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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 10 de febrero de 2016

LA IZQUIERDA PERUANA: DESILUSIÓN DEL PRESENTE, PERO LA LUCHA SIGUE

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1.          La esperanza que tenía en la izquierda una franja progresista  de la población, importante también electoralmente, ha sido defraudada con el lamentable espectáculo de la división. La unidad no sólo significaba una concentración de bases sociales, un programa, una sola plancha electoral y,  sobre todo, un gran aliento moral después de décadas de desesperanza, que  la hubiera puesto en mejores condiciones para enfrentar a la derecha y resistir el corrosivo modelo económico y político que está destruyendo el país; sino que habría configurado también una izquierda con mayor control, por contrapeso, contra posibles traiciones o conciliaciones (situación muy probable, pues las izquierdas en los tiempos del neoliberalismo –aún más en nuestro país- han debilitado sus convicciones revolucionarias y, en varios casos notorios, son dependientes de oenegés).

   La izquierda ha vuelto a carecer de grandeza. Pero ahora la mezquindad y las ambiciones personalistas, han sido más escandalosas que antes por el pragmatismo dominante y el abandono de los paradigmas. 

   Esta fragmentación deja en más libertad esas debilidades ideológicas. El Frente Amplio, de Verónika Mendoza, plantea reajustes puntuales sin un norte político  coherente de ruptura antineoliberal  (1) y, con respecto al tema regional, no tiene la visión histórica de reconocer la trascendencia mundial de los procesos revolucionarios bolivarianos e identificarse con ellos, insurgencias latinoamericanas que son referencia incluso para las izquierdas europeas como Syriza y Podemos que los consideran procesos reales de ruptura antineoliberal y autonomía política con respecto a EUUU. O acaso el Frente Amplio está más cerca de la “defensa de la democracia” que marca este último.

   Se podría hasta decir que la piedra de toque para distinguir una izquierda con proyección de cambio de otra alineada al sistema es la postura ante el proceso bolivariano, de ahí que la derecha conmina con afán a que sus líderes se pronuncien condenándolo,  tomando el caso de la “dictadura de Maduro” en Venezuela, cuando lo que vemos ahí es una encarnizada lucha de clases donde el Imperio apoya con desenfado a la reacción oligárquica y burguesa.

2.          De manera que la división ha sido un suicidio para la izquierda, tanto en lo que respecta a  sus posibilidades electorales (quizás sólo Gregorio Santos pueda remontar, pues  simboliza la lucha campesina y popular contra la agresión de la gran minería y el extractivismo), como en lo que respecta a sus posibilidades de crecimiento ideológico, así como organizacional y político. El costo a pagar  será alto gracias a esta atomización fruto de la pequeñez personal y la mediocridad política.
   Esta cortedad de mira y esta mezquindad han sido potenciados, no nos cansaremos de decir, por las debilidades ideológicas, porque si algo traumático ha logrado el capitalismo lapidario de la época actual ha sido arrancarnos el ideario por un mundo distinto, el ideario socialista. El temor decisivo a este ideario hace que  la derecha liberal abogue tan preocupadamente por una izquierda que “supere” el  “viejo discurso anticapitalista y antiimperialista que no gana elecciones… ”, tal como recomendaba el politólogo Steven Levitsky; cuando precisamente  el discurso anticapitalista y antiimperialista –el de Chávez, Correa, Evo, o hasta el de los Kirchner- fue el que “ganó elecciones” y derrocó a los gobiernos neoliberales del momento.

3.          Dadas así las cosas, con una izquierda mediocre que ha contribuido a que la lucha electoral sea un terreno estéril para su fortalecimiento, no por eso debe darse paso al derrotismo, pues el conflicto social y las esperanzas en un cambio de formas de existencia, son de carácter mundial. Debemos continuar aquí la lucha política e ideológica por la construcción de una izquierda que responda a las necesidades de los tiempos. Hacer un balance de por qué hemos llegado a estos extremos de debilidad; somos hace décadas la izquierda más precaria de Latinoamérica. Esto tiene que ver con la experiencia política vivida en los 80, el fundamentalismo -antípoda del pensamiento de Mariátegui y del marxismo de los clásicos-, cuyos métodos terroristas (violencia que se dirigió –como no había ocurrido con ninguna insurgencia latinoamericana- contra sectores de la propia izquierda y hasta a población civil y campesina) contribuyeron a crear anticuerpos contra el pensamiento y las luchas revolucionarias, contra la ideología socialista, como en ninguna otra parte de Sudamérica (2), y dio sostén a la derecha neoliberal (al fujimorismo) para legitimarse políticamente, al extremo que el neoliberalismo ha continuado aquí impasible, y el fujimorismo, expresión política del neoliberalismo peruano, sigue teniendo un increíble respaldo popular hasta hoy (3).

