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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 4 de junio de 2014

Narrativa: Alfredo Pita, La noche anterior (cuento)


Van a tener que convertirse en conejos, dijo el Coyote, y estuve a punto de sonreír, intentando una cierta complicidad, pero apenas si pude hacer una mueca. Larisa me miró y el miedo que bailaba en sus ojos me puso más nervioso todavía. Dejé de mirarla pero supe que en ella seguía viva la pregunta, las mil preguntas. Entendía algo de español, casi lo había olvidado. Estaba cansada, mi chica, mi Diévushka. Parecía fresca, fuerte, pero yo la conocía bien. Estaba linda y, a la vez, estaba agotada. Llevaba dos días viajando, ¡y en qué condiciones! Y la cosa no había terminado aún, nos esperaba lo que nos esperaba. Por un instante odié a ese tipo. Era mi salvación, nuestra salvación, pero era también un peligro, una amenaza. Lo necesitábamos, no cabía duda. Le sonreí.

Larisa miraba la escena sin decir nada. Luego, cuando el tipo se fuera, tal vez se lo explicaría todo. No sabía cómo. El niño se había despertado alegre. Da, da, da, decía, como aprobando. Su madre lo cubrió, pero él movía los brazos, la cabeza, observaba ese lugar extraño, las paredes mezquinas de ese hotelucho. Larisa le alcanzó un osito de plástico y le acarició la frente. Entonces, esforzándose por disipar su tristeza, me miró. ¿Qué pasa, mi amor? Me salió una risa forzada que me avergonzó. En ese momento el tipo se puso a mirarla con atención. ¿Qué habla, ah?, parece gachupín, pero suena más raro todavía. Es belga, dije. No quise decirle que era ruso. El hombre la miraba con sus ojos saltones, llorosos, jugando siempre con su palillo de fósforo. No seas tan pendejo, amigo, pensé. No asustes a mi mujer, que eso no está en el trato. El hombre se frotó los labios con el fósforo como reprimiendo una frase. Bueno, ¿cómo es el asunto?, dije, pero él seguía mirándola, evaluando seguramente lo linda que era.

Pensé que a él o a cualquier otro que se acercase a Larisa para hacerle daño, lo mataría sin la menor duda. Con un movimiento brusco levanté la maleta de mi mujer y él pareció despertar de su sucio ensueño. La maleta iba a viajar adelante, aparte. Él la levantó también, la sopesó. Salimos al corredor y, en ese momento, volteó hacia mí, fue un relámpago, lo vi muerto, con sus ojos negros, acuosos, muy abiertos, aterrados, con sangre y baba en la boca. Entonces sonrió, pero su sonrisa era como desolada, tristísima, fúnebre. No te preocupes, amigo, todo está bien, dijo. Lo único que tienen que hacer es seguir mis instrucciones, todas, no apartarse un pelo de lo que yo diga, ni de lo que digan mis compañeros del otro lado. Insistió con su sonrisa. Quédate tranquilo, peruano. Vas a ver, mañana será otro día, otro mundo, todo diferente. Entonces volvió su mirada llorosa hacia la puerta de la habitación. Yo me froté las manos en el jean, más que impaciente. Él se dio cuenta. Su sonrisa ahora fue solo un atisbo.

El único problema, amigo, es el escuincle, dijo. Sí, a mí nadie me advirtió. ¿Por qué no lo dijiste? Eso lo complica todo. Y, peor todavía, un escuincle de esa edad. No es lo mismo ayudar a dos personas grandes, adultas, que a dos personas adultas con un escuincle. ¿Te das cuenta, peruano? Por supuesto que me daba cuenta, hijo de puta. Por fin desembuchaba el miserable. Me lo esperaba. En mi bolsillo izquierdo tenía algo para esa eventualidad. El resto estaba pegado a mi tobillo, entre mi media y la bota. No sabía qué hacer y, a la vez, lo sabía. En Los Ángeles, Adolfo me lo había repetido mil veces. Acuérdate, Ricardo, el Coyote sabe mucho, promete mucho, te da garantías, pero a la primera te chinga… Acuérdate.

