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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

lunes, 23 de diciembre de 2013

NAVIDAD CAJACHA

Jorge Pereyra

La Navidad, como su nombre lo indica, es el nacimiento de Jesús y no la adoración pagana de un árbol lleno de regalos. 

En esta fecha, caracterizada por el olvido y la deformación comercial, lo que realmente debemos conmemorar es el nacimiento de un Dios que se hizo Hijo y hombre para redimir y perdonar a toda la humanidad.

Sin embargo, los adoradores del Becerro de Oro han transformado esta fecha en una especie de Sodoma y Gomorra comercial donde el grosero, ramplón y materialista consumismo ha remplazado al amor.

No hay Navidad sin Jesús. Como tampoco puede haber Universo sin estrellas. Los árboles nacen todos los días y no precisamente en Navidad. Entonces, ¿por qué adorarlos justamente en esta época tan especial?

Pero en el colmo de la osadía, estos adoradores auríferos pretenden ahora remplazar la denominación de “Feliz Navidad” por la de “Felices Fiestas”… ¿Cuáles? Si la única Fiesta en esta época es la Navidad.

LA TRADICIÓN DE LOS NACIMIENTOS

Retornemos a la adoración del Niño Manuelito, con su pesebre, su buey y su burrito. Y celebremos alborozados su opción por venir al mundo entre la humildad y la pobreza.

No hay nada más peruano y cajamarquino que un retablo indígena donde la Trinidad (Jesús, José y María) recibe el cariño y las ofrendas de las pallitas, pastores y los animalitos más nobles. Y hasta el musgo, la shapra, la achupalla, y el tuyo, se sacralizan para contribuir al paisaje navideño.

Recuerdo que de niño solía levantarme muy temprano el Día de Navidad para observar al Niño recién nacido, con su sonrisa divina, descansando plácidamente en su cunita. 

Y los chiquillos de mi tiempo no nos escondíamos detrás de una cortina para ver descender por la chimenea (¿cuál?) al mofletudo y ventrudo Santa Claus. Sabíamos que los juguetes no aparecían por arte de magia sino que nuestros padres trabajaban duro durante todo el año para comprarlos. Y nuestros progenitores tampoco se sentaban a esperar que este robusto personaje polar trajera en su trineo lo que a ellos les correspondía conseguir.

LA OPÍPARA CENA NAVIDEÑA

Ah, y la cena navideña merece un comentario aparte. 

Los tamalitos en hoja de achira, las humitas de dulce y sal envueltas en su panca, las crocantes rosquitas de Campos, el aromático chocolate celendino con leche y con sus ligas de queso, los bizcochos de las señoritas Merino, el lechoncito asado, el mechado de pierna de chancho y el infaltable pavo al horno.

Y cómo podríamos olvidarnos de esos diminutos pastelitos mantecados de milhojas, de manjar blanco y carne, que se ofrecían en las puertas de todas las iglesias en tremendas canastas alumbradas con su farolito rojo de papel cometa. Y como postre casero, el dulce de calabaza con chancaca y los higos confitados, entre otros.

Ay, mi Cajamarca de antes… Uno no comía para vivir, sino que vivía para comer. Y en la Navidad comíamos con la alegría y la displicencia de un Obispo.

NIÑO MANUELITO QUÉ TE PUEDO DAR…

Pero al Niño Manuelito no sólo se lo adoraba en el interior de las casas. Afuera, en las calles, caravanas musicales, constituidas por pallitas y pastores que entonaban villancicos, acompañaban a pie a la Virgen que iba montada en su burrito. Y en cada casa donde había un Nacimiento, las pallitas y pastores le cantaban al Niño recién nacido al ritmo de una cajita o tamborcito de piel de chivo.

Los Nacimientos más espectaculares podían verse y visitarse en la casa del taxidermista don Pablito, del escribano Zúnico, del solterón Ernesto Uceda, de doña Magna Cubas, y en la del panadero Ernesto Romero Marchena. Todas estas representaciones ocupaban cuartos enteros con miles de figuritas y animalitos; pero también eran famosos los Nacimientos Vivos de San Pedro, la Catedral y de doña Zoila Huatay. 

Por supuesto que esta masiva muestra navideña, que ocurría simultáneamente en todos los puntos de la ciudad, daba la impresión que Jesús había nacido realmente en Cajamarca.

Y con toda esta riqueza costumbrista, ¿acaso creen ustedes que los cajamarquinos necesitamos de nieve, papanoeles y árboles navideños para homenajear al Hijo de Dios?

¡FELIZ (y auténtica) NAVIDAD CAJACHA!

Fuente: Facebook de  Jorge Pereyra.

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