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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

jueves, 24 de marzo de 2011

Historias reales... y de las otras: Enfrentamiento (*)


Por Manuel Sánchez Aliaga (*)

Desde que estuvo cerca, la campana del bazar del mismo nombre, empezó a doblar con el toque característico acostumbrado por los templos católicos para anunciar alguna muerte importante.

Ilustración de Jorge Chávez Silva

¿Acaso era el preludio de su próxima derrota en las ánforas, o anuncio de la antipatía sentida por el vecindario lugareño hacia el candidato al Parlamento Nacional que rodeado de nutrida comitiva hacía su ingreso a la capital provinciana desde el distrito vecino, localidad de su nacimiento?


Era el día señalado de común acuerdo por los tres postulantes a la curul (con la esperanza de inclinar cada uno a su favor el voto popular, aquel año de la primera mitad del siglo veinte), para hacer conocer sus propuestas a plantear en la Cámara de Diputados en bien del desarrollo de ese rincón olvidado de la sierra peruana al que aspiraban representar.

Su respectiva plataforma política debían hacerla pública desde los balcones del Palacio Municipal, razón demás para que los indecisos y curiosos se agolparan desde las primeras horas de la mañana en la Plaza de Armas. Los partidarios de cada facción contendiente iban a constituir el grueso de la muchedumbre y llegarían al lugar de la cita acompañando a su respectivo candidato.

El de la mayoría pertenecía a un nuevo partido que por ese entonces era considerado de tendencias revolucionarias, socialistas, y peor todavía, de una muy bien encubierta extracción comunista, habiendo logrado aglutinar a la esperanzada masa popular, siendo por lo tanto mal visto, con desconfianza y temor por la oligarquía nacional, donde están incluidas las menos poderosas, aunque influyentes, orgullosas y encopetadas de las provincias, acaudilladas siempre por algún hacendado o profesional de familia burguesa medianamente acomodada, en busca de mejor porvenir o notoriedad.

Hoy se escucha decir que cuando décadas después esa organización política llegó al poder defraudó las esperanzas y expectativas del sufrido pueblo, porque la ciudadanía tuvo la oportunidad de constatar el ascenso social y económico de las cúpulas dirigentes que, fatuas, envanecidas, soberbias, y echando al olvido sus principios doctrinarios, sus promesas, tergiversaron los ideales de sus auténticos gobernantes y sectores políticos. También vieron a los de menor rango trajinar tras su personal acomodado y, por supuesto, el de sus familiares y de sus más cercanos allegados.

Pero volviendo a los sucesos ocurridos en aquella época, seguía en preferencia, por el número de sus partidarios y su experiencia de Estado, el personaje principal de esta historia.

En la actualidad, perfectamente, podría ubicársele como representante del llamado “centro”.

Por los sucesos que se desencadenaron y parafraseando al genial Hemingway, le denominaron el candidato de “por quien dobló la campana”.

El tercero no contaba y estaba respaldado por una escasísima minoría considerada de extrema derecha.

No es difícil entonces inferir que el propietario del establecimiento comercial “La Campana” pertenecía a la facción mayoritaria y el porqué de su mal recibimiento al paladín de nuestra historia, daría, la campana repicó a rabiar como para misa de fiesta o recibimiento de obispo bajo palio, al estilo de aquel entonces.

Para entender mejor el ánimo reinante en aquellos momentos, es necesario advertir que la enemistad surgida entre ambas poblaciones (capitalina y distrital) obedecía al anhelo de la segunda de erigirse en capital de una nueva provincia, desmembrando la ya constituida, puesto que para ello tendría que arrebatarle por lo menos cuatro o cinco de sus distritos. Razón más que suficiente para que nuestro personaje encontrase resistencia en los capitalinos –sin interesar a qué tendencia política estuviesen afiliados- por su tácita y cerrada oposición a las pretensiones provinciales propuestas por el candidato como principal moción de su campaña, basándose en que su distrito tenía derecho a independizarse de la sujeción administrativa y económica  existentes, fundamentos que eran recibidos con expectativa por sus coterráneos y hacia los que, naturalmente, los de la capital provincial sentían justificada aversión.

Estos solapados recelos mutuos y la conciencia de no ser bienvenidos, basándose en la latente enemistad que en épocas normales nadie dejaba traslucir, en vez de hacerles desistir en el intento de llegar al punto del trascendental encuentro, los enardecía y alentaba a proseguir en las marcha para cumplir con su objetivo, porque, en el fondo, los integrantes del cortejo tenían esta vez la seguridad de ver realizados sus propósitos y sueños largamente acariciados, si lograban inclinar a favor del triunfo de su candidato, el voto de los indecisos.

Pero la mala suerte del personaje iba en aumento conforme avanzaba al lugar de la histórica cita, aumentando en la misma escala las diferencias y rencores entre sus seguidores con sus adversarios.

