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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 20 de mayo de 2017

(CONCIENCIA CRÍTICA: SUPLEMENTO LITERARIO) Siquiera algo debería aprender el ser humano

Por Mario Peláez Pérez

QUILLA*

“Como no voy a quererlos más, si cada día se deprecia a las personas por el color de su piel; cómo no voy a preferirlos si cada hora se envenena el medio ambiente y depreda la naturaleza; cómo no voy a dialogar feliz con ellos, si cada día aperturan nuevas guerras…”, monologaba Ernestina. Su rostro no registraba aspavientos, pero muy dentro de ella avivaba una filuda desazón.

Con esta pesada carga sicológica ingresó al salón de clase. Eran 18 niños y 3 niñas, entre los 8 y nueve años.

- Buenos días maestra Ernestina – se escuchó cual coro desafinado.

- Buenos días, buenos días. Hoy, como ya les venía diciendo, celebramos el día del idioma, del castellano, que es muy bonito porque se acompaña con el quechua, que es la otra habla madre. Cientos de palabras quechuas están enlazadas con el castellano. Muchas comidas calles y apellidos se denominan con palabras quechuas que las pronunciamos diariamente.

- Señorita, señorita, Jhon se apellida Condori Vilca - dijo Ester 

- Señorita, yo vivo en Túpac Amaru - afirmó Carlos

- Ya ven ¡qué bién, qué bién!. Celebremos el Día del Idioma recordando a Don Miguel de Cervantes Saavedra el autor de El Quijote. Y la mejor manera de celebrar es con un cuento. Un cuento sobre la lealtad de los perros.

(Mentalmente, la maestra repitió, “cómo no voy a quererlos más si cada día se desprecia…)

- Señorita, yo tengo una schnauzer que se llama Quilla, es trome, muy inteligente, señorita.

- Entonces, que el cuento se llame Quilla, que en castellano significa luna, dijo sonriendo la maestra, y agregó, antes de empezar a contarles el cuento, recordemos lo que decía un gran poeta llamado Walt Whitman sobre los perros: “no se pasan la noche en vela llorando por sus pecados/ a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas/ ninguno se arrodilla ante otro…” 

(Y con prisa retornó el monólogo a su mente, “Cómo no voy a dialogar feliz con ellos…”)

- Señorita, y Quilla tiene apellido – preguntó Olinda que se sentaba en la primera carpeta.

- No, solo Quilla, es un lindo nombre; que por su mirada todos confirman que era muy curiosa, muy preguntona. Ahora cierren los ojos y dibujen en sus mentes el rostro de Quilla, precisó la maestra. Y agregó con el pensamiento, como si fuera un poema visual.

Quilla saltaba alrededor de su amo como un Yo -Yo. Nunca gruñía de mal ánimo. El anciano se llamaba Julián, y con ambas manos acariciaba el rostro de Quilla. Con paso lento se dirigían al parque. Don Julián olvidaba cerrar su pequeña habitación ubicada debajo de la escalera, que desde hace muchos años lo consideraba suya.

En el parque don Julián siempre se sentaba en la misma banca, mientras Quilla ladraba, con ladridos metafóricos y dibujaba con sus saltos todas las geometrías posibles. Él, entre tanto, repasaba su vida: el pasado. Recordaba su terruño, Oxamarca, pero en especial su encuentro con Quilla, que cachorrita se había perdido y deambulaba y miraba desesperada en todas las direcciones; alguna soledad parecida vivía don Julián; y en estas circunstancias sus miradas se encontraron, se anudaron. Desde ese instante al mirarse sabían lo que el otro pensaba, lo que sentía. Grandes conversaciones emprendían, y Quilla siempre con humildad renovaba sus miradas. No había secretos entre ellos. Don Julián conocía a sus galanes perrunos, de como Quilla los asumía como amores al paso.

Don Julián perdía cada vez más la memoria, y los achaques se acumulaban en su encorvado cuerpo, situación que Quilla lo sabía muy bien, por eso nunca se separaba más allá de un metro, hasta donde llegaba la sombra de don Julián. De otro lado los vehementes escozores que recorrían sus canillas no eran cosas que desatendía Quilla. Todas las mañanas aliviaba el escozor con lamidas y relamidas; que don Julián agradecía acariciando su rostro; entonces la mirada de Quilla se encendía como queriendo alumbrar al sol o simplemente expresar su conmovedor amor.

Una tarde, como a las 2, don Julián no respondía a Quilla, a pesar de sus insistentes ladridos como salidos del corazón, pues como todos los días ya debería estar en el parque, en su banca favorita. Quilla labrada con tonos agudos y concentraba su mirada en el rostro de su amo. Saltó a la tarima que hacía las veces de cama y empezó a lamer con fluidez su rostro; luego con su pata derecha escarbaba el tórax de don Julián.

No había respuesta. Entonces Quilla dio saltos acrobáticos con ladridos tristes que dejaba helado el corazón.

Cuando la beneficencia mandó enterrar a don Julián en un cementerio de San Juan de Lurigancho, no se le vio a Quilla por ningún lado. Pero meses después, en el Día de Todos los Santos, se encontró su cuerpo a medio enterrar junto al sepulcro de su amo, más el sombrero celendino que siempre llevaba puesto don Julián. 

La maestra Ernestina no pudo disimular del todo su tristeza. Algunos niños sonreían, otros tenían los rostros compungidos y otros, con la mano en alto, dispuestos a preguntar y preguntar…

Sin duda la nobleza es el patrimonio de los niños. Ellos si, susurró la maestra (Hasta el próximo, domingo amigo lector).

* A mi hija Alejandra en su lindo cumpleaños

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