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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

martes, 27 de julio de 2010

Historias reales... y de las otras: ¡Duendes Vigasmayo!

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Elder Cortéz OQ’AS.


Héctor Vilca, campesino con veintitrés años de edad, está en Vigasmayo, fundo del que es dueño Don Presbítero Muñoz. Héctor tiene su destino fuertemente ligado al campo. Quedó huérfano de padre a diez meses de nacido. El trato maternal riguroso más la geografía hostil, lo hicieron fuerte y trabajador.
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 Don Presbítero, experimentado chacarero, lo conoció e invitó a trabajar como su socio, en su fundo. Héctor, influenciado por el amor que profesa a su esposa Victoria y a los dos hijos que ya tienen juntos, lo pensó y aceptó. Victoria, simpática mujer de diecinueve años; le habría manifestado su decisión de seguirlo y estar siempre a su lado para apoyarlo.

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El fundo Vigasmayo está en la margen izquierda de la quebrada del mismo nombre. Con su área aproximada a treinta hectáreas, está en la base del Shinshilpunta, cerro de rechoncha apariencia, cuya superficie total, alberga al caserío El Porvenir. El fundo tiene secciones de relieve plano, que junto a la quebrada, semejan un pequeño valle interandino con tierras fértiles para la agricultura. Hacia la margen derecha de la quebrada, se yergue el cerro Ventanillas, verde, rocoso y menos alto que el Shinshilpunta. Marca a sus faldas un camino que viene desde Calconga; con cuatro curvas que alivian sus pendientes y lo hacen transitable para las recuas de acémilas. Para quienes no son arrieros, existe el chaquiñán, angosto camino de recorrido más corto y directo que el del principal. Estos caminos se encuentran con otro que viene del sur, desde el caserío Cajén, en la margen derecha de la quebrada y a pocos metros de su orilla.
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El camino unificado cruza a la quebrada y a pocos metros de la rivera izquierda, cede ingreso al fundo Vigasmayo. Cual serpiente variopinta, trepa con irregulares curvas las faldas del Shinshilpunta en dirección este, casi hasta su cima. Por Chiqueroloma, abra que separa al Shinshilpunta del cerro “Escalera”, el sendero vira al norte llegando hasta la ciudad El Huauco. Una red de caminos de herradura, comunica a ésta ciudad con sus caseríos anexos.
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Desde las chacras que cultiva, Héctor ve pasar a quienes van a El Huauco. Los viernes por la tarde y sábados por la mañana, el tránsito de personas y recuas de acémilas cargadas, se intensifica. Campesinos de Piobamba, Cajén, Muñuño, Calconga, Tallambo y otros caseríos; van a vender sus productos y animales en el mercado de El Huauco. Luego compran allí: ropas, anilinas, mercería, hilos, calzados, impermeables; kerosene, coca, fósforos, etc.; indispensables para vivir en el campo. Compran también: azúcar, sal, fideos y arroz; para complementar su alimentación. De ida y vuelta los arrieros bullangueros y sus acémilas, cruzan a la quebrada Vigasmayo por un badén de tierra y piedras.
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Casi todas las tardes, Héctor ve también a Victoria, trepar por el chaquiñán, las faldas del Ventanillas y alejarse. Ella va hasta Calconga, pueblito donde ambos nacieron, casi siempre con su quipe de yerbas frescas para los cuyes y su bebé en brazos. La caminata de Vigasmayo hasta Calconga, dura casi dos horas.
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 Victoria, en la casita que heredó de sus padres, cría gallinas y cuyes. Allí se levanta temprano, la limpia; alimenta a los animales, y encarga su hijo mayor al cuidado de su suegra. Cuando los pájaros intensifican su canto mañanero, parte hacia Vigasmayo, para asistir a su marido y ocasionales peones. Victoria ya está acostumbrada a recorrer ese camino sinuoso y pedregoso.
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Héctor, apenas llegó al fundo Vigasmayo, mejoró las condiciones de habitabilidad de la choza que su socio había construido allí. Hizo una barbacoa con palos rollizos de campanillo. Para no sentir las imperfecciones, la acolchonó con paja de cebada; que en abundancia quedó al borde de la era, después de la reciente cosecha del grano. La choza tiene un solo ambiente rectangular, delimitado por muros de rocas deformes, apiladas sobre mortero de barro y paja. Estos rústicos muros soportan las maderas rollizas que estructuran el techo. La cobertura es de paja icchu. La puerta principal, es un entramado de tablas mal labradas y no bien juntadas; las aberturas verticales dejan pasar entre si a los cuatro dedos más grandes de una mano adulta. Ésta puerta está ubicada hacia el lado de la cumbrera; dónde el techo tiene mayor altura. El estilo arquitectónico de la choza, es similar al de los molinos hidráulicos, existentes en la zona. Hasta la puerta de la choza llega un camino desde la tranquera de ingreso, cruzando al campo de relieve plano.
