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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 8 de mayo de 2013

Javier Diez Canseco

Por César Hildebrant

“Poco a poco, Javier Diez Canseco se está yendo". No es pena lo que siento. Es rabia.

Las últimas apariciones públicas de este hombre mayúsculo tuvieron que ser destinadas a defenderse de las acusaciones vertidas por lo peor de la prensa derechista. Y el congreso, donde la sífilis del fujimorismo sigue circulando, se atrevió a sancionarlo con 90 días de separación.

El hombre que había entregado su vida a luchar contra la corrupción resultaba acusado por los hijos del pus que González Prada denunciara. Lo de siempre en el Perú: las heces mandatorias.

La derecha se vengaba. Los nacionalistas se vengaban. El fujimorismo se vengaba. Nadine Heredia era una gran vengadora. Así es el Perú.

En "Hildebrandt en sus trece" hicimos hicimos una investigación prolija sobre las acusaciones aparecidas originalmente en el “Correo” de Aldo Mariátegui. Eran basura. Resultaba que no había nada consistente detrás de ellas. Nada sino veneno arácnido.

Esa era quizá la última condecoración simbólica que le faltaba a Javier Diez Canseco: ser lapidado por matones de la prensa, ser expulsado de un congreso mugriento.

¡Te lo merecías, Javier!

Nunca te elevaste tanto como cuando el odio te mordió. Nunca fuiste mejor que hace unos meses, defendiéndote de quienes querían tu asesinato mediático. Y era pura envidia, querido Javier. Tu vida les recordaba su miseria moral; tu elocuencia les recordaba sus silencios; tu capacidad de indignación ante las injusticias les recordaba sus complicidades y sus agachamientos.

Tantos años de decencia tenías que pagarlos. Porque en el Perú la decencia se paga. Y las chusmas conservadoras se encargan de la cobranza. O te calumnian, o te empapelan, o te vocean en sus aquelarres a ver si así te embarran. Porque si todos se embarran, ya no hay barro.

Pudiste ser rico, Javier: abogadazo, jurisperito de multinacionales. Elegiste ser modesto. Y alegre. Porque a ti la cumbia te va bien y las chelas también y el goce puro del momento, de lo más bien. Pudiste ser Robespierre pero preferiste ser un hombre fiero con la palabra y amable – por lo general – con quienes no estaban de tu lado.

Y no estábamos a tu lado en muchos casos. Jamás pude entender por qué un hombre tan apegado a los fueros del libre albedrío avaló siempre una dictadura cubana, que para mí es el socialismo contado por George Orwell. O por qué tenías aliados tan falsos y esperanzas tan ingenuas.

Pero siempre hemos dicho y diremos que has sido un hombre ejemplar, coherente, indoblegable. Un hombre, en suma. Una lección viviente de armonía entre palabra y acto. Un extraño ejemplo en un país plagado de impostores.”

Publicado en el semanario: Hildebrant en sus trece


Diez Canseco: radical y decente

Por Rocío Silva Santisteban

Decencia es la capacidad que tiene una persona de tomar conciencia de su propia dignidad. Javier Diez Canseco tenía esa capacidad, y por eso mismo, no se traicionó. Era un peruano decente y uno de los últimos políticos decentes en el Congreso. En una entrevista JDC sostenía que la gente lo había criticado por ser “muy principista”, que en política es una condición complicada pues puede llevar a posiciones siempre maximalistas. Sin embargo, sus principios lo ayudaron a andar el camino de la política defendiendo los derechos de los trabajadores, de las mujeres, de la población LGTB, de los discapacitados, de los niños, del medio ambiente. No es fácil vivir entre la acción política pública y los principios pues para ser decente debes exigirte una evaluación permanente y una autocrítica constante. Precisamente Javier Diez Canseco aprendió a andar ese camino gracias a la polio.

Como lo ha explicado en innumerables entrevistas, la enfermedad le permitió “estar adentro pero tener la perspectiva del que está afuera”. El estudiante del Colegio Santa María pudo estar adentro y luego salir de esa condición por decisión propia, por opción y literalmente, “desclasarse”. Ese proceso de desclasamiento, de tomar distancia de las condiciones de clase para entender que no se trata de un simple legado, de “suerte” o de destino, sino resultado de procesos sociales y económicos complejos que te posicionan favorablemente en relación con el resto de la sociedad, es algo que Diez Canseco aprendió muy pronto. El Perú es inequitativo y él era un privilegiado con dos opciones: asumir que se lo merecía o entender que era producto de una injusticia que da una posición de dominio. Diez Canseco lo entendió plenamente y por eso asumió la opción preferencial por el pobre.

Hoy, en este mundo de emprendedurismo llamado Perú, con valores supremos de éxito individualizado, asumir que es más importante la decencia que la carrera al éxito es una toma de decisión radical. Diez Canseco era un radical, sí, y yo creo que hacen faltan muchos radicales como él para poder convertir la política peruana en una clase de decencia en lugar de ser este albañal de acomodos arribistas. Es difícil ser consecuente en acción y pensamiento durante toda una vida. Casi imposible. Pero si alguien quiere entrar a la arena política es preciso hacerlo, porque se entra para dar servicio no para hacer de ella un servicio higiénico. Seres humanos como Diez Canseco, con su coherencia y su vehemencia, nos hacen recordar que sí es posible construir una democracia radicalmente democrática.

En los últimos veinte años en el Perú y en América Latina son pocos los políticos que no han migrado de partido o de ideología, o que manteniéndose en el suyo, han usufructuado del erario público, con dinero, con prebendas, apoyos, favores y cuanto chanchullo pueda existir. Por eso mismo, cuando un hombre en el Perú no se la da de pendejo, sino que persiste en ser un portavoz del subalterno, hay que seguir el legado, aunque cueste, aunque empobrezca, aunque nos llenemos de enemigos, aunque nos griten “puta terruca bruta”.

Solo nosotros ante nosotros mismos, de pie, desnudos frente a la muerte, podremos avergonzarnos o enorgullecernos de nuestras vidas.

¡Hasta la victoria siempre, Javier!

Publicado en Kolumna Okupa del diario La República, 07/05/2013

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