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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 25 de enero de 2014

EL HOMBRE EN LA POESÍA DE VALLEJO (VI)

Por Ernesto More


(Conferencia pronunciada en las Universidades del Cuzco y Arequipa, el 15 y 29 de octubre de 1954, respectivamente)

(...)

Desde su primera época, Vallejo había puesto a Dios en la tierra, lo había humanizado. Este sentimiento humano de Dios, que lo aproxima tanto a Renán es todavía de “Los heraldos negros”. Desde entonces, Vallejo ha sufrido una evolución en la forma y contenido de su poesía, alejándose cada vez más de todo lo metafísico. Es un dato interesante el proporcionado últimamente por mi hermano Gonzalo, quien, como se sabe, fue uno de los íntimos amigos que tuvo Vallejo, y uno de los que pronunció una oración fúnebre ante sus restos en el cementerio de Montrouge. Dice Gonzalo en una carta fechada el 30 de junio de 1954, a propósito de la relación de amistad entre Vallejo y Juan Larrea, poeta metafísico y místico: Recuerdo que un día, después de haber pasado la tarde en Passy (en casa de Larrea) hablando de metafísica, salimos a eso de las seis, tambaleándonos. Una vez en la calle, el cholo comenzó a dar saltos, abriendo la boca y gritando: “Aire, aire, que me ahogo”. Este detalle es tanto más importante cuanto que Larrea ocupaba en la vida de Vallejo lugar preeminente, toda vez que el gran poeta de “Rendición de Espíritu”, fue el que descubrió al peruano en París y España y o acompañó una buena etapa con indeclinable espíritu de comprensión y camaradería. Ello tampoco significa que Vallejo fuera un desagradecido. Ese divorcio entre ambos, que desde luego no afectaba a la amistad que siguieron profesándose mutuamente, fue ya percibido por Larrea cuando a su regreso del Perú, volvió a encontrar a Vallejo en París. Remitámosnos a las palabras de Larrea: “Arrastrados por las corrientes históricas, no pasó mucho tiempo sin que volviéramos a encontrarnos en Paris. Yo había regresado del Perú, con un maravilloso cargamento de antiguedades de extraordinario valor, cuyo poético destino ignoraba, y recluido en el dédalo de un proceso subjetivo espiritual, sin duda apasionante. Él volvía de España, perseguido por sus desdichas económicas por las implacables mandíbulas de sus hambres infinitas. De nuevo confrontamos entonces nuestras propias experiencias, nuestro conocimiento del mundo, coincidentes unas veces, otras discrepantes. En realidad, abordamos el problema por extremos opuestos, político y poético, para concordar, a fin de cuentas, en una misma fe en los destinos creadores del Continente Americano. Por último, después de una nueva separación, volvimos a confluir, por diferentes caminos, a la cabecera del pueblo español, al desencadenarse su tragedia. Él, ostentando su congénita representación americana. Yo, en parte también, puesto que aquella colección maravillosa de antigüedades incaicas, místico presente del Perú, sirviéndose de mí como de instrumento, fue a dar testimonio poético de Indo américa ante un pueblo abandonado de España. Extraña dualidad complementaria la nuestra”. Un poeta de tan fina percepción como Larrea, capaz de análisis severos, gracias a un desdoblamiento superior, se percató de cómo y por qué ambos habían venido a separarse. Lo que no sé si para complementarse. Es evidente que ambos sentían como en carne propia la tragedia de España: el español que emergía del Perú con un cargamento de admirables antiguedades incaicas con las que él pensaba constituir como base, un Museo Arqueológico Hispano-Americano en Madrid, y el peruano que, emergiendo de España con un cargamento de dolor, se identificó de manera tan mortal con este país, que a la hora de la muerte, sus palabras de despedida fueron: “Me voy a España”. Palabras de tiernísimo sentido hogareño para los que conocieron personalmente a César. En efecto, cuando, luego de una fuerte tenida bohemia, advertía que os humos se le cerraban la cabeza, Vallejo, cogiendo con una mano su bastón y con otra el brazo de su mujer, solía repetir invariablemente: “¡Ya me voy a mi casa!” Estas dos palabras: “mi casa”, cobraron singular acento de orfandad.

Pero lo que nos importa, en medio de tantas dulces remenbranzas, es fijar con convicción más absoluta, que Vallejo no sólo significó poesía, sino actitud vital. En efecto, no puede haber mensaje sino en aquellos poetas que hicieron de su poesía la prolongación trascendente de las palpitaciones de su vida; de aquellos poetas que se negaron obstinadamente a esconder la cabeza entre el engañoso ropaje de las cómodas y calientes plumas del avestruz. Vallejo lo comprendió así, y apenas hubo abierto en Paris los ojos a esta verdad, que desde luego estaba germinando desde antiguio en sus propias entrañas de profeta, y como si hubiera escuchado estas atrozmente significativas palabras de Rilke: “No hay sino dos caminos: el arte o la felicidad”, escogió el primero, vale decir el que va desenvolviéndose por entre breñas de dolor y de miseria. Y lo hizo con sentido de la elección, pues no e faltaron a Vallejo los dulces cantos epicúreos de a sirena del bienestar temporal. Lo hizo guiado por su profunda e inconmovible vocación humana, esa vocación social que ya apunta dramáticamente en aquellos versos de “Ágape”, de Los Heraldos Negros:

Y no sé qué se olvidan y se queda
Mal en mis manos, como cosa ajena.

(…)

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