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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

lunes, 8 de mayo de 2017

(Suplemento literario de conciencia crítica) EL APREMIO DE LA PÁGINA EN BLANCO

Por Mario Peláez Bazán

Quién podría dudar que la Luna Llena es patrimonio de los enamorados, pensó el escritor Nicanor Roca, y agregó moviendo los labios, los científicos le llaman luna llena pero los poetas prefieren tutearla por el musical seudónimo de Plenilunio. Luna lunera que no solo proyecta una hermosa luz plateada sino también misteriosa sensualidad. Sería difícil entender la pasión de Romeo y Julieta sin la complicidad de la luna…
 
- Albricias bella luna – dijo eufórico el escritor tomando las palabras de su padre cuando miraba el cielo de Chaclacayo. El corredor que conduce a la habitación tenía losetas rotas, aquí y allá. En el aposento donde lee y escribe hay un sillón más un escritorio imitación Luis XV que antaño fue de su abuelo Julián, luego de su padre Eusebio. En el escritorio reposan una ruma de hojas de papel en blanco, libros de todos los pareceres: novelas, ensayos, poesía; lapiceros; una impávida computadora, numerosas fichas con anotaciones de la nonata novela y un vaso con agua. El escritor tomó asiento, cogió una ficha que leyó mentalmente, “muchas veces la risa y la propia carcajada esconden melancolías”, dejó la ficha para coger otra que leyó a media voz, “Josefina tiene varios apellidos si sumamos los de su difunto esposo, pero a ella se la conocía simplemente como Josefina. Finalmente atenazó varias fichas a la vez como desafiando a las imágenes y las palabras. Se puso de pié, estiró los brazos apuntando a la luna, sacó conejos de los dejos y contrajo el entrecejo. 

Listo, listo a empezar la jornada –dijo el escritor que abrazó el lapicero con la mano izquierda, él era zurdo, lanzó una mirada retadora a la hoja de papel en blanco que reposaba a unos centímetros de su mentón. No obstante algo inesperado sucedió, un grupo de chicos paseaban por la acera de su casa riendo y gritando. Un bullicio repleto de ausencia. Entonces emergió desde el fondo de su corazón el recuerdo de su hijo Ernesto que murió en un accidente cuando apenas tenía catorce años; en estos casos el cariño siempre derrota al olvido. En consecuencia, las imágenes de la novela en ciernes fugaban una a una; su imaginación dejó de borbotear, ya no había coordinación con su memoria.

-Ya, ya tengo las palabras precisas- dijo gritando. Los escritores saben de la importancia de las primeras frases en la novela. En este caso debo hacerlo con el mundo interior de Josefina, viuda de 38 años, con su contumaz relación con el espejo de cuerpo entero emplazado en su dormitorio, ya saturado de sus miradas, pero no para dar la bienvenida a su rostro de agobiante sensualidad, pero no de la habitual, a sus turgentes senos, a sus bien arraigadas y culposas nalgas que al caminar privilegiaba un lenguaje lascivo de ondulaciones, muecas y guiños cómplices. Pero no. Josefina rescataba del espejo lo que acontecía en los abismos de su ser y que se refractan a la realidad. Entonces el escritor escuchó en su propia voz las palabras de Josefina maldiciendo al espejo. Ella, se dijo el escritor, es una mujer que se refugia en el pasado, pero con un cuerpo presente que no cesa de latir, que no convive con prisas eróticas sino con sentimientos amorosos.

-No, no– volvió a increparse el escritor, así estaría malversando el mundo interior de Josefina. Requiero de sutiles ambigüedades, y agregó, mejor abordo su pasión por el poeta Charles Baudelaire, cuyo libro “Las flores del mal” es como su segunda almohada. No, tampoco es pertinente empezar por aquí, chilló el escritor. De súbito se puso de pié, retiró hacia atrás el sillón, se frotó el cuello, cambió la hoja de papel en blanco por otra hoja de papel en blanco, encrespó la mirada y sintió una ráfaga de pequeños mareos, finalmente tomó asiento agarrándose con fuerza en los márgenes del escritorio, bebió medio vaso de agua; entonces afloró una indecisa tranquilidad y miró a la hoja en blanco con enlodada vocación.

Mejor abordo a Roberto, amante empedernido, al menos así lo definí semanas atrás, dijo el escritor, pero nuevamente su mente se nubló. Sintió filudos escalofríos que podaban malamente su concentración. Su cuerpo estaba empapado de sudor. Cerró los ojos con fuerza, sintió que la fiebre escalaba. Con esfuerzo volvió a tomar agua; y esperó y esperó que vuelva la calma. Pero no, todo seguía confuso, percibía las cosas como si levitasen y él mismo como sonámbulo. Mejor, pensó a duras penas, ausculto la personalidad del narrador: si narrador omnisciente o narrador personaje, también sobre los vaivenes del tiempo. Empero el escritor sintió que se ahogaba y gritó con lo que le quedaba en los pulmones.

-A la mierda con las técnicas narrativas. Su rostro estaba entumecido, sintió un vacío insobornable. Con desesperación buscaba alguna abstracción con que defender su mente. Creyó ver que la luna entristecía, se encogía, y la hoja de papel en blanco se refundía, con suprema ironía, en la ruma de sus semejantes. Se puso de pie temblando, giró en redondo, y en el umbral de la habitación se percató que Josefina recitaba a viva voz un poema de Baudelaire: “¿Vienes del cielo profundo o sales del abismo, oh belleza?”.

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