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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 9 de octubre de 2010

Historias reales... y de las otras: Don Julio "Mataleón"

 Por Elder Cortéz Oqa' s
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Don Julio Díaz vivía en Vigasmayo (El Huauco—Celendín). Tendría él casi sesenta años, cuando lo vi por primera vez. “Aquel viejo es ño Julio mataleón” —dijo mi amigo Diógenes Salazar, señalando al camino por donde pasaba el hombre, andrajoso y descuidado, parecía un loco. 
Al verlo y oirlo, que con voz gruesa tarareaba un huayno, instintivamente corrí al lado de mi amigo, buscando su protección. Él tres años mayor que yo, no le temía al personaje. Entonces yo tenía cinco años y aquella vez sentí miedo al escuchar el sonido de la palabra “león”, lo tenía bien grabado en mi subconsciente. Lo cierto es, y ahora lo afirmo con certeza, que el animal al que los comuneros del ámbito rural de El Huauco, le habían hecho fama identificándolo como “león”, era el puma, el “león serrano”, lamentablemente ya extinto en ése medio.

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Mi madre que había sido mitaya o pastora de ovejas, contaba historias acerca de la presencia del “león” en su comunidad. En una ocasión, después de la cena familiar, contó que vio al "león" en cerro La Púcara. El felino apareció de la nada, espantó y dispersó al rebaño; persiguió a una maltona oveja paca (Paco= Color marrón) y la alcanzó con un espectacular salto sobre su lomo lanoso. Atacante y víctima desaparecieron entre los arbustos y shinshiles; minutos después reaparecieron, el primero arrastrando a la oveja hacia el bosque. Mi madre solo atinó a reagrupar a sus ovejas y presa del miedo las arreó de regreso a casa, más temprano que de costumbre.

Mi padre, contó que a sus nueve años, en 1945, también vio al león en el paraje Ventanillas, desde el camino que une a las comunidades huauqueñas de La Quinuilla con Guangazanga. Lo vio cruzar un eriazo del fundo de don Gerardo Mendo, con un venadito tierno, sosteniéndolo del cuello y cargándolo sobre su lomo. Cuando él gritó, el felino apresuró su huída, perdiéndose entre un bosque de alisos. Luego encontró, por allí cerca a Martín Mendo, el menor de los hijos de don Gerardo; quien lloraba asustado porque el felino, había pasado mirándolo a escasos metros de donde él enterciaba leña. 


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Pero volvamos a don Julio “mataleón”. El era un hombre del campo y allí tenía una familia que mantener. Su manera de vestir traslucía sus limitaciones económicas: su saco y su pantalón mostraban parches mal zurcidos de diversos colores, su poncho era desteñido y deshilachado, su sombrero grisáceo tenía una falda con tramos de su perímetro circular, que apenas se sostenían en la copa. Mostraba además, su barba tupida y entrecana, estilo “Fidel Castro”. Mi padre, que en alguna revista que le enviaron sus hermanos desde Lima, ya había visto la foto del barbudo revolucionario cubano, le decía: “Don Julio Fidel Díaz Castro”. El viejo no entendía nada acerca de esta combinación de nombres y apellidos ajenos con el suyo, pero no se molestaba. Pese a la confianza que le brindaba don Julio Díaz, nunca escuché a mi padre llamarlo por su apodo. Por eso, cuando ése día al anochecer, conté que con mi amigo Diógenes “habíamos visto a don Julio "mataleón”, me dio tremenda reprimenda: “Para ti, él es don Julio Díaz..., mocoso malcriado... Tienes que respetar al mayor. Ni yo lo llamo con ese sobrenombre” — dijo, clavándome una mirada hosca.

Don Julio Díaz frecuentaba el pueblo donde vivíamos, su casa estaba a menos de una hora de allí, llegaba en busca de trabajo como jornalero, tres o cuatro días de la semana. A veces llegaba cargando sobre sus hombros un tercio de suros, especie de cañas con médulas llenas, delgadas y similares a los carrizos, para venderlos a quienes construían sus casas. Pasaba por el camino principal y frente a nuestra casa. Mi padre lo saludaba: “Buenos días don Julio” y él respondía con su peculiar vozarrón: “Buenos días homm…”.


Un buen día de agosto, don Julio Díaz, llegó cargando un ato de cien suros para venderle a mi padre. Él lo invitó como uno más de los peones, que le ayudaban a renovar el techo de nuestra casa. Ese día a la hora del almuerzo el ambiente estaba alegre, ya que según la costumbre se debía dar buena comida a la gente que trabaja en el techado de una casa. Mi madre había preparado un almuerzo que lo sirvió al aire libre, lejos del polvo que se generaba al desmontar el techo. Mi padre ayudaba a servir los platos y ponía más ameno al ambiente con sus bromas y tomaduras de pelo a alguno de sus ocasionales peones. 


Terminado el almuerzo, ya en el intervalo de descanso; Victiliano Alcalde, uno de los peones, en voz baja, retó a mi padre a llamar por su apodo a don Julio Díaz.


—Acepto —respondió mi padre— a condición de que tomes tres jarros de chicha de jora. La bebida tenía un mes de fermentación y el reto prosperó: 


— Don Julio -dijo mi padre, dirigiéndose a nuestro personaje estrella.


