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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 4 de marzo de 2016

Narrativa: AMOR JURADO DESDE EL CAUCE DE UN CAÑÓN (Cuento)

Autor. Virgilio LEETRIGAL 
(Escritor sucrense)

El taxista me alcanzó un ejemplar del diario que la mayoría de sus colegas compra en Lima: «El Trome», y me sugirió leerlo. Como no leo diarios chicha, lo recibí por cortesía y solo miré su primera plana. El titular y subtitulares, referían los actos de corrupción del ex alcalde chiclayano Alberto Torres, jefe de la banda «los limpios de corrupción»; y sus amoríos con una señorita de veinticuatro años, fanática de las joyas y el dinero abundantes. Las fotos del hombre de cincuentaicuatro años, acabado y enmarrocado; y de la guapa jovencita, rellenaban la portada.                                                                                                                                                                                          
—Señor, ¿qué le parece la vida de ese tío? —preguntó el taxista, refiriéndose al delincuente.

—Hay mucha gente que cree hallar felicidad acumulando dinero a como dé lugar, pero eso no dura y este caso es un claro ejemplo —contesté.

—Pero, ¡señor!, la hembra chibola que tenía el tío, todo por la plata —observó él.

Yo callé. Consideré que no ameritaba responder. Y al instante vino a mi memoria el período aquel de mi vida, transcurrido no hacía mucho, en la sierra sur del Perú. Recordé a Karen y la primera vez que la vi. Ella, jovencita recién egresada de una prestigiosa universidad nacional con sede en Lima; llegó para trabajar en el mismo proyecto especial al cual yo había ingresado tres días antes. Iba recordando también nuestras variadas conversaciones, continuos paseos y la relación que iniciamos; pese a que la diferencia de nuestras edades es similar a la de la pareja que, desde la ciudad de Chiclayo, hacía noticia a nivel nacional e internacional.                              
                                                       
—Si no gusta hablar de plata ni de chibolas, cambiemos de tema señor. ¿De dónde está llegando? —insistió el conductor.

—No quería refutarte, pero no es cierto que solo con dinero se conquista una mujer joven. Las mujeres son muy inteligentes y no solo miran lo económico —contesté.

— ¿Usted cree en eso? —dijo el taxista, haciendo gestos y ruidos guturales, como desaprobando mi opinión. Su actitud me agrió el momento en el que mi mundo interior yacía perturbado por mis recuerdos. Me incomodó y sentí necesidad, no solo de demostrarle que él estaba equivocado; sino también, de ordenar estos recuerdos para fijarlos bien en mi memoria. Y dije:

—Yo estoy divorciado, tengo todo a mi alcance para ser adinerado, pero eso no me interesa; sin embargo, a mi edad, hace un año y meses, inicié una relación amorosa con una señorita de veintitrés años.

— ¡Vaya! ¿Cómo logró esa conquista, señor? —expresó él, curioso.

—Nos conocimos en el sur. Trabajamos juntos en un proyecto especial. Para relacionarnos, debió ser que hubo empatía entre nosotros.

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Y mi mente de nuevo voló al sur; esta vez, al pueblo de plaza y calles empedradas, al que llamaré «pueblo A». Éste pueblo especial, el más cercano a las instalaciones del proyecto, ocupa parte de una planicie de la margen izquierda del gran río sureño. El río de cauce profundo, es también identificado como cañón, por el común de la gente.

 Allí, una mañana fría de la segunda quincena de julio del dos mil trece; mientras esperaba la unidad móvil que me habían asignado, se me acercó Karen. Ella, como salida del cauce del cañón, apareció sonriente, despampanante, voluptuosa, y con sus cabellos algo ensortijados flanqueando su bello y juvenil rostro. Trigueña, de nariz algo achatada e impactantes ojos negros. Me saludó, se presentó y preguntó si yo era el gerente del proyecto. Devolviéndole la sonrisa, le dije que no; que era un profesional de ingeniería, especializado en gestión pública y comunitaria, y que trabajaba sí, pero en su división de Antropología. Ella, sonriente y algo asombrada, dijo ser antropóloga y que estaba contratada para trabajar en esa misma división. «Tendré una compañera de trabajo joven y guapa», dije para mis adentros.

