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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

sábado, 25 de junio de 2016

Narrativa: LA NIÑA QUE QUISO HACER DE “CIRUJANA” y EL AHORCAMIENTO (Cuentos)

Autor. Virgileo LEETRIGAL


Amó al hombre; lo amó como nunca antes le había sucedido. Fue la primera vez que así se enamoró; y lejos de ser correspondida, fue abandonada con su pequeña.

Abnegada como solo era ella, lavaba y planchaba las ropas de familias amigas, para sobrevivir. La vida era muy cruel con ella; pero, pese a eso, jamás perdió el optimismo ni la fe, menos la esperanza. Convirtió a su hija en su razón fundamental para vivir y luchar.

La niña; a sus tres añitos y meses, era muy inquieta, audaz e inteligente. Armaba los rompecabezas más difíciles; los que hallaba en las casas de los empleadores de su mamá. Recordaba y mencionaba, de memoria, ciudades capitales y presidentes de casi todos los países del orbe; también de las veinticuatro regiones de su país. A la vez, y cómo es lógico, era muy inocente y angelical.

La primera vez que la niña llegó a los brazos de su abuela materna; entre absorta, sorprendida y cavilante; miraba y remiraba su rostro longevo y arrugado. Sí, tan arrugado como una pasa. Su curiosidad se acrecentaba como querer averiguar y hallar la explicación a todo, en ese instante. Con sus frágiles manitas frotaba las mejillas de la anciana, estiraba su piel como agrandando su boca, y observaba en silencio… Impotente, comprobaba que, ante todos sus esfuerzos, la piel siempre recobraba su estado inicial. Así, de inmediato, morían sus inquietantes deseos.

Finalmente, a la par que hacía esfuerzos para escurrirse de los brazos de la anciana, habló y dijo: «suéltame abuelita, traeré la plancha y dejaré a tu carita planchadita y bonita…».


Lima, 03 de marzo del 2010


EL AHORCAMIENTO

Él recorría la amplitud libre de su casa entonando un huayno del trío «Los Errantes...»: «Lloraré en silencio negra, hecho pedazos mi amor herido…». Una mujer indignada, que para colmo se llamaba Digna, la interrumpió gritando:

—¡Victorianooo!

—¡Buenooo! —respondió él.

—¡Acércate!, mira esto —reclamó la mujer— agitando con su diestra, unas hilachas retorcidas. 

Ante la crispación de la mujer, Victoriano se acercó al cerco alambrado de colindancia. 

— ¿Qués eso? —preguntó.

—Lo que tu perro Feñipo dejó, luego de comerse las riendas de mi caballo —dijo la mujer malhumorada—. Ahistán, ojalá a vos te sirvan. A mí ya no —agregó, arrojándole el rollo de hilachas casi por la cara. 

— ¡Carajo! ¿Qué tiahace pensar que mi perro, hizo este perjuicio? —preguntó Victoriano, recogiendo las hilachas.

—Primero, carajéalo a tu mujer. Segundo, tu perro es el único animal mañoso desta comunidá, porque no le das de comer —contestó Digna.

— ¡Yo soy hombre de trabajo!, puedo mantener por años toda esta comunidad, y ¿no voy a poder mantener un perro?, !No jodas! —replicó Victoriano, muy alterado. 

—Cuando nuhay nadie en tu casa, no come; mira lo flaco questá. Hambriento entra hasta las cocinas de los vecinos —retrucó Digna—. Así sacó las riendas de mi casa porque el cuero se mojó con la lluvia. 

—Yo nunca consiento descréditos en mi casa, si mi perro sia vuelto mañoso y come cuero mojao como dices, hoy mesmo muere. ¡Muerto el perro siacabó la maña! Lohorcaré con estos mesmos puchos que dejó, luego arreglamos el daño —sentenció Victoriano; esta vez, agitando él las hilachas. 

