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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

lunes, 29 de julio de 2013

EL PATRIOTISMO EN EL PERÚ (Reflexiones antipáticas)

Dedicado a mi amigo, Fernando Llanos Masciotti
 
Este post va al calor de un batiburrillo de artículos para ocasión de las Fiestas Patrias del Perú. El comentario liberal de Trahtemberg en el pasquín Correo, La réplica de Silvio Rendón y el comentario de Ricardo Virhuez en esa nueva tribuna de debates adultos que es el Facebook (porque el resto de los internautas ya se ha pasado al twitter). Y, como guinda al pastel, la última columna de Martín Tanaka en La República.

Qué decir, por un lado me parece gratificante que, poco a poco, las élites (económicas, académicas, culturales) vayan sacudiéndose sus hombros de esa caspa decimonónica que reducía la historia del Perú a las vicisitudes de sociedad criolla, que abandonan la costra militarista y se sinceren en la abominación de los desfiles militares y su mala influencia en el sistema educativo. Que se critique y se discuta una historia del Perú canónica y oficial, que oculta muchos hechos necesarios y por otro lado es una buena sarta de mentiras. Una historia que solo la tragan los indolentes, los oportunistas y los patriotas de salón, esos que se juntan en un bar a cantar el Perú Campeón y el valsecito del ron Pomalca. 


De esa crítica, lo más interesante, es que volvamos a ver la historia del Perú como una historia de peruanos de carne y hueso, de personas concretas que nacieron, vivieron, sufrieron y murieron en esta tierra. Que, como testimonios sociales o experiencias excepcionales, nos dieron derroteros que interpretar o juzgar. Nuestro país es una suma de vivencias diversas, mucho más marcadas porque somos un país bastante plural, donde más que venerar hay que reflexionar, donde más que aplaudir hay que criticar, donde más que desfilar, urge pensar.

Las Fiestas Patrias, hoy, debiera ser un momento de reflexión. De saber a dónde demonios vamos como país. De pensar en qué le vamos a dejar a nuestros hijos, de cómo vivir el Perú con ellos.

Sí, sé que eso es una actitud fregada en un país que ahora, en plena borrachera de crecimiento macroeconómico, festeja su Ventiocho con cebichito, arroz con pato, pachamanca, ají de gallina, seco de cordero, chaufa taipá, cerveza Cristal, Inka Kola, chicha de jora y pisco soldeíca.   Que luego paseamos por la plaza en son de fiesta, escuchando los enlatados emblemáticos de Eva Ayllón y el zambo Cavero, que disfrutamos de los pasacalles de música folklórica que evocan nuestra diversidad, que terminamos bailando cumbia en estadios o llenando circos, malls y multicines aprovechando la propina de la gratificación o la engañosa generosidad de nuestras tarjetas de crédito. Que hemos cristalizado la celebración del país en una ceremonia consumista. Porque eso nos dicen los medios, ser peruano ahora es consumir, es gastar, es traducir tus deseos y expectativas comprando.

Dicho de otra forma. Si no compras, no eres peruano. Si no disfrutas consumiendo, tampoco lo eres. Si en vez de comprar tus anticuchos o tu pasaje LAN de vacaciones, te dedicas a discutir lo que ves por televisión o a renegar de los escolares que marchan; pues eres un mal peruano, un amargado, hasta un terrorista.

Dicho nuevamente de otra forma distinta. Los millones de peruanos que no pueden o no quieren gastar, que no quieren desfilar y les llega ver el Te Deum y todo ese rollo, que ese mismo día tienen que trabajar y mañana también porque su condición económica y laboral no les permiten tener vacaciones, quienes esos días patrios prefieren pensar (y actuar) frente a la podredumbre del Congreso, la felonía gubernamental y la miseria moral de los medios...en fin, todos ellos no son peruanos.

Y a lo mejor tengan razón.

La patria es una razón sentimental. Es un producto cultural que gana legimitidad según cómo se proponga. En el pasado la patria no reflejaba ningún interés -más allá de los rituales oficiales- dentro de una sociedad profundamente dividida y discriminatoria. Cuando aparecieron las tecnologías, las comunicaciones, la difusión de la educación pública, los movimientos demográficos, la mayor cobertura de los medios de comunicación y la creciente movilidad social; se fue macerando un vago sentido de peruanidad que nacía de una guerra perdida y se recreaba en los éxitos de nuestras selecciones de fútbol (masculino) y de voley (femenino). La derrota de la insurgencia maoísta (dibujado como el fin del gran conflicto que asolaba el país) y la legitimación del discurso neoliberal (propagandizado como la -única- salida de la pobreza) construyeron un nuevo sentido de peruanidad alentado por el coro mediático, el impulso de las nuevas tecnologías y el crecimiento económico durante todo el siglo XXI.