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Acostado en su barbacoa, Héctor descansa solitario. Antes de dormir, recuenta las labores del día y planifica las del siguiente. Su mayor preocupación es la siembra del maíz; por eso piensa en bueyes, semillas y próxima visita de su socio. Aspirando el olor de los tallos chancados de la cebada, escucha el ruido del viento nocturno que sopla como apoderándose de la quebrada. Una leve llovizna hace sus vaivenes bajo efectos de éste fenómeno. Árboles y arbustos oscilan, produciendo con el ruido de sus ramajes, un concierto especialmente natural.
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Héctor, como arrullado, queda profundamente dormido. Luego sueña como una vivencia real:... “Se le aparece su hermana menor, ´La negra fea', como familiarmente llaman a Guillermina. Viene desde la tranquera, arreglada y vestida elegantemente, lo ve una mujer hermosa. Es blanca y rubia, parece mujer de otro mundo. Avanza por el camino, cruzando el campo, directamente hacia la puerta de la choza, dónde él está. Su subconsciente exige una explicación: En la vida real Guillermina, es trigueña, por eso le dicen 'la negra fea' y aunque realmente no es fea, tampoco es tan bonita, como la mujer que se le está acercando. ¡Qué raro! Héctor quiere hablarle so pretexto de darle la bienvenida, salir de dudas, pero siente que la lengua se le traba y no puede pronunciar palabra. Quiere ir a su encuentro para verla de cerca y entender cómo es que su hermana se había vuelto tan bonita, pero siente que no puede dar paso. La mujer bella continua acercándosele, gesticulando burlona y coquetamente, y escondiendo por instantes su rostro bajo un blanquecino velo de seda".
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Por instantes Héctor, no puede tomar conciencia de si está dormido o despierto. Luego, por una acción rara de su subconsciente, siente que el miedo se apodera de él; a la vez, en ése límite entre el sueño y la realidad, recuerda los consejos de su experimentado socio, quien le había dicho que "en ésa quebrada donde tendría que trabajar hasta que se harte, el miedo era un mal acompañante".
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Entonces, Héctor controla su subconsciente, toma valor y dice para sí: "¡ Este es un sueño!", inmediatamente abre sus ojos. Despierto y consiente de la realidad, siente a su cuerpo vibrar sobre la barbacoa.
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¡Carajo! exclama. A continuación se pregunta: ¿Tuve una pesadilla? ¿Un mal sueño? ¿Porqué soñar a `la negra fea' como una mujer hermosa?, ¿Me visitará quizás? ¿Se habrá enfermado acaso?
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Hay luna llena, gracias a ésta y a las pronunciadas aberturas de las tablas de la puerta, Héctor ve al campo con el herbazal cubierto de escarcha e iluminado como pintado de color blanquecino. De pronto, una imagen oscura como una sombra, no muy grande, pero con forma humana, aparece en el marco de la puerta principal del bohío. Para Héctor, el registro visual es completo. La imagen rara, cruza como caminando frente a la choza, y rompe el relativo silencio de la noche con gritos: ¡Couguooo!, ¡couguooooo!, ¡couguoooooo!; luego lentamente, se pierde tras la pared derecha de la choza. El grito de ultratumba, suena tres veces más, una más débil que la anterior. Héctor reacciona y grita: ¡Carajo!…, ¡duende jijunagramputa!. Luego, desenfunda el machete que está colgado en el horcón junto a su cabecera y machete en mano, sale resuelto. Sigue la dirección por la que se perdió la imagen; pero no ve nada extraño, solo las ovejas, aglomeradas en uno de los ángulos del corral rectangular de maderas, armado contra la pared posterior de la choza, balan asustadas. A treinta metros, los bueyes rumian echados, como si nada hubiera pasado. La vaca mulata se para, se estira, bufa y defeca; su cría, una ternerita hermosa de color bayo, se altera casi a su lado, como intentando amamantarse.
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¿La que pasó sería duende? ¿Algún abigeo enano y disfrazado quiere atemorizarme para robarse mis bueyes? ¿Algún envidioso quiere asustarme y correrme?”, Se pregunta Héctor, nervioso y confundido. Luego finge hablar con alguien; machetea en cruz con el revés de la hoja metálica, sobre las piedras de la pared de la choza; se persigna y reingresa a la choza. Queda con el sueño trunco, cavilando y pensando. Aproximadamente tres horas después amanece.
