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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

lunes, 12 de julio de 2010

Opinión libre: NO HAY MILAGROS EN EL DESARROLLO

Por Gustavo Rojas Alegría (*)

Consideremos dos semblanzas oficiales; una del Perú actual y otra de la India. Dice la primera: “Desde tiempos inmemoriales, la vida del país está ligada a la minería. El Perú es líder mundial en actividad minera, quinto destino en inversiones para exploración minera. Tiene una cartera de proyectos superior a los 24 mil millones de dólares. Actualmente la actividad extractiva, aunque venida a menos por la crisis internacional, sigue siendo la vedette de la economía nacional. El 2008 concentró el 62% de las exportaciones, que aportaron el 5,2% del PBI.”

La segunda señala: “Aproximadamente medio millón de ingenieros, físicos y otros científicos se gradúan cada año en la India; en la Unión Europea se titulan 200 mil ingenieros y científicos anual- mente y en Estados Unidos lo hacen 60 mil en ese mismo lapso. 17 millones de personas disponibles hay, hoy, en la India para trabajar en la industria de las Tecnologías de la Información y Comunicación (TICs). El auge tecnoexportador de esta nación se explica, sobre todo, por su sistema educativo orientado hacia las matemáticas y las ciencias. Este enorme potencial humano fue el que sustentó el 2006 ventas de TICs por un valor de 52 mil millones de dólares.”
 
Podemos apreciar la visión de los gobernantes de ambas naciones respecto a las prioridades de sus políticas de desarrollo: El Perú apostando históricamente por una política primario exportadora consistente en extraer y exportar salitre, extraer y exportar guano de la isla, extraer pescado para exportar harina de pescado, extraer y exportar mineral, extraer y exportar gas natural. La India apostando por exportar inteligencia. He aquí el contraste de las políticas impulsadas por Alan García y sus antecesores, y la política visionaria del primer ministro indio Pandit Jawaharlal Nehru, quien comprendió los beneficios de vender inteligencia al resto del orbe, y focalizó sus esfuerzos en mejorar la educación superior e impulsar los centros de investigación, logrando un alto dinamismo científico y tecnológico que le permite hoy participar exitosamente en las condiciones de extrema competitividad del mundo globalizado.

Países emergentes como Nueva Zelanda, Australia, Chile, Brasil, entre otros, van por ese mismo camino. Brasil, bajo la conducción de Lula Da Silva, es considerada hoy la octava economía más importante del mundo y la mayor de AL. Qué decir de los países emergentes del Asia Pacifico que hace tres o cuatro décadas, partiendo de una situación económica más precaria que la nuestra invirtieron en educación superior con el fin de dotarse de una base científico tecnológica que les permitiera aprovechar los profundos cambios que traía consigo la sociedad del conocimiento, para lograr sustentar su desarrollo con autonomía en el concierto mundial en base a incorporar un alto valor agregado a los bienes y servicios que producen y comercializan.

Cuando se analizan los espectaculares resultados logrados por algunos países, suele utilizarse el término “milagro”. Así se habla del milagro alemán y japonés después de la terrible conflagración mundial; milagro de los tigres asiáticos, milagro chino, milagro finlandés, milagro hindú, milagro brasileño, etc. Así interpretado, nuestra endémica postración se debería a que aún no somos bendecidos por un milagro, y por lo tanto, debemos esperar que ese hecho divino y extraordinario suceda. En las actuales condiciones, esto nunca sucederá.

El pasado año, el Perú destinó a la educación superior sólo el 2,8% del PBI, lo que en la práctica significa un permanente retroceso de la responsabilidad del Estado con la Educación Superior, faltando a la décima segunda política de Estado del Acuerdo Nacional, que se compromete a “garantizar recursos para la reforma educativa otorgando un incremento mínimo anual en el presupuesto del sector educación equivalente al 0.25 % del PBI, hasta que éste alcance un monto global equivalente a 6% del PBI”. En contraste, nuestros vecinos de América destinan a sus instituciones de Educación Superior porcentajes de su PBI por encima del 4,5%. Por supuesto, muy inferiores a los países asiáticos como, por ejemplo Malasia, que destina más de 7,5% del PBI.

¿Milagro?, por supuesto que no. Sólo decisión de invertir en políticas educativas de largo plazo apostando por el futuro, responsabilizando a las universidades la formación de cuadros rigurosamente calificados que conduzcan el proceso del desarrollo social sustentable. Alan García lleva ya cerca de nueve años de gobierno, ¿qué tiempo ha dedicado en sus discursos para explicar al país su política respecto al rol estratégico que deben jugar las universidades públicas, como promotoras de equidad, de generación de conocimiento y como verdadero instrumento de liberación de nuestra dependencia de las potencias dominantes?

Por el contrario, en lugar de potenciar la universidad pública, hay una política de agresión traducida en sistemáticos recortes presupuestales, estrangulamiento de su finanzas a través del SIAF, violación de la autonomía universitaria, recorte de la gratuidad de la enseñanza, confiscación de los ingresos directamente recaudados por las universidades, desprestigio e incumplimiento del Programa de Homologación, etc. ¿Cómo puede explicarse que más de 25 mil docentes universitarios tengan que verse obligados a realizar una huelga nacional indefinida para exigir al gobierno que cumpla con la ley? Esta situación interpela a la clase política con respecto a su visión de la universidad pública.

En este escenario, es preciso notar, paralelamente, que nosotros los universitarios también debemos asumir nuestras responsabilidades. Asegurar mayores recursos para la universidad no es suficiente y no garantiza un cambio, sin una profunda reforma de sus estructuras y procesos, para sacarla de su marasmo, de sus cuatro paredes, de la autocomplacencia, de la sobreexplotación “marketera” de sus hombres ilustres. El derecho al trabajo no puede ser manto protector de la mediocridad. Tiene que haber un firme compromiso de los universitarios de recuperar su rol critico, desarrollar sistemas de autoevaluación y acreditación como procesos de responsabilidad social, superando los falsos procesos de calificación de variables estadísticas, como si se tratara del control de calidad de una mercancía y no de una casa de estudios, compuesta por seres humanos, cuyos objetivos son distintos a la lógica del mercado. Debemos acabar con la cultura del aprovecha- miento y el individualismo egoísta, el tecnocratismo y el utilitarismo, y reemplazarla por la cultura humanista y tolerante que debe acompañar a un profesional, como ciudadano comprometido con su sociedad y su país.

(*)Profesor de la Universidad Nacional de Trujillo.

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