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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

jueves, 29 de marzo de 2018

Jesús El radical / Por Ada Lum

 
Siempre han existido revolucionarios. Cada época ha tenido sus descontentos que abogaron por el cambio radical de las estructuras existentes. Pero hoy en día la mayor libertad individual, los medios de comunicación masiva, otras ayudas tecnológicas y una comunidad internacional más estrecha hacen que las personas estén más inquietas y la revolución sea más contagiosa.

Hace casi dos mil años vivió el hombre Jesús. Muchos lo consideraron un gran maestro. Algunos lo llamaron profeta. Algunos lo consideraron principalmente como un hacedor de milagros. Otros se convencieron gradualmente de que era todas estas cosas, y mucho más. Pensaron lo que pensarán los hombres de aquel entonces y piensen lo que piensen hoy, lo cierto es que desde que él vino el mundo no ha sido el mismo.
Jesús vivió en una época tan inclinada a la revolución como la nuestra. En el siglo I Palestina era un país ocupado, y la Roma imperial vigilaba a la ingobernable nación judía con más cuidado que a sus otras colonias, brutalmente dispuesta a aplastar cualquier levantamiento. No es extraño que los judíos nacionalistas esperasen un mesías político–militar que habría de destruir a las potencias occidentales opresoras.

De acuerdo con Josefo, el historiador judío del siglo II, más o menos una vez en cada generación los zelotes provocaban revueltas y actividades guerrilleras contra Roma.

Aun entre los doce discípulos más íntimos de Jesús, posiblemente cinco tuvieran relaciones con los zelotes. En los relatos de la vida y la obra de Jesús vemos que constantemente estaba siendo apremiado para que empleara los métodos revolucionarios de los zelotes para lograr su propósito.

Pero Jesús no era un revolucionario. Un revolucionario es alguien que desde afuera quiere sabotear toda la estructura existente. De hecho se puede decir que Jesús trató de mantener algunas de las formas y procedimientos de su sociedad. Asistía fielmente a la sinagoga, la forma religiosa predominante en sus días, y amaba al Templo por lo que él representaba.

Tampoco fue un reformista que desgarraba trozos de vestidos nuevos para remendar un vestido apolillado.

Jesús fue un radical: alguien que “desde adentro” se preocupaba por las personas y por la vida lo suficiente como para ir hasta las raíces de la dignidad personal y las relaciones sociales significativas. Él vino a radicalizar el corazón, el centro de los deseos y ambiciones humanos.

Sin destruir las formas y procedimientos útiles, fue más allá de éstos, al contenido y la substancia. Solo él hizo posible que todos los hombres se detengan en el cuesta debajo de la vida plena y creativa que Dios quiere que vivan.

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