En efecto, en la siguiente cuadra, desde uno de los balcones, arrojado por una delirante antagonista, le cayó un manojo de alfalfa, como simbolizando el presente que eso y no un ramo de flores se merecía, comparándolo tácitamente con un asno. Sin embargo, sin dejarse intimidar, antes bien, orgulloso, presumido y envalentonado por los vítores de sus correligionarios, enhiesto en su bien enjaezado corcel, el experimentado político avanzaba encabezando el compacto grupo de jinetes que al estilo de las películas de cowboy exhibían sendos revólveres al cinto, destellantes los cañones al resplandor del sol, y de aguerridas mujeres de a pie que llenaban sus faldas de piedras, arrancándolas de las calles embaldosadas, en calculada previsión del inevitable enfrentamiento que, de seguro, se iba a desencadenar en el corazón mismo de la ciudad.

A cada minuto la situación se tornaba peligrosamente tensa, pues, más adelante, una señora, partidaria del candidato mayoritario, le lanzó certera una corona, no de laurel como se la otorgaban a los poetas triunfadores griegos, sino de la consabida alfalfa que logró coronarlo por un segundo, resbalando luego por su rostro que ahora sí se encaramó por la ira deprimida.

Para colmo, ya en la Plaza de Armas, más atrevida y grosera, una de las más fanáticas y consumadas derechistas le arrojó vilmente orines que por suerte se dispersaron con el viento, rociando a la muchedumbre como si fuese agua bendita en nuevo bautizo, o la perfumada usada en las fiestas de carnaval. Fue la gota que rebasó el vaso.

Los ánimos se soliviantaron, haciendo fracasar la concentración general.

En vez de los discursos estentóreos, jocundos, vibrantes, imaginados escuchar, sonaron ensordecedores los disparos de las armas de fuego, a propósito hechos al aire con ánimo amedrentador, seguido del zumbido de las piedras que lo cruzaban en todas direcciones, hiriendo a cuantos hallaban a su paso, desconcertando, desordenando y sorprendiendo a la muchedumbre inerme que corría en busca de refugio y protección.

A tropezones, cayendo unos sobre otros, levantándose, huyendo a toda prisa, en contados minutos el ombligo de la ciudad quedó desierto.

Finalmente se vio a retrasados, desprevenidos e indefensos citadinos, empujar, abrir y cerrar puertas tras sí; atravesar veloces las calles vecinas escapando confusos de las cabalgaduras que los perseguían, y a los hombres de a caballo haciendo restallar los látigos en el suelo, en las paredes y, a veces, en las espaldas de los fugitivos.

Satisfecha la venganza, borrada así la afrenta, retornó por donde había entrado la multitudinaria comitiva que acompañó aquella mañana al preclaro, aunque controvertido y para siempre recordado candidato, que semanas después, luego de escrutadas las ánforas, constataría que el doblar de la campana fue el mal augurio, el heraldo anunciador de su derrota.

(*) De su libro Pláticas del viento - Celendín Julio 2009

Pláticas del viento ilustrado con un bello cuadro de Alfredo Rocha Segarra
Manuel Sánchez Aliaga.- Nació en Celendín (Cajamarca) en 1938. Estudió primaria en la Escuela 85 (hoy 82391) y secundaria en el Colegio Nacional “Javier Prado” (“Coronel Cortegana”) de su ciudad natal. Sus estudios superiores los realizó en la Universidad de Educación “Enrique Guzmán y Valle”, La Cantuta, allí recibió también formación teatral; ese aprendizaje lo capacitó para dirigir y actuar en “El bouquet” y “El baño” (Pantomima) y “Ayar Manco”, “Ha legado un inspector”, “Clave2” (Teatro), tanto en Celendín como en Cajabamba, Huamachuco, Chachapoyas.

Fue profesor de aula en la Escuela donde aprendió las primeras letras, posteriormente laboró como docente en el Instituto Pedagógico “Arístides Merino”.

Se desempeñó como Presidente del Consejo de Vigilancia de la Cooperativa Magisterial en Cajamarca, y como Supervisor de Educación en la jurisdicción de Miguel Iglesias, Chumuch y Cortegana.

Dirigió el semanario “Ecos” (1963), el quincenario “El Golpe” (1965), la revista mensual “Marañón” (1971- 1974). Presidió la Sociedad Cultural “Pedro Ortiz Montoya”, el Comité Bodas de Oro del colegio “Cortegana”, los Comités Pro Electrificación y Bicentenario de la fundación española de Celendín; y en reiterados periodos el Centro Cultural Celendín.

Ha presentado en su ciudad los libros de Francisco Gonzáles, Miguel Garnett, Einar Pereyra Salas, Tito Zegarra Marín, entre otros. Prologó Cráneos profundos de Jorge Wilson Izquierdo (1970), Perdón Celendín de Ramón Ortiz Chávez (2008), Celendín en la cuenca del Marañón de Tito Zegarra (2008) y un Ensayo de Gustavo Aliaga Díaz.

Manuel Sánchez Aliaga es un persistente y reconocido promotor de las expresiones artísticas, literarias y culturales en Celendín.

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