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Por la mañana, mientras Héctor suelta a las ovejas para que pasten, llega Victoria. Élla, primeramente ordeña a la vaca y guarda leche para su bebé. A las ocho de la mañana, llega el viejo Presbítero; trae en las ancas de su caballo negro, alforjas repletas de semillas de maíz y frijol. Victoria lo saluda y le invita a desayunar el tradicional “caldo verde”; potaje coloreado así, con las hojas molidas de la chamcua, arbusto fragancioso abundante en el lugar.
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La quebrada Vigasmayo se muestra caudalosa luego de una noche de lluvia. En los bordes de su cauce el verdor de los arbustos y árboles, es intenso. “La casa de la duende que vi anoche, debe estar cerca, escondida por ahí”_ piensa Héctor. Para no infundirle miedo a Victoria, no le cuenta nada de su experiencia vivida en la noche anterior, solo le recomienda cuidar al niño y no dejarlo solo. Seguidamente va hacia la chacra, acompañado del viejo Presbítero.
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El dueño del fundo, inspecciona la chacra, y sentencia: "Está bien, solo falta cultivar un poco por las rangras y los bordes". Mientras Héctor, se contornea empuñando la mancera del arado que esforzadamente jala la yunta de bueyes; el viejo se pasa mañana en ademanes de piquear, por las zonas pedregosas.
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Los viejos ya no servimos para nada, hijo. A mi paso, te doy una manito, no te sientas solo se lamenta don Presbítero, como justificando su bajo rendimiento.
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No se preocupe don Presbítero, todos vamos a llegar a su edad –contesta condescendientemente, Héctor.
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Es medio día y Victoria llama para el almuerzo, lo sirve a la sombra de la choza; acuden don Presbítero, los cuatro peones y Héctor. En el reposo, luego del almuerzo, Héctor se aparta de la peonada y va hacia la ubicación de su socio. El viejo descansa a la sombra de un campanillo, disponiéndose a chacchar coca; Héctor lo aborda y le cuenta su sueño y visión de la anoche anterior. El viejo lo escucha anonadado y en silencio; y conforme Héctor avanza con su relato, entra en un estado de preocupación y ensimismamiento total. Dentro de sí, el viejo creía que luego de ese sueño y visión, Héctor desistiría de la sociedad y abandonaría la quebrada. Eso no le convenía, no era fácil encontrar un socio trabajador y honrado. El solo tiene tres hijas y su ancianidad ya no le permite trabajar en la chacra.
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Haciendo esfuerzos esporádicos por prestar atención al relato de Héctor, el viejo Presbítero recuerda para si y muy rápidamente, un pasaje de su vida en ésa quebrada, en ése fundo. Decide no contar los hechos a Héctor, solo recordarlos con cierta amargura:
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Sucedió un día de abril, varios años atrás. En Vigasmayo estaban su esposa, sus dos hijas y él. Anochecía y garugaba allí. La familia, al interior de la choza, se abrigaba junto al fogón. De pronto Enma, su hija menor, entonces de seis años, pidió permiso para ir al campo a hacer sus necesidades fisiológicas. Los padres confiaron en la tranquilidad del lugar, lo dejaron ir sola. Enma fué por la esquina posterior de la choza. Demoraba demasiado, media hora, una hora; aproximadamente era ya las siete de la noche y no regresaba. La desesperación cundió en los padres. Salieron en su búsqueda, don Presbítero oteó por todo el perímetro de la choza y no había nadie: "Por aquí no está mi hija", pensó. Se dirigió a la quebrada, su mujer lo siguió alumbrándose con una linterna a kerosene. "Quizás vino aquí, se resbaló, cayó a la quebrada y la corriente lo llevó", murmuró la madre de la niña.
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Don Presbítero y su mujer pasaron la noche en vilo, peinando la quebrada en toda su longitud de más de tres kilómetros, hasta su desembocadura en el río Cajapotrero, uno por cada margen, con la esperanza de que la corriente devuelva el cuerpo ahogado de su hija, pero nada. Lo llamaban por su nombre, no había respuesta, solo la del eco desde los cerros Ventanillas y Shinshilpunta. Resignados, volvieron a la choza. Su otra hija felizmente estaba allí, durmiendo plácidamente, ignorando la angustia de sus padres y la desaparición de su hermana. Amaneció y con la luz aún tenue de los primeros instantes del alba, don presbítero mandó a su mujer a Calconga a comunicar la desagracia y pedir ayuda a familiares y vecinos para reiniciar la búsqueda. La solidaridad de cuadrillas de hombres previstos de sogas y su bolo de coca, no se hizo esperar. Se regaron atentos y habladores por toda la quebrada. Desde antes del medio día, peinaron de nuevo los tres kilómetros de la quebrada, más tres del río Cajapotrero, en el que ésta desemboca. Nadie reportó ningún hallazgo. Los hombres solidarios regresaron a Calconga por diferentes caminos, cansados y desanimados por el fracaso.
