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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

jueves, 18 de julio de 2013

Narrativa: José Luis Aliaga Pereira, "Chungueando" asperezas (textos)



Caminando con amor


ES MÁS HERMOSO CAMINAR por nuestro pueblo sin el bullicio de su fiesta. Disfrutar de sus mañanas que despiertan perezosas, cuando aún la oscuridad se desvanece con desgano. Sentir el aroma de los bosques y la tibieza de un sol que aparece lento, con la cara de un niño alegre. ¡Nunca cambiaría el silencio y soledad de sus paisajes, por ningún encanto del mundo!

Contemplar, desde la Plaza de Armas, el imponente Huishquimuna con su cruz y las nubes que navegan en un cielo de azul incomparable. Detenerse en la tienda de “Toico”, para conversar, hasta hartarse, con los parroquianos. Observar más abajo, en una casita de pequeñas puertas, al viejo Arcadio, mirando, como hipnotizado, los deslenguados zapatos a medio componer que él mismo abandonó cuando sus familiares llegaron de Lima para la fiesta. 

—“La vida continúa”—, lo escucharás decir, si tienes paciencia, mientras destapa un frasco donde guarda las tachuelas y los clavos; y sin levantar la cabeza, reniega de los limeños porque, según él, ya no usan taco de jebe ni media suela de cuero.

—“Todo cambia”—, agregará el viejo a quien sea el interlocutor de turno, dando con el martillo un golpe seco en la tachuela, ajustando perfectamente el taco de llanta con el resto del zapato.Después, si avanzas por la principal calle del barrio Minopampa, te sorprendes a la altura de la oficina del Juez de Paz, al oír las discusiones acaloradas de los demandantes que vociferan, defendiendo sus causas, sin disimulo; por ejemplo, esta vez, la señora Lucrecia reclama la cría macho de la chancha negra, propiedad de su vecina, porque su chancho es el padre, y así se acostumbra en el pueblo.


Doña Marcela Zegarra, la vecina, se niega a entregar la cría ya que no hay pruebas de tal paternidad.


El Juez de Paz las escucha por más de dos horas y al ver que no se ponen de acuerdo, dando un palmazo en la mesa, les dice: —Bueno, bueno, no hay más que acudir a la ciencia.


El Juez habla del ADN. Trata de explicar el significado de estas siglas; pero, en lugar de solucionar el problema, confunde más a las señoras. Cansado, dicta sentencia:


—¡Las señoras cancelarán, la suma de quinientos dólares, para realizar la prueba del ADN a sus puercos!


—¿Qué sabes tú de ciencia, so pela gatos? —grita doña Marcela, y agrega mirando a la denunciante: —¡Vamos por tu chancho! ¡Pero eso sí, de ahora en adelante te harás cargo de la manutención de sus dos hermanos, porque padre es padre!


Al otro lado del pueblo, con su cana cabellera y descolorida falda, te apenará escuchar a doña Dorila, hablar sola, respondiéndose a sus propios pensamientos:


"La señora, a pesar de su avanzada edad, de su precaria economía y del abandono en el que terminaron sus días, era muy optimista. Si la sequía azotaba el distrito, ella esperaba el aguacero con increíble seguridad".


—Pronto lloverá y todo será diferente —repetía.


"Era costumbre verla sonreír, cuando todos los años anunciaba a sus vecinos la llegada de su hijo mayor, el que viajó a la capital y nunca más la regresó. Bastaba conversar con ella dos minutos para verla deshacerse en recuerdos del hijo ingrato, para ella, el más trabajador, respetuoso y hasta el más simpático de todos".


—Pronto volverá y todo será diferente.


Doña Dorila esperó a su hijo sin creer en su ingratitud. “Los hijos son como los brazos al cuerpo, no se pueden desprender de él”, fueron sus últimas palabras.