   Todo esto nos lleva a la reflexión definitiva y de fondo, ¿es equívoca o anacrónica en sus fundamentos la  ideología revolucionaria del socialismo o el marxismo, o no lo es sino que ha sufrido periodos de retroceso por condicionamientos históricos y/o por desviaciones de  conducción (en nuestro caso después de la labor creadora y fundacional del Amauta José Carlos Mariátegui)?
Los que se han plegado al primer enunciado, que el socialismo es un equívoco ideológico e histórico, que ya no debe servir como referencia para las luchas sociales, han caído en la trampa del capitalismo neoliberal y han debilitado la lucha de los pueblos. Los que mantienen la convicción de que los fundamentos del socialismo histórico son irrebatibles y cada día el capitalismo terminal le da la razón a Marx, abogan por los principios y retoman, como determinante, el espíritu creador de los fundadores del socialismo: éstos son los que han producido los verdaderos cambios, así ha sido en Latinoamérica, como ya mencionamos, con los procesos revolucionarios bolivarianos.

                                                                                                Arturo Bolívar Barreto, Febrero 2016
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NOTAS
(1)     Con respecto al “antineoliberalismo” del Frente Amplio, Hugo Blanco recordaba que en el Congreso de esta organización, donde “Extrañamente sólo se votó el nombramiento de Marco Arana como candidato a la primera vicepresidencia”,  “Dijeron que el Frente amplio se declara antineoliberal no anticapitalista, no aclaran qué otra forma de capitalismo puede existir ahora.”
El neoliberalismo o “capitalismo salvaje” es la forma que adopta el capitalismo decadente de esta época, y por eso no se puede ser antineoliberal sin ser anticapitalista, sin ser socialista. Pero el pragmatismo también ha infestado las concepciones sociales, Marco Arana dice que “En mi opinión quienes construyen los procesos de transformación profunda son las luchas de los pueblos… ”. Una verdad que al excluir las ideologías, los idearios históricos, es una verdad a medias, es sofisma. La lucha social lo decide todo en sí misma, no hay disputa ideológica, no  la guía ninguna experiencia histórica o ninguna teoría de Estado. Respeto tu convicción socialista, le dice Marco Arana a Hugo Blanco, “yo comparto ese sueño, esa utopía… solo que comulgamos más cuando nos estamos encontrando sólo en el campo del movimiento social”,  porque “más que por una ideología” las luchas sociales son guiados –da a entender ese rasgo Marco Arana- por  la “pasión”, por el “amor”. (Ver la carta de respuesta de Marco Arana a Hugo Blanco, diciembre 2015). No comprende el aporte genial del marxismo que da unidad –gracias a las condiciones actuales- a lo que antes estaba fracturado, alienado: pasión y razón, utopía y realidad, sueños y  posibilidades concretas, amor y socialismo.
(2)     Más allá de la dura represión al  movimiento popular y a las guerrillas de los años 60 y 70, y a su derrota, en varias partes de Sudamérica, la ideología revolucionaria no quedó tan magullada, de manera que las luchas y el pensamiento de rebelión resurgieron para tomar el poder ante la crisis de los gobiernos neoliberales de fines de los 90; igualmente los guerrilleros fueron vencidos y, más allá de limitaciones políticas que pueden discutirse, el prestigio de combatientes por causas justas se mantuvo indemne ante los ojos del pueblo, al tal punto que un ex guerrillero, José Mujica, fue elegido a la presidencia en el Uruguay.

(3)     Una de las causas de este respaldo popular, alimentado por los medios de prensa, utilizado por la derecha, es precisamente el temor al terrorismo, la gente dice “Fujimori derrotó el terrorismo”, “nos libró del terrorismo”.



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