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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 5 de julio de 2014

Vallejo, en la encrucijada del drama peruano (IV)

(Conferencia ofrecida por Ernesto More en la Facultad de Química de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en diciembre de 1966)


(…)


Pero luego sobrevino la segunda catástrofe: el cambio de la capital. A Pizarro le acomodaba más Lima que el Cuzco, porque el destino peruano ya no era endógeno. Nuestro corazón comenzó a latir con sangre que le llegaba desde fuera de su organismo, mezclada con pólvora. era aquello el desquiciamiento completo. El Ombligo, Ccoscco, perdió su razón de ser para nuestro organismo, y fue reemplazado por la parlería: Rímac.

Los nativos no sólo sufrieron explotación y vejámenes con la mita y la encomienda. Les ocurrió algo más grave: se les oscureció el sol. Para ellos, la vida carecía ya de sentido. Se convirtieron en sombras. Sombras dentro de la sombra.



Este sufrimiento también lo experimentaron, aunque parece que en menor escala, los nativos de los demás países de América. La explotación fue, seguramente, igual en todas partes; pero el punto de partida de los peruanos estaba mas arriba. Y cayeron desde mucha altura.
El tercer cataclismo sobrevino con la Bolivia. Los enemigos de Bolívar se complacen en sostener la tesis de que el Libertador dividió el Gran Perú, por un acto de premeditación. Aunque Emilio Choy se inclina a suponer que en esta división entró la influencia de Inglaterra —influencia que se hacía sentir en la metrópoli misma—, me parece más lógico ver en ello una acción eminentemente física. trasladada de la sierra a la costa y del sur al norte la capital del imperio —que más o menos equidistaba de sus puntos extremos—, devenido ya este Virreinato, se resquebrajó primero y luego se partió definitivamente, produciéndose la independencia del Alto Perú y la creación de Bolivia. El Perú se partió por la mitad como se parte un queso que solamente se toma por un extremo.

En carta que Bolívar escribe a Santander, el 23 de febrero de 1825, le dice: "Yo pienso irme dentro de 10 días al Alto Perú a desembrollar aquel caos de intereses complicados que exigen absolutamente mi presencia. El Alto Perú pertenece de derecho al Río de la Plata, de hecho a España, de voluntad a la independencia de sus hijos, que quieren su estado aparte, y de pretensión pertenece al Perú, que lo ha poseído antes y lo quiere ahora... Entregarlo al Río de la Plata es entregarlo al gobierno de la anarquía y someter a los habitantes a las tropas de Olañeda, que actualmente lo poseen, y que entrarán por algún arreglo pacífico. Entregarlo al Perú, es una violación del derecho público que hemos establecido; y formar una nueva República, como los habitantes lo desean, es una innovación de que yo no me quieo encargar y que sólo pertenece a una asamblea de americanos".

Producida la independencia del Alto Perú, y surgida de su seno una nación con el nombre de Bolivia, ambas partes, Perú y Bolivia, vienen sufriendo desde entonces ese vacío imponderable que es causado por la pérdida de la unidad, y que repercute en la moral, en la psquis, en la conducta y actitud de cada uno de los pobladores de uno y otro país. El pedido que Bolivia ha hecho insistentemente hace poco ante la Organización de Estados Americanos, en el sentido de hacer internacionalmente tangible su derecho de salir al mar, es una manera discreta de tocar la puerta de la perdida unidad. Para Chile, es un reclamo. Para Perú, eso tiene otra significación.

Y antes de que volvamos con el tópico principal, que es Vallejo, permítaseme que, para terminar la relación de hechos que considero catastróficos para el Perú, cite el último: el corte de la lengua a la mitad de los peruanos. Este hecho, producido con inimaginable violencia en la Colonia, a raíz del movimiento de Túpac Amaru, no cesó, desgraciadamente, con la independencia y la institución de la República, sino que persistió, valido de razones especiosas hasta nuestros días. procedimientos de la República han condenado a ilustres lenguas nativas, el quechua y el aimara, a desaparecer. No se ha querido oficializar un alfabeto para estas dos lenguas nativas, cosa que debió haber ocurrido a raíz de la III Conferencia Indigenista Interaméricana de la Paz. Tampoco se ha instituir el sistema del bilingüismo en las escuelas peruanas, lo que habría permitido la alfabetización de los aborígenes en su propio idioma y su uso durante los dos primeros años escolares. Así, el Perú ha quedado lingüísticamente seccionado, y en sentido de la alfabetización, lejos de apoyarse en los resortes íntimos de cada una de estas partículas de nuestra nacionalidad, no significa otra cosa que la imposición del castellano y la violación psíquica de los pueblos quechua y aimara.

en estas condiciones, es fácil comprender, en toda su extensión y profundidad, el drama que se juega, consciente o inconscientemente en el alma de todos los peruanos. Seccionados brutalmente de nuestras tradiciones nativas y truncado el proceso de nuestro desenvolvimiento autóctono; cambiado de altura el corazón del país y modificado su sistema circulatorio y su cerebro; partido en dos este organismo herido ya y proscritas las lenguas que habían surgido de este suelo como flores propias para engalanarlo, el Perú, como un barco sin amarras, sin capitán y sin brújula, sin destino consciente, flota y se mueve empujado por los vientos y las corrientes, pero no por su propio impulso y su propia voluntad.

Nuestra suerte es inversa a la del pueblo judío, porque si los judíos perdieron en la Diáspora, el siglo II de nuestra era, su propio territorio, conservaron en todas partes, a través de los siglos, de la manera más tenaz y consecuente, sus principios y sus tradiciones. Nosotros, en cambio, seguimos en nuestro e inmenso territorio, pero, dentro de él, hemos perdido nuestra alma, y dentro de él, hemos perdido la administración cabal y soberana de nuestro patrimonio, en gran parte hipotecado a elementos extranjeros.

(...)

Páginas 134, 135, 136 y 137 del libro Vallejo en la encrucijada del drama Peruano

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