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Anochecía de nuevo y solo tres familiares compadecidos, conversaban y cenaban en la choza, acompañando a don Presbítero y esposa, para reiniciar la búsqueda de la niña, por segunda noche consecutiva. Aproximadamente a ésa hora, veinticuatro horas atrás, se produjo su desaparición. De pronto un llanto conocido estalló afuera, detrás de la choza. ¡Mi Hija! gritó don Presbítero y salió disparado. Sus familiares lo siguieron presurosos.
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¡ Sorpresa! Era Enma, no había duda, vestía sus mismas ropas. Salió llorando de entre unos arbustos tupidos que se erguían detrás de la choza. Estaba totalmente mojada, afónica y con la falda y calzones muy sucios de su propio excremento. Estaba desorientada, asustada y en los brazos de su padre empezaba a calmarse poco a poco. Con la ayuda de su mujer, don presbítero lo limpió, lo cambió. La niña no quiso comer, daba signos de estar nerviosa y de tener sueño, solo alcanzaron a darle de beber una infusión de manzanilla caliente, con una porción de lana de oveja, porque no quería abrir la boca de puro nerviosismo.

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La niña amaneció aparentemente mejor, en el día comió algo, pero no dejaba de mostrarse extraña, tenía los ojos desorbitados y una mirada perdida, hablaba sola, murmuraba y pronunciaba palabras incongruentes e indescifrables. Don Presbítero preguntó a la niña por el lugar dónde había estado. Ella contestó y dando esperanzadoras muestras de recuperación, relató así:
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        “Estuve durmiendo y tuve un sueño raro, entre bonito y feo: Una señora gringa, bajita, muy bonita y coja, me llevó a su casa que era tan linda como un palacio. Yo no hallé el lugar para ocuparme, y me hice dentro de su casa. Ella se molestó mucho, me resondró y me ordenó que con mi ropa limpiara el piso de su casa, luego me enseñó la puerta de salida y molesta me botó. Estando ya afuera acabó mi sueño, me desperté asustada y lloré”.
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Don presbítero recuerda también que, preocupado por la salud de su hija, días después, la llevó ante un afamado curandero de Cajén. El curandero le hizo algunas preguntas y concluyó categóricamente:
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“Fue el duende, el que llevó a tu hija. Felizmente ella hizo sus necesidades dentro de su casa, el duende no tolera suciedad, ni mal olor en los humanos, por eso lo botó, de lo contrario no volvías a ver a tu hija”. Don Presbítero quedó perplejo.
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¡Nunca más lleves allí a tus hijas, esa quebrada es pesada y casa de los duendes! concluyó el curandero.
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Los recuerdos de don Presbítero cesan, su pensamiento vuelve a la actualidad, y acepta que su hija Enma no quedó cuerda. Es chifladita, medio locumbeta. Así quedó y por eso le dicen “tronada”.
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Finalmente, luego de salir de su ensimismamiento, ya calmado, mira a Héctor y le dice:
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No temas hijo, la duende quiso sorprenderte anoche, presentándose en la figura de tu hermana; no logró llevarte gracias a que te despertaste y lo perseguiste. Ahora sabe que eres valiente y jamás volverá a molestarte.
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FIN
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Elder Cortéz nos dice: "nací en un paraje al que los lugareños y visitantes llaman Tallambo, justo en el límite de los distritos Sucre y Oxamarca, en CelendínCajamarca. Por eso es que yo no se cuál es mi distritalidad, pero creo que así es mejor, lo bueno es que soy peruano y siento mucho orgullo de serlo.
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Crecí en el campo, junto a animales domésticos y también a los libres. No creo en la existencia de animales salvajes; en todo caso, no creo que haya más salvajismo en una especie viviente, que la que existe en el hombre. 
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Las faenas agrícolas me acercaron a las vivencias de los campesinos; y a los relatos de quienes se empeñaban en controlar mi engreimiento e hiperactividad, atemorizándome con la actuación de personajes fantasmales y/o malignos.
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Mis maestros me indujeron para acercarme a los libros, tanto en el colegio como en la Universidad. Lecturas y vivencias, constituyen dentro de mí, una especie de combinación de la que quiero liberarme permanente y definitivamente. Por eso las comparto aquí; con los lectores de éste libro azul, amplio, especial y abierto.
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Agradezco a quienes me leen y saludo a los que para leer a otros, entran aquí.
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