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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 28 de noviembre de 2015

Sospechosos comunes / Hildebrant en sus trece

Es una suerte que llegue a nuestra provincia un semanario como Hildebrant en sus trece. Una revista cuyo director es un periodista de verdad, un periodista que se ha enfrentado al poder y sigue en esta brega haciendo de esta profesión un apostolado. El artículo que copiamos a continuación salió publicado en este semanario en el número 272. La credibilidad de los periodistas está en duda, nadie lo puede negar. En Celendín de los 25 medios de comunicación existentes, 24 hacen de caja de resonancia de minera yanacocha y Odebrecht. Sólo una emisora radial resiste como nuestro pueblo la tentación a las monedas que los periodistas judas (con los dueños de los medios) reciben (NdlR)

Sospechosos comunes

Por Juan Manuel Robles

No importa tanto lo que diga un periodista sobre qué está bien o está mal en su profesión. Importa más que su audiencia tenga –y busque- una información clara de sus posibles conflictos de intereses, de modo que pueda evaluar si ante esos dilemas posibles el periodista actúa con independencia. Son tiempos de reportero ciudadano, en los que un usuario cualquiera puede tener acceso a mucha información. Yo sugeriría que usen esa posibilidad, ese acceso a la data disponible, para rastrearlos rastrearnos y cotejar. En estos días, consumir medios masivos sin hacer de stalker con sus hombres de prensa es como comprarle polvitos nutricionales al primer charlatán que toque la puerta de tu casa. Y creer en información dudosa es como alimentarse con tamales bamba. Trae secuelas.

Por eso conviene recordar algunas cosas al vuelo. La primera de las censuras, el primer silencio que casi todo periodista acepta, es el de que imponen los intereses de su medio. El canal. El diario. La estación. Se ha vuelto natural que el periodista se vuelva agente y mermelero ad honorem de su propio grupo empleador, que sea parte de su agenda evitar todo ataque al mismo, y que ni se le ocurra indagar sobre sus posibles anticuchos. No sólo eso: el periodista colabora afanoso con sacarle el brillo a la imagen positiva de la corporación. Esto incluye, a veces, bailar en el spot de Navidad sacando pecho por el logo. Eso no tiene nada de malo, pero es saludable desconfiar cuando afecten los intereses de ese medio.

Los periodistas casi nunca tocan a sus patrocinadores. Es bien naif el espectáculo de ver a un redactor practicante proponiendo tal o cual cosa en una reunión de edición (aunque, por suerte y según testimonios fiables, todavía pasa). El lector o televidente deberá escuchar a esos periodistas aceptando una declaración tácita de facto: que las empresas que ponen sus bonitos comerciales en la tanda son decentes y no vale la pena pensar lo contrario. La actriz otoñal invitada a Lima por la tienda por departamento cuya presencia en las noticias aumenta sospechosamente semanas antes de su llegada es más relevante que la huelga de los vendedores de esa tienda por departamentos.

Por lo general, cuando un periodista gana dinero y fama se vuelve también más poderoso. Y hace amistades poderosas. Va a sus cocteles, se junta con gente importante, sonríe, acepta que lo inviten a las mansiones (husmeen en las páginas sociales). Eso puede mermar su capacidad de análisis en ciertos temas, y a la vez aumentar su capacidad de empatía con señores que resultan tener intereses monetarios que de pronto podrían estar en juego por la irrupción de algún proyecto político, algún candidato que llame a remecer las cosas, a desalambrar. Cuando piensen en por qué casi nunca vemos a una estrella televisiva del periodismo haciéndole el pare a la gran minería, entendemos que es posible que el periodistas haya dado su tarjeta-. Lo cual nos lleva al siguiente punto: los periodistas se canchuelean, un capital que pueden negociar para trabajitos extra. El poder de los medios sobre todo de los grandes es una realidad física, material, contaminante, y un periodista que trabaje en ese ámbito puede vender cara su influencia. En otros tiempos los manuales de estilo ponían límites explícitos a estas prácticas. Hoy no. Hoy los periodistas pueden ser, a la vez, consultores de imagen. Hombres de identidad doble que hacen prensa de día y por la noche arman tu plan de medios para que obtengas buena prensa. Cuando un tema en boca de todos es obviado de manera grosera por un diario, desconfiemos: puede que alguien esté dobleteando.

Los periodistas hacen comerciales de televisión. Se ha vuelto más o menos normal, signo de estatus (no a cualquiera se lo piden). Ya muy pocos se cuestionan las posibles implicancias de aceptar decenas de miles de dólares para promocionar la cerveza del grupo más poderoso, el detergente del consorcio que posee las tres cuartas partes del mercado, la AFP transnacional que está en contra de la reforma del sistema de jubilación privada. Hace poco un periodista bravucón llamó mermelero a un colega. Pues bien, ese periodista vociferante luego apareció en un agresivo comercial de colchones en el que se da fe de la calidad del producto y se “denuncia” que la competencia es, literalmente, basura. De hecho, para eso un publicista contrata al periodista, para que haga de aval. Desconfiar de alguien que alquila su credibilidad por dinero para una empresa privada y con poder suena a un buen consejo que un padre le daría a su hijo pequeño.

Ya empieza la campaña electoral. La verdad se volverá esquiva. Es hora de aumentar los controles de calidad.


Fuente: Semanario Hildebrant en sus trece n° 272.en sus trece página 19.

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