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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 4 de mayo de 2018

Lima: Samy, se ha marchado…

El 24 de abril de 2018, el médico que lo atendía le diagnosticó cáncer al vaso e insuficiencia renal. Estuvo en observación casi 24 horas; el galeno, previa consulta con la familia, recomendó hacerlo dormir.


Eran las 6. 55 de la tarde; Samy se marchó de este mundo, en silencio y sin dolor. Después de un pequeño homenaje, fue sepultado, a dos metros bajo tierra, en el parque del frontis de la casa. Una gran pena invadió el corazón de la familia…, las mejillas se inundaron de llanto.

He aquí una especie de homenaje; un texto que escribí el 1 de abril de 2011, cuando Samy apareció en nuestra vida:

En esta caótica Lima, muchas veces y por más buen carácter que tengas, regresar del trabajo a casa te hace llegar con un genio de los demonios. Ustedes saben a lo que me refiero. Felizmente, y es uno de los motivos por los que escribo esta nota, esos tiempos terminaron para mí.

La felicidad que los animalitos traen a casa es diferente, incomparable. Llegó en brazos de un familiar. Fue un amor a primera vista, una tarde del mes de setiembre de 2009. El único que tenía la cara seria era Gabriel, su hijo de nueve abriles.

Cuando lo vimos caminar por casa, fue realmente un embrujo. Toda la familia lo quería acariciar y reía mirando cuando el paticorto andaba a paso de pato con la rosquilla de su cola sobre su espalda y con las orejotas colgadas como si llevara puesto un chullo de lana de “alpaca bebe”.

Lo dejamos por quince días, nos dijeron. Los días pasaron volando; y, cuando llamaron para averiguar cómo se encontraba Samy, un coro de voces respondió: ¡Está bien; y está feliz!

Samy, en su casa, se había portado mal. Había destrozado sandalias, zapatos, zapatillas y hasta un pequeño pero costoso mueble de cuero de cocodrilo.

Las llamadas se repitieron por varias semanas. Querían asegurarse si Samy se adaptaba a la familia y viceversa. Moviendo la cola y dando saltos, Samy comenzó a recibir a cada miembro. Ni bien se percataba que alguien llegaba, iba en busca de cualquier objeto y llevándolo en su hocico, lo invitaba, muy graciosamente, a jugar. Por unanimidad fue bautizado con el nombre de Samy, una palabra quechua que quiere decir felicidad.

A medida que iba creciendo el pelaje de Samy se ponía brilloso y acentuaba su color (marrón, negro y blanco); pero también crecían sus travesuras y engreimientos que, poco a poco, se pudieron controlar.

Samy era de un carácter tranquilo y de cara dulce; era terco, desobediente y juguetón. Sus ojos muy expresivos, hablaban. Cuando no era más que un cachorro, todos lo podían llevar en brazos; después, ya gordito, era muy difícil de cargar. Si en verdad existe la reencarnación, quisiera caminar con las cuatro patas de Samy y regalar felicidad como él nos regaló.



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