Victoriano llamó a Rolando, su primogénito de siete años. El niño Salió del interior de la casa, simulando no haber escuchado la discusión. Sabía que a su padre, le molestaba que los niños escuchen conversaciones o discusiones de mayores.

—Buenos días papá —dijo el niño timorato.

—No son buenos —contestó el padre enfadado—. ¡Este yastá jodido!... ¡Búscalo y tráemelo al Feñipo! 

—! Ya papá! —obedeció Rolando.

— ¡Pero pronto! —bramó Victoriano.

Rolando desapareció raudo, y detrás de la casa, gritó: ¡Feñipoooo!, ¡to, too, toooo!. El perro apareció, cabizbajo, por la esquina del cuyero; y moviendo su cola, se le acercó. 

— ¡Vamos Feñipo! Tenemos problemas —dijo entristecido—. Comiste riendas de caballo ajeno. Luego, le cogió las patas delanteras y lo jaló, como un obrero a una carretilla vacía. El can anduvo quejándose tras el niño. Victoriano impaciente y enfurecido esperaba. Las hilachas de cuero que portaba, ya tenían preparado un lazo en uno de sus extremos. Apenas se cruzaron miradas, el niño sintió que Feñipo ofrecía resistencia: clavaba sus patas traseras en el terreno herboso y sus quejidos se intensificaron. “Cierto, es culpable, pero ojalá pueda salvarlo”, pensó. 

—Aquí está papá. Por favor solo castígalo —suplicó.

—! Agárralo! mientras lo amarro —ordenó Victoriano, ignorando la súplica.

— ¡Ya papá! —obedeció Rolando, sumiso. 

Victoriano no se condolió. Pasó el lazo corredizo por la cabeza de Feñipo y le ajustó el cuello. Feñipo hacía resistencia plantando sus patas y moviéndose en ademán de zafarse del lazo; gritaba y gruñía como amenazando morder. Victoriano se enfadaba más ante la reacción del can, y con fuertes tirones, lo puso bajo las ramas del viejo sauco. Lo sujetó con furia y lanzó, por sobre la rama más gruesa, el rollo de las tiras de cuero. 

— ¡Papá, no lo ahorques!, Geito llorará si Feñipo muere —imploró Rolando. 

— ¡Ándate a la cocina! —ordenó Victoriano, clavándole una mirada hosca—. El niño asustado corrió hacia allá. Juliana, su madre, llorosa, lo abrazó, tapándole ojos y oídos. Ella, que conocía el temperamento de su marido, dijo: «No podemos hacer nada hijito. Nos castigará si intervenimos».

Victoriano cogió la cuerda pasante y la tensionó contra la resistencia del perro. Una por una, sus patas, se desprendieron del suelo hasta quedar colgado. Ya en el aire, su cuerpo contorsionaba, en un intento instintivo de evitar el ajuste fatal; pero sus movimientos, más bien, lo aceleraron. Poco a poco disminuía el movimiento de sus patas en el estertor de la muerte, hasta que exhaló un corto y lastimero quejido y el cuerpo dejó de contorsionar, moviéndose solo por inercia. Victoriano lo dio por muerto, soltó la cuerda y el cuerpo laxo e inerte del perro bajó en caída libre. Iracundo, se acercó y le pateó las quijadas. «¡Esto lo merecías por mañoso!», dijo con desprecio. Luego llamó otra vez a Rolando.

—Me lavaré, desayunaré, e iré a trabajar. Vos llevas a este mañoso ya muerto a botarlo de «La Conga» patrás ¿Entendido? —Ordenó el padre—. Ahí será comida de los shingos (gallinazos).

—Papá, solito no puedo arrastrarlo —observó el niño. 

—Despierta a tu hermana para que te ayude —ordenó de modo categórico, el padre. 

Rolando fue a despertar a Georgina, su hermanita de cinco años:

— ¡Geo!, ¡Geíto! ¡Despierta! —dijo. Georgina despertó y preguntó:

— ¿Qué pasa?

—! Feñipo murió!, respondió Rolando

—¿Cómo?, !No puede ser! —exclamó sorprendida.

