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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 21 de enero de 2017

(CONCIENCIA CRÍTICA) Más sobre la lectura y la escritura

LOS PLACERES OLVIDADOS… 
(Primera parte)

Por Mario Peláez

No hay duda: los placeres, en última instancia (sean físicos espirituales e intelectuales) son construcciones culturales. Y todos se manifiestan como encantamientos, como relámpagos, o como menudos tornados, cuyo epicentro siempre es el cerebro, aunque primero lo disfruten los sentidos.

En el caso de los placeres propios de la lectura y la escritura, la conciencia les dispensa toda su atención. De allí que sean los más lucrativos, los de las mejores cosechas espirituales y los más cercanos a la felicidad. No obstante la lectura y la escritura apenas son disfrutadas, paladeadas.

En esta oportunidad me tomo la licencia de hablar en primera persona para precisar los recaudos y pautas que definen mi experiencia como lector y escritor (de solo esforzado cazador de conceptos).
Antes debo contestar la pregunta: ¿Por qué corro tras de una lectura y de un autor?. Seguramente para mejorar mi percepción de la realidad. O para enfrentar, con la imaginación, la monotonía de la vida cotidiana. O también para frenar el apremio del reloj. Pero lo que es absolutamente seguro es la presencia inconfundible del placer.
Veamos.

En primer lugar, aseguro el tiempo de la lectura, generalmente de cuatro horas. Tiempo exclusivo, cuasi sagrado… La noche el mejor escenario.

Luego elijo la lectura (el tema), que siempre debe estar relacionado con la problemática social, y con el ánimo que me acompaña, considerando su variabilidad. Entonces bien se puede leer (tal como yo procedo) tres o cuatro temas diferentes en un mismo horario. Sea poesía, cuento, ensayo, filosofía, historia y otros. Sin que ello requiera de capacidad intelectual singular. Además la variedad de la lectura potencia el ánimo. La pluralidad motivacional refuerza la comprensión lectora; y alivia el cansancio de la vista que brega en las intimidades de las palabras impresas.

En tercer lugar, mi lectura la proceso lentamente. Párrafos que considero especiales los releo varias veces (la lectura veloz no sirve para el gozo estético, tampoco para destilar el lenguaje que muchas veces empaña el conocimiento).

Enseguida, por unos minutos, dialogo “telepáticamente”… con el autor sobre algún punto de vista que no logro entender.

Paralelamente, anoto en los márgenes del libro mis opiniones, sugerencias y felicitaciones. No hay autor que no aprecie las huellas de la conciencia de su lector.

Desde luego, cada lector decide cómo leer, también su horario de lectura y sus autores preferidos. Sin embargo, hay denominadores comunes que la experiencia y el tiempo han consolidado. En mi caso se concreta: 

Libros que requieren leerse en cámara lenta, letra a letra (por ejemplo los de Jorge Luis Borges).

Libros que deben leerse acompañados con fondo musical (los de Shakespeare).

Libros para leerlos desde la relectura (los de Bertolt Brecht)

Libros que deben leerse como si fuéramos coautores (como los de García Márquez).

Son modalidades de lectura que potencia nuestro orgullo como lectores

Otro sí:

Desde luego es más productivo la calidad de lo qué se lee y la calidad cómo se lee, que la cantidad. Siempre la calidad vale más que la cantidad.

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