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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 4 de febrero de 2017

Narraciones ronderiles: “JUAN DEL MONTE”: AÚN VIVES ENTRE NOSOTROS

Escribe: Onésimo Salazar

Sus pies anchos y encallecidos avanzan con firmeza entre la multitud. Destaca su figura altiva y espigada, puesto poncho granate y largo, con sombrero de ala corta y bien fijado, de barba oscura y poblada. Con ojos de gavilán fija su mirada hacia adelante y se encamina hasta el estrado donde el presentador anuncia el motivo de la reunión. “Después de mucho tiempo los voy a ver. No van a creer que he venido…” sonriendo, se dijo. Canteando, canteando por la multitud avanza su silueta. De pronto, cerca del estrado, dos fornidos hombres vestidos con chaleco de comando y fuete en mano le salen al frente.

–Señor, ya no puedes pasar más adelante. Párate ahí nomás –masculló uno de los comandos que masticaba bolo de coca y agitaba fuete en mano.

–Quiero saludar a mis compañeros, nomás. Arriba están –mirando al estrado.

–Aquí no están. Búscalos más allá –abriéndole paso hacia atrás y alejándolo.

“Son de la disciplina. Hay que obedecer. Bueno, escucharé de aquí y esperaré”, pensó y se impuso paciencia.

–¡Juan! ¡Juan! Aquí estamos con la gente de la comunidad –alguien dijo desde la multitud.
Dibujó una leve sonrisa y volteándose hacia atrás sus ojos sólo escudriñaron.

El animador, desde la tribuna facilita a los invitados expresar su mensaje y a otros solo la venia. Enfatiza la presencia del gerente, gobernador, ex presidente, alcalde, doctor, prefecto, comandante, congresista, consejero, director, fiscal, juez, candidato y santo de su devoción. Juan, después de escucharlos, acomodando su alforja que lleva al hombro, ondeándose como una sombra se escurrió entre la multitud.

Juan, se sentía diferente pero orgulloso del atuendo que lucía. Ahora, puesto zapatos nuevos y sin usar medias, se hallaba sentado en primera fila en un recinto cerrado, con centelleantes luces y sonido estridente para hacerse escuchar. “Carajo, ahora sí todos me van a escuchar”, pensó Juan y empezó a hilvanar sus ideas. Se emocionaba y por su mente cruzaba infinidad de imágenes, peripecias y alegrías que le tocó vivir para animar a la gente. Juan, siempre hablaba y decía lo que pensaba.

Gente venida de diversos lugares susurraban y lanzaban arengas. ¡Viva el Congreso ronderil! ¡Estos son, aquí están, los ronderos del Perú! ¡Gobierne quien gobierne, la ronda no se vende ni se pierde!, cuyos ecos rugientes se expandían por las cumbres de Chota. 

–Soy rondero de Pampacucho –firme y altanero. Señor, quiero que me escuchen –alzando la mano y a voz en cuello insistía.

–No tienes credencial. No puedes participar –acercándose, sentenció uno de los disciplinas.

–Señor, aquí hay gente que tiene credencial y no son ronderos. Hablan muy bonito y lo que les da la gana, pero no hablan de rondas. Yo quiero hablar de las rondas, señor –puesto de pie, doblando el poncho por el hombro y hacia atrás, exigía su derecho.

En esta circunstancia una descarga atronadora de pedradas lanzadas desde el exterior empezó a caer sobre el techo del recinto, pero con el golpe continuo de un bombo gigante se trataba de silenciar. De pronto, una ráfaga de aguacero interrumpía mi sueño y sobre saltado un temor invadía mis entrañas. Había visto a Juan tal como era y después de 28 años de fallecido. Juan Vásquez, vivía en Shitacucho y se le conocía por el sobre nombre de “Juan del Monte”. Humilde y sacrificado rondero, personaje principal en la película “Los Ronderos” (1987) y junto a su primo Edilberto de Iraca Grande cantaban a dúo bellos yaravíes.


“Juan del Monte”, no has muerto. Aún vives entre nosotros.

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