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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

lunes, 26 de noviembre de 2012

XI Encuentro Nacional de Escritores "Manuel Baquerizo": Música, Ponencias, Mesa de Lectura y fotografías

 
Dany Vértiz

 EL XI ENCUENTRO NACIONAL DE ESCRITORES MANUEL JESÚS BAQUERIZO

                                                                                                                   Por Jorge Rendón Vásquez

Se realizó en la ciudad de Cajamarca, del 14 al 17 de noviembre del año en curso, y tuvo por sede el antiguo Instituto Superior Pedagógico Hermano Victorino Elorz Goicochea, de la avenida El Maestro. La iniciativa para convocarlo y su organización correspondió al Gremio de Escritores. En la mañana del miércoles 14, el Congreso fue inaugurado por Gregorio Santos Guerrero, Presidente de la Región de Cajamarca, la entidad auspiciadora, quien demostraba con esa actitud una singular inclinación a impulsar la creación intelectual, como parte de su programa de gobierno, en la antípoda del gobierno central y de otros gobiernos regionales que prefieren mirar hacia otro lado y taparse los oídos cuando se les pide promover la literatura y las artes.

Al comenzar el programa de esa tarde en el auditorio del segundo piso de la sede, más de un centenar de poetas, prosistas y ensayistas, procedentes de varias regiones del país y, en su mayor parte, de capitales de provincia, se disponían a escuchar la disertación del profesor y crítico Luzmán Salas Salas sobre los poetas y narradores de Cajamarca.

En el procenio se exhibían las fotografías de gran tamaño de los escritores cajamarquinos Mario Florián (1917-1999), Amalia Puga (1866-1963), Yolanda Rodríguez de Westphalen (1925-2012), Demetrio Quiroz Malca (1924-1985) y Alfonso Pelaez Bazán (1904-1996).

Luego, desfilaron por el proscenio los numerosos expositores programados para leer sus poemas o una parte de sus relatos, y contar sus experiencias personales en sus periplos de literatos. En sus palabras se podía sentir su vocación, sinceridad y manejo técnico de sus composiciones, brotando como límpidos y generosos manantiales, y revelando tras cada uno la presencia en sus pueblos de compactos grupos de maestros, abogados, ingenieros o simplemente de mujeres y hombres sensibilizados por el afán de elevarse a los niveles más altos de la cultura. Al verlos y escucharlos se infería, por una suerte de conclusión lógica, que estábamos ante el panorama de la cultura popular: fértil, profunda y auténtica.

Los organizadores del Congreso habían instalado en el vasto hall del Colegio mesas para la exposición y venta de los libros y plaquetas de los autores concurrentes, casi todos editados con su esfuerzo y dinero, y expendidos a precio de costo. No sería exagerado afirmar que la mayor parte fue vendida o canjeada.

En cierto momento llegué a preguntarme si estos valores ya maduros o en ciernes llegarían alguna vez a ser mencionados siguiera en una línea de las páginas de la gran prensa del poder plutocrático o de la prensa oficial. Y la respuesta fue negativa, porque la función de esa prensa, como instrumento para la alienación de la conciencia colectiva, es impedir que las grandes mayorías sociales se liberen de la ignorancia, se ilustren y avizoren, correlativamente, las vías hacia un mundo sin explotación ni abusos, y excento de peligros para su vida y su salud, gracias, contradictoriamente, a la acción de los escritores comprometidos con esta tarea, como los reunidos en el Encuentro de Cajamarca. En las páginas de esa prensa sólo hay sitio, sin medida, para los artistas baladies, la farándula liviana, los sucesos fútiles, las crónicas policiales y los espectáculos deportivos, magnificados hasta la aberración, y para literatos cultivados en sus invernaderos con la misión de producir obras estériles de mensaje, dirigidas en particular al entretenimiento de las clases medias, que algo tienen que leer. A estos personajes se juntan ciertos literatos formados fuera de ese cenáculo exclusivo, pero cooptados cuando se desclasan, para jugar allí el impostado papel de la diversidad, como exponentes de la cultura popular o como representantes de una bohemia prefabricada. Y bien que lo hacen, alborozados y rebozantes de presunción.

