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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

martes, 19 de abril de 2016

Narrativa: Estigma (Homenaje a los ronderos de Yagén, Celendín)

Por Palujo.

Algunos, sudorosos, cayeron más que se sentaron, quedando, por unos instantes, en diferentes posiciones; luego, con el pecho agitado, iniciaron una densa conversación. Unos hablaban de sus experiencias en la lucha; otros, los más nuevos, de su admiración e identificación con lo sucedido hace pocos años. Conversaban como queriendo ahorrar palabras. Hasta los labios los movían despacio y sus gargantas ansiaban tragar agua; pero, en realidad, sólo alcanzaban apenas a aspirar las cálidas brisas de aire que brotaban de lo más hondo del valle, y unas que otras gotas de sudor que rodaban por sus rostros.

—¡Carajo! —decía uno—, no dejaremos que ingresen a nuestro territorio a los que quieren adueñarse de él, expulsándonos. Eso hacemos y eso haremos siempre con nuestras manos blancas, sin metrallas, ni fusiles, ni disparos.

—Asesinaron a uno de nuestros compas. ¿A tanto llega su ambición? 

—Se aseguraron de eliminarlo, ¡carajo!.

En el silencio...toc... toc... toc sonaba, agudo y fuerte, el filudo chufrán al golpear el metálico borde que adornaba el poro cargado de polvo calcáreo, mágico catalizador.

—Dicen que estaba en un tira y afloja con los del otro bando…

—¿Sí? Y quién dice eso, ¿ah?

—Los del otro bando.

—No compañeros. A nuestro compa le sucede igual que a nuestra hoja sagrada, a nuestra coca. ¿Qué dicen los del gobierno? ¿Qué publican sus periódicos? ¿No nos relacionan con el narcotráfico? ¿Acaso alguno de nosotros estuvo detenido o acusado por eso? ¡Nunca! Desde nuestros ancestros, ¡nunca! Nuestra coca es sagrada, es nuestro sustento, nuestra medicina, nuestra resistencia. No podemos utilizarla para el mal. Pero así mienten, para convertirnos en delincuentes.

—Si compañero, tiene usted razón. Cobardemente lo emboscaron tres criminales contratados por poderosos intereses, y murió luchando como el mismo lo dijo el día anterior a que lo asesinarán cuando juramentó como alcalde delegado: ¡Los que luchan, nunca mueren, carajo!

Mirándose a los ojos hablaban de algo que los incomodaba, pero tenían que hacerlo. No podían quedarse mudos, como si no hubiese pasado nada. Era algo muy delicado lo que se rumoraba, pero nadie se atrevía a tocar el tema directamente. Historias rejodidas. Es nuestro querido pueblo, nuestro río, y aquí no hay tiras y aflojes. No me vengan con huevadas, con dudas, ¡carajo!

—Lo acribillaron de ocho balazos ¿No comprenden? Se dirigía a su casa, luego de jurar defender nuestra bandera. No fue ningún traidor. Fue valiente, desafió, como todo el pueblo, a la bestia. Eso es lo que pasó, ¡carajo! …

—¿Saben qué es lo que el gobierno y estos delincuentes buscan? Aparte de amedrentarnos, es la desunión, la desconfianza, el celo y el recelo para dividirnos; ¡Que peleemos entre nosotros y nos saquemos la mierda! ¿Lo entienden?

—Ya lo saben, ¡carajo! —aseveró Pancho, escupiendo y pateando el suelo —. Aquí, en esta tierra, no hay tiras y aflojes, ¡carajo! Es nuestra vida. Queremos vivir en paz, tranquilos y felices, como lo hicieron nuestros abuelos.

—Pancho —dijo el que no intervenía mucho dirigiéndose al más alto, al que parecía estar al mando, al que daba las explicaciones—. La gente está cansada, muerta. No hay ningún rastro por esta zona; además, si son extraños, no se van a poder ir de ninguna manera. Las Rondas lo controlamos todo. Sean de la Odebrecht o cualquier intruso, no podrán, ¡jamás!, meterse sin nuestro consentimiento. Para eso se crearon, ¡carajo! Combatir el abigeato, el robo, y ahora para defender el medio ambiente y nuestro río Marañón.

—Está bien —respondió el que daba las explicaciones—. Regresaremos mañana, lo peinaremos todo.

Era su última Ronda del día. A Yagén lo tragaba la oscuridad. Un silencio comprendedor formado por ruidos amistosos, se abrió paso: el rozar de zapatillas y llanques que otra vez pisaban fuerte el suelo y derrumbaban piedrecillas al abismo, el jadear de pechos y la firmeza de la voz que ordenó regresar, hizo que recién sintieran el aire fresco de la tarde, y que se disipara el estigma de la duda que los atormentaba.

Toc... Toc... Toc...

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