Invité a Karen subir a la camioneta y fuimos a desayunar. Luego enrumbamos por la vía casi paralela al curso del río y; aguas abajo, cruzamos hacia la margen derecha por su tradicional puente de piedras, antiguo y arqueado. En veintisiete minutos llegamos a las instalaciones del proyecto. Impartí instrucciones al personal a mi cargo, y luego acompañé a Karen por las áreas donde ella tenía que laborar. En el trayecto, ella, muy comunicativa y jovial, me dio detalles de su viaje desde Lima. Así supimos que nos alojábamos en el mismo hospedaje, frente al cual nos conocimos esa mañana, solo que su habitación estaba en el bloque A y la mía en el B. El patio de estacionamientos separa ambos bloques, pero a la vez los comunica. En esa primera conversación, hablamos de nuestra procedencia, formación, estudios, gustos, etc. Comprobamos que en el respectivo historial de nuestras vidas se registraban algunos sucesos similares; y que ambos gustábamos de la lectura, música, el folclor y la cultura en general.

Al día siguiente, Karen y yo decidimos regresar del trabajo, por un camino peatonal que acorta distancias, aunque se tarda casi una hora en recorrerlo hasta el «pueblo A»; en el que como ya dije, estaba nuestro hospedaje. El trayecto también implica cruzar el cañón, aguas arriba, por un puente colgante cuya plataforma de concreto soporta; además del peso de los transeúntes y el propio, el del tramo más bajo de una gruesa tubería metálica que conduce agua para regadío; por lo que también se le conoce como «puente sifón». Cruzando este puente, desde este lado; el camino tiene tramos zigzagueantes y escalonados, que sortean el acantilado de la margen izquierda del cañón, hasta ganar la planicie del pueblo. Al costado izquierdo del último tramo del camino empinado y aguas más arriba, el cauce de río es más amplio. Y desde la loma más alta se ve abundancia de andenes pre incas, a los que por el avance del atardecer, no visualizamos bien. Planeamos visitar este patrimonio y otros del distrito más cercano, el domingo próximo; para ambos, primer día de descanso en nuestro nuevo trabajo.

Y así fue. Ese domingo recibimos los primeros rayos de sol en el cauce mismo del cañón, admirando las estructuras pétreas de unos andenes semicirculares. Su distribución se asemeja a las graderías de un gran anfiteatro, con centro de su radio de giro y plataforma de ceremonias ubicados en el nivel más bajo, junto al río. En las escalinatas de piedra que comunican plataformas de niveles diferentes, y también en éstas, nos tomamos juntos algunas fotografías, gracias a que Karen manejó bien la función automática de su cámara.

Provisionados de bebidas y algunos alimentos enlatados, aquel mismo domingo, partimos hacia el distrito más cercano. Tardamos cuarentaicinco minutos en llegar a su ciudad capital, a la que llamaré «pueblo B». Sus calles, también son empedradas. Conserva algunas edificaciones de estilo colonial, como su iglesia matriz y algunos arcos de piedra en las bocacalles de la plaza de armas. Desde allí, enrumbamos hacia la zona de sus restos arqueológicos; y admirando unas impresionantes edificaciones pre incas de piedra, le dije a Karen que estábamos allí como «arqueólogos frustrados». Así le devolví una broma que me hizo días antes, al decirme «antropólogo frustrado»; por comentar de modo acertado, temas de su especialidad. Almorzamos junto a un tambo rústico, hecho para el descanso momentáneo de turistas. Aquí, Karen, tuvo la ocurrencia de montar en una escoba que halló en el interior del tambo, levantar sus brazos y pedirme que le tomase una fotografía.

