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"Cuando el ánimo está cargado de todo lo que aprendimos a través de nuestros sentidos, la palabra también se carga de esas materias. ¡Y como vibra!"
José María Arguedas

martes, 25 de febrero de 2014

Narrativa: Jorge Antonio Chávez Silva, La desgracias del lobo y otros cuentos.

PRÓLOGO

II.- ¿Puede dar un escritor, con un puñado de relatos, una idea de la historia de un pueblo? La respuesta es sí y no a la vez.

Caminando por algunas calles de nuestra tierra podemos contemplar la sombra de los techos y siluetas de sus casas; caminando por algunos de sus campos y colinas, podemos ver, más allá de sus árboles, su cielo azul. Pero, ¿llevaremos una idea completa de su variada existencia que llena todos sus rincones?

¿Se puede acaso juzgar, luego de leer dos o tres relatos, la historia de un pueblo?

Para que ello suceda tendríamos que investigar todo lo que de él se ha escrito.

¿Por qué, entonces, invitar al lector a realizar este viaje, ofreciéndole una especie de aperitivo de la vida celendina?Pues porque, a despecho de lo explicado, el autor de estos cuentos está lo suficientemente preparado para conducirnos por muchas de sus manifestaciones y particularidades sobresalientes e inconfundibles.

Jorge Antonio Chávez Silva, conocido maestro y pintor celendino, plasma en su cuento La grande, con sabrosos diálogos, por ejemplo, cómo se reflejaron en la vida de algunos bandoleros el actuar “caballeroso” de la época. En su maravillosa y fantástica entrega Mesapata nos hace corretear tras una cometa, arrancada de nuestras manos por fuertes vientos, que años más tarde aparecerá convertida en una bella y ancantadora mujer.

El Charro, como también se le conoce a Jorge Antonio, ha sabido escoger, con hermosa solicitud, los temas y personajes más representativos de nuestro pueblo. Así como lo hace en su pintura, este artista celendino, capta la sicología shilica, esa preciada cualidad que hace HOMBRE al individuo.

Acomodemos pues, nuestros asientos, y emprendamos este pequeño, pero emocionante y multicolor viaje.

José Luis Aliaga Pereira.



HISTORIA DEL SAPITO MENTIROSO

Autor: Jorge A.Chávez Silva.

En un límpido puquial que surtía de agua a un pequeño poblado andino, vivía un sapito que era muy querido por los campesinos, porque con su canto sonoro en el atardecer, anunciaba la llegada de la lluvia que era buena para los sembríos de papas, maíz, arvejas, frijoles, habas y muchos productos más.

El romance entre los campesinos y el sapo databa desde cuando el animalito era pequeño; había nacido con dotes de nigromante y escuchando el sonido de los huesos del cementerio podía prevenir la lluvia y la anunciaba con su canto a los agricultores, quienes a cambio de esto le llevaban todos los insectos que caían bajo la reja del arado.

Pero estaba visto que no todo era felicidad para aquellos campesinos. Tras algunos años de abundancia, llegaron los tiempos de las vacas flacas; una terrible y larga sequía se enseñoreó en esos campos que quedaron secos y agrietados como el rostro ajado de un anciano.

Los campesinos para aplacar el hambre que los acosaba, echaron mano e los pocos animales que sobrevivieron y a las reservas que les quedaban, pero el panorama se avizoraba sombrío. Llorando clamaban al cielo un poco de lluvia para poder sembrar y seguir viviendo. No se atrevían a disponer de las semillas enterradas en cántaros porque alentaban la débil esperanza de que lloviese y si no tenían nada que sembrar, estaban condenados a muerte. Por eso, todas las tardes se acercaban a la orilla del puquial, para ver si el sapito salía a cantar, pero había enmudecido. Los huesos de los muertos no le decían nada y no tenía nada que anunciar. Al caer la noche, los chacareros, tristes y llorosos se marchaban a sus chozas.

****************

Anacleto, el rezador, guardián de la capilla de San Isidro, patrón de la comunidad, echó al vuelo las campanas. Cuando todos se congregaron, sostuvo que la terrible sequía que sufrían era el castigo por impíos y cicateros con las limosnas para el santo, que en desagravio de su sacra persona y de sus fueros como patrón de los agricultores, era necesario hacerle una fiesta con vísperas, misa y procesión, con toda la parafernalia que se estila en esas ocasiones. 