—La tía Digna lo acusó que comió las riendas de su caballo. Papá ya lo ahorcó, está muerto al pie del sauco, y ordenó que lo botemos de «La Conga» patrás —informó Rolando.
 
— ¡Pucha! —pronunció ella. Su rostro alegre se transformó e irrumpió en llanto silencioso. Se levantó, se vistió, cogió su sombrero albo de paja toquilla, y salió presurosa tras su hermano. En el herbazal yacía Feñipo: tumbado, laxo y con los ojos inmóviles.

Rolando jaló de la cuerda intentando moverlo.

— ¡Noooo!, !De su pescuezo noooooo! —gritó Georgina, intensificando su llanto... Luego, le arrebató la cuerda a su hermano, retiró el lazo del cuello del can, y lo colocó detrás de sus patas delanteras. 

—! Aura sí! —dijo la mandona niña—. Ambos, inclinaron sus cuerpos frágiles hacia adelante y jalaron, arrastrando al cadáver hasta una bifurcación del camino. Rolando quiso ir por el sendero terroso, Georgina protestó:

— ¡Puaray noooo! ¡Pobres sus costillas! Lo llevaremos puel pasto de la escuela. 


Detrás del Centro Educativo, y ya sin visibilidad hacia la casa, la niña ordenó: 

— ¡Descansemos aquí!—. Y, recordó que meses atrás, vio en el pueblo, un especial triunfo de la vida sobre la muerte: Fue el último domingo de los carnavales. La gente se aglomeraba, en círculo, alrededor de una gallina o gallo enterrado, con su sola cabeza al aire libre. Luego un intercambiable personaje vendado, daba tres varazos en busca de golpear la cabeza del ave. El que acertaba y lo mataba, tenía derecho, a sola firma, a llevárselo para comérselo, a condición de que el próximo año devuelva dos. Así era la costumbre de la muerte de los gallos para los lugareños. La niña recordó que vio el caso especial de un gallo que, al primer varazo de un participante, saltó del hoyo, dio dos saltos más en campo abierto y quedó con su cuerpo vibrando y moribundo. Un hombre que hacía de Juez, lo cogió de las patas, lo miró y dio por muerto. La esposa del participante, tapó con su sombrero la cabeza del gallo y tamboreó con sus dedos en la copa, como animándolo a revivir, y el gallo revivió. Georgina había quedado impresionada por aquel suceso. 

Ahora ella estaba junto a su perro y se preguntaba: ¿funcionará con él? Acariciándole el lomo, balbuceó así:

—Vos eres más juerte quiun gallo, Feñipito. ¡Vamos! ¡güelve! ¡Vive! Puso su sombrero sobre la cabeza del can inerte, y luego lo golpeó en la copa, tal como vio hacer a la mujer que revivió al gallo. 

— ¡No nos dejes Feñipito! ¡Lucha por tu vida! —pronunciaba, apenada y concentrada. 

Un momento después, Rolando vio que Feñipo movió una de sus patas traseras, luego, las dos. Después todo su cuerpo convulsionó como al eructar o hipar. ! Vaya!, pensó.

— ¡Geo!, ¡Geito! ¡Feñipo se movió! —dijo eufórico.

— ¡Shhhit! —pronunció la niña, cruzándose el índice con la boca. Quitó el sombrero y ¡Oh sorpresa!: Feñipo pestañeaba.

— ¡Vivió! ¡Vivió! —gritó Rolando eufórico, cerrando sus puños y dando saltitos de emoción. Sus ojos humedecidos brillaban.

— ¡Feñipito!, ¡Volviste! ¡Sabía que vos podías! —dijo emocionadísima Georgina, frotándole la cabeza. 

