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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 9 de octubre de 2013

HUBO UNA VEZ UN HÉROE…



Por Julio Yovera B.
 (A Álvaro, mi nieto)
Trece años después que San Martín proclamara nuestra independencia, el 27 de julio de 1834, en una casa de Los Mercaderes de Piura, nació un niño que con el tiempo, se convirtió en un  marino  valiente, pero, sobre todo, se convirtió en un hombre justiciero y honrado.  
Hoy, personas de distintas  condiciones sociales del país y del extranjero, que llegan a la ciudad de Piura, dedican parte de su tiempo a visitar el museo de la calle Tacna, nombre moderno que reemplaza al de Los Mercaderes, donde el pequeño vivió en compañía de sus padres y hermanos. Así, rinden su homenaje a quien es motivo de orgullo de los peruanos dignos.  

Paita, el puerto de cielo limpio y de luna clara, de mar sereno y de olas suaves, también lo reclama como su hijo. Cuando se entra a esa discusión, el tiempo no cuenta, y los argumentos son de nunca acabar.     
El Paita de aquel tiempo era un puerto conectado fluidamente con el mundo exterior, por eso las embarcaciones iban y venían. El niño que quería ser marino, mirando más de una vez el horizonte azul, fue asumiendo el propósito de embarcarse.
No cumplía aún los 9 años cuando le dijo su progenitor:
Quiero recorrer el mar, dame permiso para embarcarme.
¿Deseas navegar?, preguntó, inquieto, el padre.
Sí…—,  respondió resueltamente.
El padre no aceptó, pero el niño insistió tanto que, finalmente, Don Juan Manuel permitió que su hijo realizara su sueño. La madre Doña Luisa se mostró disconforme e  inquieta, pero, la serenidad del esposo y los rezos, le dieron calma y despidió con besos y bendiciones al niño que se iba contento a surcar los mares, cuando bien podría pasar sus días hurgando los olleros de los chilalos, tumbando tamarindos, persiguiendo lagartijas o, si quería, pescar las lizas de un río de temporada que estaba a poca distancia de su casa.
No estuvo mucho tiempo en el mar. La embarcación en la que navegaba naufragó frente a las costas de Colombia, y el pequeño tuvo que volver al hogar. Para la madre fue un milagro, para el padre un buen pretexto. Ahí quedaría todo, pensaron, mas, el niño no se dio por vencido. Al poco tiempo, insistió, y otra vez, logró embarcarse. Durante 7 años recorrió mares, océanos y puertos. Llegó a conocer el secreto de los arrecifes, de los témpanos y los anuncios de los vientos.
Cuando  llegó a la juventud ya era un viejo y curtido marinero. Ingresó entonces a la Marina e hizo una brillante carrera. Se vinculó también a los avatares propios de la vida ciudadana, lo que le trajo consecuencias. Fue dado de baja y tuvo que desempeñar distintos trabajos pues el joven se había convertido en un adulto con responsabilidades.  
Llegamos al año de 1879. Los grupos de poder de Chile tenían una nada simulada  ambición por el territorio y las riquezas naturales de nuestra patria y no se  detuvieron ante nada para obtenerlos. Primero le declararon la guerra a Bolivia y después al Perú.  Esta guerra sirvió para demostrarnos que existían peruanos que no les interesaba el país y carecían de voluntad y coraje para defenderlo.
El marino fue llamado por las autoridades y ocupó su puesto en la armada. Se conoció entonces en toda su dimensión la grandeza de este hombre. Asumió el mando del monitor Huáscar, y con sus marinos, se convirtió en la esperanza de la patria y la pesadilla del adversario.
Aparecía y desaparecía con sus huestes. Cuando menos lo esperaban, como si saliera del fondo de las aguas, sorprendía al enemigo. Los chilenos llegaron a creer que el Huáscar estaba conducido por un fantasma.
No era un fantasma sino un marino, que desde niño había conocido los secretos de los océanos y que en el seno de un hogar piurano, sus padres le habían inculcado valores como el amor a la patria y el respeto a la vida.
Cuando derrotó a la escuadra chilena Esmeralda, como resultado del enfrentamiento, el comandante Arturo Pratt, murió. El marino no se ensañó y no se apoderó de ningún bien del vencido. Tuvo la nobleza de remitir a la viuda las prendas del esposo y una carta en la que destaca el coraje del vencido. Ella, conmovida, le respondió y lo llamó Caballero, haciendo alusión no a título o pergamino alguno, sino a la nobleza de espíritu del peruano.
Nobleza que no tuvo el enemigo, cuando el 8 de octubre de 1879, rodea, cerca, abate y se ensaña con el Huáscar y sus ocupantes.
En una guerra la muerte es una posibilidad. Así lo entendió nuestro héroe, sabía que en cada viaje se jugaba la vida. Un principio de toda guerra es conservar las fuerzas propias y destruir las del adversario. Porque lo sabía, dijo con absoluta serenidad y firmeza:    
“Os puedo asegurar que si el Huáscar no regresara victorioso, yo tampoco he de regresar”
Ese héroe que habló así y del que nos hemos hablado se llamó Miguel Grau Seminario.
Su ejemplo fue, es y seguirá siendo una fuente de valor y fortaleza para todos nosotros.

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