Los campesinos, amedrentados por esta prédica, echaron mano a sus exiguos ahorros, fueron a la provincia, compraron un traje nuevo, camisas de batista y un sombrero de paja toquilla con cinta y tafilete de cuero para el santo, fuegos artificiales y cirios para la víspera y misa y tres barriles de aguardiente para las celebraciones.

La noche del diez de junio, víspera del día del patrón, se vio iluminada por los juegos pirotécnicos y durante la misa, los campesinos depositaron todo lo que les quedaba en limosnas, sacaron en procesión al santo entre cantos de alabanza y sahumerios de incienso. Allá fue el santo, con su yunta de bueyes barrosos a echar su bendición a todas las chacras para que fructifiquen de nuevo cuando regrese la lluvia. 

Mientras tanto, el sapo se aburría soberanamente. Había perdido protagonismo, y en tanto se prolongara la sequía, nadie se acordaría de él. ¿Qué hacer para matar el aburrimiento... en qué ocupar las horas muertas? No se le ocurría nada por el m0emento. Una mañana tuvo una gran idea. ¡Sí, se burlaría de la candidez de aquellos palurdos campesinos! Si habían creído la sarta de mentiras de Anacleto ¿Por qué no le iban a creer a él?

Al caer la tarde se puso a cantar con tanto entusiasmo como cuando anunciaba la llegada de la lluvia. Una mocita que había ido a recoger agua fue la primera que lo oyó. Casi se le cae el cántaro de emoción. Corrió y anunció a gritos al pueblo:

-¡El sapito está cantando...el sapito está cantando!

Ante tan gran noticia hubo revuelo de campanas y todos corrieron a ver el prodigio. El animalito, subido en una musgosa piedra, entonaba un canto que les supo a música celestial.

Inmediatamente fueron a preparar sus herramientas, desenmohecieron los arados, ensebaron las coyuntas para uncir los famélicos bueyes, desenterraron las semillas y luego de las bendiciones de Anacleto, por las que nuevamente cobró, se retiraron a descansar, esperanzados en que esa noche llovería y al día siguiente podrían sembrar.

Al despertar con el alba, salieron a ver el milagro y no había nada. Ni la más leve nube asomaba en el horizonte agresivamente azul. No lo podían creer. Si el sapito había cantado, era señal de que iba a llover, ¿qué pasó?

-Quizás esta noche llueva- dijeron un poco desilusionados.

Por la tarde el batracio volvió a cantar ruidosamente y la gente creyó firmemente que esa noche llovería. El sapito no podía equivocarse de nuevo. Durante el día no sucedió nada. En tanto los campesinos regresaban mohínos a sus casas, el sapo se desternillaba de risa:

-¡Cómo me río de estos tontos campesinos!- decía entre carcajadas.

Así transcurrieron varias semanas y la gente no lo podía creer.

***************

Amancio, el chico más listo del pueblo, tenía ciertas sospechas acerca del sapo y decidió investigar. Oculto entre unas matas observó como el sapo gozaba entre risas, exclamando:

-¡Pero que tontos son estos lentos campesinos!

De inmediato fue con la noticia al pueblo. Los chacareros muy enojados, decidieron darle un castigo. Prepararon un riquísimo pastel de moscas y lo colocaron en una piedra de la charca.

Cuando el sapo vio la torta, no pudo resistir la tentación, se abalanzó sobre el manjar y ¡zas! Cayó prisionero de una cuerda que lo sujetaba de la cintura. Muy asustado, lanzaba fuertes chillidos que atrajeron la atención de los campesinos, quienes con ira le increparon:

-¿Ah, te estabas burlando de nosotros... eran mentiras todas las lluvias que anunciabas? En vano hemos preparado las herramientas, y desenterrado las semillas. ¡Ahora verás el castigo que hemos preparado para tí!