De regreso, seguimos un camino peatonal escarpado, que sortea cerros rocosos y con vegetación predominante de cactus y arbustos nativos. El sendero conecta tres lugares turísticos más, y es el que nos llevó hasta las cercanías de las instalaciones del proyecto en el que trabajábamos. Allí, casi a las seis de la tarde, abordamos una camioneta que recogía empleados que ese día laboraron. Algunos escuchaban nuestros comentarios e impresiones del paseo, sorprendidos de nuestra pronta amistad y empatía.
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—Usted es un suertudo, señor. Su personalidad de buen profesional, seguro impactó a la chica —dijo el taxista, interrumpiendo mis recuerdos.

—Quizás, a veces el amor se da y puede que no se sepa todas sus motivaciones. Entre Karen y yo se dio. Luego de algunas semanas de conocernos, nuestra rutina del día, era: desayunar, ir al trabajo, coordinar algunas actividades, almorzar; y por la tarde, regresar caminando por el mismo sendero. Por la noche íbamos a cenar; dábamos vueltas a la plaza de armas, cogidos de la mano; conversábamos y bromeábamos; leíamos algo e íbamos a descansar —expliqué.

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Y mi mente volvía hacia el sur retomando mis recuerdos y desatendiendo las curiosidades del taxista.

Los primeros días de la siguiente semana, eran de fiesta patronal para el «pueblo B». Con Karen acordamos ir a la víspera nocturna; pero ese día demoramos mucho en la cena y, al salir, nos informaron que los últimos vehículos salieron a las siete de la noche. Como ya conocíamos el camino, lo reté a recorrer los más de cuatro kilómetros que separan al «pueblo B» del «pueblo A», en caminata nocturna. « ¿Con retos a mí?», dijo ella, aprobando el viaje. Cruzando el «puente sifón», desde este otro lado, el camino se bifurca: hacia la izquierda va a las instalaciones del proyecto y otros parajes; y hacia la derecha, un sendero angosto y empinado, sortea el acantilado derecho del cañón. Por aquí, aquella noche, caminamos hasta alcanzar la carretera, y luego seguimos su desarrollo.

Llegamos al «pueblo B» un poco más de las diez de la noche. La plaza de armas estaba repleta de gente. En el escenario de una de sus esquinas, el trío «Los hermanos Gutiérrez», con el trinar de sus guitarras, estilo Errantes de Chuquibamba, divertía a la gente que prefería la música típica. En otra esquina, un grupo de música tropical, hacía lo propio con un público más joven. Y en una tercera esquina estaba la bulliciosa banda típica, con sus variados instrumentos metálicos.

Karen recorría la plaza observando a la gente y, como siempre, tomando apuntes y fotografías. Feliz, me pidió hacerle una que otra toma al lado de los indígenas, que lucían sus coloridas vestimentas típicas. Satisfechas sus inquietudes, volvimos al lugar de la banda típica; allí, sonriente y con ojitos brillosos, me dijo: «bailaremos aquí, me gustan mucho las bandas típicas». Algunos músicos nos conocían porque trabajaban como obreros en el proyecto. Ellos se esmeraban, soplando sus instrumentos, en hacer volar las notas de las melodías; sonreían cuando nos miraban y se nos acercaban para brindar con cerveza en sus intervalos de descanso.

Nos divertimos tanto que ignoramos el paso del tiempo. Cuando reparamos en la hora ya era dos de la mañana; y a esa hora, tampoco había movilidad de regreso.

La esposa de uno de los músicos ofreció alojamiento para Karen, pero ella no lo aceptó. Casi en todas las calles y casas del pueblo había ambiente de fiesta y borrachera, debió ser que eso le infundió cierto temor.

