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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

jueves, 20 de enero de 2011

Historias reales y..., de la otras: Voy a hablar de mi tristeza…

Por Enrique Chávez
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Foto de: Celendín Perú (fotos)
Afuera huele a cansancio, a esfuerzo campesino por conseguir el pan. Aquí, en mi habitación, todo es soledad. Sólo el sonido de la lluvia sobre las calaminas rompe el silencio inerte de la tarde agonizante.

Las calles, todavía adoquinadas con estiércol, dan la impresión de reclamar luz, vida. Debe ser por la lluvia, que ha nublado el sol, y ha prohibido cualquier actividad fuera de los hogares celendinos. Sólo algunos transeúntes, que aún no han llegado al calor del hogar, deambulan con prisa, sin mirar atrás, como si en sus hombros llevaran la cruz de la mujer de Lot.

De un tiempo a esta parte, inexplicablemente, la lluvia es para mí mucho más que un fenómeno atmosférico. La lluvia es en mi vida un llamado a la tristeza. Pero no a cualquier tristeza, no a aquella cuyo demiurgo sabemos identificar en alguna situación particular de nuestra existencia, sino a esa tristeza inmotivada, que puebla en un instante todos los pasillos de nuestro laberinto emocional, tornándose ineluctable, infinita, omnipresente e incognoscible.

Afuera llueve fuertemente, y aquí en mi habitación, la tristeza comienza a invadirme lentamente, como cuando entrada la noche se oculta mi vigilia. Y puedo sentir a mi alma llenarse de dolor, poco a poco, hasta quedarse vacía, al borde de la inexistencia. Y me aferro a vivir una falsa alegría, pero nada puede contra la esencia que dormita silenciosa en mi interior y la tristeza me llena de su ser infinito, hasta dejarme completamente vacuo.

Pero esta tristeza infinita, no puede nacer en mi finitud; soy yo quien ha emergido en ella, en los dominios de su esencia sin sabor. Qué razón tenía Vallejo, se sufre desde muy abajo, por debajo de nuestra personalidad, por debajo de nuestra condición humana, muy por debajo de nuestra existencia. Se sufre y, sin tener especial motivo, se está triste, porque hay una tristeza que nos abarca, que nos trasciende y es mucho, muchísimo más que nuestra vida. Es la tristeza de un mundo podrido, de una humanidad lisiada en su esencia solidaria, de un hombre sediento de sí mismo.

Las metas cumplidas, los sueños alcanzados, los amores realizados son fuentes de alegría, que transportan mi finitud a tierras fecundas en gozo, que son hermosas y acogedoras, pero que no son mi patria, porque yo – como tantos – he nacido en la tristeza, y cuando regreso a ella o cuando ella viene a mí, duele, duele mucho, pero me siento en casa.

Mi tristeza es ausencia de propósitos, mi tristeza son esos nudos de garganta que asfixian, mi tristeza es indecible y, cuando decide mostrarse, no hay oropel capaz de ocultarla o disimularla. Mi tristeza es de carne, de huesos, de llagas, de espíritu. Mi tristeza es tan mía y yo tan de ella, que a veces la ignoro, y a veces me ignora; pero al hallarnos, siempre en mi íntima esencia, nos encontramos tanto, que terminamos perdiéndonos.

Esta tristeza es mi patria, mi doloroso terruño. Por eso hoy domingo, con esta lluvia crepuscular, he puesto en confinamiento solitario cualquier motivo para sonreír y he desnudado totalmente mi esencia, que es tristeza, dolor, sufrimiento, atelia y vacuidad.

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