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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 18 de noviembre de 2011

Reencuentro sanjosefino: Promo 1976.

Edell, Dina, Luis y Zenón
Cuando Zenón Valdéz Guillen me invitó pasar a su casa a las 10.30 de la mañana del domingo 23 de octubre y preguntó quiénes asistirían a la reunión, sabía que era el comienzo de un acontecimiento en verdad emocionante.

—Confirmaron su asistencia —le respondí—: Azucena, Edell, Zaida, Gerardo, Marcelo, David y los dos Moshés.

—A Edell, Zaida y Gerardo no los veo desde hace más de 30 años —confesó Zenón.

—Me pasa lo mismo con los tres —le contesté.

—Ven —dijo, y me llevó por entre las javas de huevos de su avícola e hizo ingresar por la puerta que la conecta con su local de fiestas, un lugar amplio y enlocetado.

Al poco rato llegó Moisés Rojas Aliaga, con quien me reunía de tiempo en tiempo. Lo primero que hizo fue indagar por los cuyes. Están en el refrigerador, le indiqué. 

En efecto olvidaba mencionar que había llegado con una canastilla donde traía los cuyes a los que, amablemente, Zenón guardó en su nevera.

Creo que a todos nos debe haber pasado lo mismo: esperábamos con ansias el reencuentro. Días antes, después de haber coordinado hora y lugar, sugerí a Edell —quien aseguró llegaría con Zaida Verástegui—, que se adelantaran a la hora de la cita (11a.m.) porque los cuyes esperarán calatos y entumecidos de frío.

Todo empezó en el velorio de don Eurípides, padre de nuestro compañero de promoción Tarsicio Zegarra, donde coincidieron Edell Aliaga y Moisés Rojas Aliaga. Ellos se veían después de varios años y en amena conversación acordaron reunir a la promo.

Los días pasaban y la expectativa creció a tal punto que parecía que íbamos a festejar la noche buena. Reunirnos a los cincuentaitantos años de edad no era, en realidad, cualquier evento. Principalmente con aquellos amigos a quienes no habíamos visto desde que terminamos el último año de secundaria.

A las 11 de la mañana la llamada telefónica de Edell hizo vibrar el ambiente exaltándolo de amistad y alegría.
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Zenón Valdez, Luis Aliaga, Moisés Rojas M, Edell Aliaga, Moisés Rojas A., Gerardo Velásquez y Marcelo Díaz C.
Con Moisés fuimos a darle la bienvenida. Edell no conocía el lugar y aguardaba un poco lejos. Pensábamos que llegaría con Zaida pero esta no pudo asistir y Lelo —así llamábamos a Edell en el colegio— venía acompañada de su hija, una simpática señorita de 20 años que responde al nombre de Nadia.

Al llegar al local Edell y Valdés se saludaron un poco tensos:

—Hola, ¿tú eres Zenón?

—Hola ¿y tú eres Lelo?

Después de tomar unos refrescos en la sala de espera del local, Edell pregunto por los cuyes y, de inmediato, quiso empezar a preparar el exquisito platillo norteño, por lo que nos dirigimos a la cocina. En esos momentos llegaba Dina, la hermana de Zenón, con quién Edell se saludó efusivamente. Entre bromas y risas Dina trajo un mandil de cocina color beige que colocó a Edell para que empezara con el cálculo de presas y la respectiva descuartización de los cuyes.

Mientras esto sucedía en la cocina; afuera, en la puerta del local, aguardaba alguien. No me fue difícil reconocer quien era; antes había visto su fotografía en Internet, por lo que lo saludé sonriente:

—¡Gerardo, amigo!, pasa por favor. ¿Por qué te quedas ahí? —le pregunté.

—Como el local estaba vacío —me explicó—; pensé que me había equivocado.

—Pasa hermano —le dije mientras nos dirigíamos a la cocina.

Para hacer la cosa amena pedí a Gerardo que no dijera su nombre y pregunté a todos: —¿Me pueden decir quién es él?

Claro que habíamos cambiado. No éramos los jovencitos de antaño, pero tampoco estábamos en la edad en la que te da la “garrotera” y te duele la cintura hasta por amarrarte los zapatos.