Nuestra única opción era regresar otra vez caminando. Partimos cerca de las tres de la mañana. La noche era fría, pero algo iluminada por la luna, que entre nubes ralas, se veía como un arco delgado. Para mí era una gran responsabilidad tener a Karen conmigo; y aunque ella ya no era menor de edad, sentía la obligación perentoria de cuidarla y protegerla. Es obvio que no me arrepentía de nada; pero yo temía un asalto en el trayecto, solo por la integridad de ella. Nos habían informado que años atrás se había producido uno por allí y justo en la misma época festiva. Karen es una chica valiente y positiva. Opté por conversarle mientras caminábamos por la carretera de márgenes despoblados y, a esa hora, intransitada. Cuando debimos cruzar su tramo más inhóspito y silencioso, le sugerí que juntáramos nuestras energías. Ella aceptó que le cogiera la mano y que, junto a la mía, la sumergiera en el bolsillo derecho de mi casaca. Así capeamos al frío cordillerano y avanzamos con una tensión especial. Para cruzar el cañón, nuestras manos entrelazadas abandonaron el bolsillo; sin soltarse, oscilaban y se tensionaban según la fuerza de apoyo mutuo requerida para el ascenso hacia el «pueblo A».

En uno de los primeros tramos con pendiente leve del camino, hay a la izquierda, un muro alargado de piedras sobrepuestas. A la derecha, el acantilado del cañón retiene un hospedaje campestre, algo iluminado en su exterior. Recién allí varió nuestra tensión, nos sentimos más seguros y decidimos descansar.

Aquella madrugada, enfriaba a un impresionante paisaje serrano conformado por parte del cañón, algunas llanuras, cerros, y el lejano nevado Sabancaya; era iluminada por una luna en cuarto creciente; y le hacía eco a un chilloso concierto de grillos, chicharras y sabe dios cuántos insectos más. Y la alborada inminente, aún sin rayos del sol, fue testigo de lo que aun tenso, le dije a Karen: «el tenerte aquí en el filo o cauce de este cañón, sana y salva, me emociona sobremanera… Siento un deseo inmenso de abrazarte…». Ella accedió y me correspondió; y yo, en ese instante sublime, pensé que su gesto era solo de agradecimiento; pero sentí ser uno de los hombres más afortunados de la tierra.

Llegamos al pueblo, cruzamos su plaza de armas y recorrimos dos cuadras de una de sus calles principales, hasta llegar a nuestro hospedaje, a las cuatro de la mañana. Ingresamos ambos por la puerta del bloque A. En el hall nos abrazamos de nuevo, antes de irnos a nuestra respectiva habitación. Cuando iba acostarme, sentí la señal de un mensaje entrante en mi teléfono celular. Era de Karen, y de modo escueto decía: «Discúlpame, me dejé llevar».
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— ¿Qué profesión tiene la chica? ¿Es limeña, señor? —preguntó el taxista, estropeando, esta vez, parte de lo mejor de mis recuerdos.

—Ella es antropóloga y provinciana como yo, es de Ancash —contesté. El taxista gesticuló sorprendido. Y como en algún pasaje de nuestra conversación, había pronunciado el nombre de Karen, dijo:

—Se llama Kareeen, es antropólogaaa y ancashinaaaa. Y ¿sigue usted con ella?, ¿se comunican siempre? Mi respuesta fue ambigua y sin detalles. Y a partir de este momento, el taxista se puso más pensativo que yo, como quién planea resolver un problema complicado o urde una buena coartada.

— ¿En qué piensa amigo? —pregunté yo, esta vez.

—Yo…, también soy provinciano, señor. Además, soy miembro del consejo directivo de la asociación que representa a mi pueblo aquí en Lima; y justo necesitamos de un antropólogo o antropóloga para que nos gestione un proyecto en el Ministerio de Cultura. ¿Ud. podría recomendarme a la señorita Karen, me daría su teléfono? —se despachó él. Su requerimiento y preguntas me parecieron sinceros; pero yo no recordaba a cabalidad el número solicitado, ni tenía a la mano mi teléfono celular para verlo. Y pensando en una posibilidad de trabajo para Karen, sugerí al taxista que le solicitara amistad por una red social, y le pidiera su teléfono de modo directo y personal. Y para tal menester, le mencioné su otro nombre y también sus apellidos. El taxista gesticuló como ante una sorpresa mayor y se intranquilizó sobremanera.