Por supuesto, le daré algo más, amigo, tanteé. Siempre que no sea mucho. Usted sabe, me queda muy poco. Dígame cuánto. Sus ojos acuosos se alegraron apenas, sin cambiar para nada su cara de muerto. ¿Te das cuenta, peruano? No es lo mismo, de ninguna manera, con un escuincle. Es más arriesgado, para ustedes, para el niño, para mí. Claro que me daba cuenta. ¿Cuánto? Quinientos. Sus ojos de chingado se congelaron cuando me vio sonreír. Sabía el cabrón que de todas maneras había abultado su tajada. De doscientos cincuenta no paso, no puedo más. Sorbió aire entre los dientes. Trescientos. Dudé, pero acepté, resignado. ¿Me pagas? Dejé de sonreír, secándome las manos en el pantalón. El trato es que te pago al otro lado. Me midió. No, me pagas cuando lleguemos al muro, si no, no hay trato. Tienes que confiar en mí, cabrón. Me quedé callado. Encima me insultaba, el hijo de perra. Asentí. Me miró, esperó un instante, mordisqueando su palo de fósforo. Luego miró para otro lado.

¿Qué hora es?, preguntó. Eran las diez y media de la noche. Miró la ciudad desde el parapeto que protegía el corredor en ese tercer piso. El hotelucho donde habíamos caído era nuevo, pero ya parecía una ruina. Escupió con displicencia, como si escupiera no sólo a Tijuana sino al mundo entero, a todo lo que había más allá de ese horizonte violáceo que parecía contener el desborde de la noche. Chingada vida, dijo. Me miró otra vez con sus ojos saltones, devastados, con su palo de fósforo en la boca. Qué bueno tener una familia, ¿no? No respondí. Me limité a sonreír, en guardia. Tienes suerte, peruano, cuídalos mucho. Gracias, amigo, dije. Entonces, hasta mañana, de madrugada. Duerman, van a necesitar fuerzas, muchas. Y estén listos, a las cinco. Sacó la mano izquierda del bolsillo del pantalón y levantó la maleta de Larisa. Se fue casi arrastrándola, arrastrando los pies, mordiendo su mondadientes. Era raro que alguien usara todavía fósforos. Todo era raro en ese lugar.

Al volver a la habitación, Larisa me llamó estirando la mano, sin mirarme, mirando al niño, y tiró de mí hasta que me tendí a su lado, con mi brazo en torno a su cuerpo. Puso mi mano entre su mano y su vientre y así nos quedamos, contemplando el sueño del niño, escuchando los ruidos de la noche agitada allá afuera, ese mundo que no era nuestro, pero que, aquella noche, de algún modo, lo era. Un adormecimiento apacible comenzó a invadirme, oliendo su piel, que tanto me había faltado, su piel que encerraba la fruta de la vida, de la felicidad, como se lo había dicho un día, al comienzo de todo, en mi ruso de principiante. Y ella se había reído, feliz. Y allí estaba, con su perfil sereno, tal como la había imaginado desde hacía meses, antes de darme cuenta, aterrado, de que la distancia y los obstáculos la estaban convirtiendo en algo casi irreal, en algo como soñado, inexistente. Pero allí estaban ahora los dos, y yo con ellos, para protegerlos. Ya nada nos separaría, nada podía pasarnos. El niño estaba más grande de lo que había imaginado, con su año y dos meses. Y ella, bella, tibia, rubia, oliendo como siempre a flor de limón. ¿De limón o de naranja? Ahora ya no lo sabía. En ese momento Larisa comenzó a llorar, sin ruido, sin gestos, de pronto oscura y quieta como una fuente. No supe qué hacer, nunca la había visto llorar así. Amor. Lara, mi niña. Tranquila, ya estamos juntos.