Moisés ya lo había reconocido, pero calló; Edell también lo supo, pero no dijo nada; y Dina Valdéz no daba en el clavo por más que trataba de adivinar. Entonces, un poco nervioso, intervino Gerardo:

—Soy Gerardo Velásquez Paz —dijo, y todos se acercaron para abrazarlo.

Más tarde, acompañado por Gerardo, hicimos pasar a Marcelo Díaz Calla a quien reconocimos de inmediato. Al conducirlo a la cocina también le rogamos que no dijera su nombre y lo presentamos como si fuera Arístides Camacho, otro de nuestros compañeros de la promoción de parecida contextura a Marcelo. Dina fue la que cayó en el engaño y saludó a Marcelo diciéndole: — ¡Arichito, cómo estás, de tiempos que te veo!

Un poco avergonzado, Marcelo le dijo: — Yo soy Marcelo Díaz Calla hijo de don Armando Díaz. Arístides no ha podido venir.

Todos reímos de buena gana.

Como ya pasaba más de media hora de la cita, salí a ver si alguno de los compañeros esperaba afuera, como le sucedió a Gerardo y a Marcelo. Dicho y hecho, Moisés Rojas Mariñas, que conocía la casa de Valdez, se hallaba tocando, una y otra vez, el timbre de la puerta principal. En un primer momento no lo reconocí. Vestía un pulóver de color marrón, una camisa amarilla a cuadros y usaba lentes oscuros por lo que me pareció ver a un guardaespaldas de una vieja película de Al Capone.

—¡Hola! !Qué pasa! —grité.

—Luchito —me respondió con amplia sonrisa e inconfundible balanceo de hombros y cabeza.

A Moisés Rojas Mariñas le sucedió lo que a Gerardo, al final tuvo que deletrear su nombre y apellidos como si estaría presentándose ante un grupo de desconocidos.

—Es que antes eras chiquito y panzón —habló Dina un poco abochornada por no haber podido reconocer a tres de nuestros amigos del colegio. Después, como para disimular, sacó otro mandil de cocina, y pusieron a Moisés Rojas Mariñas a pelar papas junto a Edell y Gerardo.

—¡Qué mal ejemplo! —gritó alguien.

—¡Por favor no a las fotos. No vaya a verlas mi esposa y me haga cocinar de por vida —gritó Moisés al ver la luz de los flashes.

Marcelo y Zenón, ya en confianza, dialogaron:

—No te haces nada —dijo Marcelo. 

—No seas malo —contestó Zenón—. ¿Y la pelada? —preguntó. 

—Es algo normal —respondió Marcelo para contentarlo.

La vida es así, no se detiene y deja su huella que nadie la puede negar; aunque hay etapas en que pensamos que todo será igual.
 
Pasaron las horas y cuando celebrábamos las ocurrencias de la promo, sentados y alrededor de tres mesas redondas cubiertas por manteles de color lila, llegó Azucena Zegarra con su menor hija, y la señora Fanny Velásquez, amiga de la promoción. Al poco rato, para completar la reunión, se hizo presente Gonzalo Mujica también ex sanjosefino y amigo nuestro.

Como en mochila de alpinista, en la reunión, hubo de todo; pero lo que nos sorprendió gratamente fue el cambio que vimos en Gerardo quien nos hizo reír durante todo el evento, contándonos chistes y hasta deleitándonos con su hermosa voz que muchos no habíamos escuchado en el colegio.

Moisés Rojas Aliaga se encargó de tomar las fotos para el recuerdo, Marcelo agradeció y pidió perdón con un rezo al Altísimo por darnos la vida y por el asesinato del cuy, que estuvo riquísimo.

Todos nos sentimos queridos. Los abrazos, los besos, las preguntas y las risas nos hicieron olvidar arrugas, barrigas y kilos demás e incluso super más.

Finalmente nos despedimos anotando direcciones, correos electrónicos, teléfonos celulares y lo que fuera para volver a encontrarnos. Porque así es, así tiene que ser; los amigos de colegio siempre diremos presente, como sucedió la tarde de este hermoso último domingo del mes de octubre del 2011 con la Promoción 1976, de nuestro amado Colegio Nacional “San José” de Sucre.


Lima, noviembre de 2011

Palujo

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