Cuando te dicen que has hecho patria haciendo crecer tu negocio, sea una inmobiliaria sea un kiosko de alfajores; te crees el discurso de la patria. Y si te va bien, pues lo disfrutas. El sueño de muchos es que el patriotismo peruano sea muy parecido al patriotismo norteamericano: Tu defiendes el país de las oportunidades, el país donde puedes triunfar si trabajas duro y la haces, el país donde si obedeces a la autoridad, no te metes mucho en política, si eres práctico y sabes cómo colocarte; te saldrán mejor las cosas. La patria como sublimación del individualismo, donde la comunidad depende de los intereses personales. Claro, todo este discurso a la peruana; donde le agregamos el paisaje del turismo, los olores de nuestra gastronomía y los discursos pasionales de la telebasura y la prensa chicha, productos cien por cien de esta tierra.

A la peruana. Donde sabemos que no hay que tragarlo todo de ese discurso, donde sabemos que nada es inocente y desconfiar es bueno, donde el patriotismo es un simulacro para sobrevivir y rentar en una sociedad carcomida por la corrupción, la impunidad y el racismo. Un lindo país donde una pareja de adinerados borrachos tumba un poste de luz pública, cholea a la policía (que tampoco se deja respetar mucho) y llora porque se les ha perdido su perrita de raza. Y después no pasa nada, más allá del chiste noticioso y los memes de internet.

"Los obreros no tenemos patria". Eso lo decía Karl Marx y estaría bien que muchos izquierdistas -sobretodo los más jóvenes- lo tomaran en cuenta. La patria no es un concepto afortunado en un discurso que habla de la lucha de clases mundial o de un proletariado internacional. Incluso aquellos que hablan de una patria bolivariana o latinoamericana escamotean conceptos originarios que nunca entendieron esto de patria como comunidad de personas unidas por leyendas y herencia común. ¿Por qué? Porque en toda sociedad hay clases que según el marxismo son irrenconciliables en un proyecto de dominio total de los trabajadores (sí, suena largo y aburrido pero así lo escribían). Acá muchos creen que la patria cobra sentido porque todos bailan al son del Grupo 5, pero -como lo comentó alguna vez el sociólogo Santiago Alfaro- el día en que la gente de los barrios acomodados de Lima vayan a bailar cumbia en El Huaralino o a Huarocondo, allí sí podríamos hablar en serio de una comunidad. De una curiosa comunidad donde hoy la gran mayoría de los héroes oficiales peruanos (esos que aparecen en las láminas Huascarán o en los billetes) suelen ser blancos, criollos y militares. Las lineas de separación están todavía muy, pero muy marcadas en todo el país.

Por más que Al fondo hay sitio, los programas de concursos de imitación o ese bien montado canal de gastronomía peruana, quiéranos decir lo contrario.

No quiero quedar como cascarrabias. Podría citar a Samuel Jonhson ("El patriotismo es el último refugio de los canallas") o al gran Ambrose Pierce en su Diccionario del Diablo (Definición de patriotismo: "Basura combustible dispuesta a arder para iluminar el camino de cualquier ambicioso") Pero no. No arreglamos mucho añadiendo más leña al fuego. Por más libertaria que sea la leña.

Mi concepto de "patria" para mí es otro. Es el de construir un mundo mejor para todos, una forma de ayudar concretamente a lo demás. Una actitud de solidaridad con quienes consideramos nuestros hermanos y amigos, sobre todo quienes la sufren de verdad. Donde las raíces culturales sean estímulos a ser mejores personas y no a crear fronteras. Un saber decir "yo no soy sólo yo". Donde yo como trabajador aprendo de otros trabajadores, banderas aparte. Un abrirse a los demás, un escuchar al otro. Así nomás, sin desfiles ni ceremonias ni vainas.

Sentarnos a conversar, preguntarnos por lo que queremos y lo que nos hace falta. Ayudarnos. Para mí, eso es patria.

Lo demás, no sé si ya valdrá la pena.

Y he tardado casi cuarenta años en descubrirlo. Para bien o para mal.

* En la foto, la señorita Sofía Lorca haciendo de la patria hace cien años más o menos. Una patria ajena, criolla, mayestática y retórica. ¿Nos imaginamos una mejor?
 
Tomado del Blog:  El lápiz y el martillo

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre El lápiz y el martillo clavando las palabras en su exacto lugar. En este artículo, aparte de la conceptualización sobre temas tan esenciales, las acciones reales buenas, muy pocas, y perversas la gran mayoría, nos llevan directo al pensar crítico y necesario.

Esperamos más reflexiones amigo Javier.

Un saludo desde la patria soñada.

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