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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

domingo, 10 de junio de 2018

(CONCIENCIA CRÍTICA: CUENTO) EL ESPEJO QUE RETRATÓ LA CONCIENCIA…

 Por Mario Peláez.
 
La fotografía era su pasión. Decía que nada es mejor para conocer las intimidades del alma que una foto del rostro en primer plano, a pesar del engañador maquillaje y de la mágica tecnología digital. Que los infiernos y los paraísos acampan como diminutos gestos, como leves sonrisas y tenues sombras. También la angustia y la soledad dejan ver sus huellas a la primera mirada. Él no dudaba que el arte de la fotografía es el arte de la conciencia en reposo, capaz de hacernos reír de nosotros mismos, también de llorar.
 
El padre de César Morán, don Melquiades, fue el fotógrafo y ADIVINADOR más refutado de la región sur del país. Siempre pulcramente relajado. Cómodamente instalado en sí mismo; solía tomar por asalto el centro de la plaza principal de los pueblos que visitaba con su cámara de fuelle de manga larga, reposando en un trípode. Se ufanaba de ser amigo de Martín Chambi, “siempre nos carteamos”, decía inflando el tórax. Y con tono de experto argumentaba: “Nada como una foto a los cuatro vientos, permite captar hasta el sarro del inconsciente. Don Melquiades no era letrado pero si era sensible. 
 
Así, con foto en mano leía el futuro. “Si la cámara hablara recomendaría construir varios infiernos”, decía. Sumaban docenas de frustradas lunas de miel apenas empezadas, divorcios prematuros y duelos a machete limpio, certificando sus predicciones… 
 
César heredó de su padre dos cámaras cuidadas como la niña de sus ojos. Por su parte compró, en pocos años, cuatro de última generación. Pero prefería la Rochester. Con ella inclusive registraba rostros ahítos de contradicciones: de alegrías y angustias amalgamadas, siempre que resolviera el conflicto entre la luz y la oscuridad. “En efecto – recordaba las palabras de su padre – nada como el blanco y el negro y la luz juntos. Se adueñan del misterio, del silencio y de la nocturnidad”. 
 
Cualquier día era bueno para emprender su “safari”. Una vez que ponía los pies en la calle se dejaba llevar por los vientos de la intuición. A veces se internaba en Miraflores, otras en Huaycán. Lo propio hacía en ministerios, centros comerciales, prostíbulos, mercados, estadios y mítines, “donde hierve el espíritu”. No siempre los resultados eran complacientes. Numerosas veces se enredó en líos y en comisarías. Pero por sobre todo era un artista de la fotografía peatonal. 
 
También viajaba a provincias. Una vez se le vio en Celendín (José Gálvez y Sucre), “tras de los ojos que ensombrecen al sol”. 
 
Adicionalmente cultivaba la fotografía Familiar. Tenía tres álbumes (1980 – 2001), cuidadosamente fechados, mes día y hora. “La mejor hora es aquella de 5 a 6 de la tarde, lapso en la que la luz concentran todos los matices. No olvidemos que la luz es el espíritu de la foto”. En la última página de cada álbum había una nota con letra bien redonda: “Ausencia de vivencias afectivas: sin densidad psicológica. Ni interrogan, ni perturban”. 
 
Su afán por la calidad de la fotografía, dependía también del dominio de la técnica. El minimalismo era lo suyo por excelencia. “Esa técnica que busca el todo de la conciencia desde una sola manifestación, de una sonrisa, de una arrobada mirada”.
 
Aunque nunca habló de ellos, tenía dos álbumes llenos de fotos de su rostro, de todos los ángulos y miradas y gestos posibles. Eran fotos con seis meses de diferencia una de otra; con el propósito de registrar nuevas vejeces: nuevas arrugas, nuevos lunares y nuevas canas. Cada vez con menos brillo en la mirada y más perplejidades. “Solo guiños macabros” – murmuraba. 
 
Sin duda las fotos constituían una franca provocación, un endemoniado desafío al tiempo. La primera foto fechada el 5 de enero de 1998 y la última el 21 de diciembre del 2006. Álbumes guardados bajo 7 llaves. 
 
