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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

domingo, 10 de diciembre de 2017

(Conciencia Crítica – Cuento) LA NOCHE QUE SE ENDEMONIO LA REALIDAD…

Por Mario Peláez

Desde cuando estudiaba en la Universidad de Ingeniera, Federico Arana sospechaba que el eslabón perdido de la historia se ocultaba en la cotidianidad. Modulando su voz solía decir, “hay huellas del eslabón por todas partes: en los perversos precios de la canasta familiar; en la angustia del que recorre la ciudad buscando trabajo; en la homicida conducta de los microbuseros y taxistas; en la soledad de la prostituta; en las promesas de los políticos, y en la emoción traicionada del primer beso de la adolescente”. Y levantando más el tono agregaba, “y hasta no encontrarlo la sociedad vivirá una perpetua pesadilla”.

De su profesión argumentada, “la arquitectura tiene de ciencia pero mucho más de arte. Que otra cosa hace el poeta con las metáforas sino hermosas edificaciones”. Pero era pesimista con el futuro de la arquitectura en el Perú. “Aquí la arquitectura ningunea con lo vernáculo y se pavonea con las Casuarinas”.

El arquitecto Arana regresaba al país luego de siete años de “vivir a medias” en Madrid, como gustaba decir. El Avión que lo traía hizo escala en Bogotá. Del aeropuerto “El Dorado”, hizo cuatro llamadas al mismo teléfono. Recién en la cuarta dejó el mensaje: “saludos afectuosos señora Sofía Correa, le habla Federico Arana. Supongo que me recuerda. Llego a Lima hoy en la noche a las diez requiero hospedaje, si es posible la misma habitación que tuve durante tres años. Gracias”. Recordó que en dos navidades le envió saludos.

Durante el vuelo, el arquitecto se sumergió en las profundidades de su mente. Revivió las vísperas de su partida a Europa y de cómo farfullaba: “Estoy en la mejor edad para conquistar Europa, de ir tras la obra de Frank Owen, de Antoni Gandi, de Gastón Bacheland”; recordó Arequipa donde nació y estudió; vio el rostro taciturno de su madre, la mirada gamonal de su padre; añoró el primer orgasmo con su enamorada Cristina, y sintió hormigueo en la entrepierna, “ goces de poca monta de la adolescencia”, murmuró.

Como dando tregua a su memoria, volvió a leer el título del libro del arquitecto Gastón Bacheland, “LA POÉTICA DEL ESPACIO” y el primer párrafo del prólogo: “Instalado en todas partes, pero sin encerrarse en ningún lado, tal es la divisa del soñador de moradas”, que llevaba en su regazo junto con el periódico “El Tiempo” de Bogotá. Y sin más retomó el hilo de su vaporoso pasado.

- Señora- recordó que le dijo - vengo recomendado por el ingeniero Ricardo Ruiz.

- Bien, bien, suficiente referencia. El ingeniero Ruiz vivió aquí cuatro largos años, hasta que lo cambiaron a Tacna.

En la mente de Federico Arana se estampó el rostro gitano de Sofía Correa, su torneado trasero y el embriagador aroma de canela que emanaba su cuerpo, y estuvo tentado a rememorar la destreza táctil con la que untaba los cuerpos, la elocuencia de la absoluta excitación.

El avión aterrizó en el aeropuerto Jorge Chávez a las diez y quince de la noche. Lima como siempre estaba nublada, ojerosa y de mal humor… Más de dos horas demoró los trámites y en recoger su equipaje.

-Taxi, taxi- dijo casi gritando Federico Arana- a Santa Beatriz, República de Chile, cuadra cuatro, cuatro treinta y seis para ser preciso.

Los pocos kilómetros recorridos fueron agotadores. El taxi avanzaba en cámara lenta. El arquitecto se persuadió de que la realidad seguía congelada. No había duda –se dijo- estoy en Perú .

-Por fin llegamos. Estamos a metros de su destino-dijo el taxista con tono chillón.

El arquitecto cotejó las imágenes que proyectaba su memoria con las que ahora percibía. Entonces leyó la placa en la parte alta de la puerta: República de Chile cuatro treinta y seis.

-Sí, por fortuna hemos llegado- asintió el arquitecto. En sus manos llevaba un abrigo, el libro “LA POÉTICA DEL ESPACIO” y el periódico “El Tiempo” de Bogotá.

El taxista levantó el capote, dejo las dos maletas en el umbral de la puerta. Federico Arana tocó el timbre con premura y la puerta se abrió acompañada de un extraño ruido; desde el fondo una voz lo invitó a pasar. “Bienvenido”, le dijo Sofía Correa; él solo alcanzó a ver su perfil.

-Es la misma habitación, la misma cama, el mismo velador- dijo la mujer.
-Muchas gracias, estoy tan cansado que voy a dormir vestido - contestó apenas.

