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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 10 de septiembre de 2014

LA POESÍA DE ULISES VALENCIA / Arturo Bolívar Barreto

Carácter de su poesía precedente

  
En su último poemario Luego, cuando reinó el silencio (2013), Ulises Valencia alcanza una expresión poética más integral y auspiciosa. Porque suma a su reconocida calidad estética un referente vital y, más aún, el referente social e histórico que, a mi modo de ver, le hacía falta.

   Y es que Ulises, no obstante ser un poeta de origen humilde, es un poeta culto, alguien que se ha nutrido de la poesía peruana y universal. Y ha alcanzado una personalidad poética muy propia. Pero su poesía, que ha expresado un profundo yo doliente, un profundo sentimiento de marginalidad, de la miseria humana, de tristeza y desconsuelo, quizás por ese origen social del que proviene -y en ese sentido expresa un dolor muy humano-, se había entrampado, se había encerrado en un existencialismo que, salvo con intermitencias, no había explorado referentes  de mayor vitalidad, una posible reversión a ese estado de desesperanza.


   En esa creación anterior, el  yo poético no sólo se ha reconocido miserable sino que, de tanto serlo, se ha percibido dañino, destructivo.  Dice en su poemario Tiempo de 1995:

“Sé que tengo en mí
Un ser que apesta, que hace pus
Que son mis venas ríos
Por donde recorren servidas aguas de pútridos olores
Sé que doy miedo, que a mi paso
Las aves, las tiernas aves, se van, se van
Que dentro de mí existe maléfica guarida
Que engendra odio y rencor
Pululan los nidos dormidos de mi infancia…”
Tiempo, p. 19

   Esta poética -sobre todo en Tiempo, 1995, y en Nido de sierpes, 2004- ha sido recurrente en expresar esa desesperanza asfixiante, un profundo pesimismo que se ha ido hermanando con ese influjo de acento formalista y esteticista del que se ha nutrido. Un tono modernista, preciosista, a veces, siempre un lenguaje sutil, bien elaborado, con una temática recurrente en lo desesperanzado: abismo, soledad, alma, cansancio, vejez, el ser abstracto, muerte, tiempo transcurrido, son temas o categorías recurrentes en su poesía que linda en lo trascendente. “Triste, triste hasta la muerte/ en mi alma ya no cabe un ataúd…” Dice el poeta en Tiempo. Y es consciente de ello: “Escribo palabras vacías, como / ramas caídas en días de otoño / estrujo papeles, me mancho en la tinta/ es absurda esta historia de frío y de nieve” (Tiempo, p. 61). La concepción  elitista del arte, que encuentra su sentido en un quehacer desligado de la vida, es decir, la poesía como composición formal, esteticista, que se justifica a sí misma, sin necesario contacto con la realidad, con la riqueza social, parece haber afectado a Ulises. Por muy originado en la vivencia de los estratos bajos de la sociedad que sea esa perpetua dolencia y sufrimiento, se convierte recurrentemente en desesperanzada y sin salida, al no escarbar en la riqueza de ofertas de la realidad, de la vida que sigue andando; entonces el tema se empobrece, tanto como la de los poetas elitistas de la poesía pura o del referente ambiguo y enrarecido. Ulises ha creído hallar un refugio a su profunda desazón social y personal, a esa profunda sensibilidad doliente y sufriente, en el trabajo del lenguaje y de la búsqueda de lo estético sin referente fuera del yo existencial, sensorial e individualista, y menos en el colectivo humano. Es lo que caracteriza la poesía anterior de Ulises, por lo menos la poesía anterior a Como una fiesta de 2006.  Por eso su arte mismo se vacía de ilusión, de sueño y de esperanza, y deviene escéptico y decadente. En Nido de sierpes (2004) reconoce cuánto ha debilitado a su espíritu esa tendencia asumida.

