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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 15 de agosto de 2014

Celendín: Jornada de lucha (crónica publicada en la revista RESISTENCIA CELENDINA.

Por José Luis Aliaga Pereira

Lo recibimos sonrientes. Franco, el compañero argentino, llegó con la banderola de la Plataforma Interinstitucional Celendina envuelta en los maderos que sirven para sujetarla de sus extremos cuando se dan las marchas.

Yovana y dos jóvenes, identificados con la causa, a los que ella había invitado, se abrigaban sentados dentro del vehículo que nos iba a trasladar, y que se encontraba estacionado en la Plaza de Armas, frente a la iglesia. Con Milton, Clavittex, Juan Orco y Edwin Urrunaga conversábamos a un costado, de pie en la vereda de la plaza.

–¿Y qué pasó con Livaque? –preguntó Milton a Franco que terminaba de acomodar la banderola en el pasadizo del minibús.

–Ha llegado Maruja –respondió Franco refiriéndose a la esposa de Livaque–. Han contratado a dos personas para que tarrajeen las paredes de su casa y, además,  tiene que cuidar de Rafita, su hijo. Le es imposible acompañarnos.

–Clavittex –dijo Milton–, ve con Joselo y habla con Livaque. Su presencia es muy importante para la lucha, él lo sabe.

Tomamos una mototaxi y a los cinco minutos estábamos en la casa del compañero Livaque. Lo encontramos acomodando los ambientes donde iban a trabajar los obreros. “Es para que trabajen sin dificultad” –nos explicó, luego de saludarnos.

–Agarra tus chivas y vamos –dijo Clavittex.

–Quiero ayudar a mi Maruja –contestó Livaque.

–Déjate de niñerías. Los compañeros te esperan –Clavittex habló con el entrecejo fruncido.

–Maruja! ¡Maruja! –llamó de repente Livaque, mirando a los ojos molestos de Clavittex–. ¿Podrás con los trabajadores y el Rafita? –le preguntó a su esposa que salió apresurada al escuchar su voz.

-Marujita –intervino Clavittex–. Buenos días. Tú sabes que lo necesitamos. Livaque es un hombre valiente, estamos con compañeros nuevos y tu esposo es un buen guía.

Maruja movió la cabeza de un lado a otro y dijo:

–La última vez que fueron hubo catorce heridos por perdigones.

–Esta vez no pasará nada –Livaque calmó a su esposa–, en la tardecita me  tendrás.

Maruja, con una sonrisa un poco triste, luego de un abrazo prolongado, le dijo:

–Cuídate mucho, mi amor.

Nosotros salimos  con disimulo. Eran las seis de la mañana y el aire húmedo aún invadía el ambiente de la ciudad.

–Ay mi Marujita, mi Marujita –salió diciendo Livaque, cogiendo su maletín que ya tenía listo–. Ella también está con la lucha, solo que se preocupa demasiado; además acabo de llegar de la reunión del Tambo y estas últimas noches se me ha dado por soñar cojudeces.

Partimos a las ocho y treinta de la mañana. Juan Orco y Franco iban junto a un silencioso, pero no indiferente, chofer. El resto de compañeros nos acomodamos en la parte posterior del vehículo.

El trayecto fue un poco largo, pero hermoso. Las ocurrencias de Livaque, Juan Orco y Miltón nos hacían reír. Molinopampa, Huasmín, Jerez; pueblos donde hasta los vientos más fuertes respetan sus aromas.

Llegamos al lugar indicado, entre la laguna Cortada y Azul. Los compañeros de Huasmín y alrededores ya se encontraban allí. Por encima de los ambientes de esta verde bendición y su profundo silencio, fluían aromas sutilísimos y una angustia y pregunta inexplicables: ¿Cómo podía ser humano alguno querer destruir semejante belleza?

A más o menos un kilómetro de distancia se encontraba el destacamento policial desde donde, los efectivos pagados por la empresa minera, estudiaban nuestros movimientos con sus binoculares.

Faltaba llegar algunas delegaciones. Compañeros y compañeras descansaban junto a sus hijos y animales. Cuando se presentaron en sus vehículos los compañeros de Bambamarca, del Tambo y de Cajamarca, junto a ellos el líder campesino Hugo Blanco y la Senadora francesa Laurencen Cohen, se podía calcular un aproximado de más de tres mil personas. Era una movilización humana impresionante; personas preocupadas por el destino de las lagunas.

