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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 7 de enero de 2015

Narrativa: Arturo Bolívar Barreto, FOGATAS DE JUVENTUD (relato)

   
Al despertar de mi pesado sueño, todavía no salgo del asombro que lo he hecho entrelazado con la muchacha que tengo a mi lado. Ella también ha despertado, estira sus brazos y me abraza. Inmediatamente se me viene todo a la memoria. La animada y líquida velada de la noche anterior del matrimonio de mi primo. Este es el sillón de su sala y esta es su casa. La que tengo a mi lado es Alicia, una compañera de la universidad a quien sugerí si me podía acompañar.

   -Creo que debemos irnos  –le digo a Alicia-,  parece que los amigos se han ido ya y mis primos no se levantarán hasta pasado el mediodía.

   -Sí, pero voy contigo, me voy a tu casa –me dice Alicia en forma resuelta mientras desarruga el abrigo que lleva puesto, con el que ha pasado la noche.

   No le logro entender.

   -Fue lindo lo que pasó entre nosotros –me aclara risueña-. Te he sentido mucho. Yo estoy segura que llenaré tu vida.


   ¿Lo que pasó? Sólo recuerdo el momento en que mi primo me está acomodando en el sillón, “descansa  aquí con tu amiga, el sillón es amplio…”,  hasta este momento en que he despertado. He amanecido, como ella, con toda mi ropa puesta (saco sport y pantalón). Sea como fuere esta chica no se puede adelantar demasiado. Ensayaré una salida. Una respuesta contundente que suele ahuyentar a algunas, a otras al contrario las hace más obsesivas.

   -No puedes venir a mi casa Alicia, por si no lo sabías soy un hombre casado, dos meses de casado para serte exacto.

   Estaba distanciado en ese periodo de quien, años después, efectivamente, sería mi compañera.  Por eso invité a Alicia, una amiga de la facultad de psicología que me caía bien. Antes le había dicho para conversar –pensaba en la invitación- y por primera vez lo hicimos fuera de la Ciudad Universitaria. Estábamos en los asientos de un parque y ella estuvo de acuerdo con mi ruego a que me acompañara al matrimonio de mi primo. Me contestó que sí, muy pícaramente, como si la invitación que le hacía fuera ya una declaratoria de amor. De ahí en adelante, en la charla y el paseo que siguieron esa tarde, la muchacha extraía un cigarrillo después de otro, fumaba compulsivamente. No es que me sorprenda que fumara, lo que me sorprendía era el hecho de descubrir que lo hiciera a ocultas de la gente. “No quiero que ni mi familia ni ningún conocido  se entere que fumo”, me había respondido. “Sí, estoy seguro que ningún compañero del grupo siquiera lo sospecha, pero, ¿por qué sí lo haces ante mí’?”, le había dicho yo.  “Contigo ya es distinto”, me había contestado sonriente y pegándose a mi hombro. Hasta me invitaba un cigarrillo cada vez que ella quería fumarse el siguiente. Quizá sea por esa lamentable doblez que comenzara a diluirse la imagen que me había hecho de ella. Y claro, también cierta conducta posesiva que ya insinuaba.

   -Huyamos, nos vamos a cualquier otra parte –me contesta-. Tú me necesitas, lo sé,  a veces el hombre es muy infeliz en una clase de matrimonios, yo lo sospecho en tu caso.

   De manera que esta muchacha se las traía. Ya sabía lo que yo necesitaba y también sabía la solución. Cómo salir de esto, me preguntaba. No podía seguir ensayando respuestas tan inocuas y  fácilmente franqueables para tan resoluta mujer.

   -¿Sabes? –le dije- nada de lo que te he dicho es verdad. Te voy a ser sincero porque me has convencido que eres una mujer de temple y serías excelente compañera y militante.
   -¿Si? .me dice, mirándome por primera vez un poco perpleja-. Dime.

   -Pertenezco a una célula guevarista, aún estamos en la etapa de confiscación a bancos, tú sabes, eso de apertrecharse de recursos previos a la acción guerrillera propiamente. Hoy mismo, esta mañana, tenemos una reunión, te pediría que me acompañaras. Hablaremos también de todo lo nuestro. Pero lo que me alienta sobre todo, como lo entenderás, es que estoy seguro que serías excelente compañera y excelente combatiente.

   La muchacha me miró incrédula. Como yo la miraba fija y seriamente, esperando una respuesta suya, sintió que no bromeaba. Extrajo un cigarrillo de su bolso y se puso a fumar. Mientras exhalaba el  segundo cigarrillo, dijo pausadamente:

   -Acompáñame a tomar el taxi, voy a mi casa.

   Respiré aliviado, sólo mi rostro quería aparecer ensombrecido y triste.

   Salimos hasta el paradero más próximo, ella se despidió fríamente y abordó el taxi que la llevaría a su casa. Yo también abordé mi taxi, no me iba a ningún asalto de banco, marché feliz hacia casa, hacia mi viejo cuarto, hacia el incendiario mundo de mis libros y mis sueños.


Octubre, 2014

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