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Y mi mente persistía en recordar a Karen y los lugares que frecuentamos juntos.

Yo había interpretado su último mensaje —«Discúlpame, me dejé llevar», como un arrepentimiento; pero pronto comprobé que no era tal. Ese día, en el trabajo, coincidimos en la misma actividad, por unas horas. Se mostró más confiada y cercana a mí; tanto que por primera vez, me pidió mi libreta de apuntes para ayudarme a registrar datos. Por la tarde, regresamos caminando como siempre, y al llegar al recodo del camino, donde la madrugada de ese día nos habíamos abrazado, me paré y la miré sonriente, y ella también sonrió. Entonces, en ese atardecer, con el mismo paisaje de fondo; pero, por la hora más colorido, la abracé de nuevo. Le dije que era hermosa, encantadora y que me gustaba mucho. La besé, nos besamos. Y como predestinados a jurarnos amor desde el cauce de un cañón, cogidos de la mano, caminamos como en el aire de otro mundo.

 Todos los días siguientes al llegar al recodo del camino, donde nos habíamos abrazado y besado por primera vez, hacíamos lo mismo como «pago» al universo que conspiraba en favor de lo nuestro. «El paguito», le denominamos al acto especial; y eso conjugaba, en serio o broma, con las cuestiones antropológicas que ella estudiaba y conocía bien. Lo anecdótico es que cierto día olvidamos hacer «el paguito»; lo recordamos cuando ya entrábamos a la primera calle del pueblo; y decidimos regresar para cumplirlo, pese a que ya anochecía y la distancia superaba la mitad de un kilómetro.

Los días finales de esa semana de fiesta patronal, Karen y yo volvimos al «pueblo B», para ver dos tardes taurinas. Luego del final de éstas, la gente vestida con lo mejor de sus atuendos típicos, danzó en filas por las principales calles y al son de la música de la banda oficial. Las filas de danzantes, coloridas y mixtas, se convirtieron en círculos al llegar a la plaza de armas. Ingresamos a uno de esos círculos para danzar, junto a mujeres y hombres eufóricos y extasiados. Después fuimos invitados a la fiesta de un club social, donde también bailamos y nos divertimos mucho. Y ya con nuestra experiencia adquirida, ésta vez regresamos temprano.

Llegado el final del mes de julio, y con éste los feriados de fiestas patrias, con Karen decidimos adentrarnos más en el cañón. Bien arropados, partimos la madrugada del veintiocho de julio. Ocupamos el asiento posterior del vehículo. Karen iba recostada en mi pecho; y yo, muy enamorado y complacido, lo acariciaba. ¿Cómo no enamorarme de ella? Acercándonos, sentíamos también que minimizábamos los efectos del intenso frío serrano, manifiesto sobre los tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar y en una zona de nevados. Por la carretera que, de algún modo, sigue la dirección del flujo del río, llegamos al paraje llamado «La Cruz del Cóndor» a las seis de la mañana y entre los primeros turistas. Admirando la inmensidad y profundidad del cañón en esa zona, cruzamos una plataforma de observación para turistas y nos alejamos en busca de privacidad y protección del viento helado. La hallamos entre unas rocas grandes y arbustos nativos; nos recostamos allí para platicar, en pleno acantilado del cauce profundizado del cañón. Karen me hacía preguntas, en torno a la sexualidad y otros temas, a las que yo contestaba con gusto; al final me dijo que la conversación le resultó fructífera. Cuando los cóndores iniciaron su vuelo, salimos para admirarlos y fotografiarlos. Luego, entre la multitud de turistas pudimos distinguir al gerente del proyecto en el que trabajábamos; quien, muy sorprendido y curioso, nos seguía con la mirada. Antes de regresar, compramos algunas artesanías, entre éstas un sombrerito para Karen, e hicimos que nuestras cámaras también registraran nuestra presencia allí...