“Hay tenazas invisibles
Tentáculos que aprietan como pulpo
Frente a ellos nuestras frágiles defensas
No acostumbradas a golpe de batalla
(La inacción hace perder la distancia
Y el camino)
Y son años de desidia acumulada
Hay tenazas invisibles, tentáculos
Que aprietan como pulpo”
“Hay tenazas invisibles”, Nido de sierpes,  p. 13

   Como no va su búsqueda fuera del yo existencial, en el desentrañamiento de la vida misma, o en el ser colectivo y en la reivindicación social, que se podría esperar de un poeta de origen popular,  el poeta deviene escéptico y descreído:

“¿Cómo decir que hay un hombre honesto
Si todos son lobos disfrazados?
¿A quién recurrir entonces
Si no hay nadie que inspire confianza?”
“Tu vida, un ir y venir”, Nido de sierpes, p. 21

   Pero el poeta intuye que en esa perspectiva  avanza hacia un callejón sin salida y desespera ante ello:

“Nada es capaz de emocionar
Pues no sabemos hasta cuándo
Estaremos en este drama
Que no tiene cuándo pasar
O cuándo irse con su maldad a cuestas…”
“Estás tocando fondo”, Nido de sierpes, p. 32

   Expresa un íntimo hastío ante esa percepción de la vida, es consciente que ese sino pesimista y de inacción le lleva al abismo: “Enfermo estoy, sufre mi espíritu/ el camino ya no me lleva hacia tu lado/ hacia pestilentes loberas, el camino me lleva”  (Nido de sierpes, p. 20).
   Entonces intuye que sólo algún vínculo con lo cotidiano, con la realidad, con un otro, el amor por ejemplo, le puede llevar hacia un camino de vida, superando ese extremista yo resignado y fatal. “Nada es capaz de emocionar/pues no sabemos hasta cuándo…/y otra vez mirar las calles blancas, el vecindario/y creer nuevamente en el amor/y en las cosas buenas que la vida ofrece” (Nido de sierpes, p. 32).
   De manera que cuando explora uno de sus temas más tratados, el del amor, el de la mujer, de la belleza femenina -aunque parece que está siempre depositado en el pasado- su poesía se vivifica, recobra la luz y una ráfaga de esperanza y aprecio por la vida. En Como una fiesta, de 2006, poemario dedicado al amor, a la mujer, se vislumbra esa vitalidad.
En esta soledad, pienso en ti
Como un canto de amor
Que va encontrando mi ser vacío, mi alma enferma
Mi pobre humanidad.
Y vuelvo a sonreír muy levemente
Cuando con voz callada te nombro
Pues existe, lo sé, otro mañana
Esperanzador donde te encuentre”
 “Tomo distancia, de toda algarabía”, en Como una fiesta, p. 16
   Ve muy claro esta perspectiva revitalizadora y quiere abandonar ese mundo subjetivista e improductivo: “Y soy quien, de a pocos, se va despojando/ de la bestia singular, que me anima/y va siendo, simplemente, un hombre otra vez” (“El jardín lozano y fresco” en Como una fiesta, p.10).
   Es decir cuando su yo doliente pero de tendencia existencialista, vuelve a tocar lo cotidiano, a referenciar al otro, a volcarse otra vez sobre el mundo real, halla esa luz de esperanza, lo hace en el tema del amor, pero también en el tema de la amistad, de la infancia. En un principio pareciera que la remisión a temas vitales, que el poeta ha negado para recluirse en su yo existencial, convirtiera a su poesía en un tanto prosaica y narrativa, como que revelara lo desacostumbrada que está a los referentes específicos, cotidianos, al relato vital, a la historia de vida, en fin. Pero conforme se desenvuelve y persevera en este camino descubrimos que el poeta, al tiempo que  recobra la esperanza, también sintomáticamente plasma bellísimos poemas, quizás de mayor integridad que los anteriores. Como es el caso representativo de los poemas  Azul la llama que me espera o Si mañana al recordar lejanos días, del poemario Como una fiesta, de 2006.
El primero concluye así:
Desde mi rincón oscuro, avisto con una
Sonrisa apenas, en la comisura de mis labios
Azul, me digo, es la llama que me espera”
“Azul la llama que me espera”, p. 26.

   Y es una batalla, no sin altibajos, que el poeta emprende, desde su obsesión pesimista y elitista hasta la propuesta vital y esperanzadora. Y logra vencer, logra plasmar, como dijimos,  hermosísimos poemas en esa perspectiva. Dice todavía restañando sus heridas: “Sonríe muchacha/la vida es hermosa/a pesar de la suerte/a pesar del destino/que nos hace impacientes/debemos vivir” (“Hay tristeza en tu alma” en Como una fiesta, p. 28)
   Pero como el poeta no proyecta este sentir hacia un yo colectivo, no se ha consustanciado con las responsabilidades de su entorno social, con lo histórico, como Vallejo, como Mariano Melgar o como Javier Heraud, entonces ese otro, el amor, la mujer, parecen tener raíces débiles todavía, siempre corre el riesgo de volver a su yo existencial, y de hecho sufre recaídas pero es consciente de este peligro. “A veces nos rompemos la cabeza/buscando una salida/un algo donde terminar./No es posible, ir repitiendo la letanía/de esta tristeza sin remedio” (“A veces nos rompemos la cabeza”, Lejos de todo, 2008).
   El poeta ya se interroga, ya está en esa búsqueda de los elementos vitales y ya no quiere retornar al oscuro yo existencial. También la amistad es un tema tónico, como en ese interesante poema al amigo en Lejos de todo de 2008, lleno de recuerdo de infancia y sentimiento, “Canto a Alfredo Arias Rojas” (aunque poema bastante sencillo y narrativo).