— Dime homm…


— Usted es mi amigo, lo respeto mucho, pero quiero hacerle una pregunta, espero que no se moleste.


— Pregunta nomás, homm…


— ¿Por qué la gente le dice “mataleón”?


— Tengo mi historia, homm...Si quieres te lo cuento, les cuento a todos, homm… 
Un ligero resoplido, emitía el viejo por sus orificios nasales, luego de terminar así cada frase que pronunciaba. Se agitaban los bellos entrecruzados de sus fosas, con parte de sus bigotes descuidados.

Los peones, mi padre y sobre todo yo, éramos todo oídos desde ese instante. Yo ya estaba comiendo mi postre de chibche o calabaza asada al horno, sentado sobre una roca, a escasos metros de la mesa de los adultos. Mi madre me sirvió el almuerzo por adelantado; para no molestar con mi impaciencia de niño. 


El viejo Julio Díaz comenzó a contar la causa de su popular apodo, con su peculiar acento vozarronesco y su tic gutural de “homm”:


—Yo había madrugao al molino, homm…, cargaba al hombro cinco arrobas de cebada tostada, para la harina, homm... Pero, como cumpliéndose el dicho que dice que ´cuando el pobre lava su camisa, ese día llueve`, el molino estuvo atacao, homm... Había mucha gente con sus granos para moler, homm… Fui al molino del Elías Escobedo y allí estuve todo el día esperando mi turno, homm… A la oración de la tarde, recién estaba a medio camino de regreso, homm... 


Por El Vaquero el cielo negreaba y el aguacero avanzaba sonando, homm... En un santiamén ésa quebrada de Vigasmayo se puso tinieblas, homm… y yo temía que el aguacero moje a la harina, homm…Uno siempre piensa primero en la barriga !cuánto es el hambre, homm!… La lluvia me alcanzó a la altura del fundo de don Nicodemo Zegarra, homm…En ése fundo, dentro del monte, el viejo tenía una choza y allí me fui a guarecerme, homm…


Por momentos no faltaba quien interrumpía riéndose de la peculiar forma de hablar del narrador. Algún otro inoportuno, quiso interrumpirlo para hacerle preguntas, pero felizmente mi padre los callaba pidiéndole a don Julio Díaz, que siga contando su historia, como él había llamado a su experiencia vivida. Continuó así:


—Yo que llego a la puerta de la choza, escuché un grito de león adentro, homm... Yo conocía desde chico el grito del león, homm…Miro hacia adentro de la choza y como dos grandes luciérnagas brillaron dos ojos y otras varias lucecitas más chiquitas, homm… Una leona con crías estaba dentro de la choza, homm… Entre claro y oscuro vi que la leona salió y vino hacia mí para atacarme, homm…Yo !zas! saqué el machete en defensa propia, en ése instante era ella o yo, homm…Ella que medio se frena, se agazapa y salta sobre mí, y yo que lanzo el machetazo y ¡llecj! le destapé la cabeza en el aire, homm…Dicen que la cabeza del león es dura, eso es mentira, homm… La leona tenía cinco crías y estaba flaca, como una perra cuando también tiene sus crías, homm…Los leoncitos, parecían gatitos, salieron gritando de miedo, y yo me metí a la choza, homm… De rato en rato volvían a lamerlo a su madre muerta. ! Cómo es el animal! El animal también entiende y siente, homm. Yo miraba tranquilo, pero me dieron pena esos animalitos ya huérfanos, porque yo sé lo que es quedarse huérfano, homm…


Pasó el aguacero, cargué mi costal de harina y seguí mi camino, a mi casa llegué bien de noche, homm... Así fue como después de contar a la gente que maté una leona, no faltó quien me puso el sobrenombre de “mataleón”, homm… Esa es mi historia, homm...


—Y usted ¿no se molesta cuando le dicen “mataleón”? -preguntó mareado y hablador, Victiliano Alcalde, el peón que se había zampado los tres jarros de la bien madura chicha de jora.


— ¿Por qué voy a molestarme homm…? Siendo verdad que maté a la leona, ¿acaso pues diciéndome “mataleón” me quiebran algún hueso? Nada, sigo siendo Julio Díaz, homm.

2 comentarios:

ALCIDES ROJAS YUPANQUI dijo...

FELICITO AL AUTOR ELDER CORTÉZ.

MUY INTERESANTE DESCRIPCIÓN DE ÉSTE PERSONAJE HUAUQUEÑO QUE A NO DUDARLO VIVIÓ O EXISTIÓ, COMO EXISTIÓ EL PUMA EN LOS BOSQUES DE VIGASMAYO. CREO QUE LA NARRACIÓN NOS INSTRUYE EN LO QUE DEBE SER LA RELACIÓN IDEAL DEL HOMBRE CON LA NATURALEZA Y DEBE HACERNOS REFLEXIONAR ACERCA DE LA FRAGILIDAD DE NUESTROS ECOSISTEMAS Y POR ENDE DE LA EXTINCIÓN DE ESPECIES DE FLORA Y FAUNA QUE DE HABERLOS CONSERVADO SÍGNIFICARÍA UN VALIOSO ATRACTIVO TURÍSTICO EN NUESTRO DISTRITO, CON EL CONSECUENTE INGRESO ECONÓMICO PARA SU GENTE.

Chungo y batán dijo...

Totalmente de acuerdo con usted amigo Rojas. Un abrazo. JL

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