Conversaciones, saludos efusivos y sonrisas se mezclaron entre todos, hombres del campo y la ciudad.
De pronto, alguien gritó:

–¡Viene la policía!

En efecto, una camioneta blanca avanzaba lentamente, desde donde se ubicaba la llamada tranquera. Al instante Livaque y el compañero Clavittex, sacaron la bandera de Celendín y comenzaron a amarrarla en su mástil. Yovana, que los estaba apoyando, se ofreció para llevarla sobre sus hombros, al frente de todas las delegaciones. Nosotros desenvolvíamos la banderola de la PIC, mientras Milton se reunía, al centro de la carretera, con el profesor y rondero de Bambamarca Manuel Ramos, la Senadora francesa y la Representante Nacional de Derechos Humanos.

Los compañeros de las diferentes delegaciones se ubicaron al borde de la vía, a la expectativa, casi rodeando todo el escenario.

Tres policías bien armados bajaron de la camioneta que llegó con la misma lentitud con había partido. Uno de ellos, el jefe, no usaba casco; los otros lo flanqueaban.

Al centro de la carretera, bajo la mirada atenta de los compañeros y compañeras, se desarrolló la siguiente conversación:

–Estamos con la Senadora de Francia y con la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos… Queremos pedirle que se respeten nuestros derechos humanos, también de ustedes –manifestó con firmeza Manuel Ramos.

–Hemos hecho la coordinación con la empresa para que ustedes ingresen a la laguna…El Perol… Ordenados, en compañía de la policía. La policía pide que no haya enfrentamientos –dijo el uniformado que estaba al mando.

–Felicitamos a la policía por este cambio –afirmó el profesor Ramos–. Porque cuando antes hemos venido, la policía lo único que ha hecho es agredir a un pueblo indefenso que no tiene armas. Además –agregó–  que los empresarios de la mina no les den órdenes. La vez pasada el coronel Cabrejos detuvo a dirigentes y compañeros; y cada veinte minutos ordenaban a quien detener y a quien no.

La muchedumbre, alrededor, alentaba a sus dirigentes gritando:

–¡Vamos pueblo, carajo! ¡El pueblo no se rinde, carajo!

La policía yanacochina, enterada, por supuesto, de la presencia de tan importantes personajes, actuó con cautela; pero sin dejar de lado sus armas y actitud prepotente. El jefe al mando del operativo, luego de “autorizar” la marcha, se retiró a donde esperaba su tropa.

El sonido del clarín de Elmer Micha, integrante de la delegación de Cajamarca, el retumbar del tambor de Juan Orco, miembro de la PIC, y la potente voz de la compañera Yovana; bajo un cielo azul con un sol de ojos extraordinariamente abiertos, anunciaban a los cuatro vientos que la comitiva iniciaba su caminata en defensa de sus lagunas y en apoyo de la familia Chaupe que un día antes había sido sentenciada por el poder judicial, imponiéndose la voluntad de la empresa transnacional minera que intenta desalojarla de sus terrenos que ocupan desde hace mucho tiempo.

A los veinte o treinta minutos, haciendo flamear sus banderas y elevando cánticos a la Pachamama, con arengas en apoyo a la familia Chaupe, como “Máxima hermana, la mina no nos gana”, llegamos a la zona Tragadero Grande, para brindar apoyo incondicional a esta humilde familia.

Más abajo, con su vibra positiva, con su sangre que derrama por las venas de la tierra, se encontraba, esperándonos, la laguna El Perol.

Desde sus cómodas posiciones, desafiantes, unos de pie en estricta fila y otros escondiendo sus caras tras sus cascos, cortinas y lunas de los vehículos de la empresa minera, los policías yanacochinos, increíblemente peruanos, pensando solo en sus estómagos queridos, inconscientes y ajenos al papel que desempeñan en la historia de nuestro pueblo, miraban el paso colorido y valiente de los manifestantes.

Ya de regreso, el eco de potentes voces repetía tras los cerros:


–¡Volveremos, las veces que sean necesarias, volveremos!


Imágenes






Fotografías: Chungo y batán.

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