Feñipo veía a los niños como sombras móviles en un paisaje nublado. Sentía que lo acariciaban y él correspondía moviendo su cola y pestañeando. Rolando quiso ayudarlo a pararse, pero Georgina le prohibió, indicándole que debían alejarse. Desde nueva y cercana ubicación, llamó al resucitado perro; Este se paró, flaqueó un poco y rengueando caminó hacia ellos. Georgina indicó vigilancia al perro; mientras ella, corrió hasta un manantial cercano, regresó con su sombrero rebozando de agua y se la ofreció a Feñipo. El can resucitado bebió. 

— ¡Eso es Feñipito!— lo animó Georgina—. L´agua tihará mucho bien. 

Feñipo recuperado se apartó de los niños, perdiéndose tras una loma; fue con dirección al camino ancho, por el que podía regresar a casa, o alejarse al este, hacia Vigasmayo. «Seguro irá a casa», dijo Rolando, al perderlo de vista. 

Al momento, Victoriano apareció por la calle principal que atraviesa un pequeño campo deportivo de la comunidad. Al ver a sus niños junto al centro educativo, preguntó:

— ¿Ya lo botaron al mañoso ese? 

— ¡Sí papá¡ —mintió la niña, mostrándose muy segura.

—Entonces regresen. Su mamá está esperándolos con su desayuno —ordenó Victoriano, reanudando su marcha. 

Juliana, crédula y cómplice a la vez, escuchó lo que sus hijos narraron. Pero el resucitado Feñipo no regresó a casa. 

Pasó buen tiempo. Y un día, madre e hijos hablaron de Feñipo:

—Quizás vuelva algún día, si no enfermó y murió —dijo Juliana.

—Feñipo ingrato se largó, sabe Dios a dónde —apuntó Rolando.

—Volverá —dijo la niña—. Cuando papá quiera perdonale, volverá... 

Victoriano, por su lado, ordenó que nunca más se criara perros en casa: ¡No quiero volverme mataperro por segunda vez!, decía con autoridad. 

Un día de febrero, los niños pastaban sus ovejas en la estancia llamada «Plato de oro», a un kilómetro al este de la comunidad. La tremenda y grata sorpresa fue que Feñipo reapareció allí: lo hizo corriendo hacia ellos, pasó por entre el rebaño, asustándolo y dispersándolo. El can estiraba su cabeza hacia delante, achicaba sus orejas; pestañeaba y agitaba su cola.

—¡No lo puedo creer!, ¡Es Feñipo!, ¡Feñipito! —lloraba sorprendida y emocionada Georgina, abrazándolo y acariciándolo.

—¡Feñipo! ¡Te extrañamos!, ¡Más de dos años sin verte!, ¡Qué lindo que volviste! —dijo Rolando, imitando a su hermana. 

Feñipo lucía saludable, fuerte y con su pelaje brilloso. Se mostró muy contento por encontrarse con quienes le salvaron la vida. Cuando ellos lo abrazaban y lo acariciaban, él se paraba en dos patas, y les correspondía agitando más su cola, gimiendo y lamiéndoles sus rostros al uno y al otro. Pasada la euforia, el perro se sentaba, olfateaba y miraba inquieto hacia el horizonte. Se quejaba mostrándose cada vez más intranquilo. Los niños pensaron que Feñipo ya había olvidado el trauma de su ahorcamiento y tenía prisa por llegar a casa. Y lo dejaron partir, esperanzados en que más tarde lo encontrarían allí. 

Cuando el sol se ocultaba, y la sombra de los cerros cubría por completo las casas aisladas de la comunidad, los niños llegaron a la suya, arriando al rebaño. Instantes después, Rolando llamaba con vehemencia: ¡Feñipoooo! ¡Feñipooooo! ¡To, too, toooo! Entristecido, miró la esquina del cuyero, por dónde tiempo atrás, apareció Feñipo para enfrentar a la muerte. Le extrañó que ahora no lo hiciera para seguir viviendo. Entonces, la duda empezó a martillarle la cabeza y se dijo: ¿sería realmente Feñipo el que vimos hoy?, o ¿solo fue su alma feliz y agradecida?


Cajamarca, 21 de agosto del 2011

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