Se volvió hacia mí, hundió su rostro en mi cuello y empezó a desahogarse. Por qué la había dejado tanto tiempo, por qué no le había escrito más seguido. Qué íbamos a hacer en Estados Unidos, cómo íbamos a entrar. Se había imaginado que iba a llegar por Nueva York, no por México. Por avión, no por tierra. Sus padres se habían quedado convencidos de eso también. Todo eso era muy raro. ¿Quién era toda esa gente? Yo bebí sus lágrimas. Tranquila, amor, tranquila, mi niña. Ya se lo había dicho antes, aunque no siempre en forma clara, es cierto. Sin visa no se podía entrar por Nueva York, que además está muy lejos de California. Sin visa se entraba por México, por Tijuana, por donde entraba mucha gente. No, amor, no es ilegal, no demasiado en todo caso. Y no, no es peligroso. No había querido asustarla en mis cartas ni en mis llamadas telefónicas. Eso era cierto. Una frontera es siempre algo tabú para una muchacha rusa, para alguien que fue soviética en su infancia y que apenas intuía el mundo que había más allá del horizonte, pese a lo mucho que había soñado con él. Sus lágrimas cesaron. Su boca dulce buscó la mía y sus labios calientes y húmedos me llenaron de nuevo con ese sabor que me había acompañado todo ese tiempo. Lara, mi Diévushka. Hicimos el amor largo rato, muy despacio, sin hacer ruido, sin desvestirnos.

Larisa se durmió, pegada a mí, agotada, abandonada, feliz, oliendo más que nunca a un campo de naranjos, árbol que en su tierra nadie conocía, salvo ella, tanto le había hablado de ese olor y de su propio olor, ácido, que tanto me gustaba, de esa química que ella producía sin que yo supiera cómo. Ahora sonreía entre sueños. ¿Cuánto hacía que la conocía? Más de cuatro años ya. ¡Cuatro años! Y todo fue tan rápido. Desde la primera vez que la vi en la universidad, corriendo en la pista de atletismo, llegando siempre primera. Hasta la noche aquella en que logré que aceptara mi invitación, con una carta en ruso que después ella calificaba de poema cómico. Ninguno de los dos se acuerda de la película que vimos. No vimos nada, en realidad, solo estuvimos juntos, con las manos enlazadas y besándonos tímidamente, eso bastaba. A la entrada del cine compramos y compartimos un plátano, una golosina aún exótica para los rusos y lituanos en aquellos años. Y en esa sala oscura de Vilna, nos lanzamos a vivir nuestra aventura que, ahora, en Tijuana, continuaba, y cómo.

Al final de mi beca de estudios intenté encontrar trabajo como técnico de aviación en Vilna mismo, pero ya había empezado la Glasnost y la Perestroika y mis planes de trabajar y estudiar literatura rusa se fueron al diablo. Las cosas se degradaron con gran rapidez y pronto todas las puertas se cerraron para mí. Y no solo para mí, recién casado y con la mujer encinta, sino también para mi suegro. El viejo, en tanto que ruso, estaba fregado en Lituania, pero no quería saber nada con volver a su tierra. Había trabajado allí, en ese jodido país, desde los años cincuenta. Muy jovencito, casi adolescente, había combatido al final de la Segunda Guerra Mundial y luego había escogido esa tierra negra y helada para dejar sus fuerzas y su vida. No tenía ganas de ir a ningún otro sitio. Allí esperaría su destino y su final, decía. Pero su hija debía salir, me rogó, me ordenó un día. Yo debía llevarla al Perú, un país rico, un país joven. Después ellos irían a visitarnos, llevando conejos de peluche amarillos, gigantescos, para el soldadito, o para la princesa. Y todos, todos seríamos felices. Salud, muchacho, ¡na zdorovie!

