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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 21 de octubre de 2016

Publicaciones: revista Fuscán número 17, Celendín, pueblo, paisaje, hombre.

Celendín, 21 de octubre de 2016.- Continuando con las publicaciones de artículos que salieran en la revista Fuscán, tenemos el honor de copiar un artículo del profesor Daniel Quiroz Amayo, un luchador incansable, defensor de Derechos Humanos en nuestra provincia. El texto salió en Fuscán número 17 de 2010. 



CELENDÍN, PUEBLO, PAISAJE, HOMBRE

Por Daniel Quiroz Amayo

CELENDÍN PUEBLO. Celendín es sencillamente una perla enclavada en los Andes, nacida al conjuro de las contingencias históricas y de la benignidad del clima, es, místicamente hablando, un eden encantado donde la miseria es poesía y la vida piadosa oración. Celendín emerge de una profunda tradición mochica hecha carne y tierra en el valle diáfano.

Dimana del mestizaje  violento, de la colonización incaica hecha sangre y gloria, también de la bienaventurada política colonial española que se nutre de un humanismo cristiano depurado, nunca entendido por colonos y encomenderos. El pueblo es sucedáneo y fruto de esas contingencias que dieron a su ser: alma y razón de su existencia. El pueblo, racialmente, es una mezcla de judíos apátridas que se encaminaron a este lugar del mundo, en aquella peregrinación incesante que es la díasporam designio divino, consecuente de la adversión a la profética visión de Cristo.

Los judíos aquí establecidos recibieron el perdón de la Corona Española, fundando una Villa con el auspicio de Baltazar Jaime Martinez de Compañón, obispo de Trujillo, quien echó las bases de la Villa Amalia de Celendín, integrándose luego a las escasas familias españolas de lña comarca.

Mochicas, indios, judíos y españoles han dado fisonomía racial al pueblo, en el que no escasean cientos de narices judaicas, apellidos españoles, portugueses de origen judío, tradiciones quechuas y la imborrable huella de la toponimia mochica que es lo que pasma y admira, porque los incas no fueron capaces de borrarla, Celendín palabra derivada del mochica Chilindrín.

EL PAISAJE. Impotente en escencia, colinas suaves y arroyos cristalinos configurados en el lecho de una gran laguna cuyos vestigios subsisten, dan a la planicie y un perfil gravoso y pintoresco, su cerro levantino, erosionado y carcomido custodia la entrada al Marañón, dándole al valle un destino  mesiánico.

Esta belleza está engalanada con lo benigno del clima, que en verano es lluvioso primaveral y en invierno es seco y otoñal, aparte de la diafanidad del cielo, sus noches estrelladas y de luna llena, sus vientos suaves y refrescantes, rápidos en agosto imitando la presteza de las manos celendinas en el tejido del sombrero o en moldear las humitas del fresco maíz.

EL HOMBRE. En todas partes del mundo, el hombre no es más que la perpetración de la vida a través del tiempo y el espacio; es la cristalización de la vida, con ciertas características que hacen del celendino un ser agradable y digno de aprecio. El poeta Julio Garrido Malaver ha descrito la trascendencia y dimensión del hombre de estas tierras, con esa vocación metafísica y trascendente.

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