A mí me tocó presentar mi nueva novela El oro de Atahualpa el viernes 16 de noviembre a las cinco de la tarde, un momento en que, por una rara coincidencia, hace cuatrocientos ochenta años el Inca Atahualpa ingresaba a la plaza de Cajamarca con su séquito desarmado, donde fue capturado por Francisco Pizarro y sus mercenarios, tras un alevoso ataque y el asesinato de más de seis mil hombres y mujeres que lo acompañaban, genocidio introductorio al saqueo del oro y la plata, hechos que relato en esta novela.

Como del 14 al 17 de noviembre, Cajamarca se había convertido en la capital de la literatura, la prensa de derecha local y nacional, escandalizada y decidida a estigmatizar al Encuentro de Escritores, redobló sus ataques al Presidente de la Región, Gregorio Santos, a quien culpaba por esta explosión de cultura popular. Pero no se detuvo allí y un diario local se lanzó a la vesania de propalar un malévolo infundio, para lo cual hizo tomar fotos de los numerosos asistentes al acto inaugural entre los que descubrió a un excondenado por una acusación de terrorismo, y luego publicó en primera página una nota afirmando que el MOVADEF estaba infiltrado en el Congreso. Fue una felonía, porque esa persona estaba allí, no como invitado, sino porque la asistencia era libre y a nadie se le prohibía el ingreso. Como el mismo diario lo dijo, había cumplido ya su condena y era, por lo tanto, una persona en el goce de la plenitud de sus derechos. Afirmaciones como esas caen en el campo de la ilicitud y son sancionables penalmente. Es bueno recordarlo: a pesar de todo su poder los diarios y otros medios de comunicación social no gozan de impunidad para insultar o difundir falsedades que hagan daño o atenten contra el honor y la dignidad de las personas.

Pero, en el Encuentro de Escritores nadie se atemorizó y ni siquiera se preocupó por esta inicua campaña. Al contrario, para todos fue muy claro que estaban en el buen camino y, a lo más, alguno recordó esa antigua sentencia castellana que dice: “Ladran Sancho. Es señal de que avanzamos”, continuada por la exclamación unánime: ¡Conga no va!

Por un acuerdo de los concurrentes se decidió que la próxima sede del Encuentro Nacional de Escritores Manuel Jesús Baquerizo será la localidad de Ate Vitarte en Lima.

Al concluir el ágape de terminación de esa semana consagrada a la literatura, servido al mediodía en el típico restaurante El Zarco de la campiña cajamarquina, los escritores allí congregados nos dimos un fraternal abrazo, con pena por separarnos, pero animados por la alegría y la esperanza de volver a reunirnos en el próximo Encuentro.

Fuente: Facebook de Jorge Luis Roncal.

Ponencia: 

Escribe: Miguel Arribasplata C.
ISP "Hno. Victorino Elorz Goicochea"

DÁNDOLE PENA A LA TRISTEZA LITERARIA DE ALFREDO BRYCE ECHENIQUE

“Hay que pensar el acontecimiento.
Hay que pensar la excepción.
Debemos saber qué tenemos
para decir sobre lo que no es ordinario.
Es necesario pensar el cambio de la vida”.
Alain Badiou


Miguel Arribasplata.
Alain Badiou, a propósito del arte actual, dice que cuando este no es convencional es lo sublime obtenido por la fuerza de lo grotesco. El capitalismo tardío y su secuela mundial sobre las masas empobrecidas y sobre explotadas parece no afectar al ego melancólico y escindido de Alfredo Bryce Echenique, quien ha hecho de su literatura una insípida y estéril gesticulación del YO de un escritor criollo y hegemónico. Con inoperante dualidad romántica de lo fúnebre y lo lúdico, este desvergonzado escriba hace de lo real un desierto, para seguir produciendo un arte de corte colonialista -voz de la cultura hegemónica- racista y clasista. Esta literatura de un intelectual amamantado por el imperio no es la manifestación de la verdad sensible que se dirige a todos. Es el arte de un hombre que con su cinismo objetivo quiere ser fiel a sus “raíces” perdidas, apelando a las dos caras de la misma moneda: la melancolía y la risa.