Luego, cuando reinó el silencio
   
   Pero es definitivamente en este último poemario Luego, cuando reinó el silencio, de 2013, que el poeta asume definitivamente y con mucha lucidez ese camino. Especialmente en la primera parte, Callada vecindad. El libro está compuesto de cuatro partes. Ya en los primeros poemas anuncia cuál es el camino que ha de tomar, ya no sólo el del amor o el de la amistad o la familia, se eleva hacia un yo social e histórico.
   Ya desde el arranque comienza reconociendo con claridad el mundo “egoísta” en el que estaba atrapado, en el que se victimizaba regodeándose en el martirio, infecundamente.   Y que al afirmar que hay algo más decisivo que el yo egoísta, que lo halla en un yo colectivo, de solidaridad social, también sabe que, con la recobrada vitalidad, también su poesía va a elevarse, ser más auspiciosa, se va a “rebalsar” y “multiplicar”.

“Ya hemos pensado mucho en nuestro yo
En nuestro “yo querido” hemos pensado en demasía
….
Ni un milímetro en ningún borde para nadie
….
Bien, esta es una cuenta vieja
Viviendo entre egoísmos, creyendo vivir bien
Viviendo entre cadenas, sin pensar en libertad
Ya hemos pensado mucho en nuestro yo
Un yo raquítico, que se muere, por no ser
Ahora descubramos que tenemos algo más
Un alma socialista que se entrega
Con amor, con fuerza, sin reserva
Y a fuerza de entregarse sin reserva
Se rebalsa aún más se multiplica”
“Ya hemos pensado mucho en nuestro yo”, Luego, cuando reinó el silencio,  p. 12

Y en efecto, asume esta nueva buena de su poesía, es decir, cómo será y hacia qué debe apuntar:

“Que no haga el canto
Papel de bufones y payasos
Que no entre en la casa del burgués
Que vaya en marchas
En huelgas, sindicatos
Que alce la voz y el canto
Para gritar justicia
Que corra junto a ellos sin zapatos
Junto con el que lucha y el que sufre
El canto universal, es de los pueblos olvidados
El canto universal, es de los pobres”
“De la tierra surge el canto”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 16

   Más claro no puede ser el poeta, su canto ya no quiere cantar al burgués, al yo existencial, individualista y desesperanzado, y con ello hacerse formalista, lúdico, evasivo, “que no haga papel de bufones y payasos”.
   Pero, ¿cumplirá el poeta lo que promete? Para ello su poesía tendría que continuar progresiva, liberadora, y deberá expresarse con virtud, con belleza. Y efectivamente, la primera parte de este poemario es de una poesía comprometida y su lenguaje se hace transparente, sin retórica, adquiriendo una nueva concepción de la belleza, más significativa, se hace “canto universal” porque “es de los pueblos…”. Qué interesante claridad en la concepción. Como vallejo, el arte viene del pueblo y va hacia él, el arte sólo adquiere tamaña riqueza cuando se consustancia con su devenir histórico y social. Y se hace diáfano, sencillo, comunicativo.

“Para que esto acabe
Cuánto cambio en la garganta
En las manos
En la conciencia de los hombres
Que construyen en sus manos las ciudades
Cuánto cambio todavía entre la base!
Cuánto cambio todavía, compañero”
“Para que esto acabe”, Luego cuando reinó el silencio, p. 22

   Y la fuerza luchadora, con un tono vallejiano, en el largo poema muy hermoso, Toda la gente.