A los pocos minutos se quedó dormido; más bien aletargado, entonces sintió que unas manos ondulaban su cuerpo, y que un aroma a canela lo envolvía. La habitación estaba en tinieblas.

- No hables, deja que drene tu fuente seminal, y tú saborea mis humedades. Blasfema de placer cuanto puedas – susurró la mujer -

Voces y pasos que se multiplicaban a todo volumen terminaron despertándolo. Vio una huraña hilacha de luz que se filtraba del exterior. Con aptitud de sonámbulo prendió la lamparita emplazada en la mesa de noche. Tremenda fue su sorpresa, al no reconocer nada de la habitación, incluyendo la cama y el pijama que tenía puesto. Saltó de la cama como liebre en dirección a la puerta, y mayor fue su sorpresa, ahora convertida en terror.

Temblando, enredándose y masticando las palabras preguntó al hotelero dónde se encontraba.

- Arquitecto Arana- contestó sorprendido el hotelero- se encuentra en el Hotel Europa. Usted llegó a las dos de la mañana directamente del aeropuerto, pero el día de ayer reservó la habitación desde Bogotá.

- ¡No puede ser!, el avión llegó a las diez de la noche y de inmediato me dirigí a Santa Beatriz, República de Chile cuadra cuatro y nunca llamé por teléfono separando la habitación, pues ni sabía que existía el hotel - su corazón saltaba enloquecido.

A cuestas con el arsenal de insólitos hechos se dirigió a Santa Beatriz, cuadra cuatro de República de Chile. De cara con la casa-pensión, su memoria afiebrada no le reportó mayores detalles. La ventana de la calle no tenía lunas, el marco estaba en astillas y los barrotes oxidados. Solo cartones sucios y colillas de cigarros y un fétido olor. El arquitecto retrocedió para cerciorarse de la dirección, giró varias veces en redondo, paseó una y otra vez la mirada por la fachada. En ese infructuoso trance se acercó el guachimán, le informó que hacía tres años nadie vivía allí; que la casa estaba en juicio. “Y que solo en las noches entran fumones que se han robado hasta las chapas”.

-No, no- contestó con patética expresión. Anoche dormí aquí. Empujó la puerta y se dirigió al fondo, “a su antigua habitación”; al instante vio en el destartalado y sucio velador el libro “POÉTICA DEL ESPACIO” y el periódico “El Tiempo” de Bogotá. De un zarpazo los cogió y emprendió la retirada. En su rostro se multiplicaba el espanto. Creyó que levitaba y escuchó como eco su propia voz blasfemando que la realidad había endemoniado.

-Taxi, chilló con el poco aire que le quedaba.

-Señor he regresado a devolverle su bufanda, su libro y el periódico y aquí están – contestó el taxista con matiz de urgencia.

Sus sentidos se ahogaban. Un filudo escalofrió transitaba a paso firme su cuerpo, seguido de devoradores latidos de un corazón que percutía como cajón afrocriollo. Sintió que se abría un abismo a sus pies, se paralizó unos segundos. Cruzó la pista. Volvió a empozar su mirada en la placa que indicaba la dirección. Escuchó apenas la voz del taxista que algo reiteraba.

Deambuló cuadras de cuadras dibujando con sus largas zancadas todas las figuras geométricas. Bajo su brazo dormitaba el libro y el periódico. Su rostro de a pocos recobraba sus colores, incluso una tenue sonrisa se mecía en sus labios. Pero no era que el eslabón perdido había aparecido. No. Eran viejas raíces coloquiales que escalaba su memoria histórica.

La Avenida Canadá parecía un depósito de fierros: de micros, taxis, ómnibus, volquetes, camiones, mototaxis, motos y triciclos; tumefácta de enloquecidas bocinas, gritos, maldiciones y puteadas: de anarquía enmierdada.

-Taxi, Taxi- dijo a viva voz Fernando Arana como retando al pánico que languidecía- y muy seguro de sí se apoltronó en el asiento posterior. Lucía como un prestidigitador del futuro.

Mirando el rostro del arquitecto por el retrovisor el chofer preguntó con apremio si se dirigían a Republica de Chile, cuadra cuatro. Federico Arana solo levantó la mano como señal de avanzar, más un infinitesimal, pero locuaz, movimiento de cabeza a la par recordaba las palabras del autor del libro que aseveraba que es mejor estar en todas partes, pero sin encerrarse en ningún lado. Y paladeando lo suyo agregó que era superlativo hacerlo de la mano de ese diamante invisible que es la imaginación que nos hospeda, como ciudadanos universales, en todos los mundos, repletos de arcoíris y sonrisas, pero también de dioses buenos...

La noche envejecía. La ciudad estaba encapsulada en una luz decrépita y sibilina. (Hasta el próximo domingo, amigo lector).

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