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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

lunes, 22 de julio de 2013

La danza literaria de Walter Lingán, Julio Mendívil



Comentario sobre La danza de la viuda negra, libro de cuentos de Walter Lingán.

Fondo Editorial de Comas, Lima, 2001

Julio Mendívil

Entre los textos de La danza de la viuda negra –el último libro de Walter Lingán- y su sugestiva carátula tal vez no exista más nexo que el de la encuadernación, pues si los cuentos parecen acercarse a esa -casi diría- hoy conservadora tradición del indigenismo posterior a Arguedas, la elección del diseño da cuenta de una actitud más desparpajada frente al público que la de los militantes del costumbrismo tardío. 

Quizás no sea casual esa supuesta incongruencia y sospecho que esconde un mensaje más profundo: que en estos textos escritos en los ochenta se filtra constantemente la personalidad de un Lingán actual, ubicado más allá de esas verdades de antaño.


El libro regresa aparentemente a propuestas literarias hoy por hoy anacrónicas como el uso del «yo omnisciente» como técnica narrativa, una técnica literaria desautorizada por la crítica a principios del siglo XX. Incluso en aquellos relatos en que Lingán se decide por otra perspectiva autorial, el «yo omnisciente» surge y se apodera de la escena, como si sólo el «yo» ratificara el carácter testimonial que pretenden las historias.

Pero Walter Lingán no es un pasadista ni su meta es una literatura indigenista tardía, aunque algunos de sus textos no puedan ocultar sus deudas con Ciro Alegría, Arguedas o Manuel Scorza. Pero más allá de dichas deudas, Walter Lingán ha preferido el eclecticismo y la sonrisa irónica del que no se ajusta a ninguna regla para construir sus mundos narrativos. Por eso estos cuentos no deben ser entendidos como un conjunto unitario ni uniforme, como lo afirma Kapsoli, su prologuista, sino como un collage de temas e intenciones trasformados por una mirada actual que determina la lectura al igual que las anotaciones al borde de la página en un manuscrito.

Lingán se acerca a sus paradigmas no sólo en las técnicas literarias; lo hace también en su actitud política, por lo que profesa una pluma «combativa», en el sentido que le daba la izquierda a esa palabra. Pero sus cuentos reflejan mejor la pertenencia a un género –el de la literatura comprometida- que la realidad de la sierra andina norteña, en la que se suceden las historias, logrando crear así una realidad ficcional «convincente» como, por ejemplo, al llevar la guerra sucia ayacuchana a San Miguel en cuentos como «Hay que detener al diablo» o «Pacha Tikra».

Walter Lingán es por lo demás un amante de la palabra, sus textos son prolijos, abundan en giros idiomáticos regionales, en juegos de palabras, en citas de canciones populares, en chistes y modismos locales; a veces esa divagación excesiva de la palabra resiente en algo la estructura de sus cuentos para un lector no acostumbrado a los juegos infinitos de la oralidad; parece, en cambio, lograr simpatías entre quienes se reconocen en sus laberintos lingüísticos, en la chispa y en ese uso provocador de la morbosidad a que recurre constantemente y con evidente destreza.

Pienso que en dichas facultades radican las posibilidades narrativas de Lingán. Así lo demuestran los dos primeros cuentos del libro —«Motori» y «La danza de la viuda negra»— en los que muestra todas sus dotes de creador irreverente, imaginativo, ameno e innovador, además de una capacidad particular para crear historias desaforadas, mas estructuradas con un claro sentido narrativo.

Vale referirse escuetamente a los personajes de Lingán, éstos también podrían corresponder en alguna medida a los prototipos del indigenismo, pero rehúsan ser meras copias de un Rosendo Maqui o de un Rendón Wilka y rebasan sus arquetipos en una especie de reacomodo conceptual como en el caso de Motori, ese psicópata que rompe las normas de conducta de su comunidad hasta llegar a la aberración sexual sin dejar de cautivar a los lectores.

La danza de la viuda negra es, en conclusión, un libro que muestra que la literatura llamada regionalista puede burlar los estrechos cercos de la repetición y ajustarse a nuevos tiempos y nuevas búsquedas, que busca asimismo, en la restauración de un universo ficcional rural, una alternativa –aún incipiente, pero alternativa al fin- a esas plumas que han hecho de lo citadino limeño un frágil remedo de los vientos nihilistas latinos que encandilan a Occidente en las grandes metrópolis.


Ciberayllu - ISSN: 1527-9774
http://www.andes.missouri.edu/andes/Breviario/JM_ViudaNegra.html

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