El arte es una operación singular de la verdad y tiene como material primero la contingencia, propia del acontecimiento, de una forma. El arte afirma que en el punto mismo de un imposible-de-sentir está sentida en el efecto sensible de la obra, la Idea, porque el arte produce un acontecimiento con el colmo de lo dado: lo sensorial indistinto (Badiou: Filosofía del presente: 2005).

“El tabú colonial, la prohibición de pensar y valorar lo original, no se limita al mundo andino. En menor medida también se ejerce sobre el mundo criollo.Aquello que nos separa del ideal (el colonizador) es sentido con lacerante vergüenza” (Santiago López y otros: Estudios culturales: discursos, poderes, pulsiones: 2001: 15). Pero, el acontecimiento que es historia del presente, el futuro que es el hoy y no el salto hacia el consuelo del mañana, queda excluido del interés de Bryce Echenique, pues si la novela es una pintura de la realidad que “hereda de otras novelas a las que rearma, y vuelve a poblar de acuerdo a la situación de su creador, sus dones y predilecciones” (Edward. W. Said: 1996), a Don Alfredo Bryce Echenique solo le interesa volver hacia atrás, a sus puros recuerdos decadentes y frívolos, a su identificación melancólica con la oligarquía limeña, a la cual aparenta denostar con su humor aderezado de exclusión, burla a la servidumbre andina y a la raza negra. Oh, las cholas para entrenarse o iniciarse sexualmente, Don Alfredo; usted sí que hace de las Vilmas serranas escarnio.

¿De qué se ríen los ricos si están satisfechos? El humor es un discurso del subalterno, que le permite evidenciar lo que está oculto, y el discurso de Don Alfredo tiene un humor carente de fuerza crítica. La verdad desnuda del presente le parece triste a Bryce Echenique, y dando un salto al vacío se vuelve anacrónico y escribe para vivir de la apariencia y refugiarse en el oxidado oropel de su pretérito. Como bien señala Giorgio Agamben: “la melancolía ofrece la paradoja de una intensión luctuosa que precede y se anticipa a la pérdida del objeto” (53). Entregado al duelo por su pasado sin regreso, Alfredito saca partido económico de su luto escenificando su comicidad con bandazos bohemios, su acaramelado cosmopolitismo; para este vocero del conservadurismo imperial, ciudadano de un mundo sublimado de hipocresía, se aplica esta cita de Orhan Pamuk: ¿Qué es la honestidad la mayor parte de las veces sino miedo? Alfredito es audaz bizarro en sus plagios y en sus quimeras, leal a su narcisismo, consecuente son su cinismo y su perversión, que son los cimientos del individualismo contemporáneo supeditado a las cláusulas pre-establecidas por el mercado. Ese es su negocio.

El comprobado cinismo de Bryce incluso lo llevó a defender la propiedad intelectual y los derechos de autor en diversos eventos; sin ningún sonrojo, por ejemplo, publicó un artículo: “La propiedad que no se ve”, en Nexos, 09- 2000, concluyendo “los verdaderos piratas a menudo conocidos, poderosos, mañosos, atrapados, procesados y… y… y aquí no ha pasado nada son unos peces tan gordos, que su peso abruma y aplasta a las autoridades competentes, señores de vista tan pero tan gorda, a su vez, que son incapaces de distinguir y capturar hasta al gordo más gordo de todos los cuadros de gordas y gordos de Botero”. Al ladrón, al ladrón, nos quiere decir pillándonos con su dizque encantador humor, Alfredote, a quien el colombiano pintor Botero no necesita pintarlo en su vida exagerado de plagiario para darnos cuenta quién es este trashumante mortal.