Pero me encantaría caminar por el pueblo, como si el tiempo del mundo me perteneciera, como lo hace Francisca. Permanecer igual que ella, con el pelo revuelto y la chompa al revés; reír con su sonrisa inocente y tierna, encuéntreme donde me encuentre, ya entre sacos y corbatas, en plena misa del patrón, o cocinando cualquier cosa, como ella, en el fogón de su casa, con la cara y manos tiznadas.
¡Qué bien me siento en mi pueblo, sin la alharaca de las fiestas! Cuando, al caminar por sus calles, la gente se alegra y cuenta, con sinceridad, de su vida. Aunque, luego, al llegar la última tarde, cuando el vino acaba y la noche testigo de mi canción y mi llanto me sienta triste, me refugie, para ocultar mi pena, en la palabra volver, así el camino de regreso sea largo y difícilmente encuentre a los que hoy recuerdo con tanto amor.

Remojando cachetes


CUANDO LLEGAN LAS FIESTAS del año, costumbres de nuestro pueblo, que no son pocas, recuerdo, por no decir repito, mis días de bohemio. Me emociono tanto que las “disfruto” hasta trenzar las piernas, pero, como diría César Hildebrant refiriéndose a Gonzalo Rosé, como “un bohemio a mano limpia en este país de borrachos coqueros que sorben la tranca como si de mocos se tratara”.

Esta vez es un pequeño evento al que asisto. Como a todos mis compromisos llegué temprano. Al ingresar he visto sentadas, a prudente distancia del bar, en una larga y fría banca de cemento, a tres mujeres bien vestidas, de diferentes edades. No las conozco, pero podría asegurar que la menor no pasa de los 40; la otra, de pelo pintado, a lo mucho llegará a los 45; y la tercera, la más alegre, que aún conserva cierta frescura juvenil, debe andar por los 50 abriles.

En el local fiestero hay mucha gente. Los bebedores van y vienen con botellas de cerveza que las llevan cual torero a las banderillas; mientras las parejas contorsionan sus cuerpos al son de la música. A mi costado derecho, alrededor de una mesa color blanco, un grupo de varones conversan muy animados. Son cuatro. El más gordo, de pelo crespo, ríe a carcajadas festejando una broma. Quisiera haber escuchado el chiste para reír como él, pero me es imposible por lo que me acerco un poco más.

Lo mismo que sucede cuando de beber cerveza se trata, los del grupo se turnan para contar bromas. Ahora le toca al más joven que cuenta algo de su trabajo. Nadie ríe, al contrario, se mofan de su chiste.

Del piso, cerca a la mesa, el encargado del lugar recoge una caja de botellas vacías de cerveza. El gordo de pelo crespo, al verlo, le dice:

Tráeme seis cervezas más, heladitas.

Completemos la caja se apresura a decir su acompañante, un hombre de contextura delgada y prominente nariz. 

Al frente, las tres damas, continúan sentadas, como si esperaran una orden para bailar. ¿Serán casadas o solteras? me pregunto.

Han sonado las doce campanadas. El baile se hace más frenético. Los aplausos, las risas y taconeos desbordan el salón.

De pronto del ramillete de damas que aguardan sentadas, se pone de pie la mujer que no pasa de los 40 y se dirige al grupo que se divierte a mi costado. Se detiene frente a todos, y mirando fijamente al hombre de la nariz pronunciada, grita:

Oye, ¿me has traído para ver lo bien que tomas con tus amigos?

El aludido contesta:

Si estás aburrida te puedes ir, no hay problema.

La dama hace un gesto de molestia, se da vuelta y, resignada, acomoda su cuerpo en la banca de cemento.

Eres bravo dice el gordo de pelo crespo.Yo, antes que “reviente el chupo”, voy a dejar a mi bulto y regreso luego se retira del grupo, hace una seña a la mujer de frescura juvenil y abandonan juntos el lugar.
 
El gordo camina tambaleándose, y ella volviendo la mirada, una y otra vez, como queriendo llevarse de la fiesta un poquito de alegría y libertad.

Al poco rato, las dos mujeres que permanecen en la banca, intercambian miradas, conversan al oído, se toman de la mano y, entre ellas, comienzan a bailar. 

