los excursionistas, alumnos del cuarto año del Colegio San José, iban en la en la carrocería del vehículo.  Algunos, trepados en sus barandas de madera y otros tirados sobre un colchón que, de cuando en cuando, rebotaba a consecuencia de los baches de la carretera que Amaranto, chofer del camión, trataba de sortear, asustando a los de las barandas quienes parecían jinetes montados sobre mostrenco animal.

Adelante, Amaranto y el profesor tutor, iban en envidiable compañía y amena conversación.

Juan Antonio y Domitila formaban viajaban sobre el colchón. Más que festejar bromas y travesuras, ellos, conversaban al oído, lejos del alboroto. Eran unos tórtolos. Hacía poco habían iniciado un romance y no les interesaba más que su relación. Se besuqueaban y prometían amor eterno.



—Te quiero…Domitila… Mi corazón siempre será tuyo.

Ella se puso de costado y le miró a los ojos.

—Así lo creí yo —dijo con voz queda y echó a reír.

—¿Qué creíste? —preguntó Juan Antonio.

—Que tenías los ojos castaños. De lejos parecen negros.

—Eso es de lejos. Míralos cuanto quieras —Juan  Antonio se sentía a gusto con ella. La atrajo sobre su pecho y la besó, una y otra vez, diciéndole: —Te quiero, te quiero tanto que si mil vidas tuviera gustoso las viviría contigo.

—Me parece haber escuchado antes lo que hablas, ¿no lo dijo José Olaya, el héroe que murió fusilado?—preguntó Domitila agrandando los ojos y poniendo la cara seria.
—Lo sé, lo sé —se apresuró a decir Juan Antonio y agregó: —Quisiera ser tu héroe y dar la vida por ti.

—Y yo —afirmó Domitila—. Quisiera morir en tus brazos, si es posible en este mismo instante.

Juan Antonio la abrazó con fuerza y otra vez unieron sus labios.

El vehículo doblaba una curva serpenteante que orillaba el río Marañón. Un aire fresco revoloteaba el cabello de los excursionistas. En los cerros desérticos, se podían ver con claridad las espinas de los cactus y, de trecho en trecho, piedras enormes y porosas de color marrón claro que le daban al ambiente un aspecto desolador pero, a la vez, emocionante.

—Nadie, ¡nunca!, nos podrá separar —afirmó Juan Antonio.

—Lo juro —prometió Domitila—. Nadie, por ningún motivo, nos podrá separar.

Con las narices, bocas y cuerpos pegados parecían siameses.

Al poco rato, como si fuera a gritar a los cuatro vientos su alegría por la promesa que le hiciera Domitila, Juan Antonio, se levantó, separándose repentinamente de ella.

—¡Que pare el carro! —gritó—. ¡Que pare el carro!

—¿Qué pasa? —preguntó Moisés, uno de sus compañeros.

Juan Antonio le dijo algo al oído. Moisés golpeó fuerte la carrocería del vehículo y también gritó: —¡Que pare el carro!

—¡Que pare el carro! —gritaron todos pensando que algo grave sucedía.

Amaranto, al escuchar el griterío y los golpes, paró en seco y bajó apresurado a ver lo que pasaba.

Ni bien se detuvo el camión, Juan Antonio, saltó por la parte trasera y corrió en sentido contrario por la carretera, hasta llegar a una gran piedra, a un costado del camino, donde desapareció.

Los excursionistas y el profesor tutor, desde el vehículo, miraban preocupados a Juan Alberto; hasta que éste apareció caminando despacio, de lo más tranquilo, con un gesto de satisfacción incomprensible. Luego subió al camión y se sentó junto a Domitila.

—Fue una separación involuntaria —le explicó—. Lo nuestro es y será un amor inseparable.


El vehículo continuó su marcha. Las bebidas heladas y los mangos calientes que Juan Antonio había consumido esa mañana, le jugaron a su estómago, poco romántico, una mala pasada.

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