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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

miércoles, 18 de enero de 2012

Historias reales y..., de la otras: "Guardían de El Perol"

Por Franz Sánchez

El frio de sus vientos, los pastos hirsutos y la confusa neblina advierte a quien pisa sus territorios, que estas no son “tierras comunes”.

El hombre mira por los cerros y entre sus pendientes pronunciadas, esperando toda inexistencia de vida, cómo se despliegan niños jugueteando en la escalada. La risa de estas pequeñas criaturas, de las que no puede creer que sean personas, taladra sus sentidos.


Ha llegado al campamento… El hombre tiene mucho frío, y sabe que se avecina una tormenta, tan o más fuerte que las anteriores en casi todo el mes. Enciende la calefacción y prepara un mate para beber. Recuerda que hace poco estaba en medio de una convención importante en Los Ángeles, y las promesas que adjuntó en su agenda, ahora se convierten en lo único que le sobrecoge de fuerzas para poder estar en aquél lugar que considera muy similar a un infierno.

Se arropa, adiciona más frazadas a las que ya tiene su tibia cama.

Abrigado en el silencio de aquél ambiente acondicionado para altas exigencias de confort, en medio de lo que parece ser la nada para algunos. Observa a través del grueso cristal, que hace que su habitación parezca una cápsula galáctica, las primeras gotas que golpean con brutalidad el duro vidrio, anunciando el inicio de la también dura tormenta.

Las gotas de lluvia, resplandecen por las luces de los grandes faroles que la compañía instaló, y que alumbran las tinieblas índigas del paraje a través de los gigantes generadores que rugen junto con las tormentas.

La ventana de su habitación enmudece la furia de la naturaleza.

Afuera el mundo parece llegar a su final de cataclismo. Adentro, el sonido se limita a convertirse en simple exhalación, o en forma de suspiros como homenaje a las nuevas personas que el hombre cansado y fastidiado por la distancia que lo separa de ellos, conoció en su último viaje. Tan pronto las miles de gotas forman colores, él recuerda gratamente las luces de las ciudades, de los grandes casinos, de los hoteles que visitó, y como estos se veían desde el avión. La felicidad está allí advirtió.

Esculpe una sonrisa en el rostro amargado, el mismo que se ilumina cada cierto tiempo por los relámpagos. Y sueña él que son esas luces, los flashes de las cámaras que lo fotografían junto a cada celebridad que conoció, que la vida lo ha bendecido con cada nuevo personaje que llega a tener en frente, que su destino merece buen puerto pues ha remado por turbulentas aguas con mucho esfuerzo hasta conseguirse un sitial en el mundo que conoce, y que para él, lo es todo.

Se enciende una sirena, el protocolo de la compañía indica que los huéspedes del campamento no abandonen sus habitaciones cuando la alarma lo indique, en caso de tormenta extrema iniciar la evacuación a un lugar más seguro.

Nadie quiere despertar al hombre, pues le temen más que a la propia tormenta.

Los generadores de electricidad rugen como nunca antes lo habían hecho, y se deprende del cielo un poderoso rayo que castiga el atrevimiento del ingenio humano. Crece el pánico, se encienden entonces todas las alarmas, y los encargados de la seguridad entregan chalecos y cascos a los huéspedes.

La descarga eléctrica impacta por segunda vez al campamento, el sistema de contención de tormentas está dañado, la calefacción desaparece, las luces se apagan por un instante y luego se encienden las de reserva.

El hombre mal humorado, despierta al sentir el frío. Las personas corren sin rumbo fijo, se oyen gritos… El hombre se preocupa al ver al gran generador chamuscado y despidiendo humo.

La energía de reserva se agota, el agua comienza a filtrarse por los suelos del campamento, y cae otra furiosa precipitación con bloques medianos de hielo que impactan en las cabezas de algunos que no llevan cascos, y que son los primeros en morir.

El hombre maldice su suerte, intenta refugiarse en lo más recóndito del campamento. Casi de inmediato vientos huracanados se llevan los techos del lugar, y lo descubren.

El silbido del viento, la lluvia furiosa que no le deja abrir los ojos, la oscuridad total, la risa de las pequeñas criaturas que vio al llegar remeciendo sus nervios, los cerros despercudiéndose de su letargo.

Una avalancha de lodo, piedras y escombros sepulta la mitad del campamento.

El hombre que jamás imploró nada al cielo, ahora arrodillado con medio cuerpo bajo tierra, ruega por no perder la vida pues no tendría el tiempo para hacerlo.

Amanece… cantos lejanos, música y la risa de los niños. Ellos escapan del sol, pues aman la luz de la luna, y también la luz de las luciérnagas.

El astro rey extiende sus rayos sobre la materia inerme. Calienta a algunos hasta entregarles sus energías, y a otros sin poder devolverles más el calor de la vida.

Los niños retornan a prisa hasta la “fila” de los cerros, corren desde el campamento hasta las encumbradas crestas. Tienen los rostros cuarteados, de color de la misma tierra, ojos inmensos y muy negros, el cabello tieso y duro como toda forma de vida que aparece por estas tierras.

Rescatan al hombre blanco, cuyo color salpicado de lodo es más sencillo de distinguir.

El hombre enloquece y comienza a delirar, ve en aquellos niños a figuras diabólicas de fábula, muy similares a los duendecillos que resguardan su oro.

Se oyen silbidos que no son del viento... a pesar de la ira en los ojos del herido hombre, se intenta escapar una sonrisa.

Los pequeñuelos, encima del gran cerro, entonan una melodía que dice: “Hay del hombre, viene de la tierra y a la tierra le debe, una terrible deuda por cobrar…”

Llegan los rescatistas y recogen a los muertos.

Le preguntan al hombre, cuál es el milagro para que mueran todos y sobreviva únicamente él. Y el hombre blanco, desquiciado dice: “fueron los duendes… los duendes”

Ha confundido aquellos seres con los espíritus del guadián de “El Perol”. Una leyenda que recorre perpetua de boca en boca dice que la laguna conserva todavía los espíritus de la naturaleza. La misma laguna de donde el hombre extrae sin que se le destemplen los nervios, el vil metal del oro. Sin embargo los espíritus del campo, defenderán por siempre lo que les pertenece....
 
(*) Celendín 2010

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