El animal, aterrado, miraba los rostros furiosos de los campesinos y sintió llegada su hora final. Argumentó que ciertamente no había cantado para anunciar la lluvia, sino porque era un artista natural, que le encantaba cantar, pero sus argumentos no cambiaron las intenciones de los campesinos, porque por fin habían encontrado un culpable en quien tomar venganza de todas sus frustraciones y planeaban ruidosamente el castigo que habían de dar al batracio. Este, al notar esa indecisión, fingiéndose muy afligido, dijo:

-Ya sé que merezco un castigo por burlarme de ustedes y estoy dispuesto a aceptar lo que sea, pueden descuartizarme, atravesarme con espinas de penca, quemarme vivo o lo que fuere; pero, por lo que más quieran y si son buenos cristianos, ¡no me echen al agua, por favor, no me echen allí!- clamaba con desesperación.

Los campesinos, estupefactos, no salían de su asombro:

-¡Qué raro es este sapo!- decían- ¿Por qué no querrá que lo echemos al agua?

-¡Arrójenme a un hormiguero o a un nido de culebras, pero no me echen al agua!- insistía llorando copiosamente el batracio.

Torcuato, uno de los más inteligentes del pueblo, propuso:

-¡Hay que echarlo al agua para ver lo que sucede!

-¡Sí... sí... sí!- gritaron todos a una- ¡Al agua con él!

Lo condujeron a la charca ante la desesperación del sapo que frenéticamente se resistía. Cuando llegaron, lo cogieron de una patita y lo echaron en medio de la charca y quedaron a la expectativa para ver lo que sucedía.

El sapo, tranquilamente, nadando, nadando, se sumergió en lo más profundo del puquial, de donde no salió.

Los campesinos, tras mucho esperar, sintiéndose burlados por la astucia del animal, regresaron silenciosos, mirándose a hurtadillas... ¿Hasta cuándo el hambre, Señor?

***************

A Catequil, antiguo dios de las lagunas del Ande, le disgustó tremendamente la actitud del sapo y decidió darle un escarmiento. Tomó la forma de una libélula y posado en un lirio de la charca, le dijo al sapo:

-Por tu proceder con los pobres campesinos que sufren hambre y porque tu corazón es duro y frío como el metal, te convertirás en eso. Los hombres te castigarán en la boca tantas veces, hasta que llegue un número que sea igual tanto de arriba como de abajo- luego desapareció.

Cuando Amancio fue al amanecer por agua, encontró brillando sobre una piedra, un enorme sapo de bronce, agazapado y con la boca abierta. Asombrado, lo guardó y en el primer viaje que hizo a la ciudad, lo vendió a una mujer que encandilaba a los hombres en su cantina a la entrada del lugar. Gabriela, como se llamaba ella, le mandó hacer una cajón de madera, con huecos y números y lo colocó en un rincón del zaguán, en donde los bohemios que llegaban por sartas, apostaban arrojando ascuas de bronce por la boca del sapo.

Cuando murió la mujer, el sapo quedó olvidado en uno de los rincones de la casa. Uno de sus deudos lo rescató y lo llevó a una carpintería para que lo arreglaran, pero nunca lo recobró. Allí permaneció para solaz de los obreros de la maderera, quienes los sábados por la tarde, al concluir sus labores semanales, bebían cerveza mientras jugaban.

El animal de bronce, inerme, soportaba los golpes de las fichas que le ocasionaron melladuras en las comisuras de la enorme boca entreabierta. Finalmente un cantinero del lugar compró el juego y lo llevó como atracción a su establecimiento.

Por los años sesenta llegó el negro Novoa, un alegre bohemio que alternaba las copas jugando a los dados y al sapo, juego en el que era un experto. No había tirada en la que no anotara. Poseía un estilo, que según explicaba, nacía de un entendimiento entre su mano y el animal de bronce. Se ubicaba a unas doce varas castellanas del cajón, midiéndolas en sosegados pasos, trazaba una línea, sopesaba su cuerpo, para calibrar la abertura de las piernas y conseguir un equilibrio perfecto que le permitía un tiro con trayectoria levemente curva y certera. De alguna manera, el negro parecía haber adivinado la procedencia mágica del batracio.

-Todo es cuestión de encontrarle el ánima al sapo. Todas las cosas tienen un alma adentro. El asunto es lograr que se ponga de tu parte y listo, chino- afirmaba con aire sabiondo.