Los domingos por la tarde se dedicaba a mirar las fotos con sus sucesivos rostros, asociando algún hecho o estado de ánimo; y siempre se decía, “Cada día me recuerdo menos”. Entonces sus ojos ardían pero sin objetivo que mirar. Sentía que vivía a medias, solo al abrigo de una vetusta metafísica.
 
II
 
Al cumplir 59 años César Morán abandonó el arte de la fotografía. Embaló en cajas las cámaras fotográficas, los álbumes, el material fotográfico, miles de fotos, recortes, revistas y libros relacionados con la fotografía. Nunca comentó porque tomó la decisión, que en buena medida era renunciar a él mismo. 
 
¿Acaso el algorismo, la digitación, la alta definición y el adios del celuloide derrotaron a su espíritu creativo? ¿O sintió en demasía la malignidad del tiempo, a punto de convertirlo en víctima de una depresión perversa?
 
Sin embargo César no dejaba de pensar en su rostro; pero dónde mirarlo siquiera un instante. “En alguna fuente de agua, en algunos ojos benevolentes, o en la luna llena”, monologada. Y como buscando una confirmación repasaba minuciosamente sus facciones con ambas manos. 
 
Una mañana (siempre el futuro gobierna el tiempo). El ex fotógrafo decidió rescatar su rostro, mirarlo cara a cara. El espejo, su viejo espejo, el insobornable y secreto testigo ocular, sería el proscenio de la cruzada, de la épica. 
 
Dubitó unos segundos. Avanzó unos pasos, luego retrocedió unos más largos. Pero ya era tarde para emprender la retirada. “Contradicción en estado puro”, alcanzó a meditar. 
 
Primero miró el espejo con la trayectoria de una curva y lo percibió pequeño. Luego posó frontalmente su mirada, y solo vio un vaho, cual nebulosa que le cubría totalmente, y en cuyo centro había un minúsculo hoyo negro que atrapaba todo lo que se le acercaba. “Como hoyo negro cuya fuerza gravitacional atrapa inclusive la luz”, contó tiempo después. 
 
Se frotó los ojos, endureció la mirada, pero a penas distinguió sombras que se congestionaba. Entonces se percató que su persona se desdoblaba. Que él, César Moran, hijo de don Melquiades el ADIVINADOR, solo se quedaba con su cuerpo; y al frente, en las profundidades del espejo, su conciencia apunto de emerger y tomarle cuentas sin medias palabras.
 
Le llegaron las voces como ecos, sin intermediación de los sentidos, como si provinieran de lugares más allá del tiempo, de un mundo sin horizonte, pero eso si nítidamente: 
 
“¿Sabes cuál es la causa de la situación que vives?
Tú mismo, nadie más. Yo, responsable de tu mundo
Interior, muchas veces toqué la puerta de tu corazón,
que empezaba a latir menesterosamente, para sensibilizarte;
y tú no querías escuchar. Para ti el tiempo solo es presente
continuado…

(En el viejo espejo hervían sombras cada minuto más negras)

…En vez de encausar la vida, como corresponde,
y dar el gran salto, solo atinabas a ajustar el entrecejo.
Oportunidades tenías. La Bienal de Rio de Janeiro fue
una de ellas. Pero tú continuastes mirando la vida con
antigua mirada, sin considerar que el arte
cotidianamente debe enriquecer sus dones. Algo más
grave: Me forzabas para dispensarte y te brinde
inmerecidos elogios. Palabras altisonantes. Olvidando
que se trata de vivir realmente y no tan solo de
subsistir.

(El cuerpo de César se contrajo acompañado de menudos escalofríos )

Fue entonces la insensibilidad y el tiempo quienes te
derrotaron. por eso tiemblas como una hoja al descubrir
alguna nueva vejez en tu rostro; y ni siquiera tuviste valor
de celebrar un pacto con Lucifer…

Como el azar y la necesidad no descansan, aconteció algo singular. César Morán cerró los ojos con toda la fuerza acumulada en sus músculos faciales y vio en su conciencia deambular una imagen vidriada de luz. Incrédulo abrió los ojos y observó su rostro en el espejo que sonriendo le devolvía su mirada, permitiéndole enlazar con la mirada del ADIVINADOR…

(Hasta el próximo domingo, amigo lector).

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