Esos amores románticos y dulzones, desvinculados de toda alusión a la sociedad y sus pálpitos con aire de valses de Chabuca Granda costumbrista y de casta de la novela al estilo El huerto de mi amada, tornan patéticos los acordes reminiscentes de un Bryce otoñal, a quien el cansancio bohemio lo ha conducido por el camino más fácil: El plagio, elevado al nivel de principio intelectual. Ciego y sordo a la culpa y al autoborramiento de los círculos culturales, Don Alfredo continúa inoculándonos con sus rapaces apropiaciones.

El mundo ido, acabado, de los barones del azúcar y del algodón de la república aristocrática, es la causa decisiva de la decadencia del arte bryceano, la prueba de su impotencia para articular un arte renovador, incluso desde su misma visión. Porque si la forma es aquella que dota a la evidencia artística de un temblor nuevo, de manera tal que disipa su evidencia y la transforma en un frágil deber- ser (Badiou: 2005), eso ya no es posible esperar de la producción literaria de un Bryce saturado de una irrealidad contextual. Porque lo implícito apoyado en la presunción es una fuente fundamental en la construcción de los mundos ficcionales; y lo implícito ya no obra en el proyecto narrativo de Alfredo Bryce, mucho menos las inferencias, que tienen que ver con los aspectos y los componentes de las acciones de sus personajes, seres desvaídos y faltos de verosimilitud ficcional, en su última novela. Inferimos quién es la persona ficcional por lo que hace, los hechos de los actores principales de Bryce- de su novela Dándole pena a la tristeza- son forzados, estereotipados; en todo caso, muy recurrentes, manidos, son casi los mismos de su novela primigenia: Un mundo para Julius. La fuerza de autentificación de la textura de la existencia ficcional es nula y no alcanza un valor relevante. Como bien señala Lubomir Dolezel (1999), citando a Ryan, el atractivo estético de una trama es una función de la riqueza y variedad del dominio de lo virtual; por lo mismo, los personajes literarios de Don Alfredo ya no emocionan, porque sus dominios privados, sus creencias, sus visiones, ilusiones, fracasos, errores y amores, como que están embalsamados, esterilizados de vida continua. En fin, el mundo narrativo de la última producción de Bryce Echenique, es un mundo posible muy recurrente, de hastío verbal y falto de existencia que haga vibrar o comprometa al lector. Medir al mundo peruano actual con las viejas normas es un exabrupto más de este autor, prisionero de su irrecuperable saudade.

Así pues, aquel Alfredo Bryce Echenique que encandiló a sus lectores, con el retrato descarnado de la aristocracia limeña, con sus ínfulas coloniales y extranjerizantes, y que hizo de la oralidad un arte mayor, una ficción dentro de la ficción, hasta dotarla de ilusión; además pretendió seguir el curso literario de una educación sentimental, afinando su arte en contra de la tradición narrativa peruana, que no incluía personajes femeninos relevantes, se ha estancado en medio de la transgresión. Aquel autor con un estilo de contar de modo familiar y directo, con una dosis poética inventiva y de fino humor, se ha quedado atrapado en la senda de la tenaz repetición de su melancolía y de su alter-ego ensombrecido de idílica pena.

Porque, melancolía pertinaz es lo que nos entrega Bryce Echenique en su última novela: Dándole pena a la tristeza (2012), retrato de una familia limeña que tras hacerse de un imperio económico y de un poder único, entra en decadencia por su propia dinámica parasitaria. La mayor parte de la obra novelística bryceana se estructura en base al concepto del antihéroe y del anticlímax, en correspondencia con lo anodino de sus vidas. Esta novela también se configura de ese modo.

