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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

viernes, 23 de mayo de 2014

RELATOS ESCUCHADOS A LA MAESTRA NATY

EL LOCO ANDRÉS

Íbamos en el micro cuando Naty, tocando suavemente mi mano, me despabila.

Mira, él es Andrés.

Y me indica, a través de la ventanilla, a una figura humana que pasa rauda por la acera. Efectivamente, miro bien antes que la imagen aludida termine de desaparecer de escena y veo a un joven negro, harapiento, del que sólo me doy cuenta que lleva una camisa amarilla desabotonada y camina algo torpe.

 ¿Quién es? –le pregunto.

 Es mi amigo.

 ¿Tu amigo? ¿Cómo así?

La historia es la siguiente. Lo había visto merodear una vez a la puerta del colegio, más haraposo que ahora y temible pues además es un moreno corpulento y alto. Aquella vez, para alejarlo de las inmediaciones, lo saludé, le dije yo soy la directora del colegio, qué se te ofrece, en qué te puedo ayudar. Le hablé con naturalidad, como que es un ser humano, entonces me dijo que estaba buscando a un chico del colegio a quien quería pegar. Le dije, ¿alguien te ha molestado?, si es así yo hablaré a los chicos del colegio para que te respeten, ya no te preocupes. Y entonces le invité a  tomar un desayuno en el mercado de al lado. Conversamos y me contó que vivía solo y que toda su familia estaba en el extranjero. Una historia extraña. Le enviaban cosas del extranjero que le llegaba a través de una tía de aquí, la que le dejaba los encargos y se iba. Provenían de la madre y hermanos asentados en Italia, a quienes no veía hace años. Del padre sólo sabía que vivía en Huancayo. Lo habían abandonado, así de simple, haciendo cada uno su vida. Tomó el desayuno y de lo más normal me agradeció y se despidió. Desde aquella ocasión, algunas veces, me ha buscado amigablemente. Suele tocar el portón de la escuela y pregunta por mí. El conserje, que al principio se espantaba,  ahora corre a llamarme y me dice, señora directora, su amigo. Y yo lo trato como tal, encargo que le lleven a tomar un desayuno o, cuando tengo tiempo, yo misma voy con él al mercado o a una carretilla ambulante, charlando.

Mira lo que pasó hace poco.  Llego al colegio como siempre y encuentro un alboroto de madres de familia agolpadas en el portón. Incluso noto que acababa de estacionarse un auto patrullero, del cual descienden los policías. Al verme llegar las madres me rodean y agitadas me cuentan, señorita directora un loco se ha metido al colegio y cualquier desgracia puede pasar con nuestros niños, no podemos sacarlo porque está con un palo, ya hemos llamado a la policía. A ver, un momento, tranquilas, les digo yo y me acerco a la entreabierta portezuela y, efectivamente, diviso que está sentado Andrés, en medio del desierto patio, del que todos han huido. Tiene  una apariencia aún más terrible. Sucio, casi desnudo y con un grande palo en la mano. Realmente su figura morena, a pesar de su desastrada apariencia, es atlética, trasluce fortaleza, para cualquiera muy temible.

Allí mismo se me acerca el oficial y, tras reconocerme como la directora del colegio, me comunica que van a ingresar a desalojar al intruso. Saludo amablemente al oficial y le digo risueña, mi oficial, yo conozco a ese muchacho, sufre problemas psíquicos y necesita ayuda. Pero no es agresivo si se le habla bien. Yo iré a su encuentro y me voy a encargar de invitarlo a salir, de esa manera evitaremos forcejeos o violencia. El policía me mira un poco escéptico, ¿está segura que va poder persuadirlo?, me dice. No se preocupe, estoy segura que me va a escuchar a mí. Entonces el oficial me dice que me dará un tiempo prudencial, pasado el cual procederán de todas maneras a realizar el operativo. Y me dice que tenga cuidado.