Del grupo de mi costado alguien contó otro chiste que no pude entender y que hace que rían al unísono.

Por mi parte, de una sola alzada, seco el vaso pensando en un texto cuyo título y autor no recuerdo. “El hombre educado en la cultura machista aprende desde muy temprana edad a admirar a otro hombre, tanto en lo físico como en lo intelectual, mientras que ve a la mujer como un objeto de uso”· 

Entonces, como soy lampiño, no puedo decir “pondré las barbas en remojo”, sino “hundiré en el agua mis cachetes hasta la punta de mi nariz”.

El faenón



SUCEDIÓ EN LA FIESTA DEL PUEBLO a la que, después de varios años, acudía el General. Algunos oficiales y subalternos, a los que había hecho toda clase de favores, querían que se sintiera bien, por lo que le organizaron un gran banquete. Gracias a él vivían en casas de material noble y sus hijos eran gordos, bien vestidos y estudiaban en colegios particulares.

Al capitán Lobatón, por ejemplo, lo envió a trabajar al pueblo donde nació.

—Es que mi General —dijo en aquel entonces el capitán—, allí tengo mis chacritas y animales a los que no puedo abandonar.

—Tome nota del pedido de este buen hombre —ordenó el General a su secretario que lo miraba moviendo la cabeza afirmativamente.

El sargento Salvatierra fue más directo en su solicitud.

—A mi envíeme a la comisaría de Oxford —le dijo muy confiado— usted sabe, allí hay un patrullero que se mueve con gasolina y algo se tendrá que hacer.

—Me gusta tu franqueza —contestó el General, mientras su secretario, como siempre, anotaba y movía la cabeza, pensando más en las "comisiones" que ganaría con los cambios, tanto del primero via su negocio lechero como del segundo con el hurto de gasolina.

Después de servirse suculentos platos de cuy frito y pasados los brindis y discursos, oficiales y subalternos se dieron cuenta de que el General no gozaba de la reunión. Algunos, para disipar su aburrimiento, cantaban; otros hacían piruetas, chistes y hasta imitaciones, pero el resultado era el mismo: el General continuaba serio; mirando, al parecer absorto, un cuadro que colgaba en la pared del salón.

De pronto al teniente Marc Antoni, que había bebido más de una copa de vino, se le ocurrió bailar con su esposa alrededor del General. El mayor Torrejón, que estaba atento y más cerca de este hecho, hizo un feliz descubrimiento y llamó, con disimulo, a oficiales y subalternos:

—He visto una luz en su mirada —dijo— ¡que todas las esposas bailen a su alrededor!

Oficiales y subalternos acataron la orden de inmediato.

Las esposas salieron a bailar alrededor del General; pero éste las miraba de pies a cabeza, una por una, esbozando una mueca por sonrisa.

Al poco rato y para sorpresa de todos, el general decidió retirarse.

Desconcertado, el mayor Torrejón, llamó, de nuevo pero ya sin disimulo, a oficiales y subalternos. Después de conversar con todos y con entera disciplina invitaron al General a ingresar al cuarto aledaño al salón de baile. El mayor Torrejón, en el trayecto, le decía algo al oído.

El General aceptó la propuesta y fue el propio mayor Torrejón el primero que, rubicundo y feliz, condujo a su esposa hasta el cuarto donde esperaba el General. Tras cerrar la puerta, el mayor Torrejón, ordeno en larga fila a las esposas, según el grado del marido.

Nadie habló una sola palabra de lo que pasó dentro de las cuatro paredes del cuarto contiguo al salón de baile. Sólo el mayor Torrejón, al día siguiente, le dijo a su mujer:

—¡El General se fue contento! ¡Le gusto el faenón!

Y ambos empezaron a reír.

* Faenón: palabra que dos delincuentes de cuello y corbata, utilizaban, al hablar por teléfono, luego de haber terminado, con éxito, sus fechorías.

Nota: Para nosotros "Chungueando" quiere decir moliendo.

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