Desde el rincón invernadero, a donde ha sido confinado por su propia voluntad, el alucinado y desequilibrado patriarca, Don Tadeo de Ontañeta, minero de finales del siglo XIX, se va despidiendo de este mundo hostilizando a su familia con sus remilgos sexuales, hasta acabar violando a una sobrina menor y muriendo en el acto, tras haber dejado una fortuna, que se va desapareciendo por los avatares de su progenie encabezada por el hijo Fermín Antonio de Ontañeta Tristán.

Novela cual página de notas sociales de un diario, que da cuenta de la zángana vida de la sobreviviente aristocracia limeña de las primeras décadas del siglo XX, con su recurrente racismo: “En esta familia lo único andino que existe es la servidumbre”, su anodina convivencia, sus amores fracasados y desnaturalizados, sus odios perversos y homicidas, sus afanes de cruce de raza y sus negocios decrecientes. Esta novela es la continuación del monótono afán de Bryce Echenique, por perdurar con su sambenito de los retratos turbios de la sociedad de los ricos.

Ha sido premiado, Don Alfredo Bryce Echenique, por la Feria Internacional del Libro, en México, con el apoyo amical de un peruano procreado por el imperio, Julio Ortega y por la industria editorial. Los escritores, que se precian de tales, en ese país, han puesto el grito en el cielo, mientras Alfredito es publicitado y vendido a cual más por un diario nacional, para que el público peruano huela a naftalina de ropero viejo, leyéndolo a pesar de la marca de su debilidad.
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Con su embriaguez mórbida, su humor carente de ironía, sus personajes solitarios, depresivos, excéntricos, débiles de carácter, perturbados por sus francachelas, la nada del caos, con sus insomnios a cuestas y con la edad de las diferencias, Bryce Echenique es incapaz de alcanzar el ámbito de lo espiritual/ melancólico: en lugar de limitarse a observar el objeto suprasensible, quiere abrazarlo con su temple pesimista, su vehemente deseo (Zi Zek: ¿Quién dijo totalitarismo? 2002), su anhelo metafísico de otra realidad absoluta que está expuesta a la pérdida incondicional e irremediable de lo que ya fue, y del que el arte crepuscular de este limeño avivato ha cancelado sin pena ni gloria, para quien muy bien calza esta cita de Badiou: “El sujeto contemporáneo es vacío, escindido, a-sustancial, irreflexivo”. (El ser y el acontecimiento: 2003). Si en el Perú se lucha por la descolonización, Bryce Echenique se afilia con quienes tratan de afirmarla.

Con Un mundo para Julius, novela de iniciación a la vida banal de un infante de la clase alta limeña, Alfredo Bryce Echenique debió enterrar su pasado, no revivirlo tornadizamente. Ahora solo le queda vivir su ocaso como destino.

Foto: Blog Mi Ventana Literaria

Mesas de Lectura:

Escritores del XI Encuentro Nacional, comparten experiencias con estudiantes Cajamarcarquinos

Cuento:

Leoncio

Escribe: José Aliaga Pereyra

Lectura realizada en el I.E. Rafael Olascuaga 

CUANDO ERA JOVEN y fuerte, nadie le hacía reparos. Tenía trabajo por doquier y ya lo veíamos “blanqueando” las paredes de la casa de don Demóstenes, suda que suda en la chacra de don Agustín, o alegre, al terminar la cosecha de papas del viejo Heraclio.
 
Leoncio era un hombre de poco hablar; ocupaba más los brazos que sus mandíbulas. Decía que los mandados como comprar pan o cosas pequeñas, eran para los débiles. Trabajar con él era insoportable para los ociosos. No se agotaba, ni conocía el descanso y si uno quería dialogar, pues encogía los hombros mirándote de reojo, receloso, para continuar con su labor, infatigable. A la hora del almuerzo era igual, subía y bajaba la cuchara hasta vaciar el plato. Era muy agradecido, sus ojos pardos, alegres, lo delataban.

