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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

domingo, 9 de febrero de 2014

EL HOMBRE EN LA POESÍA DE VALLEJO (VII)



Por Ernesto More

(Conferencia pronunciada en las Universidades del Cuzco y Arequipa, el 15 y 29 de octubre de 1954, respectivamente)

(...)


Y entonces ocurre lo inaudito. el poeta que había escrito Los Heraldos Negros, Trilce, Escalas Melografiadas, Fabla Salvaje, libros que fueron publicados sucesivamente entre 1918 y 1925, se pasma de repente en un gran silencio poético. Luis Monguió, cuyo libro César Vallejo nos parece el más serio aporte para conocimiento de la obra del poeta, afirma que Vallejo "apenas había publicado nueva poesía desde mil novecientos veintidós". ¿Qué le había pasado a su musa? ¿Se había agotado su acento al contacto con la gran urbe francesa? No era eso. Era que Vallejo se había retirado al desierto para sincronizar su inspiración con el acento universal. Entró en la etapa de la muda, en la que los animales se ponen tristes e iracundos. Vallejo estaba tascando sus frenos, estaba templando un nuevo instrumento que no sabía cómo habría de pulsarlo. Me tocó a mí verlo en los años 1926, 1927 y 1928, años que para él debieron haber sido terribles, porque durante ese lapso fue purificándose de todo ese sedimento que a la larga acaba por enturbiar y hacerla impotable a la poesía pura. Y no es fácil eliminar aquellas impurezas que se insinúan muy sutilmente como elementos inorgánicos insustituibles en el alma del hombre. Y que no son otra cosa que eco, rutina y parásito. Cuando Vallejo volvió del desierto, donde había permanecido, no los cuarenta días de la hermosa leyenda cristiana, sino varios años, se daba de manos a boca con un hecho que ni mandado a hacer para estrenar su nueva lira: la proclamación, el año 1031, de la República Española. Él asiste, no ya como poeta puro a este acontecimiento, sino como poeta revolucionario, como poeta participante o, como dicen tan bien los franceses, como poeta engagé. Según expresión de Larrea, “su persona ingresa entonces de un modo concreto dentro del campo gravitatorio del destino hispánico, en cuyos hondos designios puede decirse que hace para siempre causa común”. (Profecía de América). Todavía Larrea no es explícito. Vallejo había hecho causa común, no solo con los “hondos designios del destino hispánico”, sino con los “proletarios que mueren de universo”, con “el campesino caído con su verde follaje por el hombre”, con “los constructores agrícolas, civiles, guerreros, de la activa, humeante eternidad”. Bien es cierto que este su sentimiento social se eleva a la categoría de ecuménico sólo a partir de la gigantesca lucha que se desencadenó en España en julio de 1936, la cual iba a ser el prolegómeno de la que hubo de conmover al mundo. Se diría que Vallejo descubre sólo en ese instante la razón de su vida, porque es penetrado súbitamente por una fe de singular intensidad. Y es entonces que de su crispada boca salen estas expresiones:


Voluntarios de España, miliciano
de huesos fidedignos, cuando marcha a morir tu corazón.
cuando marcha a matar con su agonía
mundial, no sé verdaderamente
qué hacer, dónde ponerme; corro, escribo, aplaudo,
lloro, atisbo, destrozo, apagan, digo
a mi pecho que acaben, al bien, que venga,
y quiero desgraciarme…
(…)

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