De regreso, visitamos Achoma y sus restos arqueológicos, y asistimos a un evento de pelea de toros. Luego llegamos a Yanque, pueblo especial que alberga un pequeño museo. Allí admiramos una réplica de la mundialmente conocida: «momia Juanita», «Juanita, la niña de los hielos» o «Dama del Ampato»; y Karen me aleccionó acerca de los orígenes, cultura, y folclor de los cabanas y collaguas. Además, de cómo estas etnias dominaron la geografía agreste de ésta región y revolucionaron la agricultura, desde mucho antes de la era y dominio incas.

Cierta noche, luego de cenar y dar nuestras vueltas de rutina al perímetro de la plaza de armas, a consecuencia del clima, sentí intensificarse un dolor en mi garganta y pedí a Karen acompañarme a la botica. Ella me tranquilizó diciéndome que en su habitación tenía la medicina que me aliviaría, y para tomarla tuve oportunidad de ingresar, por primera vez, al ambiente de su privacidad. En lo sucesivo, después de la cena y nuestro habitual paseo, lo acompañaba en su habitación; hasta que llegada la hora que ella creía conveniente, siempre bromista, me decía: «Mi abrazo y mi beso, debes irte, llegó la hora de tu desalojo»

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— ¿Y cómo va pues su relación con Karen, señor? —insistió el taxista.

—Como dos personas maduras e inteligentes lo deben mantener o terminar, amigo —le contesté, secamente. La reiteración de su pregunta y otras muchas que hizo, como: a qué otros lugares fuimos, si nos quedamos juntos por las noches, sí alguna vez bebimos hasta marearnos, si nos acostamos o no, etc.; me incomodaron, e hicieron sospechar que buscaba enterarse de intimidades para satisfacer su morbo.

El taxista no me preguntó nada más, pero conducía muy intranquilo y desconcentrado. Tanto que al cruzar la Av. Petit Thouars por la Av. Javier Prado, no aceleró su vehículo como para evadir de manera rápida el cruce de las vías. Una camioneta, que a mucha velocidad, venía en dirección perpendicular, lo impactó en la maletera posterior y lo hizo girar más de ciento ochenta grados. La camioneta que apenas sobre paró, retomó su velocidad y siguió su curso, como sí su conductor hubiese estado demasiado apurado; o tal vez optado por darse a la fuga. Salimos ilesos; yo algo magullado a consecuencia del impacto y golpes de inercia en el interior del vehículo. Continuamos nuestro recorrido; yo muy agradecido de que la colisión no se haya dado fracciones de segundo antes; porque de haber sido así, tal vez no hubiese vivido para contarla.

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Y entre mis siguientes recuerdos del sur, afloró uno de cuando asistimos con Karen a una ceremonia folclórica de culto al agua. La colorida y milenaria fiesta anual consiste en que la gente del «pueblo A», vestida con sus elegantes y costosos atuendos típicos, recibe a las cuadrillas de hombres y mujeres que cuatro días antes viajan hacia los nevados, para desde allí, ejecutar la limpieza del canal madre que conduce el agua para la irrigación de sus parcelas. La gente acude a una explanada desde donde se divisaba una impresionante catarata; y cuando el agua, detenida y enturbiada por el trabajo de limpieza, salta por el peñasco la algarabía popular explota con aplausos, música y bailes. Luego los trabajadores bajan desde la cresta de la catarata e ingresan en columnas paralelas a la explanada; con sus banderas, barretas y palanas al hombro; y a los acordes de un ritmo patriótico de la banda musical, desfilan marcialmente izando dichas banderas y herramientas. Son recibidos por sus familiares y autoridades quienes les hacen algunos presentes y les dan chicha de jora en unos gigantescos vasos a los que llaman «roque». Karen tomaba fotos y filmaba los pasajes más importantes de la festividad: en uno de esos, me había enfocado e indica que yo estoy allí, de nuevo como un «antropólogo frustrado», ambos reímos celebrando su ocurrencia; en otro pasaje una señora, animada por mi persona, se le acerca con su jarra y le echa más chicha en su roque; Karen clama para que no la llenara, porque dice: «! Ya todo me da vueltaaaas!». Y yo, para perennizar su presencia allí, logré fotografiarla con el atuendo típico de la mujer de la zona; y hace poco he visto que esa foto es la que más gusta, en su cuenta de una red social.