Ningún patrón se quejó de él hasta que, por la vejez, nadie le confiaba responsabilidades. No tenía casa donde vivir y hacia los trabajos que antes le hubiesen dado vergüenza: ¿llevar la canasta del mercado a la patrona?, ¡qué barbaridad! Podía recibir un plato de comida por el trabajo más difícil, pero contar chismes por un trago de aguardiente, ¡era un insulto!

Todo cambió para Leoncio:

¡Allí esta, otra vez!- gritaban.

¡No abran la puerta es el Leoncio!

¡Dale un pan al Leoncio, pa’ que se vaya!

Su salud también se fue acabando, incluso, más rápido que sus hilachas, porque no se podía llamar de otra manera a lo que llevaba puesto. Quiso ahorrar unos centavos, pero el jornal no le alcanzaba. Dormía en los rincones de las casas abandonadas y nadie lo echaba de menos.

Leoncio moría de a pocos; algunos, averiguando averiguando se cansaban, al no encontrar ni parientes ni amigos y otra vez quedaba en la intemperie de todo. Ahora lo vemos allí, acurrucado, al pie de esa vieja palmera que conocía la vida del pueblo. De lejos parecía un perro en plena siesta, pero de cerca, ¡chas!, era Leoncio; las caras se torcían apuradas mirando el lado opuesto y los pasos se hacían más largos y rápidos para zafar el cuerpo.

Cuando llegó la fiesta Leoncio seguía de inquilino de la vieja palmera, y el alcalde se ruborizó: ¿cómo es posible? dijo—, ¿es día central, día de procesión y Leoncio sigue allí? ¡Qué verguenza!, agregó tomándose la cabeza con las palmas de sus manos.

Los más “osados” y “valientes” de los guardaespaldas del alcalde, sacaron a empujones a Leoncio lejos de la plaza de armas. Cuentan que, en esos instantes, una rama de la palmera crujió y cuando la procesión retornaba, luego de su recorrido, fue como puñetazo en nariz: ¡Leoncio salía desnudo y sucio de la iglesia! Los que lo vieron afirman que después de caer de espaldas su cráneo rebotó en el piso duro de cemento, y sus ojos inmóviles brillaban como si estarían contemplando el azul del cielo.

¿Y los pecadores?

Los pecadores y los arrepentidos se sonrojaron tanto que de sus pantalones, camisas, sacos y corbatas brotaron lenguas de fuego que pronto se convirtieron en grandes llamaradas y alcanzaron la sotana del párroco e incluso la fina y aterciopelada capa del santo. Los postulantes a Lucifer, con sus cuerpos convertidos en antorchas, clamaban perdón desesperados, se revolcaban agonizantes, dando vueltas y vueltas, como “ruedas” expulsadas del más hermoso castillo de fuegos artificiales jamás visto en esos lares.

 Poesía

  Escribe:  Walter Castañeda Bustamante
Lectura realizada en el I.E. Santa Teresita
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Se esfumarán los versos
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Se esfumarán los versos
en la ausencia de un hondo cielo,
en el atisbo de ecos tersos, ausentes
antes posados en una desnuda flor.

Se esfumarán los versos
en cada alborada muerta,
hoy ocaso dulcemente grieto,
en cada luna llorosa,
sangre dorada en el pasado,
en cada hoja caída por un otoño,
en cada agreste evaporado.

Se esfumarán los versos
en cada pájaro libre, magullado, huido,
en cada árbol, en cada río,
en cada choza,
distantes en su viaje, atrás quedados,
en cada pétalo de la flor
caída de su lozanía,
se esfumarán los versos.

Se esfumarán los versos
como un ensueño
en cada sonrisa arrebatada
de su rostro angelical,
en el vivo recuerdo nunca más visto,
se esfumarán los versos,
pero no en la muerte del poeta.


Fotografías:
 
 

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