Yo cruzo la portezuela ante la expectativa muda de las madres de familia. Aunque algunas alcanzar a decir, ¿no tiene miedo señorita? Camino por el amplio pasadizo desde donde, de más cerca, veo a Andrés, sentado, cuan grande es, aparentemente distraído, en medio del despejado patio, dando golpes en el piso con el gran palo que tiene en la mano. Más lejos, en las puertas de las aulas de los alrededores o de las de la segunda planta, veo a las señoras del personal de servicio, a los profesores y auxiliares cuidando que no salgan los alumnos de ellas. Sólo veo las cabezas atentas y fisgonas de éstos como sombras pegadas a las lunas de las ventanas. Me acerco a Andrés y noto que en la otra mano tiene empuñado un cascajo grande. Él acaba de notar  mi presencia y me parece que la expresión de su rostro, tensa y ensimismada,  ha cambiado. Hola Andrés, le digo, qué haces ahí sentadito. Hola señorita directora, me dice, le estaba esperando. ¿Así?, le digo yo, qué bueno Andresito, qué buena visita tengo hoy día. Noto cierta luz en sus ojos, no obstante, rápidamente vuelve a tornarse adusto y balbucea algo. Te escucho Andrés, le digo, ¿qué dijiste? Que la Tonga no me venga a gritar a mí, me dice molesto, qué se cree, si es una fumona. ¿La tonga?, digo yo, ¿quién es la Tonga? Esa ladrona que está en la puerta, si me sigue insultando va a ver conmigo. Me acuerdo de una de las madres que más barullo había estado haciendo en la puerta y, efectivamente, se había adelantado a decir a la policía que encierren a ese “que se hace el loco” y “no lo saquen más”. Yo le había invocado que se serene y no trate así al muchacho. No te preocupes Andrés, le tranquilizo, yo voy a reprender a esa señora. Pero él sigue farfullando: qué habla ésa… si sus hijos son unos fumones y rateros también. Tú tiene razón de estar molesto, le digo, nadie tiene derecho ha hablar de ti sin fundamento. Ya escuché tu queja, y, como sabes, las cosas que pasan en el colegio lo resuelvo yo, sabes que soy la directora y si es posible educar a una mujer grande lo voy a hacer. Andrés parece que se tranquiliza un poco. Andrés -aprovecho en decirle-, te propongo algo. Él me mira meditabundo por un momento. Es buen signo esa atención, me digo yo. Andresito, sigo diciendo yo, te propongo ir a la dirección y conversar allí, necesito conversar contigo y seguro tú me estás visitando también para eso. Sí señorita, me dice Andrés. Vamos entonces, le digo, tocándole el brazo para que se levante. Él se pone de pie con la tosquedad de un gigante haciendo resonar toda su parafernalia, y me sigue. Alrededor todos siguen la escena en un silencio que se siente. El oficial a quien veo que se ha cuadrado en la portezuela también mira la escena a esa distancia, pero presto a actuar. Yo le hago una seña para que espere un poco más y él parece asentirme, pues ha visto la docilidad con que me sigue mi amigo. Ya en la dirección, invito a Andrés que tome asiento. Andrés, le digo, a veces me pregunto por qué andas tan desaliñado, un muchacho guapo, simpático como tú. Andrés me mira pensativo. Te digo Andresito -continúo hablándole- qué te falta, eres fuerte, alto, buenmozo, cualquier chica se fijaría en ti, pero fíjate cómo estás -le digo risueña y tocándole cariñosamente la espalda- estás con un solo zapato viejito en un pie y el otro pie desnudo, ¿qué pasó con el otro par? Nada, señorita, dice él dibujando una mueca, el otro se me perdió. Ah, Andrés, le digo yo,  mira ese pecho descubierto sucio y esa cara de buenmozo todo descuidada, la cabeza con paja y polvo. No, no, Andresito, por eso la gente se aparta, ¿tú quieres ahuyentar a la gente en lugar de que te hable bonito, con lo guapo que eres? Andrés ha adoptado un aire sereno, casi adormilado. Yo le abotono la sucia camisa celeste y le digo para que se baje la basta remangada hasta la rodilla, especialmente de una de las piernas, del renegrido pantalón azul. Así le conduzco al baño, le digo que se lave la cara, pues le voy a invitar a tomar un buen desayuno en el mercado o donde quiera. Él obedece, entra al baño y sale lavado pero remojado el cuello de la camisa. Le alcanzo una toalla de mano para que se seque bien. Pienso cómo ayudar al muchacho, quizá lo lleve a un nosocomio, pero siempre requerirá de un familiar que siga el caso. Vamos Andrés, le digo terminado el aseo. Él obedece pero coge el mugriento palo, sólo ha olvidado la piedra. ¿No dejas el palo?, le digo yo. No señorita, me contesta con firmeza. No insisto, pero le digo que lo lleve en el brazo, menos ofensivamente, y él así lo hace.  Avanzamos a la salida y cuando ve el tumulto en la puerta, se detiene y gruñe algo. Yo me acerco sola  y digo al sargento que el muchacho va a salir pacíficamente y, por favor -me dirijo a las madres-, despejen la salida, ya acabó todo, el chico se irá conmigo. Doy indicaciones a un auxiliar para que lleve la voz de que todo vuelva a la normalidad y los profesores reinicien las clases, que ya estaré de retorno. Vuelvo donde Andrés y  juntos atravesamos la portezuela y, ante la sorpresa de todos, en efecto, me alejo de la escuela con mi amigo, a tomar un desayuno en el mercado y a pedirle, muy persuasivamente, que, como amigo mío,  me ayude a llevar el orden y tranquilidad en el colegio, que la próxima vez que me visite, ya sabe, lo haga educadamente, toque la puerta despacio y pregunte por mí, que yo estaré siempre dispuesta a charlar con él, que siempre será bien recibido. Ël,  mientras devora el desayuno, asienta con la cabeza entendiendo perfectamente lo que quiero de él en relación al colegio; no hay que asustar a los chicos, le digo. Sí señorita, me dice, yo no quiero meterme con los chicos. Y así ha sido efectivamente los subsiguientes días, cuando ha vuelto al colegio. Toca la puerta, sólo pregunta por mí. Ya lo conocen. Algunos niños de los primeros grados corren a la dirección, cuando ocasionalmente ven que Andrés  llama por mí, y me dicen agitados, señorita directora “su hijo” lo está buscando. Yo sonrío. Ya, les respondo yo, voy por “mi hijo”.

(De “Relatos escuchados a la maestra Natividad”, relatos que refiere Arturo Bolívar Barreto, compañero de la insigne maestra Natividad Pérez Velarde)

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