No me atreví a desengañarlos de inmediato, ni a él ni a la vieja, que me adoraba. Lo hice con tiento, después de irme, en una carta que les envié desde Trujillo, desde el norte de mi país. Fue, más o menos, dos o tres meses después de mi vuelta. A Larisa la había llamado por teléfono varias veces, desde distintos sitios, gastándome hasta el último cobre, pero tampoco a ella le dije la verdad al principio. No les expliqué que el Perú estaba hundido, con la violencia, con la falta de trabajo. A no ser que me metiera en el ejército, allí no tenía nada que hacer como ingeniero aeronáutico. El futuro lo tendría que buscar en otro lado. Quedarme en el Perú era condenarnos al hambre, a mí y a mi familia. Entonces les mentí, les dije que me habían ofrecido trabajo en Estados Unidos. Lo que era de algún modo cierto. Un amigo de la época de la secundaria se había instalado en California y quería ayudarme. Me conseguiría trabajo si lograba entrar. El problema era ese, entrar. Moviendo a familiares y amigos conseguí la visa. La conseguí a duras penas, gracias a una carta de garantía que mi viejo obtuvo de un amigo suyo, un directivo de banco que estaba por jubilarse. Entré de turista y no salí más. Hasta la víspera en que había pasado a Tijuana. Los gringos no controlan mayormente quiénes salen y a los mexicanos no les importa demasiado quiénes entran. El asunto ahora era el camino de regreso.

En el aeropuerto de Tijuana, esa tarde, yo estaba hecho un muñeco de trapo, desmadejado, desarticulado, pero, más que los nervios por la llegada de los míos, era el alcohol que había tomado en una de esas cantinas para turistas norteamericanos. No hay nada peor para mí que tomar licor cuando quiero calmar mi desazón. Luego estoy mil veces peor. Pero lo había necesitado. Mi temor era que en las horas que estaban por venir surgiesen dificultades, que las cosas salieran mal. Tanto era mi temor que de repente me volví creyente, lo que solo me ocurre cuando tomo el avión. Por la mañana había entrado en una iglesia y, ante la Virgen de Guadalupe, había orado como no lo hacía desde niño. Le pedí a ella, a San Martín de Porres, a la Virgen de Chapi, a todos los santos que veneraba mi madre, a mi madre misma, que es una santa, que me ayudasen. Y hasta tuve la impresión de que la Virgen me sonreía. Si salgo de esto con bien, si todo sale como quiero, voy a tener que repensar mis relaciones con el cielo, me dije. Porque, pensadas bien las cosas, pese a todo, yo era un bendito, alguien que ha recibido muchas bendiciones. ¿Qué otra cosa eran, si no, mi mujer y mi hijo? Estaba más que claro, alguien me protegía.

En el aeropuerto, mientras Larisa bajaba la escalera aquella, era como si yo estuviera viendo bajar un rayo de sol. Fue como si se hubiera iluminado la noche sin fin en que me había puesto a vivir y que ya duraba casi un año. Quise devorarla a besos, quise reír, quise abrazarlos, a ella y al niño, pero finalmente solo lloramos, quedos, sin palabras ni aspavientos, mirándonos, estrechándonos en torno al niño, besándonos torpemente. Solo paramos cuando el niño también se puso a llorar. Alejandro, ¡cómo había crecido! Yo lo imaginaba con la mitad de ese tamaño. Estaba lindo el muchacho. Los llevé al hotel donde me había alojado, donde, según las instrucciones, por la noche debía ver al Coyote. No había sino agua fría en el lavabo. Para la leche del niño y para el termo tuvimos que ir a la cantina de al lado. Luego los llevé a un restaurante que me habían recomendado, La Casa del Mole, donde nos hartamos de esas curiosas carnes cubiertas de chocolate salado. Alejandro se entretuvo con una papilla que nos improvisaron. Hasta brindamos con una copa de tequila reposado, el más fino, que Larisa tomó como si fuera agua, confundida, coqueta, emocionada, porque al día siguiente estaría ya en Estados Unidos. Solo entonces le dije que no iríamos en avión, sino por tierra, en el auto de unos amigos, lo que la decepcionó un poco, pero no se detuvo mucho en ello porque, dijo, yo sabía lo que hacía, siempre.

