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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

martes, 10 de junio de 2014

HISTORIAS ESCUCHADAS A LA MAESTRA NATY

EL MÁS VIEJO DE LA PANDILLA
  
Hace tres sábados que me reúno con chicos que integran pandillas de los alrededores del colegio– me cuenta Naty.
   Sí, me hablaste de ese Proyecto… le digo yo pero, ¿cómo has logrado convocar a estos pandilleros?
   A través de Jaime –me contesta Naty, el alumno del cuarto grado que estaba metido en eso y conoce a varios.
   ¿Qué anzuelo usas para atraerlos?

   Les obsequiamos víveres, algunos implementos de vestir o deportivos. Claro, todo eso luego de las charlas y de las actividades artísticas y deportivas, en fin. Y, como esperaba, desde ese tiempo las paredes del colegio amanecen limpias, los muchachos respetan los acuerdos, o los que asisten inducen a los más recalcitrantes respeten los alrededores del colegio. Sabes, antes éstos rondaban el colegio, fumaban, asustaban a las chicas, las paredes del colegio amanecían con enormes pintas. Ha disminuido mucho el riesgo que antes corrían los chicos al salir del colegio.
   Este último sábado –agrega Naty ocurrió algo curioso. Les estaba dando la charla, eran unos diez muchachos, cuando se introdujo una persona bastante mayor que éstos, pero con peor pinta. Luego de recibir las bromas de los jóvenes que, evidentemente, lo conocían, se sentó a cierta distancia, me saludó efusiva, respetuosamente, con movimientos de cabeza. Terminada la sesión me acerqué a esta persona, le di la mano y le pregunté cómo así se interesó en asistir a estas actividades. Me dijo que era amigo de todos ellos, que al ver que no estaban a orillas del río donde se encontraban y enterarse que estaban en el colegio, decidió averiguar cuál era el problema. “Así como soy el más viejo -me dijo-, así también saco cara por ellos, y también les pongo su paralé. Usted es una profesora respetable señorita, por lo que veo que usted les quiere ayudar y aconsejar, cuente con mi apoyo, cualquier indisciplina dígame a mí nomá que yo le pongo orden, yo tengo más recorrido que éstos, así que a mí me respetan, sabe usted”.
   Ah muy bien, le dije yo, entonces usted va a ser de mucha ayuda. Luego le pregunté si tenía algún oficio. “Mire señorita –me dijo yo qué no sé hacer, pero ahora como usted me ve estoy en nada. Usted sabe, a veces uno se equivoca y solito se hace daño. Pero nunca es tarde…”
   Olía a alcohol. Sus amigos, luego de terminada las actividades, lo comenzaron a llamar para retirarse juntos, pero Alberto –así dijo que se llamaba- les hizo señas para que esperen afuera. Al ver que yo trataba dignamente a todos, él estuvo animado de seguir la charla, parecía tener la inquietud de contarme algo. Me dijo que una cosa que le había gustado siempre era declamar, recitar poesía y que había ganado hace mucho tiempo un premio. Lo escuché con atención, pero como lo observaba muy consumido y cadavérico, me parecía que no había comido hacía tiempo, así que ordené le alcancen ya el  refresco y un sánguche. Cuando estos alimentos le llegaron, él no se apuró en consumirlos, los puso a un lado suyo, parecía ansioso de seguir contándome su historia, y estuvo más preocupado en sacar de uno de los bolsillos de su camisa vieja un arrugado papel. Era un cartón sucio, grasiento, amarillo, no obstante doblado cuidadosamente en cuatro partes como para que quepe en cualquier bolsillo. “Mire señorita, no le miento y me alcanzó ese arrugado cartón yo fui campeón en tercero de primaria”.
   Cogí el papel y para mi asombro, leí, sobre una letra en tinta ya borroneándose: ALBERTO CUSPIS RAMOS, PRIMER LUGAR EN CONSURSO DE DECLAMACIÓN… 3° GRADO… 1970…
   Así es, efectivamente, Alberto, le dije, sin salir todavía de mi asombro.  “Ya ve, profesora, no le miento, yo fui campeón y recibí este premio”, me decía orgulloso, con sus brillantes ojos lacrimosos.
   Guardaba él celosamente ese diploma ya amarillo, arrugadito, en el bolsillo de su viejo pantalón, como  constancia de mérito, señal de humanidad, a la que se aferraba orgulloso, dispuesto a mostrar, cuando la ocasión se presentara, que  su vida no era sólo ese despojo humano que aparentaba ahora. Ese desgajado cartón que yo tenía en mis manos, que él conservaba celosamente, era la prueba, la única y preciada constancia de su valía como ser humano o la prueba de que algún día lo había sido también. Y se aferraba a él, a ese lejano brillo, como una titilante vela, pero brillo al fin, en medio de la noche en que devino su lastimera vida. Lo felicité emocionada. Le abracé fuertemente, le dije que reconocía su valía, que no me era extraño que hubiera tenido ese gran mérito pues los seres humanos revelamos tanto talento cuando se nos da la oportunidad. Y si algunas personas se pierden es por ciertas circunstancias  que muchas veces escapan a ellos. Que, sin embargo, siempre era posible cambiar nuestra suerte, pues en potencia tenemos muchas capacidades como él me lo acababa de  demostrar.
   Me prometió que obedecería mi consejo, “voy a cambiar señorita”, me dijo levantando el dedo pulgar de su mano ruda y temblorosa. Luego me pidió que le escuchara declamar un poema que no se le había olvidado nunca desde aquella edad de estudiante. Y declamó…  con una energía y una fuerza realmente conmovedora –aun en ese enjuto cuerpo y rostro enrojecido por el alcohol, de barba rala, de hombre niño o de niño envejecido, había declamado con tanto ímpetu que efectivamente no había más que comprender por qué había ganado ese lejano concurso escolar. Lo aplaudí y felicité efusivamente. Callamos, mientras yo me secaba una lágrima. En todo ese tiempo su pan y su refresco no habían sido tocados, tal era la prioridad que tenía en expresarse y en mostrarse. Le hice recordar que bebiera su refresco y comiera. Así lo hizo recién, y mientras me reiteraba la promesa que “iba a cambiar”, nos despedimos. Había dejado, sin embargo, su indeleble espasmo de alcohol en el ambiente.


(Natividad Pérez Velarde, insigne maestra, dirigió además  varias escuelas del interior del país como de Lima, entre los últimos centros educativos en los que dejó la huella de su vocación de servicio y su entereza pedagógica fue el colegio Villa Angélica de San Martín de Porres, Lima. El presente texto es una de tantas historias que me contó y que retrata su profundad humanidad.ABB)

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