No había quien le ganara en ese juego que requiere de un buen golpe de vista, cálculo y pulso sereno, Siempre apuntaba a la boca del sapo; nunca mujereando para hacer puntaje con el cajón o la mariposa. Lo entusiasmaba el tintineo sonoro de las fichas chocando en el bronce. Establecía una especie de compás musical a la frecuencia de sus tiros.

***************

Fue al término de una tarde de marzo cuando el negro y su tira recalaron en la cantina conocida como la parroquia, donde se encontraron con el “Manchao” y su grupo. Era este un encarnizado rival en hombría y en amores.

De las indirectas y frases de doble sentido pasaron a los insultos francos y cuando se encontraban prestos a liarse a golpes, el “Curita”, propietario del establecimiento, con sabia visión comercial, sugirió una partida de sapo para dirimir superioridades.

-¡Cura!- dijo el negro con autoridad- tráeme dos cajas de cerveza, tres de cigarros y las fichas del sapo, aquí el que pierde, paga todo. Se cruzaron además apuestas de dinero. Al promediar cuatro horas de juego las puntuaciones marchaban parejas, con ligerísima ventaja del Manchao, que recurría al cajoneo para hacer puntaje; mientras el negro, fiel a su estilo, empeñado en hacerle comer al sapo, como decía, hacía rebotar las fichas al suelo por la fuerza que imprimía en cada tiro. Era tal su empuje, que cerca de la medianoche, uno de sus tiros rompió una patita del sapo que cayó tintineando en el piso.

Estaba ya casi finalizada la partida. Sólo faltaba el turno del negro. La ventaja del rival era clara y sólo un gran puntaje lo salvaría. Sopesando las fichas en la mano y buscando el equilibrio necesario, tuvo un pálpito y dijo:

-Última tirada, al todo o nada, apuesto trescientos más.

-Juegan- contestó lacónicamente el Manchao, creyendo segura su victoria.

Cogió las doce fichas y empezó a lanzarlas con fe, con el temple del corazón. Dos veces logró introducir las fichas en la boca del sapo, pero era insuficiente, sólo uno más lo salvaría. Le quedaban dos fichas. Tiro la penúltima, el sapo la escupió y cayó rebotando al suelo. Se hizo una pausa y el silencio que reinaba era casi audible. El negro, dándose ánimo, exclamó:

-¡Sapo!- y lanzó la ficha.

Eran las once y media de la noche exactamente. Cuando el bronce estaba surcando el aire, se fue la luz eléctrica, como ocurría diariamente a esa hora. En la oscuridad repentina, sólo se escuchó el inconfundible cloqueo de la ficha ingresando en las entrañas metálicas del animal.

-¡Nadie se mueva!- tronó la voz del negro como un latigazo, mientras encendía un quinqué.

Cuando se hizo la luz, todos pudieron comprobar asombrados que el tiro había ingresado limpiamente, sellando la victoria de Novoa, que sacado en hombros por sus amigos fueron a festejar el triunfo a otro sitio hasta el amanecer.

***************

Habían transcurrido treinta y tres años desde que el sapo quedó encantado en su charca y con su último tiro, el negro había completado 1961 sapos, número cabalístico, que tiene el mismo valor, tanto si lo miramos de arriba, como si lo hacemos de abajo. Entonces, en la oscuridad de la medianoche, el hechizo se rompió y el sapo regresó a su naturaleza primigenia. Se descolgó lentamente del cajón y tambaleando, con su patita sangrante, se alejó cojeando a saltos, rumbo a su charca. Atravesó las calles pavimentadas de la ciudad y al cabo de algunos días ganó el campo, guiado por un instinto atávico que lo llevaba inexorablemente a su lugar de origen.

Cuando por fin llegó a la charca, saltando en tres patitas, los campos reverdecían nuevamente, las charcas hervían de vida, y en sus aguas, otros sapos, más jóvenes, anunciaban la llegada de la lluvia a otros campesinos y tenían el descaro de mirar como a un intruso indeseable a aquel sapo enorme, feo y cojo, que además tenía mil cicatrices en la boca y había perdido para siempre la facultad de anunciar la llegada de la lluvia buena.

Fuente: La desgracia del lobo y otros cuentos, de Jorge Novoa Abanto y Jorge Antonio Chávez Silva

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