Volvimos al hotel temprano. Mi cita con el Coyote era a las ocho de la noche. Larisa estaba molida con el viaje, y el alcohol la había relajado, pero a medida que caía la noche se fue poniendo nerviosa. Yo también estaba demasiado tenso, como ganado por una cierta náusea, por lo que vivía en ese momento, por lo que se avecinaba. Toda esa cadena de mentiras y omisiones en la que había caído ante mi mujer me estaba enfermando y ella era perspicaz como para darse cuenta de que algo no andaba bien. Pero no me dijo nada hasta que vio al Coyote, que llegó retrasado, a eso de las nueve y media, y se quedó demasiado, el huevón. Yo creí que me iba a hacer llamar para que hablásemos afuera, pero se presentó en la puerta de la habitación y entró con el evidente afán de ver quiénes y cuántos éramos. Claro que estaba también el asunto del equipaje, del que debía hacerse cargo la banda, la organización, como la había llamado mi contacto.
Luego, la noche fue larga, sobre todo para mí. El Coyote volvió a las cuatro y cincuenta y nos encontró listos. Esta vez su puntualidad me sorprendió. Sus ojos estaban menos tristes y en ese momento casi lo vi como un profesional respetable. Todo dependía de él ahora. En menos de cinco minutos estábamos ya abajo, en la puerta del hotel. Cuando vio el viejo automóvil que nos esperaba, Larisa me miró, asombrada, con aire desconsolado. Al volante iba un tipo gordo y con bigotes, que apenas si respondió cuando le di los buenos días. El Coyote subió a su lado, nosotros nos sentamos atrás. El niño estaba tranquilo.

Las cosas fueron muy rápidas, en unos minutos ya estábamos fuera de la ciudad. El Coyote me explicó que pronto íbamos a llegar y que la cosa era simple, que escuchara con atención. Al llegar al muro, al paso por donde íbamos a entrar, sus amigos, que ya estaban vigilando la zona, nos darían la señal. Que entonces pasaría primero la señora, luego yo, con el escuincle, y luego él, y que de inmediato correríamos todos, sin detenernos por nada, hasta unos matorrales que estaban al frente, a unos trescientos cincuenta o cuatrocientos metros. Allí tendríamos que esperar un momento, hasta estar seguros de que la patrulla no andaba cerca, de que todo estaba en calma, y entonces volveríamos a correr, de frente, hacia unas luces que estaban al fondo, donde había unas construcciones. La cosa duraría una hora, una hora y media. Correríamos rápido, pero con cuidado, no era cosa de romperse una pierna, y siempre escondiéndonos. Entre las construcciones del fondo había una pared blanca, era un depósito. Allí es donde nos estarían esperando sus amigos. Al llegar a ese punto estaríamos ya en Estados Unidos, en San Ysidro. Después había otro pueblito, y luego, ya, el mero San Diego. Viendo mi desconcierto, quiso tranquilizarme. Desde mucho antes, dijo, desde el depósito, estaremos ya seguros. No había que preocuparse. En toda esa zona, hay ya campos cultivados y muchas construcciones donde uno puede esconderse. Sería bueno que le explicaras todo esto a la señora, dijo. Yo miré a Larisa, asentí, y no dije nada. Pero no debíamos preocuparnos por lo que vendría después, que de eso se encargaban los amigos de enfrente, que luego nos embarcarían en una camioneta de la organización, rumbo a Los Ángeles. Y, ya está, la cosa habrá acabado, terminado, dijo. Sobre todo cuando hayas pagado, peruano. Sonrió, ahora francamente. Y todos seremos felices, pensé.