Recordé también a la capital provincial, ciudad que está a menos de diez kilómetros y que visitamos un fin de semana. Allí se vivía el día previo a la víspera de su fiesta patronal en honor a la Virgen de la Asunta. Esa había sido la última noche de velada, en uno de los cuatro coloridos altares instalados en sendas esquinas de la plaza de armas. La imagen era desplazada ya de regreso a la iglesia; seguida de grupos de pallas, danzas típicas, y una multitud de creyentes con velas y cirios encendidos. En esa oportunidad tampoco hubo movilidad para regresar, con la diferencia que era imposible hacerlo caminando, por la distancia y lo avanzado de la hora. Era casi media noche; entonces, decidimos alojarnos en un cómodo hotel.

En todos los lugares, actividades o eventos a los que acompañé a Karen, siempre lo vi muy feliz. Creo que eso se debía a que ella se sentía en un mundo muy suyo, el de su profesión. Siempre tomaba fotografías, apuntes y filmaba, y solo ella sabe para qué le servirá toda esa recopilación. De lo que sí pude darme cuenta, fue que, mientras más información tenía, era más eficiente en su trabajo. Por mi lado, la felicidad no solo consistía en acompañarla; me entusiasmaba, hasta el embeleso, su alegría; y cada uno de sus gestos, detalles y palabras. En el trabajo, me brindaba un valioso apoyo llevando registros casi diarios en mi libreta de apuntes; apoyo que también se daba fuera de este. Yo valoraba mucho todo eso y me satisfacía leer sus escritos y trascribirlos en mi computadora. Así, cierta noche y de modo casual, me topé con una página escrita y escondida entra tantas blancas. Ésta contenía, dibujadas letras iniciales de sus nombres y apellidos, enlazadas a las de los míos por un corazón, el mismo que encerraba un «TQM.» Y toda esta expresión estaba seguida del siguiente texto:

«Recuerdos llevaré de los hermosos momentos que pasamos
caminando juntos: por el trabajo, por pueblos diversos, por el
valle y cañón del río.
Sin pensarlo viajé, llegué y te conocí; y siento, a partir de hoy,
segura estar de que un cupido especial, llegó para flecharnos y
unirnos en el amor.»

Luego de tres meses de hacer presencia en el «pueblo A», muchas personas identificaban a Karen como profesional del proyecto muy cercana a mi persona. No establecimos amistades y muy pocas personas se podían contar entre nuestras conocidas. Sin embargo, allí, entre el personal, circularon comentarios prejuiciosos y malsanos, en torno a nuestra relación. Sin duda, algunas detestables manifestaciones de la conducta humana, los generaron y difundieron.

Y lo más sorprendente, fue que el gerente del proyecto lo usara como pretexto, para condicionar la renovación de mi contrato laboral al término de mi relación con Karen, más otras exigencias que implicaban hasta la incomunicación con ella. Días después supe que este gerente, se había obsesionado por conquistar a Karen, más por mandato de su ego, que por creer merecerlo. «No es posible que ese ingenierito tenga tremendo privilegio de estar con una chica tan joven y bonita; y yo que soy el gerente del proyecto, el jefe máximo, tenga que estar mirándolo…»; había comentado, ebrio, en el onomástico de uno de sus colaboradores.