Porque me harto y nos hartamos
De tanta aflicción entre las calles
De tanta miseria, de tanto trapo
De tanto pavor en tiendas y mercados
“Toda la gente”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 23, 24, 25

   Y se hace toda su poesía, especialmente en esta primera parte, más humana y significativa, y tan bella como sus anteriores poemarios, solo que de una belleza plena, llena de contenido. Lo lúdico alude a lo real, está plagado de esperanza y energía, y está copado de espíritu renovador, transformador de la vida, de espíritu revolucionario. Hay un poema muy representativo de esta buena nueva de la poesía de Ulises, Agarra el sol, de la primera parte de este poemario:

“Agarra el sol
Ponlo a tu costado
A tu espalda, en tu delante
Ponlo donde quieras que te alumbre
Coge el mundo
Ruédalo
Arranca la montaña
Te está impidiendo el paso
Retírala  hacia un lado
Húndela en el mar
¿El mar?
¿Molesta su rumor?
Un vaso, llena el mar
De un sorbo, bebe, bebe
Dejará de molestar”
“Agarra el sol”, Luego, cuando reinó el silencio, pp. 30, 31

   En verdad, aquí Ulises Valencia recobra la ilusión, la ductilidad de la vida, la grandeza del hombre, su poder creador, transformador del mundo, de su destino, de su suerte. Veo en este poema toda la transformación que sufre el poeta, el logro humano y poético que esta trasunta. Es el triunfo de la poesía porque triunfa la vida. Este es uno de los más hermosos poemas del libro.

   En la segunda parte, “De qué manera se tejieron los corales”, retorna el yo poético al tema del amor, de la mujer, y hasta le canta a la naturaleza como anuncia el título de esta sección, como fuentes de belleza, de salvación. Aunque vuelve a estar latente el desaliento, ya no retorna  al absoluto existencial, al padecimiento estéril. El poeta quiere cantar con esperanza, aún más convencido que en el referido poemario Como una fiesta dedicado al amor.

Cerca de mí hay una muchacha
Hermosa como el firmamento
La veo todos los días, la saludo
Y ella todos los días me regala
Su alegre sonrisa de azucena”
“Cerca de mi hay una muchacha”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 40

   Y canta también a la naturaleza:

“En medio del océano, hay bosques
De variedad, de verdes bellísimos
Y hay una flora y fauna pintoresca
Riquísima y quisiera tener branquias
Y quedarme a vivir la eternidad en pleno”
“De qué manera se tejieron los corales”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 47


   En la tercera parte del libro, “Cuantas veces por una nada”, el poeta retorna al regodeo del yo, atraviesan sus poemas otra vez ese estado de dolencia lacerado e  irremediable, vuelve a su pasado donde cree que estuvo lo mejor, no obstante sigue tratando también el tema del amor, pero ni siquiera ahora esta motivación, el amor,  pareciera vencer su escepticismo como si este estado fuera la fuerza más invasiva de su espíritu. Y es consciente de esto.

“La vida, en esplendor, mujeres como sueños
Alegría desbordante en cada cosa
Brazos enlazados, besos como gloria
Sin embargo, siempre una inconformidad
Una desazón en el espíritu y el alma
Que te hace regresar cuanto has andado
¿Por qué me invade la tristeza?
¿Por qué esa agonía visceral?
¿Por qué este apremio?”
“Emprendí el viaje para no volver”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 53

   Y en esa recaída del espíritu, otra vez el tema y el lenguaje trascendental y turbio.

Con un cuchillo, tu corazón y el mío
De nuestros amantes pechos fueron sacados
Sonó una carcajada hiriente, salida
De lo más negro del infierno
Desde entonces, los dos, por diferentes rumbos
Desde ese día nada soy, mujer amada”
“Habíamos asistido a un ceremonial”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 54

   Hundido otra vez en este yo existencial y asfixiante, tiene la lucidez de preguntarse cómo hallar la escapatoria:

Cómo avizorar la salida, si no determinamos
Cuál es el fondo, la pared o la antesala
Escarbamos, más bien, buscamos sobre
La nada, que es la realidad concreta…”
“Hay una constante, una pena insufrible”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 59

   Pero el poeta aunque se responde bien que la salida estaría en “determinar el fondo”, sigue siendo escéptico, sólo ve  “la nada”, que “es la realidad concreta”. ¿Por qué el poeta sufre esta recaída existencial y desesperanzada habiendo ya indagado sobre el componente social y colectivo del destino humano? Quizás un alma muy herida, que se aísla y medra en la inacción, en lugar de imbuirse de realidad.
   Pero de pronto se halla un poema que es un respiro vital, el poeta vuelve a tratar lo cotidiano, la vida doméstica más aprehensible y humana. Es, en realidad, un poema extraño dentro de la corriente existencial de este conjunto de poemas que conforma la tercera parte del libro. Es un largo poema, General, es nuestro perro, en el que habla del querido y engreído mascota del hogar familiar. Pero como si estuviera todavía en un estado de convalecencia, si bien el poema es sencillo y tierno,  el lenguaje es más bien narrativo y simple.