La neblina parecía haber aumentado en el descampado por el que avanzábamos hacia la frontera. Y la frontera era un muro lejano, ominoso, que se entreveía apenas en la madrugada como un listón negro, paralelo a esa carretera sin asfalto por donde íbamos. Al acercarnos, se perfiló mejor. Era una gran valla, una pared alta, hecha como de tinieblas. El Coyote me explicó que la habían levantado con grandes placas metálicas que sobraron de la Guerra del Golfo. Teníamos que cruzarla antes de las cinco y media, cuando aún estuviera oscuro, después sería imposible. El niño comenzó a agitarse y a gimotear. Larisa lo abrazaba y le decía cosas en voz baja, mientras miraba el lamentable paisaje. Le sonreí, pero ella me miró con una expresión que iba del desengaño a la rabia. ¿En qué momento había empezado a comprenderlo todo? Estaba aterrada. Su mirada era cambiante, e iba ahora de la indignación a la súplica. Una soviética no atraviesa una frontera como esa sin morirse un poco. Quise calmarla. Amor. Te juro que éste es el último peligro, el último susto. Luego estaremos a salvo, y juntos, para siempre. Amor, Lara. Tranquila. Era ilegal, es cierto, pero no arriesgado. Le expliqué lo de los matorrales, lo del depósito blanco y las luces, que debíamos correr rápido y a la vez con cuidado, viendo que todo estuviera en calma. El Coyote había volteado y me miraba con una expresión extraña, como de compasión y solidaridad, como si entendiera. Larisa me miraba como si yo fuera otra persona, como si no pudiera imaginar lo que iba a ocurrir, como si no pudiera concebir que yo le hiciera eso. No va a pasar nada, amor. Era el único modo de que la dejasen entrar a ella. Era rusa, que no lo olvidase. No agregué, porque era evidente, que lo mismo me ocurría a mí, que ambos éramos ciudadanos de un mundo que no era bienvenido en el paraíso. No nos quedaba sino forzar las puertas. Por el niño, amor, por nosotros. Ella miraba al frente, obstinadamente al frente. El auto se detuvo por fin.

Caminamos en la oscuridad hasta llegar casi al pie de la muralla. De unos matorrales salió un hombre con sombrero, con quien el Coyote habló en voz baja, en forma agitada. Ambos me miraban. Sus ojos tenían una luz animal. Luego, el Coyote vino hacia mí. La patrulla había pasado ahora mismo. Va hacia allá, señaló hacia mi derecha. Era el momento, no había tiempo que perder, dijo, al tiempo que me detenía por el brazo. Antes tienes que pagarme, peruano. Tengo que dejar pagados a estos hombres, ¿te das cuenta? Creo que no te hemos fallado hasta ahora, ¿no? Algo me hizo confiar. Pagué. El hombre separó unos billetes y se los pasó al del sombrero, que levantó una mano, agradecido, con respeto.

Nos llevaron hasta unos arbustos que había al pie de la barrera metálica y los apartaron rápidamente. Detrás, bajo la luz de una linterna de mano, apareció un hueco de un poco más de medio metro que se hundía debajo de la valla metálica. No hay tiempo que perder, repitió el Coyote. Recuerda bien lo que te he dicho. Trescientos o cuatrocientos metros, los matorrales, las luces del fondo, la pared blanca. Pasen. Primero tu mujer, peruano, luego tú con el niño. Yo te sigo. Larisa se había puesto a temblar, pero, a la vez, ya estaba decidida. Ya no necesitábamos palabras entre nosotros. Intenté sonreírle, pero no pude. Finalmente entró, y yo fui detrás, con el niño, con dificultad, el hueco era más largo de lo que pensaba. El pequeño empezó a quejarse. Se lo alcancé. Detrás venía el Coyote. Los tres miramos un instante el terreno baldío que teníamos por delante. Parecíamos conejos, realmente. Por el hueco, un grito apagado nos apremió. ¡Ya, órale…, arranquen! El Coyote susurró, ahora, peruano, yo los sigo. Larisa me miró entonces, dudó un instante, pero, luego, como convenido, me entregó el niño y se puso a correr como solo ella sabía hacerlo. Yo hice lo mismo y, avanzando, tuve la sensación de que el Coyote no nos acompañaba. Lo confirmé, corríamos solos. ¡El muy hijo de puta! Pero ya no había nada que hacer. No quedaba sino avanzar, volar, pisar firme, ver dónde poníamos los pies.