El burócrata pretendió disimular su frustración, esgrimiendo el argumento mediocre de que tal condicionamiento venía de la ciudadanía, alcalde y regidores del pueblo. «Tenemos que acatar, condicionamientos como éste, por cuidar las buenas relaciones con la población, su gobierno local y sus representantes; de los que de algún modo dependemos…», me dijo en una reunión privada a la cual me convocó con la intención de avasallarme. Contesté que por continuar laborando no iba a aceptar condicionamientos ridículos, ni injerencia alguna en vidas y asuntos privados; y que prefería retirarme. Karen, a su turno, solidariamente secundó mi decisión y tampoco aceptó la renovación, para ella incondicional, de su contrato. Esperé que ella completara tres días más de trabajo, por el desfase que existía entre su contratación y la mía, y regresamos juntos hacia Lima. En Arequipa hicimos escala de unas horas; tiempo que aprovechamos para visitar su plaza de armas, tomar fotos y degustar, en el almuerzo, uno de sus más cotizados platos típicos: el rocoto relleno. Durante el placentero viaje nocturno hacia Lima recordábamos, reíamos y hablábamos de nuestros planes y metas profesionales a futuro.

Uno de los varios reencuentros con Karen en Lima, fue casi al fin del año, en la fecha de su onomástico número veinticuatro. Ese día almorzamos y lo celebramos juntos en un conocido restaurante de comida típica de la selva, ubicado en el Jirón Aguarico de Breña.
Por mi lado, al día siguiente de nuestra última cita, por razones de trabajo y otras responsabilidades, viajé a una región de la sierra norte del país. Desde allí, después de poco más de un año; ésta mañana de mi conversación con el taxista, regresaba a la ciudad capital. Y, aún asustado en la parte posterior de su vehículo, transitaba por la Av. Javier Prado O.

Y el conductor llegó casi al final de la avenida Javier Prado O. y avanzó tres cuadras por la avenida Sánchez Carrión. En su tercera cuadra, pasamos junto a dos filas de mástiles metálicos de sesenta banderas multicolores de diferentes países, ubicadas en su berma central. Viró a la derecha e ingresó a la cuadra veinticinco de la avenida Salaverry. En un tramo auxiliar y semicircular de esta vía, frente al hotel «Meliá Lima», en el que me iba alojar, lo estacionó. Le pagué su servicio con un billete de cien nuevos soles; mientras él rebuscaba en la gaveta de su vehículo, yo cogí mi maleta y maletín porta laptop, y bajé. Cuando estuve junto a la ventana de su copiloto, sacó una tarjeta personal del bolsillo izquierdo de su camisa y me lo entregó junta a los billetes del vuelto. Y antes que yo gire hacia la puerta del hotel, con una seña, me pidió escucharlo.

—Me llamo Rosendo —dijo—. Y fue un gusto conocerlo MAESTRO; así con mayúsculas se lo digo. Lo felicito, es usted un caballero. Como usted hizo hoy, nunca se debe hablar mal de las mujeres, menos de lo íntimo que se viva con ellas —expresó. Yo quise agradecerle por sus palabras, pero él sin dejarme hablar, agregó:

—Quiero que sepa que la señorita Karen es…, es mi hermana; sí señor. Así es la vida maestro, el mundo es pequeño y da vueltas. Discúlpeme por incomodarlo con tantas preguntas, quería confirmar que usted se refería a ella. Mire mi tarjeta y verá que estoy en lo cierto; adiós —finalizó. Y dicho esto, puso en marcha su vehículo.

Yo me quedé perplejo y parado como una estatua. Pensativo y frotando la tarjeta con mis dedos, la levanté hacia mis ojos. Leí su contenido y corroboré la total coincidencia de los apellidos estampados en esa minúscula cartulina, con los que, por Karen, guardaré por siempre en mi memoria. Y mientras Rosendo, con su vehículo acelerado avanzaba por la Salaverry, una tremenda interrogante se apoderó de mi cabeza. Quedaba por saber, si después de todo lo acontecido a mi arribo a Lima, aún tendría oportunidad para encontrarme con el amor de mi vida.
                                  

                                                                        Lima, 06 de diciembre del 2014.

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