   En la cuarta parte del libro, “Vuelan los crisantemos”, los poemas son diversos temáticamente, a la amistad, a la naturaleza, y  sigue trasuntando ese espíritu triste y escéptico tan característico de la mayor parte de la poesía de Ulises. Pero ahora se cuestiona  esta condición puesto que, al parecer, el descubrimiento del yo colectivo expresado y concienciado tan claramente en la primera parte de este último libro, parece que tiene un efecto ya irreversible en el espíritu del poeta, y se expresa como una lucha interior de inconformidad, al tiempo que de búsqueda, de un referente más vital. Si bien no vuelve a tomar el tema social como prioritario, retoma temas de lo cotidiano y vuelve a fijar su mirada en el otro. Así, canta a un  admirado amigo, “el artista del color”, y su lenguaje recorre claro, aunque ya no tan excelso:

Hay un artista del color
Que se pasea como cualquier viandante
Por Quilca, lo vemos aparecer los viernes
Derrochando su alegría, acercándose
A los nóveles escritores y poetas”
“Un artista del color”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 73

   Pervive un humus de pesar por momentos en este último tramo del libro, pero nunca más de una manera profunda. Y es que poeta ya no abandona el referente de lo real y cotidiano, y hasta de lo social, que le devuelve esa vitalidad que busca:

“Como un potro salvaje
La ciudad encabritada
Da cuerda a sus relojes
Y desesperada sale a trabajar
En los talleres o en las fábricas
Ingenieros, técnicos y maestros
Obreros todos, corren, pulsan, miden
Pesan, jalonean, acomodan
La ciudad trabaja, no descansa la ciudad
“Vuelan crisantemos”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 85

   Y otra vez la poesía es vida, la gente bulle, se intuye la posibilidad del cambio, hay esperanza. Y el lenguaje otra vez recupera su alto valor estético, su belleza, aunque sencillo y diáfano.

   Entonces, cuando sale de ese aislamiento, de su “prisión”, a respirar el aire natural o social, a pesar de su inclinación a la depresión, el propio contacto con la vida le impide esa recaída. Y su tono se parece a la ternura de un Oquendo de Amat o de un Heraud:

“Las aves se posan en los tejados
En las antenas de los televisores
Y también en la curvatura de los postes
De cuándo en cuándo éstos se alborotan
Las nubes a propósito se hacen al costado
Limpio pasa el sol ardiendo
Es verano en esta ciudad hoy mismo”
“Disfruto de estos aires”, Luego, cuando reinó el silencio, p. 86


Conclusión
  
   Revela la poesía de Ulises un alma profundamente golpeada y doliente en constante conflicto entre una fuerza negadora que lo envuelve en la desesperanza y el desaliento, encerrándola en sí misma en un constante flagelo y martirio estéril -muchas veces autodestructivo-, y una fuerza liberadora, que le impulsa a salir de ese encierro, abrirse hacia la vida y el mundo circundante y que entraña realización humana y vitalidad afirmativa. Esto último lo halla en la vivencia o en el recuerdo del amor, de la amistad, en la admiración de la naturaleza, en las cosas cotidianas y domésticas y, como alcanza en Luego, cuando reinó el silencio, su último poemario,  en la forma más honda y esencial de ese contacto humano, lo histórico social, en un yo colectivo que le identifica con los desposeídos y en el que halla al fin una liberación personal y poética más plena.

   El factor negador ha sido, en un espíritu tan sensible como el de Ulises, el más recurrente y dominante; no obstante, no ceja a estas alturas de su vida de librar una dura batalla por salir definitivamente hacia las aguas de la vida, sobre todo cuando él las reconoce perfectamente y ha probado su manto fresco y nutricio, como especialmente en su último  poemario. Y en el que ha logrado su más auspiciosa expresión artística. Alentamos que persevere en este camino, el del fragor de la lucha por la vida, por la solidaridad social, y  del compromiso histórico; el más cierto, grande y pleno.


(En la presentación de “Luego, cuando reinó el silencio”, julio de 2014)

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