De pronto escuché voces atrás, a la derecha, no muy cerca pero tampoco lejos. Miré, siempre corriendo, cuidándome de no tropezar, de no dejar caer a mi hijo. Una serie de luces se agitaban. Nos han detectado. Los puedo ver a unos ochenta o cien metros. Sigue, amor, murmuro. Un guardia se ha desprendido del resto. Se ha fijado, seguro, que uno de nosotros corre adelante y quiere cortarnos el paso. Corre, mi Diévushka, corre. Corre como en la pista de la universidad. Sigue. Llega primero, como siempre, como en aquel tiempo. No creo que el guardia sepa que se trata de una mujer, pero va en pos de ella, en diagonal. Corre, amor, no mires a los lados. El hombre, corpulento pero flexible, corre como una fiera, saltando las piedras, los matorrales. Ha detectado a su presa el muy cabrón y no la va a soltar. Mierda. Quiere interceptar a Larisa, sí, a mi Larisa. Grito su nombre, lo digo y lo aúllo con todas mis fuerzas. Ella se vuelve abatida y, sin detenerse, viene hacia mí, acezando. Amor, amor. Redoblo la carrera, apenas si puedo alcanzarle el niño. En los ojos de mi mujer ahora hay un terror casi líquido. Le digo que no se detenga, que siga. Sigue, no pares, amor. Ella mira amargamente al pequeño, que se ha puesto a llorar, pero da un salto y ya está de nuevo corriendo, como impulsada por el viento. La noche es un río violento. Lara, mi niña.

Levanto del suelo un palo y voy al encuentro del guardia que ya está muy cerca y que me mira, vacila, mira cómo Larisa se aleja y se abalanza hacia mí. Su respiración galopa en la noche hirviente y en su mano hay un arma con la que aún no me apunta. No le doy tiempo, le lanzo el madero a la cara y me voy sobre él. Sus gritos atraen a los otros, que gritan también mientras avanzan agitando sus linternas. Se escuchan ladridos. El hombre intenta inmovilizarme y abre la guardia. Le doy un cabezazo y cae boca arriba, con los ojos muy abiertos, aterrados, con la sangre manándole de la nariz. Intento resoltarme pero mis rodillas se doblan. Lo logro apenas. Larisa ha desaparecido ya detrás de los arbustos lejanos. Sonrío como un loco, como un niño. Sonrío a mi hijo. Sí, amor, y más allá hay luces, la pared blanca, el depósito donde nos esperan. Lara, mi Diévushka, mi Alejandro. Quiero lanzarme tras ellos. Larisa. Olor de naranjos. El mar de tus ojos. Sueño del que nunca hubiera querido despertar. Amor para siempre. Los gritos me rodean y los ladridos muerden el aire y también mis carnes. Me debato, hijos de puta, busco algo, una piedra, algo que me sirva de arma. Vida perra. Vida inútil. La noche se ha vuelto un remolino y se está quedando sin aire. Quiero que todo estalle. Ya no hay tiempo para respirar, para reaccionar, para mirar a ningún sitio. Un golpe seco me levanta desde la nuca, amarillo y rojo, y vuelo, y vuelo, y caigo finalmente de bruces. Mi boca se llena de tierra. Estoy sordo y ciego. El mundo entero es negro y violeta. Apenas si me doy cuenta de que me aplastan la cara contra las piedras, de que me están esposando, de que mis ojos están secos, sin lágrimas para limpiar el polvo, la cólera, este fuego helado que me incendia, que me quemará, lo sé, para siempre. ¡Diévushka!

Alfredo Pita (Cajamarca, 1948). Ha escrito novelas, poemarios y libros de relatos. Su obra El cazador ausente ganó el Premio Internacional de Novela Las Dos Orillas del Salón Iberoamericano del Libro de Gijón. Vive en París.

Fuente: http://buensalvaje.com/2014/05/13/la-noche-anterior/

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